15, Noviembre de 2012

El anverso del dolor

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La obra que nos ocupa es parte de una serie que aborda al cuerpo como objeto de análisis privilegiado. En la Antropología del dolor, David Le Breton aprehende su construcción social y cultural para comprender cómo el hombre que sufre se lo apropia, conduce, reproduce y, en el mejor de los casos, logra otorgarle un especial significado.

Le Breton recorre las diferentes facetas del dolor, las diversas interpretaciones desde la fisiología, la anatomía hasta la filosofía y la psicología, que considera insuficientes ante la constatación objetiva de la experiencia del dolor como vivencia íntima del individuo. También cuestiona el sentido del dolor, en tanto experiencia subjetiva, que se padece en mayor o menor intensidad, según el significado que las diversas culturas le otorgan a esta experiencia.

 

“El dolor es junto con la muerte la experiencia humana mejor compartida”,[1] porque trata de una adversidad universal que nos llena de esperanza para alcanzar la fuerza y la libertad para sobrepasar los infortunios de la vida.

La distinción entre sufrimiento y dolor, que afectan cuerpo y alma respectivamente, se presenta desde la terminología médica en los conceptos de dolor y sufrimiento. El dolor es un hecho inevitable, situacional y necesario. La alternativa propone el sufrimiento como opción, siempre y cuando se cuente con educación y conciencia para saber contender con el sufrimiento y la indignidad que causa.

A fin de hacer una arbitraria distinción se dice que el dolor es un hecho personal, audible, concreto e irrepetible y, el sufrimiento es a su vez, en la mayoría de los casos, una experiencia silenciosa y difícil de expresar. “Sufrir es sentir la precariedad de la propia condición personal, en estado puro, sin poder movilizar otras defensas que las técnicas o las morales”.[2] La intensidad del dolor varía de acuerdo con el sentido que pueda dársele a esta experiencia. Los que sufren experimentan la misma necesidad: tratar de encontrar un significado al sufrimiento requiere del apoyo y comprensión de los no dolientes. Localizar el sentido del dolor; ¿por qué existe el dolor?, es asunto urgente dado que constituye el núcleo moral de todo aquel que sufre: el doliente; el cual requiere el apoyo y comprensión de las personas que están a su alrededor y que no están sufriendo, sobre todo en las sociedades que no integran el sufrimiento ni la muerte como hipótesis de la condición humana.

Parecería que el dolor es una puerta de ingreso a la realidad, puesto que “El dolor no es un hecho fisiológico, sino existencial”.[3]

El autor explica que el dolor no es una función orgánica sino la consecuencia de una función, la cual avisa acerca de una herida o de una enfermedad, pero no siempre es así. Incluso en algunos enfermos el dolor es acallado por un desajuste neurológico, o padecen el dolor sin una causa aparentemente patológica. Entonces, ¿para qué puede servir el dolor, desde el punto de vista orgánico? El autor ofrece algunas propuestas:

Para algunas personas el sufrimiento supone un camino de "acceso al ser".[4] ¿Acaso el dolor oscurece la experiencia del ser? Una forma de "instalarse físicamente en el mundo"[5] es el caso de los hipocondríacos que configuran una identidad mediante sensaciones dolorosas o vergonzosas, o el de los histéricos para quienes el dolor físico es la representación fiel del dolor moral por el que esperan haber logrado el amor y la compasión (y generalmente se victimizan) al grado de exigir la comprensión y el afecto de los otros; los que aparentemente no sufren.

Pero sucede que el sufrimiento amenaza nuestra identidad, y puede llegar a transformarnos en perfectos desconocidos, especialmente en los casos de sufrimiento crónico. "El hombre sufriente ya no es el mismo, pero se le considerara  a la luz de sus comportamientos pasados. Se le reprocha ese cambio sin considerar circunstancias atenuantes".[6] Se llega inclusive a poner en duda la intensidad de su sufrimiento o la disposición para cooperar en su restablecimiento, lo cual hace más intolerable el dolor del doliente. Lo que en un principio puede ser un acto solidario, se transforma al final en desconfianza y, todavía más: en rechazo. Entonces, el doliente cuenta con opciones que van desde la ocultación, el aislamiento, o el chantaje afectivo.

De ahí que algunas personas generan una cantidad tal de sufrimiento que les ayuda a presentarse ante los demás. Sin él les sería imposible existir: "para colmar una deuda infinita de la infancia o de otra época, o mantener su lugar en el seno de un sistema relacional donde el dolor es la moneda de cambio"[7], "pagando el precio de la pena, la privación, la aprehensión", se "satisface en parte la defensa de sí mismo, evita exponerse a una posición que le sería aún más amarga".[8] Son éstos los casos en que la enfermedad (real o imaginaria) es útil como demanda y remplazo de compasión, así como de la necesidad de ser aceptados por el grupo social: la palabra sufriente implica una demanda de amor, expresa un aullido, un grito para  estrechar los vínculos afectivos.

En la mayoría de los casos, el ejercicio religioso puede ser capaz de otorgar un significado al dolor, especialmente sí entendemos la religión como vinculación y dependencia. Desde esta perspectiva puede ser comprensible que el sacrificio del dolor logre el significado de ofrenda de amor, de anhelo, de afecto y de pertenencia a una comunidad, tal como se practican los ritos ―dolorosos― de iniciación en algunas religiones.

De tal manera, el dolor puede significar una libre ofrenda de amor y puede ser utilizado como instrumento de dominación a través de la tortura, el suplicio y la humillación. En cualquiera de los casos se manifiesta como ejercicio de poder, ya que "El dominio sobre el cuerpo es el dominio sobre el hombre, su condición, sus valores más queridos".[9] Ésta es la explicación de los castigos ejemplares ejecutados por la justicia penal. Pero también las prácticas dominantes de maltrato de género, el abuso infantil, la violación, la profanación, la indiferencia y la deshonra, que no comprenden el sentido original del dolor y continúan repitiéndose las prácticas de los dolientes y los no-dolientes.

Ahora se sabe que es posible transformar esas experiencias en mecanismos constructivos, como dice Le Breton: "El dolor es punción de lo sacro, porque arranca al hombre de sí mismo y lo enfrenta a sus límites, pero se trata de una forma caprichosa, que hiere con inaudita crueldad. Sin embargo, si permanece bajo el control moral o si es superado, ensancha la mirada del hombre, lo vuelve creativo, le recuerda el precio de la existencia, el sabor, la pasión y la certeza del instante que pasa. Todo depende del significado que el hombre le confiera. Si suprime el gusto de vivir cuando golpea, opera el efecto contrario en cuanto se aleja. Es una llamada al fervor de existir, un memento mori que devuelve al ser humano a lo esencial".[10]

Parecería evidente que uno de los modos de aliviar el dolor es vencer el miedo que nos inspira al atribuirle conocimiento y comprender que el sentido del dolor es penetrar en el sentido de la vida. Sin embargo, ese concepto depende de cada caso, de la existencia individual y de los arquetipos y modelos de la cultura.

No se puede negar que el dolor participa de la construcción social. Aunque el umbral de la sensibilidad sea semejante para el conjunto de las sociedades humanas, el umbral dolorífero en el cual el individuo reacciona, y la actitud que adopta están esencialmente vinculados con la trama social y cultural. Ante el dolor, entra en juego tanto la concepción del mundo del individuo, los valores religiosos o laicos y su experiencia personal. De manera que "La relación íntima con el dolor no coloca frente a frente a la cultura y su lesión, sino que sumerge, en una situación dolorosa particular a un hombre cuya historia es única incluso si el conocimiento de su origen de clase, su identidad cultural y confesión religiosa dan informaciones precisas acerca del estilo de lo que experimenta y sus reacciones".[11] De ahí que se considere un error la indiferencia acerca de las circunstancias particulares del origen social y cultural del enfermo.

Otro concepto del dolor depende del significado que cada persona tenga de su cuerpo: ¿cómo ve el individuo la imagen de su cuerpo? En efecto, la representación que cada persona hace de su cuerpo depende de su historia personal y de la visión que cada uno tenga del mismo dentro del contexto social y cultural. Además, un mismo individuo no tiene una relación constante con su dolor. Las circunstancias la hacen variar como se ha conceptualizado: puede fugarse del dolor a través de una actividad absorbente; huye por medio de estupefacientes, alcohol, cigarro, etcétera, decide ser reclamado por algo que ocupe absolutamente su atención. El dolor se acentúa si no se piensa más que en él, si el individuo se deja disolver en su tormento. El significado que se otorga al hecho doloroso, el estado de ánimo que reina en tal o cual momento, son las matrices que dan forma al sentimiento del dolor.

Así, Breton exhorta a los médicos a tratar a los pacientes desde un patrón teórico de lo que debería suceder. "No hay una objetividad del dolor, sino una subjetividad que concierne a la entera existencia del ser humano, sobre todo a su relación con el inconsciente tal como se ha constituido en el transcurso de la historia personal, de las raíces sociales y culturales; una subjetividad que, como hemos dicho, vinculada con la naturaleza de las relaciones entre el dolorido y quienes lo rodean".[12] De tal suerte que el motivo médico impuesto en nuestra sociedad occidental hoy por hoy requiere de una medicina en colaboración que tome en cuenta la participación del enfermo en el diagnóstico de la enfermedad, de un tipo de enfermo activo y no pasivo. Hacer del dolor un simple dato biológico es insuficiente en la medida en que su humanización es la condición necesaria para la consciencia, dado que los hombres no sufren de la misma manera ni en el mismo momento.

Esa especie de orientación estoica de la voluntad denominada “control personal”, es el principal remedio a la experiencia del dolor. "El estoico permanece inalterable ante las situaciones dolorosas puesto que entre su persona y las inclemencias del mundo se erige la omnipotencia de su decisión. Perder el control del acontecimiento es perderse a uno mismo, ya que el acontecimiento es un pretexto para la voluntad personal... Nada concierne tanto al ser humano como su disposición interior, de la cual es único amo y señor".[13] El dolor es sacralidad salvaje ¿Por qué sacralidad? Porque fuerza al individuo a la prueba de la trascendencia, lo proyecta fuera de sí mismo, le revela recursos en su interior cuya existencia ignoraba. Y salvaje, porque lo hace rompiendo su identidad. No le deja elección, es la prueba de fuego donde el riesgo de corrosión es inmenso. Es propio del hombre que el sufrimiento sea para él una desgracia donde se pierde por entero, donde desaparece su dignidad y autoestima, o, por el contrario, sea la oportunidad en la cual se revele en él una dimensión más amplia: la del hombre sufriente, o del que ha sufrido, pero que observa el mundo con claridad y lucidez. Esta actitud tiene que ver con la idea de una transformación del dolor en experiencia iniciática, tal como lo describe en su diario la escritora Katherine Mansfield. Convertir el dolor en un desafío de la dignidad humana cuya victoria consiste en su aceptación.

Finalmente, Le Breton realiza un interesante análisis acerca de lo que el dolor puede representar en nuestra sociedad contemporánea, familiarizada con la idea de que la vida pueda aparejar dolor y sufrimiento. Los avances en la investigación biomédica han erradicado el dolor y molestias de muchas enfermedades, pero han dado lugar a la cronicidad de otros tantos sufrimientos que no hubieran tenido oportunidad de manifestarse o exhibirse. Vale la pena recordar la facilidad con que se nos somete a las cirugías, y la relativa comodidad con que paliamos sus molestias gracias a los analgésicos. En el rubro del alma, la ciencia de los medicamentos ha contribuido a acallar el padecimiento silencioso de nuevos y viejos temores, que cooperan con volver vergonzoso el más ínfimo tropiezo en la vida. Como dijo el gran poeta peruano Cesar Vallejo: “Parece que surgieran suspendidas/ del muro en ruinas de mi pecho frío. / Junto a mi corazón que mudo y yerto /sangrando el carmesí de sus heridas/como esos tristes bronces, yace muerto”.[14]

Vale la pena rememorar que hace menos de cien años muchos dolores cotidianos resultaban irremediables, y las intervenciones quirúrgicas sólo se afrontaban en casos de vida o muerte; es decir: "el dolor estaba integrado en la economía de la vida".[15] El umbral de tolerancia del dolor era relativamente alto, se aceptaba como algo inexorable que afectaba a cualquiera en cualquier momento. Esta práctica continúa en sectores de la población de bajos recursos, medios populares o menos favorecidos.

Le Breton concluye diciendo que despojar al dolor de todo significado supone dejar al ser humano sin medios y mecanismos, hacerlo vulnerable, indefenso y cobarde. Aunque para el hombre parezca el acontecimiento más extraño, el más opuesto a su conciencia, el dolor no es sino el signo de su humanidad. Revocar la facultad de sufrir sería anular la condición humana. La supresión radical del dolor gracias a los progresos de la medicina es una fantasía; un sueño de omnipotencia que confluye en la indiferencia de la vida que es, a la vez, la indiferencia de la muerte.

En la búsqueda de la conciencia y del sentido del dolor, se encuentra la imagen de la esperanza, sobre todo para los grupos humanos carentes de recursos que, en la actualidad, pasan por condiciones totalmente adversas y repugnantes. El libro trata de dar respuestas al porqué del dolor y subyacentemente nos regala aliento, consuelo, perspectiva  y confianza. Vemos entonces que el ser humano no puede dejar de lado el dolor, por que dejaría también de lado el placer, el amor y el gusto por la vida, precipitándose, irremediablemente hacia el hastío.

 


Notas:

1 Le Breton, David. Antropología del dolor, Barcelona, Seix barral, 1999, p. 23

2 Ibid, p. 212

3  Ibid, p. 50

4 Ibid, p. 55

5 Ibid, p. 55

6 Ibid, p.190

7 Ibid, p. 232

8 Ibid, p.52

9 Ibid, p. 247

10 Ibid, pp.18-19

11 Ibid, p. 172

12 Ibid, p. 94

13 Ibid, p. 96

14 Vallejo, Cesar. “Campanas muertas” publicado en La Reforma, Trujillo, Perú, 13 de noviembre de 1915, p. 3.

15 Le Breton, David. Antropología del dolor, Barcelona, Seix Barral, 1999, p. 205.

En el artículo “Haciendas y ríos”, Rafael Gutiérrez hace referencia

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