13, Septiembre de 2012

El riesgo del +em+ no riesgo -em-

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El riesgo es un término cribado en las lenguas romances hacia el siglo XIII según la opinión autorizada del filólogo Joan Corominas, asociado a los andares de los viajeros por caminos escarpados y poco transitables. El símbolo que significa a esta cultura viajera, de los expulsos, migrantes y peregrinos, es el risco o peña, difícil de pisar, asir o escalar. Por extensión, este término ingresó al dominio de la navegación, donde los escollos y arrecifes fueron los equivalentes de los riscos y las peñas siempre difíciles de sortear. Diríamos que el riesgo era una cosa concreta que representaba un reto o amenaza a quienes se desplazaban a pie, a caballo o acémila, así como en embarcación, independientemente de su forma y calado. Fue bajo los signos de la modernidad, que el riesgo cambió de significación al devenir en su forma abstracta, lo que representa peligro. Corominas sitúa hacia 1570 este cambio de sentido que ha llegado hasta nosotros. Riesgo y daño han ido vinculados desde ese entonces a prevención, otro término muy propio de la modernidad tardía.

 


Fuente: http://controlderiesgos.bligoo.cl/media/users/16/844710/images/public/156471/
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Hoy, la del riesgo es una realidad de implicaciones relevantes, susceptible de múltiples lecturas. El riesgo puede o no ser reconocido, puede ser impuesto o asumido voluntariamente, incluso buscado. Es una palabra con muchas connotaciones, pero puede derivar en una sola y categórica consecuencia. En el caso de la epidemiología y de la salud pública, constituye a su vez un concepto clave, pues el riesgo de enfermar, de sufrir un accidente o de morir es una realidad verificable en la vida de las personas; es una circunstancia que amerita atención prioritaria, justamente por la posibilidad de evitar que sucedan enfermedades, accidentes y muertes.


Viñeta de Andrés Rábago “El Roto” (Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.)

El riesgo acompaña la existencia de los seres humanos de manera cotidiana y subyace en la toma de muchas decisiones y en la dinámica de las relaciones entre las personas. A otro nivel, el riesgo ha sido, desde hace siglos, una circunstancia susceptible de instrumentación por intereses económicos, religiosos, políticos. En el campo sanitario, el riesgo de sufrir un infarto, de ser atropellado, de contraer el virus del Sida, por ejemplo, son motivos de análisis epidemiológico y a la vez de toma de medidas a nivel personal y en el ámbito de las políticas públicas.

El riesgo es un elemento esencial en el estudio de las desatenciones y de los daños a la salud. Disciplinas como la epidemiología, la meteorología o la economía presentan en ese sentido una particularidad respecto a otras ciencias, pues tienen la aspiración de ocuparse de la previsibilidad o la anticipación de eventos y fenómenos (Almeida Filho, David, Ayres 2009) y en esa dimensión, el riesgo mismo, como condición propiciadora de incidentes negativos o inclusive catastróficos, juega un papel central.

Sin embargo, la manera como se concibe el riesgo, dada la amplitud de implicaciones que presenta, incluso en el ámbito del sentido común, revela su alcance mismo como campo del conocimiento. Es así que el énfasis en los llamados “factores de riesgo” denota un enfoque significativo, cuando en lugar de colocar la atención prioritaria en los procesos sociales productores de riesgo, se subraya más bien aquella dimensión del riesgo que remite básicamente a las conductas personales comprometedoras o peligrosas para la salud y la seguridad.


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Por ejemplo, en el campo de la salud ocupacional, la perspectiva básicamente individual del riesgo enfatiza en la necesidad o la pertinencia de que el trabajador se proteja mediante una indumentaria o un equipo determinados, cuyo objeto es impedir que ese operario “se exponga” a los elementos nocivos existentes en su espacio de trabajo - un casco en la cabeza, una mascarilla en la cara, unas botas de seguridad – más que en el control o la franca supresión de los emisores de esos elementos perjudiciales, control o supresión que usualmente no sólo les resulta más onerosa a los empleadores, sino más conveniente, al responsabilizar al trabajador de la exposición a esos agentes nocivos, como pueden ser el ruido, los gases o las condiciones de iluminación y ventilación inadecuadas.

De ahí, a su vez, el lugar preponderante concedido, en los enfoques más conservadores y dominantes de la salud pública, a las medidas personales como las vacunas o los hábitos de vida, incluyendo la dieta individual o el ejercicio. Un enfoque de orden más estructural y global implica en cambio, destacar no los componentes personales indiscutiblemente relevantes, sino las condiciones socioambientales que generan la circunstancia riesgosa; esto es, no los factores individuales de riesgo – que sin duda existen- sino los horizontes de riesgo, los espacios, los territorios, las superficies, los ambientes y escenarios propiciatorios del daño evitable.

En suma, la manera como se maneja el riesgo no es casual ni irrelevante, sino reveladora: un enfoque sintomático que no vaya a la raíz de los problemas implica cargar la mano en el individuo que ha de protegerse, taparse y forrarse, en lugar de atender tanto el fenómeno mismo y esencial de la producción de riesgos, como la heterogeneidad de los mismos, porque los riesgos de enfermar, accidentarse o morir son además de diversa naturaleza: no son solamente de orden físico, mecánico o material, sino también de tipo “subjetivo”, relacional, psicológico, político.

Evidentemente, las políticas públicas pueden evitar riesgos, pero también generarlos en la población y en particular, por omisión o franca exclusión, en ciertas clases y conjuntos sociales. Así, la manera de considerar al riesgo determina el alcance y la orientación del análisis y por consiguiente, de la acción en la salud pública.

Es más, el análisis de los riesgos ha llevado a reconocer desde hace ya mucho tiempo que éstos se distribuyen de manera diferencial en la sociedad. El riesgo no se reparte de manera pareja: su distribución sigue patrones de clase, género, ocupación, grupo de edad, adscripción cultural. El hijo del profesionista, del albañil, del jornalero llevan ya marcado un destino a menudo irrevocable, y eso se asume como algo absolutamente “natural”. La confrontación entre clases sociales y entre culturas no es una disquisición o una ocurrencia: se concreta en riesgos.


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La exclusión, por ejemplo, es una condición de riesgo genérico que engendra riesgos específicos; ante la existencia de esas condiciones genéricas de riesgo, la manera de no arriesgar la imagen de una epidemiología o de una salud pública “objetiva”, o de una dependencia sanitaria gubernamental, es soslayar las fuentes, distraer la mirada de esa realidad estructural, culpabilizando al individuo que se enferma, accidenta o muere por irresponsable, por negligente. Claro, esa irresponsabilidad y negligencia pueden perfectamente existir, pero el enfoque que las destaca y subraya, banaliza las condiciones productoras de riesgo, a pesar de que a menudo contamos con información técnica detallada al respecto.  Los niños que no llegan a su primer cumpleaños, las mujeres muertas en el parto, por ejemplo, provienen en su gran mayoría de unos grupos sociales determinados, y no de otros, y eso se soslaya sistemáticamente: se ha naturalizado. No hay nada nuevo.


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La desigualdad es otra condición de riesgo genérico productor de riesgos específicos. Las cifras son elocuentes: la morbimortalidad evitable se ensaña con los pueblos originarios, las clases subalternas, los seres humanos desechables, aquellos que no tienen en los hechos estatuto real de ciudadanos. La falta de democracia participativa es en sí una condición de riesgo genérico. Todo ello corresponde al campo de los escenarios, de los horizontes de riesgo.

Ejemplo peculiar de lo anterior es el de célebre “seguro popular”. El planteamiento fundamental del acceso universal a los servicios se hizo a un lado para colocar en su lugar un sistema donde el riesgo se maneja como una ocurrencia, pero no en el sentido de que puede “ocurrir” un evento determinado, sino en el sentido de tomar al riesgo de manera banal y descontextualizada o meramente antojadiza de parte de alguien. Ocúrrasele a usted contar con un “seguro popular” pero a su vez ocúrrasele a usted enfermarse de una enfermedad no cubierta por ese “seguro popular”, como puede ser una malformación cardiaca o ciertos tipos de cáncer. Pues mala ocurrencia: se consigue usted un riesgo artificial producido por la demagogia, donde funcionarios de “alto nivel” -que por cierto ni de broma serían beneficiarios de esa modalidad peculiar de seguro, pues cuentan con otros sistemas de cobertura mucho más amplios y completos- decidieron que de eso no es conveniente enfermarse. O se trata de una enfermedad decretada como rara o infrecuente. Pero no va a ser cualquier enfermedad para quien la sufra: puede ser LA enfermedad que mate la única vida de alguien, pero ese alguien, al ser irrelevante por desechable, no está cubierto por el peculiar “seguro”.


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Y es que antes de correr el riesgo de enfermarse de una enfermedad que no cabe en el catálogo de los funcionarios, vive otro riesgo: el riesgo genérico de no tener derecho a tener derechos humanos. Parece increíble tal despropósito, tal disparate, pero más increíble es que se justifique y hasta se publicite esa modalidad de exclusión sanitaria como un gran “avance”.

Las estructuras legislativas, ejecutivas y judiciales, dada su buena proporción de mantenidos y de facciosos, en su actual conformación, constituyen en México emisores definitivos de graves y genéricos riesgos sanitarios.

Y es que unos determinan el riesgo de otros. El poder puede ser también hoy definido así. Un tribunalito electoral de pacotilla es de ello un ejemplo categórico. Nunca nos avisaron que las elecciones eran un asunto esencialmente mercantil.  Creímos ingenuamente que se trataba de elegir representantes, fuimos tempranito a cruzar nuestras boletas pero ya estaba todo cruzado, ya había quienes habían comprado, con método y recursos, un escenario de riesgos para la mayoría de los ingenuos votantes. Se consagró así mercantilmente un nuevo sexenio de riesgos, donde siete empleados de medio pelo, jugando con el riesgo de los demás, usaron las leyes para justificar y ungir ese ominoso horizonte de riesgos para muchos millones de mexicanos.


Fuente: http://www.monerohernandez.com.mx/

Así las cosas y los riesgos, necesitamos sin embargo ahora arriesgarnos a arriesgarnos. Arriesgarnos a asumir la condición de ciudadanos. Arriesgarnos a perder el tiempo en eso, en renacer para que nazca otro México. Asumir riesgos, pero no los que nos han decretado e impuesto, sino nuestros propios riesgos, conscientemente elegidos. Riesgos de otra calidad y de otro alcance.

Los escenarios de la desatención y de la enfermedad son siempre colectivos, en mayor o menor grado, caracterizados por una multiplicidad de factores en los que figuran no solamente bacterias, virus, agentes tóxicos o contaminantes, carencias de saneamiento, sedentarismos, dietas inadecuadas, predisposiciones genéticas o adicciones, sino nuestros comportamientos como referentes de mucho de ello: se trata de escenarios permeados por la sociedad, la cultura, la política. No son escenarios exclusivamente biológicos, sino eminentemente sociales.

Sin embargo, hoy los énfasis se colocan a menudo en los estudios bioepidemiológicos, en esa individualización de los factores de riesgo a que nos hemos referido, más que en los horizontes compartidos de riesgo, esto es, en el alcance que las conductas individuales tienen por separado respecto a la posibilidad de generar enfermedades, como si el ser humano no fuera un ente gregario y pudiésemos vivir al margen de nuestras colectividades.


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Por supuesto, nuestra manera de vivir tiene una dimensión individual, un margen donde podemos ejercer nuestra voluntad. Estaríamos perdidos si no fuese así. Apretujados y dirigidos en manada, seríamos y podemos lograr ser sin mucho apuro autómatas condicionados y sin identidad propia. Hay un margen para nuestra voluntad. Sin embargo, también la amplitud de ese margen se encuentra distribuida diferencialmente en nuestra sociedad: algunos disponen de una mejor manera de vivir su vida que otros, sin que en ello medie necesariamente la voluntad de unos y otros.

En algunas vidas, la misma bacteria puede ser lo suficientemente patógena para truncarlas, mientras que en otras, esa misma cepa bacteriana no genera enfermedad alguna. Y la explicación de ello no se encuentra en los bichos solamente, o en los “malos hábitos”, sino en las condiciones contextuales de vida, que para unos son condiciones de salud y de atención, y para otros, condiciones de desatención, enfermedad y muerte. Si el profesor de primaria de Juanito es borracho o está siempre de comisión en el sindicalismo oficial, si no hay caminos adecuados para llegar o salir de su comunidad, si la violencia doméstica es cotidiana en su hogar o éste es virtual, ¿qué margen de libertad y de opciones van quedando a Juanito? ¿Nos llamará tanto la atención que luego se enferme o muera de males diferentes a los que pueden aquejar a aquel infante que recibió educación, alimentación o atención adecuada?

¿Está cambiando esa realidad maldita porque lo dice la televisión? El problema de creer que las enfermedades son procesos meramente biológicos, reductibles en exclusiva mediante conductas individuales, es que resulta muy funcional al estado actual de injusticia social y de falta de verdadera democracia que aqueja a nuestro país. Basta con portarse bien, lavarse las manitas, obedecer al doctor, ver la telenoverla, comprar lo que anuncian y aspirar a la seguridad y comodidad de lo conocido y a la paz celestial en un futuro, y todo se resolverá.


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Aspiremos a otra cosa. Reinventemos la vida. Escuchemos nuestro interior una vez que hayamos quitado todo aquello que lo ahoga. Veamos por primera vez alrededor nuestro. Es ese el camino de la salud. No el de las prohibiciones, por cierto. No el camino de los timoratos obsesionados por la integridad de su pellejo.

Entonces aparece otra dimensión más de ese polisémico término de “riesgo”. Viene bien aquí el admirable poema de Mario Benedetti, denominado justamente “No te salves”:

No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca
no te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo

pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo.

Aunque no hay nada que agregar a un poema así, agregaría, reiterando, con perdón de don Mario:

No te salves vendiendo tu voto, no te salves queriendo quedar bien con tu jefe o tu maestro, no te salves opinando lo que todos, ni opinando, no te salves eludiendo todo conflicto, no te salves creyendo al poderoso, o al oportunista, o al acomodaticio, es más, no te salves de la enfermedad si ella tiene algo que enseñarte. Y si así te salvas, entonces, sólo entonces… ya se encargará el Carajo de conducirte a donde corresponda.

Y es que, sea como origen o como expresión, querer con desgana y congelar el júbilo, quedarse al borde del camino o juzgarse sin tiempo constituyen hoy verdaderamente problemas de salud pública. Es así que en esta sociedad amaestrada, en esta sociedad del brutal riesgo, del riesgo impuesto de tropezar con la cabeza cercenada de un ser humano, en esta sociedad del riesgo de perder el asombro, de cruzarse de brazos, la eventualidad del riesgo ha adquirido una dimensión considerable. En las condiciones de riesgo objetivo y cotidiano que atraviesa nuestro país, aquella frase fundamental de Simone Weil de que el riesgo es una necesidad esencial del alma humana, pareciera una mala broma.


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Pero no lo es. Weil explica que la ausencia de riesgo provoca una especie de anquilosamiento en el alma, casi tan grave como la parálisis que produce el miedo. El riesgo es un incentivo necesario, y su carencia debilita, tiende a eliminar el valor, dejando al hombre sin protección contra el miedo, replegado sobre sí mismo (1950). Se trata entonces del riesgo necesario y asumido conscientemente: no y nunca del riesgo que es decretado a otros por los poderosos del dinero y la política que tienen a nuestro país en jaque. El pavor al riesgo necesario y el culto a la prudencia sin cortapisas, en una sociedad cualquiera, es patogénico. Es cultural y sanitariamente nefasto. Pensemos por qué.

 

Referencias

Almeida-Filho, Naomar de; David, Luis; Ayres, José Ricardo. “Riesgo: concepto básico en epidemiología”, Salud Colectiva, 5 (3): 323-344 (Disponible en: http://redalyc.uaemex.mx/src/inicio/ArtPdfRed.jsp?iCve=73111844003 Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.)

Benedetti, Mario (1974), Poemas de otros. Alfa Argentina, Buenos Aires.

Corominas, Joan (1983), Breve diccionario etimológico de la lengua castellana. Gredos, Madrid.

Herrando, Carmen (2007), “Las necesidades del alma, según Simone Weil”, Acontecimiento, 85: 10-14.

Weil, Simone (1950), L’Enracinement: Prélude à une déclaration des devoirs envers l’être humain. Gallimard, París.

En el artículo “Haciendas y ríos”, Rafael Gutiérrez hace referencia

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