13, Septiembre de 2012

Editorial: El Grito y el Pueblo: entre la mala memoria y el incierto horizonte

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Año con año, el más importante ritual patrio que rememora la Independencia se repite en la ciudad capital y sus delegaciones, en las plazas públicas de las ciudades de cada estado y municipio. Se le denomina el “grito de la Independencia” y así ha quedado inserto en la tradición nacional. El grito es el símbolo sonoro por excelencia de los seres humanos, pero sus sentidos dependen de cada trama ritual, cotidiana o inesperada. En los hechos, el Grito mexicano tiene un indudable sello político, ideológico y cultural. El grito opera como el símbolo dominante del proceso ritual conmemorativo de la revolución de Independencia cada 15 de septiembre. Un grito que ilumina y sonoriza la noche. Usualmente es un grito masculino que bajo pequeñas pausas va deslizando sus variantes de sentido: ¡Mexicanos!: ¡Vivan los héroes que nos dieron patria!, ¡Viva Hidalgo!, ¡Viva Morelos!, ¡Viva Josefa Ortiz de Domínguez!, ¡Viva Allende!,  ¡Vivan Aldama y Matamoros!, ¡Viva la independencia nacional!,  ¡Viva México! ¡Viva México! ¡Viva México! Y el grito individual que emana de quien representa el poder --en cualquiera de sus instancias-- merma ante el coro unánime y fervoroso de la multitud que responde la arenga con una repetición del ¡Viva México!, que suele desatar emociones intimas o extrovertidas. La fuerza sonora de la masa crece y trastoca el paisaje nocturno, lo carnavaliza, refrendando que el poder emana del pueblo. Y luego viene una saga rítmica  del tañido reiterado de la campana y posteriormente truenan los cuetes, las “palomas”, y, sin falta, los espontáneos ¡Viva México, cabrones!, bajo la intensa y fulgurante lluvia de luces de colores de los juegos pirotécnicos, en el momento en que el caos  ingresa al ritual bajo formato plebeyo y deviene en acción lúdica y festiva. La noche mexicana ha sido resimbolizada, politizada, nacionalizada.

El más reciente grito de ¡Viva México! y la última ceremonia sexenal llevada a cabo por Felipe Calderón --al final de su mandato-- estuvo marcada por su fugaz aparición pública y su visible empequeñecimiento ante el pueblo congregado en la plaza mayor. La estatura de Calderón (nos referimos a la política), se hizo más escatológica (licencia aparte). Nunca antes se había visto en el contexto político del ritual tanta renuncia a los intereses de la nación, tantas muertes, tanta impunidad, tanta corrupción. Su papel en dicho ritual fue una auténtica simulación. Calderón fue recibido por un torrencial aguacero, la poca asistencia ciudadana y la protesta de los integrantes del movimiento Yo Soy 132, quienes enfocaron una centena de rayos láser al balcón presidencial, al tiempo que en medio del cerco militar y policíaco, proferían consignas y desplegaban mantas en contra del fraude electoral y la cruenta guerra que ha costado ya más de 80 mil muertos.

Calderón, el comandante en jefe de las fuerzas armadas, nos regaló al día siguiente un desfile militar muy publicitado por el duopolio de sus  amores, mostrando a través de los esos medios televisivos unas fuerzas armadas que han cumplido un papel visiblemente al margen de la Constitución en la guerra interna, con sus comandos y fuerzas especiales de abierto carácter contrainsurgente. El derroche y alarde del  gasto en la modernización de armamento y su capacidad de fuego contrastan con el magro presupuesto público a la educación, la ciencia y la tecnología, a la agricultura o la salud. A Calderón le interesa legarnos ese estado de alerta combativa contra un enemigo difuso que no es realidad más que el propio pueblo, sus organizaciones y movimientos políticos y sociales.

Los oficiales a cargo de comentar en Televisa las características de los distintos agrupamientos que participaban en el desfile, no ahorraban autoelogios y discursos retóricos sobre la ayuda a la población en casos de desastres, la defensa de la soberanía (sic) y la supuesta equidad de género en las fuerzas armadas, en una exhibición propagandística muy similar a la observada por el ejército de Colombia en forma y contenido, que contrasta de manera grotesca con el incremento exponencial de las denuncias sobre violaciones a los derechos humanos por parte de los militares, las desapariciones forzadas, ejecuciones extrajudiciales y una “cooperación” con Estados Unidos que constituye una renuncia expresa al carácter nacionalista que décadas atrás distinguía al Ejercito mexicano de sus homólogos en América Latina.

En suma, nunca unas fiestas patrias se habían celebrado en el marco de una realidad de desastre nacional como las de este año de 2012. No obstante, desde esta modesta tribuna editorial, reiteramos el grito que distingue a la prole despreciada por los gobernantes: ¡Viva México, cabrones!

En el artículo “Haciendas y ríos”, Rafael Gutiérrez hace referencia

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