7, Marzo de 2012

De los fragmentos del cuerpo y sus simbolismos

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"El pasado es como el ombligo, todos tienen uno"
Refrán español

El cuerpo humano  en su unidad o en sus partes, no es ajeno a la cultura y a la historia; tiene en su haber muchas y contradictorias mudanzas de sentido y algunas permanencias simbólicas. La modernidad fue remodelando la significación y valoración de las formas del cuerpo humano según su ciclo de vida y sus géneros, sus rasgos heredados o culturalmente modificados. La modernidad y las reacciones frente a ella, afirmaron un canon estético que fue sustituido o cuestionado por otro. La modernidad generó varias dudas, debates y certezas sobre el cuerpo en el seno de los saberes académicos. Estos últimos, incorporaron a sus estudios: las patologías, los órganos internos, los cadáveres y las osamentas.

En lo general las representaciones modernas de la corporalidad fueron desvinculándose de sus referentes míticos, mágicos y religiosos; también terminaron distanciándose y oponiéndose a las cadenas lesivas de algunas tradiciones culturales autoritarias. La Antropología y la Historia fueron discutiendo las medidas antropométricas, las formas corporales condicionadas por las creencias y algunas prácticas culturales. Al respecto Robert Hertz escribió un clásico ensayo intitulado La preeminencia de la mano derecha: estudio sobre la polaridad religiosa (1909).  Escribía Hertz en el epígrafe que preside su obra:

“¡Qué semejanza tan perfecta de nuestras dos manos, y sin embargo, ¡qué desigualdad más irritante! […]La mano derecha es símbolo y modelos de todas las aristocracias; la mano izquierda, de todas las plebes. “{tip ::(Hertz, 1990).}[1]{/tip}


Cindy Crawford. Foto tomada de pqon.com

A la luz de nuevas evidencias etnográficas y etnohistóricas  africanas  se ha planteado la relatividad cultural del aserto de Hertz sobre la preeminencia de la mano derecha.{tip ::Véase: (Kourilsky et al, 1991).}[2]{/tip} Sin embargo, tiene el mérito de haber llamado la atención sobre los vínculos de la mano derecha con la cultura y el orden social jerarquizado.

Desde nuestro prisma antropológico, hemos preferido atender las aristas culturales de dos pequeñísimos fragmentos corporales, patologías aparte, nos referimos a los lunares y a los ombligos. Lunares y ombligos aparecen en los mitos, en los diferentes géneros artísticos y literarios, en la medicina y el saber higienista, en el erotismo y la estética corporal.

 

Primera entrada visual

El lugar del ombligo y del lunar en la cultura y por ende, en el proceso histórico que le corresponde, no es irrelevante. La trivialidad o banalidad de los tópicos académicos no necesariamente responde a una moda posmoderna, por el contrario, son deudores de la cultura popular y de la cotidianidad que envuelve la vida no sólo de los llamados informantes, sino también de los antropólogos e historiadores. Los académicos comparten con el resto de la sociedad, ciertas imágenes sobre las partes del cuerpo que gravitan en el  imaginario social. Si el cabello y la barba fueron objeto de dos penetrantes crónicas culturales elaboradas por José Carlos Mariátegui en sus dos edades autobiográficas -la de "piedra" y la "heroica", por qué no desde nuestro  heterodoxo mirador antropológico no seguir análogo camino. Hemos pues de echarle ojo y seso, pluma e imagen a alguna huella generacional que posea raíces en la cultura popular sobre lunares y ombligos.

Jacques Le Goff recomendaba en toda investigación tomar en cuenta las palabras que designan el referente a investigar. Las palabras expresan la cultura en un tiempo y un lugar determinado. Otro es el camino para estudiar los préstamos lingüísticos entre dos sociedades distintas, los cuales pueden ser identificados, también sus modos de resignificación histórica y cultural. Antonio Gramcsi nos advirtió de que los estudios filológicos pueden trastocar no sólo la semántica y la fonética de vocablos como el ombligo o cualesquier otro, por perder como referencia el contexto histórico y relacional entre dos pueblos que hablan lenguas distintas. Criticó en esa dirección a Trombetti por su falta de rigor al punto de hacer una  ridícula interpretación lingüística:

Recuerdo un caso curiosísimo de un verbo de movimiento arioeuropeo confrontado con una palabra de un dialecto asiático que significa “ombligo” o cosa parecida, que debería corresponder, según Trombetti, ¡por el hecho de que el ombligo se “mueve” continuamente por la respiración!{tip ::(Gramsci, 1999: 121).}[3]{/tip}


María Félix, acuarela de Lizette V. Tomada de zetagaleria.com

Vamos ahora al lunar femenino. Éste, adolescente o maduro, con frecuencia nos despertó asociaciones sensoriales fuertes, imágenes turbadoras,  evocaciones inconfesas, y lo que es peor, sed de conocimiento simbólico y hasta la justificación para redactar este  breve y lúdico texto. Lunares y ombligos han sido revisitados dentro del marco de la construcción cultural de la masculinidad, sin desmedro del reconocimiento de otras posibles entradas alternativas.

El lunar femenino es espacialmente  caprichoso como marcador corporal, se deja ver o no, se le adivina o nos da la sorpresa, pero en todos los casos, nos fascina. Les aseguro que contar lunares en el mapa femenino, aunque sean de cuenta corta, es mejor que practicar esa aburrida contabilidad con imaginarias ovejitas, tenemos  la certeza que contar lunares preludian un mejor sueño que con las gastadas ovejitas.

Nuestra aproximación al universo del lunar tiene algo que ver con algo más que con la historia olvidada del destete y de las evocaciones de las  féminas de la familia propia y ajena. Pero esas anécdotas no las contaremos, el derecho a la privacidad es inalienable. Lo que sí podemos testimoniar es que el cine, durante los años de la guerra fría,  pobló de lunares nuestro  campo visual, nuestro  deseo, nuestro saber adolescente y juvenil, tanto que ahora ya con el peso de la edad, pocas imágenes nos conmueven. Podríamos decir que el cine, más allá de nuestra singularizada experiencia, construyó en cierto sentido una poética del lunar femenino con Marilyn Monroe, Sarita Montiel, María Félix, Úrsula Andress, la lista es imparable. ¿Recuerdan donde tenía sus tres lunares Anita Ekberg? Sin embargo, los lunares de celuloide no fueron los únicos, las canciones  y los poemas hicieron también lo suyo dándole forma a este quinto cielo del erotismo. No faltará quien afirme, que el lunar no es más fascinante que el ombligo en el cuerpo femenino.

Leer los lunares es un tema frívolo insistirán algunos lectores y colegas, sí y no, debemos responderles. La construcción, reelaboración y circulación de creencias sobre los lunares son prueba de ello, poco importa que no sepamos filiar correctamente su origen etnocultural sea en México, en nuestra variopinta América Latina o en la no menos colorida España.

Nos vamos  lejos en el tiempo para reconstituir la eficacia simbólica de los lunares. En el siglo XVII, el lunar fue conceptuado en castellano como influjo del astro nocturno, pero más propiamente por fijarse en: "... el rostro o en otra parte, como la luna en su orbe".{tip ::(Cobarrubias, 1631:773).}[4]{/tip} El mismo autor, nos  comenta que los lunares fueron  objeto de interpretación por parte de los "fisonomistas", atribuyéndoles la condición de mapas del espacio corporal en su conjunto. Sin embargo, esta especie de "lunarólogos" y sus lecturas fueron  perdiendo importancia para el sector ilustrado del barroco, que como el autor, ya las consideraba "niñerías" (Idem). Hasta aquí, la luna como el lunar, parecen refrendar su doble condición de centro y microcosmos. Leer el orbe desde la luna o leer el cuerpo desde el lunar, supone dos premisas: su función de centro y su papel de microcosmos o espejo corporal.


Marilyn Monroe. Foto tomada de the100.ru

Desde allí, es decir desde el "centro" leemos o adivinamos el todo, miramos el territorio reflejado o condensado en la parte. Otra versión, al rastrear filológicamente los sentidos mutantes del vocablo lunar, ubica como creencia popular hispanoamericana, que éste en su forma redondeada y su color claro, era asociado a la Luna llena, aunque constata que la forma más frecuente de coloración del lunar era más bien obscura, por lo que en este caso, estaría forzada su relación con la luna llena. Más tarde, se popularizó la creencia de que los lunares eran  las marcas corporales en el feto, debidas tanto a los influjos lunares como a los deseos de la madre gestante.{tip ::(Corominas/Pascual, 1984, T.III:713).}[5]{/tip}

Empero todo lo dicho, los lunares han sido asociados a estigmas y enfermedades malignas. En lo que va de la segunda mitad de este siglo, la lectura medicalizada del cuerpo ha hecho de los lunares, tema de preocupación porque algunos se manifiestan como cancerígenos. El dicho popular de que fulano es un lunar negro en la familia o el gobierno, tiene muchas aplicaciones en Morelos, también dentro y fuera del país. Y no es necesario poner ejemplos, hay algunos que casi son objeto de consenso político.  Pero la semántica del lunar, refuerza en el imaginario popular ese sentido figurado del estigma social, de mancha de diverso grado o calibre que marca a quien se equivoca, posee un defecto, o comete deshonra.

Qué duda cabe que la presencia real o simulada del lunar en el cuerpo de la mujer fascina y seduce. Alfredo Musset (1810-1857)  en su cuento El lunar da cuenta de ello en un diálogo en que se alude a Luis XV:

“En la delicada, blanca y preciosa espalda de madame Pompadour había un pequeño lunar, que parecía una mosca nadando en leche. El caballero, que estaba muy serio para encubrir su azoramiento, miraba el lunar, y la marquesa, con la pluma levantada en el aire, miraba en el espejo al caballero.

Uno y otra cambiaron por el espejo una rápida mirada, mirada que nunca engaña a las mujeres, y que de una parte quiere decir: “Sois encantadora”. Y de otra: “No me ofende lo que penséis”.

Sin embargo, la marquesa se arregló el peinador y le dijo:

-          ¿mirabais mi lunar, caballero?

-          No miro, señora; veo y admiro. […]

“Adiós, caballero, y tratad de recordar que este lunar que habéis visto sólo el rey lo conoce…{tip ::(Musset, 1863: 21-22)}[6]{/tip}

La lírica popular mexicana del siglo XX es también muy clara al respecto: "ese lunar que tienes junto a la boca, cielito lindo, no se los des a nadie que a mí me toca". Una entrada tan atrevida como la que construye Agustín Lara en María bonita, apela a la luna para borrar las mediaciones simbólicas entre el erotismo y la sexualidad: "...la luna que nos miraba ya hacía ratito se hizo un poquito desentendida, cuando la vi escondida me arrodillé pa' besarte". Provocadoramente, el ensayista Aura comenta: "Imagínense nomás a que altura le venía dando el beso -a la Doña-, por supuesto." {tip ::(Aura, 1990: 79).}[7]{/tip}

La luna, espejo arquetípico presente en nuestros imaginarios, reaparece como influjo amoroso en el espejo corporal femenino, los ojos para fijar la norma del deseo sobre el caos ("la selva dormida"). Recordemos esa popular canción de Chucho Navarro, popularizada por Los Panchos al filo del medio siglo, la cual dice:

"Como un rayito de luna/entre la selva dormida,/así la luz de tus ojos/ha iluminado mi pobre vida./Tu diste luz al sendero/en mi noche sin fortuna,/iluminado mi cielo/como un rayito claro de luna./Rayito de luna blanca/que iluminas mi camino/así es tu amor en mi vida/la verdad de mi destino." {tip ::(Zavala, 1991:154).}[8]{/tip}


Anita Ekberg. Foto tomada de listal.com

La Luna alude a la genitalidad femenina de un modo muy popular y festivo a través de la sangre, jugando más con la producida por la menstruación que con la producida por la pérdida de la virginidad. Nos referimos a cuando en la práctica ritualizada de "cantar" la lotería, se dice:

"-Traes las enaguas color tuna, ¿Porque te cornó la Luna? -! La Luna!{tip ::Comunicación personal del Dr. Axel Ramírez, Agosto de 1997.}[9]{/tip} Atendiendo a la tradición, la relación entre ciclo menstrual y el ciclo lunar resulta obvia, no así ese juego de sentidos sobre el color tuna, que no escapa a la coloración selenita si recordamos al pulque "sangre de conejo".

El lunar puede ser representado como un estigma compartido en las clases subalternas, como no los ha recordado José María Arguedas, conocido antropólogo y narrador andino. Arguedas en su novela El Zorro de arriba y zorro de abajo (1970), hace que el loco Moncada, incorpore en su prédica salvacionista dirigida a los habitantes de la ciudad portuaria de Chimbote, el lunar como equivalente del pecado original.

La altisonante retórica moral y escatológica del afrodescendiente Moncada recuerda a los místicos que analiza Michel de Certeau  en La Fábula Mística {tip ::Certeau, Michele, La Fábula Mística: siglos XVI y XVII, México, Universidad Iberoamericana, 1994.}[10]{/tip}, que fingían locura y se sumergían entre la plebe urbana. Moncada agregó dos emblemáticos símbolos en los brazos de la cruz de madera, un retazo de una red de pescar y una bolsa negra que contiene un ente oculto. El loco místico recurrió a un artilugio discursivo para que los integrantes de la plebe se sintieran descubiertos en su propia corporalidad a través de su imaginaria cartografía sobre los lunares, la equivalencia entre lunar, mancha y pecado es relevante. Existe otra posibilidad en el universo simbólico andino: la vinculación de la cruz o chacana prehispánica lunar de la cultura Tiahuanaco, que se diferencia de la más conocida, la chacana o cruz solar:

…por tener “doble punta intermedia”, lo que hace que entre cada parte de esta cruz exista 7 ángulos rectos, representando una fase lunar, lo que hace un total de 28 ángulos en sus 4 partes, representando así el ciclo lunar completo de 28 días, también es denominada como la cruz femenina, cruz de la fertilidad o de la mujer, por los 28 días que representa también al ciclo de la mujer, en lengua aymará, tanto al mes como a la Luna se la denomina con la misma palabra Phaxsi, lo que indicaría “un mes lunar”.{tip ::De la Torre, Manuel, “Arqueoastronomía andina”, en: http://www.astronomiaandina.260mb.com/index.php?pag=4, consultada el 25/7/2011.}[11]{/tip}

 

El ombligo

El ombligo es un marcador corporal del que formamos parte de los mamíferos placentarios, aunque nos diferenciamos, por haberlo simbolizado en rituales de sanación y en códigos estéticos de decoración, así como en tradiciones eróticas y amatorias.  El ombligo de Venus es el nombre que recibe una planta europea por la forma que revisten sus hojas. Sin embargo, en el imaginario de muchas sociedades no modernas, el ombligo simboliza el centro del mundo y es identificable con un espacio de poder, lo fue tanto para los Incas como para los aztecas, así como para muchas otras sociedades de otros continentes y tiempos pretéritos. No podemos afirmar que el ombligo como símbolo, sea considerado un universal cultural, salvo que aceptemos su variabilidad de sentido.

El ombligo en el Kama Sutra, es significado por generar una “sensación especial de tocamiento” del cuerpo femenino.{tip ::(Kama Sutra, 2005: 60).}[12]{/tip} Otros sentidos más vinculados a la energía y a la vida aparecen en las cosmopercepciones amerindias. Un mito andino peruano recogido por fray Antonio Calancha menciona una violenta disputa entre la deidad solar y Pachacamac por crear a los seres humanos (runas).  Pachacamac crea la primera pareja, y la deidad solar engendró con su falo y su ombligo a Vichana. Aquí cortamos el relato mítico, para subrayar que el andrógino dios solar, ha realizado una equivalencia simbólica entre su ombligo y la vagina, frente a su falo.{tip ::García Escudero, 2010: 474).}[13]{/tip} Otra versión, recogida por un jesuita en 1617, presenta una variante, pero que no cambia al ombligo como eje receptor de la fecundación solar que da origen a Vichana o Villama. En esta versión, el ombligo había sido enterrado por la deidad solar al nacimiento de su hijo del vientre de una vieja recolectora de raíces en tiempos de aguda sequía. El vástago fue muerto por su rival Pachacamac dejando desconsolada a su madre. El dios sol enterado de su muerte, desenterró el ombligo y lo fecundó dando origen a Vichama.{tip ::(García Escudero, 2010: 77).}[14]{/tip} En los mitos y las creencias amerindias, el ombligo también aparece vinculado con la genitalidad masculina. Entre los huaves de San Mateo del Mar en Oaxaca, deciden las dimensiones fálicas apropiadas, cortando el muñón a una distancia equivalente entre la que existe entre el dedo pulgar y el índice, mientras que para las mujeres, se fija como medida, la  distancia existente entre el dedo pulgar y el medio. El muñón se reintroduce en el abdomen para determinar el tamaño y la forma de los genitales, quedando fuera sólo la envoltura seca que se desprenderá.{tip ::(Signorini, 1979).}[15]{/tip}

Alfredo López-Austin en su enjundiosa obra Cuerpo humano e ideología: las concepciones de los antiguos nahuas, le asignó un lugar privilegiado al ombligo en la cosmovisión mesoamericana. El ombligo es considerado por los nahuas una de las siete oquedades del cuerpo humano, caracterización que guarda vinculación con el mito de origen de las siete cuevas.{tip ::(López Austin, 1984: 173).}[16]{/tip}

Filolao de Crotona (470 – h. 385 a.n.e.) filósofo pitagórico griego, le atribuía al ombligo constituir uno de los cuatro principios que modelan al animal racional. En su orden de enunciación, el ombligo aparece después del cerebro y el corazón y antes de las “vergüenzas” presidiendo “el enraizamiento y crecimiento del embrión.”{tip ::(García Bacca, 1991:302).}[17]{/tip} Interesante asociación, gracias a la cual, el ombligo implícitamente remite a la unidad orgánica con la madre. En la tradición judaica - al decir de Mircea Eliade- está presente la siguiente analogía sobre el ombligo: “Así como el embrión crece a partir del ombligo. Dios ha empezado a crear el mundo por el ombligo, y de ahí se ha extendido en todas las direcciones.”{tip ::(Eliade, 1998: 37).}[18]{/tip}

La cartografía lunar del cuerpo femenino incluye también al ombligo. En la tradición cristiana occidental, el ombligo de la Sulamita como referente lunar aparece en el Cantar de los Cantares, cuya autoría es atribuida a Salomón. Este  versículo ya reinterpretado en la versión bíblica atribuida a a Casiodoro de Reina (1569), fue definitivamente excluido  gracias  a las revisiones auspiciadas por las Sociedades Bíblicas Unidas.{tip ::(Santa Biblia, 1996:646-650).}[19]{/tip} Una puntual traducción del versículo original del hebreo al español, ha relacionado con claridad el ombligo (shorérj), a un recipiente ritual (agan) con figura propia a la redondez de la luna llena (agan Sahagar) conteniendo una mezcla acuosa (mezeg).{tip ::(Tibón, 1984:20).}[20]{/tip}

Fray Luis de León (1537-1591), destacado exégeta del Cantar de los Cantares, lo traduce del hebreo así:

"Es tu ombligo como vaso de Luna, que no está vacío o que no le falta mixtura". La interpretación de Fray Luis de León gana en claridad: "Vaso de Luna, es decir hechura de Luna (sic), esto es, perfectamente redondo. Mixtura entiéndese de vino mezclado y templado con agua. Pues quiere decir: sobre estas dos columnas de tus piernas se asienta el edificio de tu persona; la primera parte de él es el ombligo y vientre tuyo, el cual está muy hermosamente proporcionado, porque no parece sino una taza tan redonda como la Luna, y que esta taza está siempre llena de mixtura, que es vino aguado para beber; ansí ni más ni menos es el tu vientre, redondo, bien hecho, ni flojo ni flaco, sino lleno de virtud, que nunca la falta. "{tip ::(cit.por Tibón, 1984:23).}[21]{/tip}

El ombligo en las antiguas representaciones de Occidente, aparece vinculado a Venus. Se habla más y se mira más, el ombligo femenino que el masculino. Una especie de ojo ciego que acaso, por ese juego de equivalencias simbólicas, se aproxima a la genitalidad femenina. Michel Sims, ha rescatado una representación sobre el ombligo poco grata atribuible al médico Richard Selzer inserta en su libro dedicado al arte de la cirugía: “triste y pequeño muñón del ombligo, una rosca patética, todo lo que queda de la separación original, anudado, no vaya a ser que nuestro ánimo se nos  escurra con un ruidito obsceno”.{tip ::(Sims, 2004: 226).}[22]{/tip}

El marqués de Sade, convirtió al ombligo en vasija de dolor en su libro Las 120 jornadas de Sodoma o la escuela del libertinaje (1775), para tal efecto se recurre al aceite de oliva hirviendo, más conocido en la Europa del Siglo de las Luces como aceite de España. En un primer pasaje de la obra, Duclos toma posesión del cuerpo de Alina, mujer parturienta y objeto de cruel deseo tanático y le provoca sucesivas agresiones a su cuerpo, entre ellos el derrame de aceite de España en su ombligo. En dicha descripción, la crueldad sólo está asociada al placer de herir el cuerpo femenino y provocarle la muerte. En cambio, en el relato atribuido por Sade a Desgranges, que conoce de “asesinatos muy dolorosos”, expone como si fuese un simple objeto, los detalles de las heridas infringidas al cuerpo femenino de una joven a la que antes de  sodomizarla y provocarle su muerte,  también se le derrama en el ombligo  aceite de España.{tip ::(Sade, 2004:  404 y 409)}[23]{/tip}

 

A modo de reflexión final

Más allá de las retóricas y prácticas de la crueldad, el erotismo y el poder en torno al ombligo, queremos destacar otros eslabonamientos simbólicos. Las relaciones entre luna y el ombligo, la luna y el vientre, la luna y el lunar anudan sus sentidos estéticos y amorosos, gracias a juegos retóricos situados entre la metonimia y la sinécdoque. Los términos redondez/proporción, llenura/virtud, precisan los sentidos lunares del ombligo,  del vientre y del propio lunar allí donde se muestre o se esconda. Una sola recomendación para los amantes de la luna, el lunar y el ombligo auténticos aunque ajenos: cuídense de las gastadas lunas, de los ombligos tipo pasa o con piercing y de los lunares pintados o tatuados. La lógica cultural del deseo tiene por buenos sus objetos: luna, lunar y ombligo, lo demás queda por ahora circunscrito a la más lúdica y gozosa imaginación.

 


[1] (Hertz, 1990).

[2] Véase: (Kourilsky et al, 1991).

[3] (Gramsci, 1999: 121).

[4] (Cobarrubias, 1631:773).

[5] (Corominas/Pascual, 1984, T.III:713).

[6] (Musset, 1863: 21-22)

[7] (Aura, 1990: 79).

[8] (Zavala, 1991:154).

[9] Comunicación personal del Dr. Axel Ramírez, Agosto de 1997.

[10] Certeau, Michele, La Fábula Mística: siglos XVI y XVII, México, Universidad Iberoamericana, 1994.

[11] De la Torre, Manuel, “Arqueoastronomía andina”, en: http://www.astronomiaandina.260mb.com/index.php?pag=4, consultada el 25/7/2011.

[12] (Kama Sutra, 2005: 60).

[13] García Escudero, 2010: 474).

[14] (García Escudero, 2010: 77).

[15] (Signorini, 1979).

[16] (López Austin, 1984: 173).

[17] (García Bacca, 1991:302).

[18] (Eliade, 1998: 37).

[19] (Santa Biblia, 1996:646-650).

[20] (Tibón, 1984:20).

[21] (cit.por Tibón, 1984:23).

[22] (Sims, 2004: 226).

[23] (Sade, 2004:  404 y 409)

 

Bibliografía:

Aura, Alejando, La hora íntima de Agustín Lara, México: Editorial Cal y Arena, 1990.

Eliade, Mircea, Lo Sagrado y lo Profano, Barcelona: Paidós, 1998.

García Bacca, Juan David, Los presocráticos, México: Fondo de Cultura Económica, 1991.

García Escudero, Carmen, Cosmovisión Inca: Nuevos Enfoques y Problemas viejos, Salamanca: Universidad de Salamanca, 2010.

Gramsci, Antonio, Cuadernos de la cárcel, México, Ediciones ERA, 1999.

Gutierre Tibón, El ombligo como centro cósmico: una contribución a la historia de las religiones, México: Fondo de Cultura Económica, Colección de Lecturas Mexicanas, núm.16, 1984.

Hertz, Robert, La muerte. La mano derecha, México: Conaculta/Alianza Editorial Mexicana, 1990.

Kamasutra: Una nueva traducción completa del texto del sanscrito original, con Fragmentos del Jayamangala, Madrid:Edaf, 2005.

Kourilsky et  al, Mano derecha y mano izquierda. Norma y lateralidad, Buenos Aires: Editorial Proteo, 1971.

López Austin, Alfredo, Cuerpo humano e ideología: las concepciones de los antiguos nahuas, tomo I, México: UNAM, 1984.

Musset, Alfred, El lunar, Madrid: Impr. de la Corona, 1863.

Sade, Marqués de, Las 120 jornadas de Sodoma, Madrid: Akal Editores, 2004.

Signorini, Italo, Los huaves: de San Mateo del Mar, Oax., México: INI, 1979.

Santa Biblia, México: Sociedades Bíblicas Unidas, 1996.

Sims, Michael, El ombligo de Adán, Madrid: editorial Crítica, 2004.

Zavala,  Iris M., El bolero: historia de un amor, Madrid: Alianza Editorial, 1991.

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