27, Noviembre de 2013

Reseña del libro: Ejército Libertador. 1915

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El libro de Francisco Pineda. Ejército Libertador. 1915, es el tercer producto de una investigación histórica de largo aliento, después de La irrupción zapatista. 1911 y La revolución del sur. 1912-1914, todos publicados por la Editorial ERA. La calidad de la narración y el enorme trabajo investigativo de la trilogía en su conjunto, sitúa a Pineda como el historiador más especializado y riguroso de la insurgencia zapatista; un demoledor de clises, mitos y prejuicios construidos por la historiografía dominante en todas sus vertientes: desde las versiones carrancistas que nutrieron los imaginarios postrevolucionarios, con toda su carga de racismo abierto o soterrado sobre la gente del campo y los pueblos indígenas; pasando por los investigadores estadounidenses que describen el zapatismo como un levantamiento de campesinos localistas-tradicionalistas-conservadores; hasta quienes en el ámbito del socialismo internacional de la época restaron importancia, e incluso, ignoraron, el proceso revolucionario mexicano que estalla en 1910, y en particular, la revolución de indígenas-campesinos dirigidos por su general en jefe: Emiliano Zapata, por no estar encuadrada dentro de la contradicción de clases burguesía-proletariado, considerados los únicos sujetos socio-políticos capaces de efectuar cambios en las sociedades “modernas”.

 

Siendo 1915 un año definitorio del rumbo que seguiría la revolución mexicana, el libro en comento describe en detalle, (a partir de un exhaustivo análisis documental que incluyó la selección y procesamiento de miles de cartas, telegramas, circulares, manifiestos, así como la revisión de numerosos periódicos y archivos de varios países),  la singular épica de un ejército de campesinos revolucionarios que ocupa la capital de la República desde el 24 de noviembre de 1914 hasta el 2 de agosto de 1915, y simultáneamente, combate a las fuerzas carrancistas en varias direcciones de la geografía nacional y abre “otros horizontes posibles  para la nación insurrecta: alianza de la revolución del sur y la revolución del norte, unidad de los pobres del campo y los pobres de la ciudad, al mismo tiempo que un estrechamiento mayor, territorial, entre el magonismo y el zapatismo.” (P. 15)

El lector va siguiendo paso a paso y, con minuciosidad, los debates entre los representantes de las distintas fuerzas de la Convención, sus propuestas legislativas, sus razonamientos político-ideológicos, las contradicciones e, incluso, abiertas traiciones en la cúspide misma del gobierno provisional convencionista, con Roque González Garza, como encargado del Poder Ejecutivo, y, particularmente, de la facción maderista en el seno de la Convención, que buscó asumir la representación política de las clases dominantes. Se exponen también las reacciones de los distintos sectores sociales ante la presencia y preminencia de los revolucionarios sureños en la ciudad de México, el impulso consistente que dieron a las luchas de los trabajadores y los pobres del campo y de la ciudad, a la emancipación y los derechos políticos de las mujeres. Se describen, con todos sus pormenores y participantes, las campañas y sus correspondientes batallas contra el carrancismo, sobre todo del Ejército Libertador, pero también de la División del Norte; se destaca la permanente política injerencista de Estados Unidos en el conflicto y el peso decisivo del apoyo político, diplomático, logístico, en armamento y pertrechos militares del gobierno de este país que finalmente inclinó la balanza de manera irreversible en favor de Carranza y permitió, en ese año crucial, la ocupación de la capital por el llamado ejército constitucionalista, la disolución del ejército villista después de su inicial derrota en Celaya ante Obregón en abril de 1915, el cerco al Ejército Libertador en Morelos y, por último, la guerra de exterminio contra los zapatistas que culmina con el asesinato de Zapata en 1919.

Lo más destacable del libro es comprobar, con un vasto respaldo documental, una de las principales hipótesis del autor, que cobra validez universal, para consternación de las posiciones obreristas o proletarizantes que tanto daño han hecho a los movimientos revolucionarios de orientación marxista:

 “Los trabajadores del campo, hombres y mujeres, mayoritariamente indígenas, despuntaron como fuerza motriz de la Revolución mexicana. Este rol no depende de posiciones en estructuras abstractas y no es un título que se pueda adquirir previamente, sino que es el resultado histórico de la lucha misma. El carácter revolucionario de una fuerza social se encuentra sometido a la pruebas de la práctica revolucionaria y esto se puede constatar por medio del análisis concreto de cada situación concreta. En México, los hechos indican no sólo que la gran masa de los productores del campo si estaba directamente envuelta en la lucha entre capital y trabajo, sino que además la fuerza revolucionaria del campo fue capaz de abrirle brecha a la emancipación social. Esa realidad, por lo demás, ha sido ratificada en las luchas de liberación de nuestra América, África y Asia”. (P. 16)

Siendo el actor central de la trama narrativa el Ejército Libertador dirigido por Zapata, el libro explora con singular profundidad y también con base en fuentes documentales no conocidas, el ya mencionado papel de Estados Unidos en la Revolución mexicana a partir de la existencia, desde el inicio mismo del proceso revolucionario, de planes de sus servicios de inteligencia militar para una guerra general contra México, que incluía la invasión y ocupación de la República, incluyendo sus principales puertos, así como el establecimiento de un bloqueo total en el Pacifico y en Golfo de México.  De hecho, la puesta en práctica parcial de esos planes tiene lugar con la ocupación militar del puerto de Veracruz del 21 de abril al 23 de noviembre de 1914, y con una nueva invasión estadounidense a territorio nacional del 14 de marzo de 1916 al 7 de febrero de 1917.

Pineda sostiene que no es casual que en marzo de 1916, sobreviene la invasión carrancista de Morelos, y en forma simultánea, tiene lugar la invasión estadounidense a Chihuahua:

“El objetivo señalado por los gobiernos de Venustiano Carranza y Woodrow Wilson, en forma explícita, fue exterminar el zapatismo y exterminar al villismo. Ambas campañas, además, estuvieron sincronizadas…Luego de meses en que el carrancismo aplicó la estrategia de guerra económica, cerco y hambre, las mujeres insurrectas de la capital y los campesinos revolucionarios fueron masacrados. La revolución social, que arribó al punto más alto en las jornadas de junio de 1915, fue ahogada en sangre con las armas y municiones de Estados Unidos empleadas por los carrancistas.” (Pp. 18 y 19)

Pineda expone en detalle los planes operativos de las fuerzas de ocupación estadounidenses, las rutas de invasión, las zonas estratégicas geopolíticas que los imperialistas han deseado después del gran despojo de la guerra de conquista de 1847, como Baja California y el Istmo de Tehuantepec, las aduanas de puertos y fronteras, y obviamente,  las regiones petroleras y metalúrgicas de la época, que por cierto, con sus acrecentadas dimensiones, los actuales gobiernos de traición nacional ya entregaron, o están por entregar a las corporaciones extranjeras, sin mediar ocupación militar directa. El factor de la injerencia del gobierno de Estados Unidos y su alianza estratégica con el carrancismo, que Pineda califica como “la retaguardia profunda y oculta del carrancismo”, la permanente actividad de sus agentes secretos, embajadores y enviados especiales en todo el territorio, se encuentran a lo largo de todo el texto, por lo que la investigación realizada supera con creces una visión acotada de la revolución del sur y su Ejercito Libertador.

La obra muestra y demuestra de múltiples formas el carácter nacional del movimiento zapatista, su proyección mesoamericana y las dimensiones y los alcances del proyecto emancipador de los pueblos contra la colonialidad del poder, todo lo cual refuta los argumentos de la historiografía dominante en torno al “localismo” y la ausencia innata de los pueblos indígenas de identidad y proyectos de nación; estos argumentos han permeado los imaginarios de un sector importante de la academia y de la intelectualidad hasta nuestros días. Recordemos los juicios de Arturo Warman sobre la exterioridad de la insurrección del EZLN, que según este funcionario salinista constituía “un proyecto político implantado entre los indios, pero sin representarlos;” destacan también sus razonamientos acerca de que no podía ser un movimiento indígena por asumir reivindicaciones nacionales y socialistas.

“La propuesta zapatista de organizar el país sin privilegios y sin presidencialismo no sólo era un planteamiento para toda la República, también era el más avanzado de la Convención; empujaba el proceso histórico hacia adelante no hacia atrás. La estrategia del Ejército Libertador se enlazaba con las luchas de los oprimidos y explotados de la nación, mayoritariamente indígenas; por ello, la historiografía dominante ha negado con terquedad racista su existencia. Se dice sin fundamento alguno, que el Ejército Libertador no tuvo una estrategia nacional. Pero ése es un discurso que sólo busca conjurar los desafíos de la política revolucionaria.” (P. 64)

Así, para quienes están interesados en los estudios en torno a las mentalidades racistas, el libro en comento resulta de especial utilidad. Pineda describe como “el racismo de los maderistas incrustados en la División del Norte no podía ser más directo,” y cita la versión taquigráfica de la intervención del coronel Federico Cervantes, quien representaba al general Felipe Ángeles en la Convención y acusaba a los zapatistas de incapacidad militar:

 “A los indios hay que señalarles sus defectos. Lo que les falta son hombres que los guíen, hombres que conozcan sus deberes e inspiren obediencia y disciplina que no tienen en ningún grado. Así obtendrán victorias como los del norte.” (P. 60) El propio Felipe Ángeles exhibía un clasismo que sin duda envidiaría la hija de Peña Nieto: “Tendremos especial cuidado de no asociarnos, es decir, no admitir en nuestro grupo a la plebe, porque una dolorosa experiencia nos ha enseñado que aunque debemos pelear o trabajar por el adelanto de la clase baja, no debemos admitirla en nuestras filas, porque seremos cómplices o culpables de sus desmanes.” (P. 47)

Muy interesante es la mención de los internacionalistas de la época en las filas zapatistas, como el Coronel Prudencio Casals Rodríguez, quien siendo hijo de Cuba, consideraba como patria cualquier lugar en que podía prestar su ayuda a la humanidad que lucha por la causa de la libertad. Pineda da cuenta que Emiliano Zapata lo asciende a general y, “como tal, fue comandante de la Brigada Roja, en la División Zapata del Ejército Libertador, que organizara Santiago Orozco. Estuvo al lado del general en jefe hasta el final, en Chinameca, y murió en la ciudad de México el 9 de octubre de 1949.”

Destaca en el libro que pese a los grandes esfuerzos del zapatismo en los planos políticos y militares, no fue posible dar el salto cualitativo necesario para impulsar decididamente la insurgencia de los pobres de la ciudad; al igual que los comuneros de París no se confisco a los acaparadores de alimentos y productos básicos ni se tocó a la banca, agravándose el problema del hambre:

“En la ciudad de México –destaca Pineda--, la situación insurreccional exigía aplicar masivamente el Plan de Ayala, no la “confiscación de comité”. Esto último iba contra el principio fundamental del Plan de Ayala y también bloqueó la posibilidad de ligar orgánicamente al Ejército Libertador con la rebelión de las mujeres, llamar a la huelga general como medio auxiliar para producir la insurrección y combinar las trincheras y las barricadas para sumir conjuntamente la resistencia armada al carrancismo y a la burguesía.” (P. 305)

Al mismo tiempo, “Nunca se materializó la alianza militar de la revolución del sur y la revolución del norte. Eso fue decisivo en la guerra.” (P. 99) El autor señala:

“En el curso de cuatro meses, se produjeron dos derrotas fundamentales para la Revolución mexicana. Por separado, el Ejército Constitucionalista derrotó a la División del Norte y, luego, en la capital de la República, al Ejército Libertador. Para el carrancismo, lo primero significó destruir la principal fuerza militar de la Revolución y, lo segundo, manifestar la supremacía plena…Para la revolución del sur y la revolución del norte, estos acontecimientos significaron pasar a la defensa estratégica, que será una guerra de exterminio durante los siguientes años.” (P. 350)

He intentado destacar de manera sintética los aspectos que consideré más importantes de la obra de Francisco Pineda y, al llegar al final de este escrito, me doy cuenta de las aportaciones igualmente valiosas que quedaron fuera, de todos los detalles que la enriquecen. Ocurre así, en libros más allá del común, en obras destinadas a perdurar y convertirse en clásicas, y de lectura imprescindible. Ejercito Libertador. 1915, es, sin duda, una de ellas.

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