26, Octubre de 2013

Chiapas. Señales por Christine Hüttinger

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                                                                                                          [1]

El texto chiapas. señales de Christine Hüttinger describe y narra toda una visión de un mundo, el México profundo diría Bonfil, aparentemente arcaico pues sus habitantes trabajan la tierra; este México rural  convive y sobrevive al lado de un México industrial, moderno urbano y cosmopolita, el México imaginario o ese México deslumbrante que la clase en el poder vende y publicita, con gente rubiecita y bonita como emprendedores y triunfadores mientras la raza de bronce, los indios y campesinos, será tema fotográfico, un mundo insólito, pintoresco y, casi siempre incómodo.

            El texto de Hüttinger[2] en sentido estricto se pude considerar dentro del género crónica pues además de responder a las interrogantes de la nota informativa –qué, quién, dónde, cuándo, cómo y por qué- su característica esencial es que el cronista, una cronista como Hüttinger, pone el acento en  cómo sucedieron las cosas; su intención consiste en ir más allá de los hechos: describir el ambiente en que se producen, físico y psicológico, el contexto y elaborar a lo largo del relato una interpretación o, en muchos casos, el asombro, la incredulidad, las interrogantes. Así en su crónica, coexisten no sólo la descripción y la narración sino una especie de  juego literario en que utiliza la tercera persona, que le permite tomar distancia de los hechos, también la primera persona  o narrar acontecimientos vistos y vividos desde  la interioridad ajena; en la crónica de Christine Hüttinger se recrean atmósferas y se describen personajes, al margen de la noticia o de la denuncia.

            En estas crónicas la subjetividad es un elemento clave.  Dice Linda Alcoff[3] que la toma de conciencia de ser mujer tiene que ver con un hecho crucial: no es que las mujeres aprendieran muchos datos acerca del mundo, sino que  llegan a ver esos datos desde una posición diferente, desde su lugar propio como sujetos. Se expresa una sensibilidad propia desde esos lugares desde donde las mujeres contemplan el mundo y dan cuenta de él. ¿El libro chiapas.señales posee esta mirada? ¿Desde dónde ve la autora el mundo y nos transmite estas señales?

Existe un interés por lugares y sujetos diversos, poco vistos, poco interpretados: los indios, las mujeres, los y las niñas. Los temas que aborda, por supuesto no son de exclusividad femenina, lo propio está en su mirada, en su perspectiva propia, en la subjetividad que la motiva a expresar sus emociones y vivencias frente a un mundo nuevo, desconocido que vive profundas transformaciones y padece múltiples contradicciones.

Le interesa a la autora la vida cotidiana de un pueblo de Chiapas y desde luego encuentra a las mujeres quienes dominan esta dimensión de la vida, generan con su acción formas de cultura propias a las que M se asoma con mirada curiosa  y penetrante. Actos sencillos, necesarios para sobrevivir y construir la historia más inmediata en lo material y lo simbólico: hablar, aprender, leer, comer, bañarse… Hablar con las mujeres, nos dice la autora, era distinto, totalmente distinto a hablar con los hombres. Siempre se encontraban en grupos, hablaban mucho, se reían mucho. Así por ejemplo en el capítulo Tiempo/ medir nos relata el ritual cotidiano de preparar el atole, describe a todo color y detalle las múltiples acciones, en un tiempo parsimonioso,  realizadas por mujeres para que “finalmente, la bebida esté lista”

Además de las mujeres el sujeto principal de su interés son los niños y las niñas con quienes logra empatía y descifra enigmas en su visión de mundo, al través de un recurso esencial, los dibujos infantiles: “las muchas partículas que inundan la hoja de papel, recuerdan las telas tejidas en que el lienzo está bordado con innumerables motivos” La autora se hace mil preguntas frente a esta  fabulosa expresión infantil, con una simple hoja de papel y crayolas. ¿Cómo se auto representan los niños? ¿Cómo medir su fantasía? Los niños  dibujan a su familia y, en ella,  las mujeres portan atuendos tradicionales: blusas multicolores y faldas obscuras tejidas. “M dice que su mirada desde fuera, en realidad es muy de dentro. Los niños estaban entregados en cuerpo y alma a su tarea, les fascinaba manejar los colores, realizar la magia de llenar los espacios blancos del papel con un mundo colorido. Quizá ello ya representaba  una pequeña excursión al reino de la fantasía, a un territorio que se hallaba más allá de la realidad vivida día tras día” (p.61).   

Encuentra también, un rasgo recurrente: “A menudo se dibujaba a las mujeres más grandes, mucho más grandes que a los hombres”; se pregunta ¿Es lícito deducir de este hecho la importancia de las mujeres en el imaginario de los niños? La  respuesta es contundente: las mujeres mantienen una elevada presencia, en la vida cotidiana y en el entorno familiar,  desempeñan un rol primordial ante la ausencia de los varones que laboran en fincas, se fueron de braceros, o comercian café, azúcar, granos.

La descripción de los niños es de profunda ternura, lugar especial ocupa la pequeña de los cachetes regordetes, a quien dedica el  libro. Ella se convierte en un símbolo amoroso-doloroso de esta niñez chiapaneca. Ante la injusticia social M se siente afectada en lo profundo de su alma. “La muchachita aparece como una sombra humilde en mi recuerdo”. Recuerdos que han pasar a ser parte imborrable de su experiencia de vida y que tuvo para nosotros la sensibilidad y generosidad de compartir.

            La autora asume el papel de mediadora,  muy amplio y con múltiples facetas en sus descripciones y narraciones. En sus crónicas, las voces de sus protagonistas están presentes pero también la autora habla por ellos. Una distinción fundamental, respecto del tradicional testimonio o de la presencia de la entrevista y un informante, es que el mediador se hace visible. No sólo relata acontecimientos, sino los interpreta. Es un personaje   que adquiere relevancia. Por ejemplo, la autora está consciente de que su presencia en un medio campesino, con una lengua indígena como el tzolzil y sus variantes dialectales, resulta un enorme obstáculo para conocer, interiorizar en una cultura ajena. En otras palabras, se concibe en una cultura, una tradición, una visión del mundo, diametralmente ajenas a sus parámetros occidentales, y sabe que el mediano conocimiento de la lengua indígena le permitirá, así superficialmente, conocer, penetrar, interiorizar con el otro o los otros. Pero, no fue un conocimiento superficial sino se metió al estudio profundo de la lengua india. Si otros como Antonio Paoli habían aprendido el tzeltal, Carlos Lenkersdorf el tojolabal, Jesús Morales Bermúdez el chol que le permitió escribir Memorial del tiempo o vía de las conversaciones y Andrés Aubry una lengua maya, ella aprendería el tzolzil:

Empezó a estudiar y a asimilar el vocabulario y las estructuras del tzolzil. El método seguía un enfoque comunicativo y presentaba los temas gramaticales de acuerdo a ciertas situaciones comunicativas y la temática correspondiente. Encuentros, presentación, situaciones en el mercado,  enfermedad y asistencia médica, delitos y justicia. Si uno escucha el sonido del tzolzil, se da cuenta que muchos sonidos se aspiran, hay muchas palabras cortas, muchas veces monosilábicas que terminan en una aspiración. El idioma tzolzil es un idioma muy suave con muchos sonidos de m, k, l, y muchas sh y sonidos siseando. Los tzolziles transfieren esta pronunciación aspirada al español lo que le da un sonido duro y fuerte que suena extraño […] A veces M. se preguntaba, cuando estudiaba las diferentes formas lingüísticas, qué lógica se escondía detrás de la gramática […] (p.52)

            En su apuesta por aprender la lengua Tzolzil, Hüttinger confronta debilidades y fortalezas, perplejidades ante una lengua que  estudia de manera asidua y que resulta anacrónica ante los veloces cambios lingüísticos y las variaciones dialectales. Observa, con mucha inquietud, el manejo de un tzolzil en la práctica cotidiana, donde por ejemplo, la numeración los tzolziles la realizan en castellano o castilla y en la misma tónica comprueba que tanto los sustantivos, los adjetivos y pronombres posesivos, en su plural, ya son fuera de moda para una población que vinculará, muy a su pesar, una lengua, la tzolzil, con la lengua dominante, el castellano. Algo similar ocurrió con Morales Bermúdez en la zona norte de Chiapas: en su aprendizaje del  chol comprobó que en una conversación los choles salpicaban su lengua con numerosos vocablos del español, principalmente los verbos. Señala: “es comprensible que la lengua española se imponga sobre las de las minorías étnicas mexicanas, ya que es con ella con la que realizan  todo tipo de transacciones comerciales, políticas, religiosas y hasta culturales”[4]. Sin embargo, la escritora descubre  determinadas peculiaridades que enriquecen el español tzolzil cuando ejemplifica las transferencias lingüísticas del tzolzil al español.

            El enigma y la extrañeza con el idioma nativo se extrema cuando percibe serias dificultades a la hora de las traducciones. Dice:

En la transferencia de una visión del mundo, de una ideología, de un cosmos individual y colectivo a otro que le era incompatible. El lenguaje representa una de las formas más íntimas de expresión… se enfrentaba a dificultades similares cuando quería averiguar términos relacionados con el espacio. Hacia adelante, hacia atrás, hacia la izquierda, hacia la derecha, para poder expresar estas coordenadas espaciales, se tenían que utilizar paráfrasis…

Un síntoma de esta perplejidad lo expresa al final del capítulo con el significativo nombre de hablar:

M había perdido el lenguaje. De repente había enmudecido. Porque, lo que ella era capaz de expresar, lo que ella podía decir en palabras, en el lugar donde se hallaba, no encontraba eco, reverberación. Había perdido el idioma. Sin palabras, muda, estaba sentada en una silla. Sin pronunciar palabra estaba sentada en una silla. Sonidos extraños. Mucha risa. Mucha risa en este ambiente pobre, sencillo y precario” (p. 27).

Cuando Antonio Paoli penetra a la lengua tseltal señala: “Nos aproximaremos a la sabiduría del mundo tseltat, a los valores clave que orientan y dinamizan su cultura. Nuestro método será sociolingüístico. Nos referiremos a sus órdenes sociales y formas de apreciación a partir de estructuras lingüísticas…” Y para hablar de la complejidad de este idioma nos ejemplifica con el concepto K’inal, vinculado en sentido literal a la identidad. Dice Paoli:

K’inal quiere decir medio ambiente y a veces se traduce como terreno, pero también quiere decir mente, y la mente se configura en gran medida por la experiencia del medio ambiente y también el medio ambiente se reconfigura según las acciones de los humanos al seguir los dictados de su mente… El K’inal es también la dimensión donde encarna el ch’ulel (El alma) y está conectado con otros mundos… El K’inal se marca por las prácticas de la vida cotidiana, las riquezas naturales, las avenincias y las desavenencias sociales, el K’inal es paisaje configurado por multitud de formas, de referencias, de límites geográficos, biológicos y rituales”[5]  

En el capítulo “Regalar” afloran de nueva cuenta las inquietudes de Hüttinger frente del aprendizaje del tzolzil:

Encuentros, saludos, situaciones comunicativas todavía estaban y utilizables para M. Pero pronto terminaron las concordancias y empezó a registrar ciertas discrepancias o bien cierto sinsentido. ¿Para qué aprender de memoria veinte tipos de animales diferentes, si los únicos animales que había en el campamento eran perro, gato, cochinos y gallinas… ¿Qué sentido tenía aprender el vocabulario de la acción de comprar y vender en sus posibles variaciones, si la única pequeña tienda del campamento ostentaba una oferta de mercancías reducida a su mínima expresión, consistiendo en galletas secas, chiles enlatados, plátanos, cigarros y papas fritas?... En el idioma se percibía un eco y una resonancia de la cosmovisión de los tzolziles… cuando intentaba aprender las palabras de este idioma tan diferente a lo que ella manejaba, en medio del revoloteo de las gallinas que le parecían animales desagradables y estúpidos que por doquier dejaban caer sus heces… Detrás de cada página que intentaba conservar en la memoria, se levantaba, se levantaba una y otra vez la gran pregunta de qué hacía aquí, qué ataduras la mantenían aquí, en contra de su sensación de confort e integración (p. 53)

Morales Bermúdez, otro viajero incansable por Tila y Sabanilla, Salto de Agua y Tumbalá, caracteriza al chol como una lengua en acción en su texto ON O T’IAN ANTIGUA PALABRA y dice  

En esta modalidad se conservan voces y formas casi desaparecidas, arcaísmos y modismos del español que se habla en Sudamérica… ello traduce, en alguna forma, la estructura mental de indígenas y mestizos de la región y muestra que los factores económicos y sociales no obran del mismo modo en todos los lugares. Para decirlo de otra forma, La lengua puede considerarse como el registro más auténtico y fiel de la tradición de cada lugar”[6]

A su vez, en un breve capítulo “El calendario”,  señala:

En cada salón de la escuela cuelga un calendario que marca las fechas de año escolar… Pero los días festivos, conmemorativos y feriados registrados en este calendario no son los mismos que los de los otros calendarios del país. Se festeja el Día del guerrillero Caído, el Día Conmemorativo del Levantamiento Zapatista, en pocas palabras, el ciclo escolar de estos niños no tiene nada que ver con” Sin embargo, va más allá de conmemoraciones escolares. Estos calendarios marcan otros tiempos, es un calendario educativo pero también social, es geográfico pero también político, marca, a decir de los zapatistas un tiempo distinto como lo reitera Marcos tanto en sus relatos de El viejo Antonio como las historias de un coleóptero metido a caballero andante, Don Durito de La Lacandona, escarabajo con los tiempos trastocados.

 También el Sub señala, en la entrevista con Laura Castellanos, a la pregunta sobre los dos relojes que lleva en las muñecas: “Eso es el movimiento. La disparidad de nuestro tiempo y el de ustedes. Van atrasados por cierto”. Esto que pareciera una humorada cobra importancia fundamental en planes y programas, en procesos y movimientos indígenas que trastocan el tiempo oficial, el tiempo burocrático de la clase en el poder, el tiempo de las elecciones, el tiempo del compadre, del padre, de las compras, un tiempo pervertido por los medios masivos y el poder establecido. Christine intuye algo que los caxlanes hemos sido incapaces de entender medianamente: el desfase entre la temporalidad occidental y la temporalidad indígena; en otras palabras los relojes, calendarios, cronómetros, marcan un tiempo donde pasado, presente y futuro son omnipresentes mientras en ellos no rige tal distinción.

En su apartado “Los dibujos de los niños”,  Christine presenta esos dibujos no sólo ilustrando su texto complementándolo, trasladándolos a otra dimensión estética que valdría la pena utilizar en la segunda edición; sobre el partular nos describe:

llevó papel para dibujar y crayolas… los niños prácticamente se los arrebataron de las manos… Las crayolas agarradas con fuerza y torpeza entre los dedos, así pintaron. Flores, gatos, pájaros, casas radiotransmisores… Sobre todo en los motivos más recurrentes se podía apreciar una mano ordenadora, un esquema predispuesto, que tradujo la imagen interior en formas exteriores. La manera de dibujar reveló un patrón básico aprendido. El gato con altas orejas agudas y afiladas, el cuerpo de bola y la cola en espiral en movimiento descendiente, las flores con pétalos alrededor de un cáliz circular… No predominaba ninguna disposición geométrica, sino más bien se trataba de llenar un espacio vacío. Las formas se repitieron y resultaron, ante los ojos del espectador, como un baile alrededor de algo que no tenía centro… Las dimensiones y las proporciones de las partes del dibujo no correspondían al tamaño natural. Así que un árbol podía tener el mismo tamaño que una mariposa o una flor… Resulta interesante cómo se trasmite la ideología, a través de las representaciones de los héroes del movimiento, a través de los días feriados que se diferenciaban del calendario oficial. ¿Acaso la nueva ideología está relacionada nuevamente con un personaje dominante? ¿O más bien, existe una necesidad para la fantasía de ligar los deseos, las esperanzas y las ideas a una persona?... Muchos de los dibujos combinaban lo gráfico con lo escrito… las palabras se escribían en tzolzil” (p.63)

Por último, en otro de sus breves capítulos, “Fotografías”, la autora eñala: “El último día de mi estancia en Tsanembolom finalmente me atreví a sacar fotos de los niños. Todos estaban emocionados y posaron para mí. Todos querían ser retratados y ver su fotografía en la pantalla de la cámara digital…” (P. 67) Resulta muy afortunada su manera de proceder, el atreverse a fotografiar a niñas y niños el último día de su estancia. Así hay que hacerlo por cuestión ética y por qué no, estética; no podríamos proceder al revés: fotografiar cuando no conocemos a las personas, cuando no nos hemos interiorizado en su cultura, sus tradiciones, su cosmovisión. Este proceder de Christine rompe con la tradición caxlana de irrumpir, cámara en mano, en poblaciones indias a las que apenas conocemos y que finalmente resulta una agresión, de forma directa o indirecta. Saludo la edición de chiapas. Señales y espero que en ella lean con otros ojos y  otras miradas desprejuiciadas a pueblos que en pleno siglo XXI todavía desconocemos.



[1] Profesor-investigador de la UAM Azcapotzalco, Departamento de Humanidades.

[2] Christine Hüttinger. chiapas.señales. México, Publidisa, 2012. Las siguientes notas se pondrán entre ´paréntesis.

[3] Linda Alcoff. “Feminismo cultural versus posestructuralismo: crisis de la identidad en la teoría feminista” en Feminaria Año II Número 4, noviembre de 1989, Buenos Aires.

[4] Jesús Morales Bedrmúdez. ON O T’IAN ANTIGUA PALABRA. Narrativa indígena chol. México, UAM, Azcapotzalco, 1984

[5] Antonio Paoli. Educación, autonomía y lekil kuxlejal: aproximaciones sociolingüísticas a la sabiduría de los tzeltales. México, UAM-X, 2003.

[6] Jesús Morales B. ON O T’IAN, ob. Cit. P. 62

 

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