050 - Julio - Septiembre 2017

Editorial 50: Cincuenta números… entre desfases y terremotos

Este colectivo ha librado ya algunas batallas, incluida la de su derecho de autonombrarse en concordancia con su identidad académica, política y cultural. Desde nuestra visible heterogeneidad de pareceres, compartimos, sin embargo, una misma hoja de ruta, o mejor dicho, una comunidad de destino: un México para todos, libertario, justiciero y respetuoso de la biodiversidad.  Bregamos por un México que se asuma como parte de Nuestra América y del mundo a contracorriente de los poderes fácticos, a contraviento del dolor que le causan a nuestro pueblo sus dos terremotos, agravados tanto por las mil y unas negligencias y corrupciones en materia de previsión de riesgos por parte de los gobernantes, como por el turbio manejo gubernamental de la ayuda humanitaria y sus negocios de la reconstrucción.

El presente en política exterior se ve contaminado por la renuncia a una brújula nacional, navegando a la deriva de las presiones del gobierno de Trump, a través del remozamiento del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), de la Alianza para la Seguridad y la Prosperidad de América del Norte (ASPAN) y del Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP). A la cada vez mayor injerencia estadounidense en asuntos de política exterior, comercio, recursos energéticos e instituciones castrenses, se suma la impulsada por Justin Trudeau, titular del gobierno canadiense a México, quien en reciente visita dejó entrever que su interés mayor es proteger y expandir a sus empresas mineras a todo costo. En ese mismo sentido, uno de los funcionarios del gobierno canadiense había ya sido muy claro al declarar: «Queremos a nuestros amigos mexicanos, pero nuestro interés nacional está en primer lugar y la amistad viene después» (Proceso, octubre 16, 2017, http://www.proceso.com.mx/507688/canada-ante-tlcan-dejar-a-lado-a-mexico-necesario).

Arribamos a un aniversario muy especial con el mismo ánimo y filo crítico y solidario con el cual iniciamos nuestro quehacer público el primero de septiembre de 2011.  Han corrido desde entonces siete años de que inauguramos nuestras «trincheras de ideas» como les hubiese llamado José Martí. Nos ratificamos en nuestra declaración de principios enunciada en nuestro primer editorial: «Frente a la “naturalización” del orden neoliberal y su orientación depredadora de la vida, de los derechos y del patrimonio histórico-cultural de nuestros pueblos, nos pronunciamos abiertamente contra esta corriente. Nosotros, trabajadores de la cultura, en estos tiempos grises y adversos que nos toca vivir, asumimos el ejercicio de la crítica como actividad profesional y ciudadana y, de cara a la problemática de la ciudad en que residimos y a aquellas otras con las que está imbricada por mil y un hilos, ampliamos nuestra visión al ámbito nacional e internacional.»

Este número del Volcán Insurgente tiene ciertas características particulares que deseamos destacar. Se trata del número cincuenta de su proyecto, y aun cuando la necedad no debiera usualmente ser motivo de satisfacción, en este caso lo es para nosotros –y en este nosotros incluimos a quienes colaboran en la revista y a quienes la leen-  porque la necedad ha sido uno de los dos combustibles fundamentales en esta empresa a lo largo de siete años. Tal vez quisiéramos emular a Herman Hesse, quien confesaba que sólo una virtud le era particularmente preciada, la de la obstinación, entendida como obediencia a un principio trascendente. La diferencia es que sin llegar a ser mujeres u hombres de principios como lo entiende a su vez Savater, quien dice que éstos son aquellos que todo lo empiezan y nada terminan, y por ello siempre están empezando, hemos continuado esta iniciativa armados de algo parecido a la necedad y también gracias otro combustible ígneo que nos mantiene en cierto desasosiego permanente, y es el de los tremores telúricos y escándalos que venimos atestiguando una y otra vez en nuestro medio.  Cincuenta números apalancados en la necedad y en el flujo ininterrumpido de barbaridades que no nos dejan vivir en paz, lo que nos hace a veces envidiar a las buenas conciencias que a pesar de tanta ceniza ardiente siguen impertérritas el camino hoy tan preconizado y miserable del “sálvese quien pueda”, del “a mí qué”.

Y como bien apunta, o más bien dibuja o inquiere Andrés Rábago “El Roto”, quien aceptó que reprodujésemos algunas de sus viñetas, si los escándalos ya no escandalizan, entonces ¿nos hemos de acostumbrar a la indignidad, la injusticia, la impunidad, la violencia naturalizada?  Un país ya convulso es sacudido. El tiempo está encima.


Viñeta de Andrés Rábago, El Roto (reproducida con su autorización)

La revista nació bautizada como “En el volcán”, retomando en parte el nombre de la célebre novela de Malcolm Lowry que se desarrollaba en Cuernavaca, publicada en 1947, pero cuyo autor intituló “Bajo el volcán”. En realidad, Lowry no se había percatado de que estaba plagiando ya desde entonces el título de nuestra revista, pero de todas formas le estamos muy reconocidos. La diferencia entre “bajo” y “en” radica, por supuesto, en que nos encontramos dentro del cráter, digamos, más cerca hoy de su núcleo incandescente. Pero como hay oficinas para registrarlo todo, las oficinas que registran los nombres de las publicaciones decidieron que no podía la nuestra llamarse igual que otra publicación periódica que, ella sí, había tomado íntegro el nombre de la novela de Lowry. Así que, más que por barroquismos ideológicos, nuestra revista acabó como “insurgente”, aunque eso de “insurgir” no sea hoy verbo usual pero que viene hoy a cobrar bríos, por cierto. Acabó pues llamarándose como insurgente.

Habiendo precisado o imprecisado lo anterior, cabe destacar también el desfase de este número, porque sale a la luz -o a las tinieblas- con retraso; nuestro ritmo de producción no corresponde con la vertiginosa producción de situaciones que reclaman atención, pero nuestra necedad y el surtidor de escándalos sí que siguen intensa o profusamente presentes, de modo que este número presenta tres textos que aluden directa e indirectamente al tema de los terremotos. El primero, escrito por Ricardo Melgar (“Los terremotos y la modernidad en América Latina”) entre uno y otro terremoto en México, esto es, antes del 19 de septiembre; el segundo, de la autoría de Guadalupe Martínez Donjuan (“Haciendo arqueología de la arqueología… Rehaciendo historias”), en que iniciando con la rememoración de un terremoto en la región de la Montaña en Guerrero en 1980, comparte tramos sugerentes de su experiencia de campo como arqueóloga, y un tercero (“La dimensión política y epidemiológica de un terremoto: apuntes en torno a la damnificación naturalizada“) de Paul Hersch, que parte de reseñar brevemente un viejo terremoto allende nuestras fronteras, para propiciar una reflexión sobre el momento actual en el país. A su vez, incluimos un texto del médico hondureño Juan Almendares, ex rector de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras y comprometido luchador social, en torno al asalto a la salud y la soberanía alimentaria ligados al tema de las plantas medicinales, en una exposición sintetizada en catorce desafíos de clara actualidad. Finalmente, nuestra sección audiovisual a cargo de José Luis Mariño se ocupa de una obra singular con mucho tino elegida para su glosa: “Oda al hombre común. Comentarios alrededor de Km. C-62. Un nómada del riel”, a propósito de un documental de Lourdes Roca que es una mirada desplegada en muchas aristas y cuyo eje es el intenso testimonio de un ferrocarrilero que coincide con etapas determinantes en el devenir de un sistema de transporte fundamental, desmantelado sin embargo bajo la lógica del entreguismo venal en boga, y a su vez anclado en la historia y en las contradicciones actuales del país.

Haciendo arqueología de la arquelogía… Rehaciendo historias

Centro INAH Morelos

En ocasiones y por diversos motivos no es posible entregar informes o redactar artículos sobre los trabajos arqueológicos que uno realiza. El artículo que ustedes ahora leen es una recuperación de trabajos realizados en el estado de Guerrero y que por las razones que se explican, permanecía en el cajón de los recuerdos. La idea de darlo a conocer aún sin la rigurosa información derivada de un trabajo arqueológico, tiene como finalidad el recuperar la información sobre el patrimonio que en esta materia tiene una región del territorio guerrerense.

 

Cualac,  Guerrero

En octubre de 1980, cuando estaba por terminar la exploración de la estructura piramidal en el centro de Huamuxtitlán, pueblo localizado en la Región conocida como la Montaña, un sismo cimbró la Región. Pasado el susto, empezaron a saltar a la vista los destrozos de las casas (fotos 1 y 2) y de los templos, y, casi de inmediato comenzaron las promesas de apoyo, pero se quedaron en eso: promesas.

El único apoyo que llegó fue el del Gobierno de esa Entidad y estuvo destinado a la reconstrucción de casas habitación. Al paso de los días, la preocupación de la gente por sus templos fue creciendo, porque no tenían los recursos para su restauración, y, la religión, en todos los tiempos, ha sido para el hombre parte del motor de su vida.

 
Foto 1. Huamuxtitlán


Foto 2. Alpoyeca

Mis frecuentes incursiones a varios pueblos y comunidades de esa región para sustentar un proyecto arqueológico, así como la amistad con algunos sacerdotes en esta parte de la montaña, me crearon un compromiso moral para ayudar a buscar las instancias a las que podían recurrir para solicitar apoyo. Empecé por hacer un registro fotográfico de los templos dañados desde los más sencillos y recientes con techos de madera y teja, hasta los de bóveda de cañón y grandes cúpulas (fotos 3 a 9).

 
Foto 3. Totolapa (Mpio. Huamuxtitlán


Foto 4. Tlalapa (Mpio. Cualac)


Foto 5. Alpoyeca


Foto 6. Huamuxtitlán


Foto 7. Temalacatzingo


Foto 8. Atlamajalcingo del Monte


Foto 9. Xonacatlán (Mpio. Alcozauca)

Posteriormente, a través del Arq. Rafael Gutiérrez, un compañero del INAH, contacté a la Arq. Norma Laguna O. entonces Residente de SAHOP en Cuernavaca y responsable de monumentos en zonas federales en cinco estados, entre ellos Guerrero.  Le expliqué el problema y se programó la visita con la finalidad de valorar los daños y que orientaran a los pobladores para solicitar el apoyo a las instancias correspondientes.

Finalmente, pasados varios meses de haberse entregado las solicitudes de los pueblos, incluso algunas escritas a mano y en náhuatl, aproveché la buena relación con el secretario de obras públicas del nuevo gabinete en el Gobierno del Estado de Guerrero y pedí su apoyo a esa petición. Es probable que ese apoyo fuese más por interés político que el de conservar la arquitectura de los templos, pero, lo que importaba eran los recursos, los cuales, pasados otros meses más se obtuvieron. Tiempo después me enteré que el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez, entonces director de SAHOP -ahora SEDUE- en el transcurso de una visita a Acapulco y previa invitación del Gobierno del Estado, autorizó varios millones de pesos para los trabajos de restauración.

Desconozco el proceso en la selección de los templos, pero solo  8 fueron favorecidos, aunque se dijo que los demás entrarían en una segunda fase, que nunca se dio. Una vez licitado el proyecto, se establecieron las normas para los materiales utilizados en la restauración arquitectónica y las técnicas de la misma. Junto con ello, se acordó que en los templos a intervenir se hicieran excavaciones arqueológicas como parte de esos trabajos; éstas estarían a cargo de un arqueólogo y en algunos casos se harían otros pozos estratigráficos.

La supervisión de los avances y observaciones de la obra, estuvieron a cargo de los arquitectos Norma Laguna O. y otro colega por parte de SAHOP y de un  arquitecto del Departamento de Monumentos Históricos, por parte del INAH, el cual, sin embargo,  debió tener problemas para desplazarse periódicamente hasta estos recónditos lugares, porque nunca hizo acto de presencia. Las excavaciones  estuvieron a mi cargo, apoyada por Josefina Gasca Borja, entonces pasante de arqueología.

El primer templo al que haré referencia es el de san Miguel en Cualac, pueblo ubicado entre los de Olinalá, Chiepetlán y Huamuxtitlán, donde los trabajos arqueológicos se realizaron entre agosto y septiembre de 1982.  En ese tiempo, las casas, como en casi todos aquellos pueblos, tenían techos de teja, pero había una que llamó mi atención porque en su “corredor”, destacaban unos pilares  hechos con piedras circulares, seguramente traídas de algunas construcciones prehispánicas que aún quedaban en sus alrededores (foto 10).


Foto 10

El templo, ya afectado por sismos pasados, perdió en alguno de ellos su techo que debió haber sido de bóveda de cañón y en su lugar quedaba uno a dos aguas con vigas de madera y teja. Las paredes o muros laterales conservaban unos debilitados contrafuertes, alguna vez también reconstruidos. El nuevo techo tuvo las mismas características y sólo se añadió una trabe perimetral a la que se anclaron las vigas o viguetas de madera (foto 11).


Foto 11

Los contrafuertes, en cambio, se reconstruyeron desde su desplante, se iniciaron a mayor profundidad, y aunque al exterior se les puso la misma piedra caliza que los recubría, el interior se reforzó con alma de varillas amarradas o ancladas a una zapata del mismo material (fotos 12 y 13).


Foto 12


Foto 13

En el lado izquierdo o norte del templo, las excavaciones dejaron al descubierto muros inconclusos o fragmentos de éstos. Uno de los más completos, cuyo punto de inicio posiblemente sea el mismo que el de la pared actual, tiene diferente orientación y está desplantado a mayor profundidad. (foto 14). Ello dio lugar a especular en un cambio en la orientación del templo, aunque las razones eran desconocidas; sin embargo, el hallazgo parcial de una construcción prehispánica vino en apoyo de esa especulación. 


Foto 14

En otro de los pozos, ubicado entre la capilla izquierda y el presbiterio, y que se  profundizó un poco más, encontramos la esquina de una construcción repellada con barro café oscuro distinto a la tierra del relleno; iniciaba 60 centímetros abajo del inicio del cimiento de muro o pared actual y a 40 centímetros hacia el interior. Al limpiarla nos percatamos, por sus características constructivas, que se trataba de la esquina de un cuerpo piramidal que se encontraba bajo el templo (foto 15)


Foto 15

La esquina de barro mide 70 centímetros de altura y se prolonga hacia el interior del templo. Este hallazgo y las características de su ubicación, afianzan la idea de que los misioneros en su afán de imponer la religión católica sustituyendo los símbolos sagrados, modificaron la orientación del templo para que el altar mayor quedara sobre el cuerpo de la estructura piramidal. Lamentablemente no fue posible explorar más allá de 60 u 80 centímetros a uno y otro lado (foto 16).


Foto 16

En las otras calas y pozos se encontraron entierros humanos asociados con cuentas de vidrio y una medalla con la representación de una virgen, lo que explica que en este atrio se siguió la costumbre de utilizarlo como cementerio para determinadas personas.  

De los entierros explorados, dos llamaron mucho mi atención, tanto por el lugar en donde fueron encontrados como por los objetos de su ofrenda. El primero, numerado como 3, fue de una persona joven, estaba debajo de un contrafuerte, como si hubiese sido colocada para iniciarlo. Estaba en posición decúbito dorsal extendido (boca-arriba) y ataviado con collares de concha y piedra verde, de los que quedaban cuentas circulares y cilíndricas, pequeñas conchas enteras y algunas placas de este mismo material, en su mayor parte muy deterioradas y deshechas (fotos 17 y 18).   

 
Foto  17  


Foto 18

El segundo entierro fue de un niño entre 8 y 12 años, numerado como 12, y se encontró junto al inicio de otro contrafuerte. Estaba en decúbito dorsal y tenía cascabeles de cobre a la altura de los tobillos y algunas cuentas de piedra verde, de lo que fue un collar (foto 19).

 
Foto 19

Respecto a la ubicación de los entierros, si éstos por su ofrenda fueran prehispánicos, podría parecer una coincidencia el haber estado en el lugar donde se desplantaron los contrafuertes; sin embargo, el respeto de los pueblos por los restos humanos habría hecho que los removieran y no fue así. Por otra parte, los huesos debieron estar cubiertos por la mezcla de cal y arena sobre la que asientan las primeras piedras y además deshechos por el peso de éstas; pero sólo estaban rotos y cubiertos por una delgada capa de tierra, incluso las costillas aún siendo tan frágiles, se encontraron completas. Por ello considero que su ubicación no fue casual ni fueron “entierros” de época prehispánica.

Partiendo de este planteamiento, las cuentas de piedra verde y la concha de los collares, así como los cascabeles, parecieran indicar que las costumbres prehispánicas de ataviar a sus muertos perduraron en este lugar muchos años después de la conquista. Pero el lugar donde fueron enterrados queda fuera de esas costumbres, porque no existen evidencias de enterramientos debajo de columnas, pilares o muros de las construcciones prehispánicas a manera de ofrendas o sacrificios.

Mientras los exploraba, trataba de encontrar una explicación del por qué fueron enterrados en esos lugares y empezaron a llegar recuerdos. En Zumpango del Río, cuando llovía demasiado y las crecientes aguas del río Mezcala, pasaban por encima del puente, la gente se atemorizaba por la posibilidad de que la corriente se lo llevara o cayera en ella. Pero a la vez, había una cierta tranquilidad, porque se decía que “estaba bien sostenido”  y “no le pasaría nada”. La tradición oral aseguraba que en cada una de las columnas o pilares que apoyaban al puente había los restos de una persona que fue colocada de pie para que sostuviera al pilar y gracias a ellos el puente no caería.

Esta versión de “emparedados” para dar resistencia a puentes y quizá a otras construcciones, parece común dentro de las “creencias populares” en las distintas regiones del país, pero su origen se ha perdido en la memoria del tiempo.

 

NOTA.  Durante varios años me acosó el sentimiento de culpa por no haber publicado en su momento algunos trabajos realizados en esta parte de Guerrero. Pero, sobre todo, por haber perdido libretas de campo con información, dibujos y hasta observaciones del trabajo en los templos, como la modificación del número de óculos en el tambor de la cúpula del templo de Xochihuehuetlán, entre algunas; Haber perdido los planos de los templos con la ubicación de excavaciones y entierros, olvidados en casa del ingeniero responsable de la restauración cuando impartí una plática del trabajo arqueológico y nunca los recuperé a pesar de solicitarlos varias veces, incluso a través del arquitecto Gutiérrez; a ello se suma el haber perdido buena parte del registro fotográfico, por haberlo prestado a diferentes personas y dependencias para sustentar la restauración, material que tampoco me fue devuelto ni entonces ni después.

A pesar de ello, considero pertinente la publicación de este testimonio. Los datos que utilizo, incompletos en algunos casos, son anotaciones en dibujos que en su momento fueron provisionales.

La dimensión política y epidemiológica de un terremoto: Apuntes en torno a la damnificación naturalizada

Las grandes catástrofes son momentos en que las sociedades

se ven obligadas a reflexionar sobre sí mismas y sobre su futuro.

Luisa Lima

 

Las víctimas develan la parte silenciosa de la realidad…

Manuel Reyes Mate

 

El primero de noviembre de 1755, a las nueve y veinte de la mañana, Lisboa fue sacudida por un gran terremoto; una hora y media después, desde el Atlántico irrumpió una marejada cambiando el sentido de la corriente del río Tajo y con ello su estuario, frente a la ciudad, fue incapaz de contener el volumen de agua que se virtió en ella con violencia. Ello, sin embargo, no logró apagar los incendios surgidos por doquier de los edificios colapsados, que ardieron durante una semana.


Visión del terremoto en Lisboa, primero de noviembre de 1755. Fuente: Georg Ludwig Hartwig.
Volcanoes and Earthquakes: A Popular Description in the Movements in the Earth's Crust. Londres. 1887, The Granger Collection, Nueva York (National Information Service for Earthquake Engineering, EERC, University of California, Berkeley), en: Taylor (2011).

En la actualidad se ha calculado que el terremoto alcanzó posiblemente los 9 grados Richter (Lousada y Henriques, 2007:183). Los choques de las placas tectónicas llegaron en tres sacudidas con una duración total de nueve minutos, y con repeticiones que continuaron a lo largo de dos meses, totalizando quinientas. El monto de víctimas mortales ha sido controversial, situándose por algunos autores en el margen de las 15,000 a 30,000 personas, aunque otros afirman que llegó al orden de 60,000 y aun de 90,000, para una ciudad que tenía entonces cerca de 250,000 habitantes, siendo la víctima mortal de más “alto rango” el embajador del reino de España, a quien, al huír de su casa le cayó en la cabeza su propio escudo de armas tallado en piedra (Lousada y Henriques, 2007: 184; Newitt, 2013: 138-139).[1]


Epicentro y tiempo de llegada del tsunami, en horas, a diversas regiones de afectación luego del maremoto. El cálculo del tiempo que tardó en llegar se muestra en colores: en rojo de una a cuatro horas, en amarillo de 5 a 6, en verde de 7 a 14 y en azul de 15 a 21.[2] Fuente: NOAA's National Geophysical Data Center (NGDC) - NOAA's National Geophysical Data Center (NGDC), http://www.ngdc.noaa.gov/hazard/icons/1755_1101.jpg  y https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Lisbon_1755_tsunami_travel_times.jpg (consultados el 1 de noviembre de 2017).

Por supuesto, no se trata de una competencia en cuanto a la magnitud de la mortalidad generada, si además tenemos en cuenta que se ha calculado en 250,000 las víctimas mortales resultantes del terremoto y tsunami habidos en la región de Sumatra el 26 de diciembre de 2004, calculado en 9.2 grados Richter (Blanc, 2009: 737).

Todavía en ese mismo año de 2004, se hallaron fosas comunes de víctimas del terremoto y de los incendios de Lisboa en los basamentos del convento de Jesús. Al respecto, João Luis Cardoso calcula que sólo en ese sitio se dio apresurada sepultura a no menos de 2,000 víctimas, partiendo del análisis de los restos encontrados:

...Com efeito, tudo indica inumações expeditas, efectuadas num espaço de tempo em geral curto, de vítimas de acções traumáticas, incluindo fogo, retiradas dos escombros acumulados em diversos locais da cidade (2008: 279).

Cuatro quintas partes de los edificios de Lisboa quedaron entonces severamente dañados o totalmente destruidos, incluyendo el palacio real, la Casa da Índia, los cuarteles de la Inquisición y la casa de ópera recién edificada, además de todos los hospitales y cárceles. Sólo cinco de los 65 conventos y casas monásticas que había en la ciudad resultaron sin grandes afectaciones. Se calcula que de las 20,000 casas existentes entonces en esa ciudad, sólo 3,000 quedaron habitables (Lousada y Henriques, 2007: 184).


Ruinas en Lisboa de la iglesia do Carmo, del siglo XIV, afectada por el terremoto de 1755 (Foto: P. Hersch)

El historiador inglés Malyn Newitt (2013) señala que ninguna capital europea había sufrido hasta entonces catástrofe similar, tal vez a excepción de Londres, devastada en 1666 por un gran incendio; por ello, el terremoto y tsunami consecutivo de Lisboa atrajeron la atención sin precedente de diversos intelectuales y científicos no sólo portugueses sino europeos, ante la necesidad de brindar explicaciones creíbles al fenómeno. Ese sismo no sólo fue motivo de numerosos análisis, interpretaciones, poemas, sermones y panfletos, sino que catalizó cambios políticos y sociales profundos y radicales, que iniciaron con el rediseño de la ciudad, pero que a la larga nutrieron, directa e indirectamente, el racionalismo propio de la Ilustración no sólo en Portugal, sino en Europa (França, 2007; Araujo y cols., 2007). 

El terremoto y el tsunami que le siguió en Lisboa abrieron paso a un desarrollo de lo que sería muchos años después denominado como el “capitalismo de los desastres” (Klein, 2007; Newitt, 2013), creando entonces

…las condiciones para la emergencia de un hombre fuerte que utilizó ideas contemporáneas para tomar el control del estado portugués, redistribuir sus recursos y reordenar sus instituciones; en breve, para dar oportunidad a las ideas de modernidad y capitalismo que generaron un cambio real no sólo para Portugal, sino, se plantea, para toda Europa (ob. cit., 2013: 132).

Aun a sabiendas de que un ser humano, solo, poco es y hace en este mundo, ¿quién era ese “hombre fuerte”?  Cinco años antes del terremoto, había sido nombrado secretario de estado de negocios extranjeros y de guerra del reino de Portugal un sujeto entonces poco conocido, Sebastião José de Carvalho e Melo (luego investido como marqués de Pombal), quien tomó las riendas de la reconstrucción en un proceso que a la larga derivó en las llamadas reformas pombalinas, que incluyeron, entre otras medidas, la expulsión de la orden de los jesuitas, la reducción de la influencia determinante de las grandes familias de la nobleza y también la anulación de muchas prerrogativas y ventajas de los empresarios ingleses, del alto clero y de la Inquisición, además de un proceso de dinamización económica y de transformaciones educativas que incluyó una profunda reforma universitaria (França, 2007: 7 y ss).


Retrato de Sebastião José de Carvalho e Melo, primer marqués de Pombal, aludiendo a la partida de los jesuitas y a su papel en la reconstrucción de Lisboa (Louis-Michel  van Loo y Claude Joseph Vernet, 1766; Museo de la ciudad de Lisboa). Fuente: http://espores.org/es/botanicos/el-marqu%C3%A8s-el-terratr%C3%A8mol-i-el-jard%C3%AD-bot%C3%A0nic.html (consultado el 1 de noviembre de 2017).

El marqués de Pombal, “hombre de terreno, pragmático y autoritario, empírico y desconfiado como todo déspota”, resultó lidiando con una sociedad barroca extremadamente jerarquizada, en la cual, a juicio de França (2007: 18):

…era indispensable introducir, entre la nobleza y el pueblo, una nueva clase social que ascendiese como en toda Europa francesa y nórdica, multiplicando éxitos en empresas de un comercio que se internacionalizaba, en nuevos circuitos y nuevas crisis […] se trataba también de proporcionar al pueblo tierras de cultivo mediante incipientes reformas agrarias, la disminución de mayorazgos y el desarrollo de nuevos trabajos fabriles

Y punto determinante de inflexión para ello fue el terremoto de Lisboa, el cual dió cauce a la energía y la capacidad administrativa de Carvalho entonces desplegada, y es que:

Hoy se reconoce que un desastre natural mayor sacude no sólo los cimientos de los edificios, de los hogares y negocios, sino que puede remover de raíz instituciones establecidas y también maneras de hacer las cosas, brindando oportunidades a quienes tienen la iniciativa para canalizar recursos nacionales y de usurpar funciones gubernamentales… (Newitt, 2013: 139)

Al margen de detenernos más adelante en qué significa eso de usurpar y de quiénes son los verdaderos usurpadores antes y a la hora de los desastres naturales, que son potenciados y exacerbados por los desastres sociopolíticos estructurales, cabe destacar que la del terremoto de Lisboa es una vieja historia que amerita recordatorio y también, en el caso de México y de Latinoamérica, que su eco social y político nos lleva a su vez a una constatación que no es nueva: la de la contingencia crítica como oportunidad. El asunto es, por supuesto, ¿para qué?


Rescate de niños en el Centro Médico, 19 de septiembre de 1985. Foto: Omar Torres. Fuente: https://oscarenfotos.com/2015/09/19/30-aniversario-terremoto-cd-de-mexico/ (consultado el 1 de noviembre de 2017).

Mucho y bien se ha narrado y reflexionado sobre los impactos sociales resultantes del terremoto de 1985 (véase, por ejemplo, Poniatowska, 1988; Bataillon, 1989; Rosenblueth y cols, 1992; Monsiváis, 2005) y en ello, a riesgo de reiterar, una lección básica se ha vuelto a poner de relieve: la del desprendimiento y la solidaridad de significativos sectores de una población ya de por sí damnificada sistemáticamente.

Sin requerir idealizaciones, la acción compasiva y eficaz del pueblo llano en las labores de rescate no sólo vuelve a obligar a una reflexión imprescindible, sino que renueva la esperanza –o fortalece la certidumbre- en la verdadera participación popular como una salida, la única, ante el cúmulo de agravios que conforman la cotidianidad ominosa de un México que se resiste a la degradación proveniente de las estructuras económicas y políticas que actualmente detentan un poder, a todas luces, damnificador.

 

Explicar un terremoto

Regresemos al ejemplo del terremoto de Lisboa. Hora y media después de la primera sacudida, mientras miles de sobrevivientes se habían reunido en la plaza de Rossio, cerca del río Tajo, acompañados de sacerdotes que los instaban a arrepentirse de los pecados que habían provocado el castigo divino, vino esa marejada en forma de una pared líquida de varios metros de altura (se calcula que seis), barriendo con arrepentidos y por arrepentir. Los barcos que no se hundieron perdieron sus anclas y fueron empujados violentamente a tierra. La marejada, sin embargo, no apagó el fuego, y cuando el viento se intensificó esa noche, los incendios se extendieron. De hecho, se atribuyó en parte el incendio a la cantidad de velas encendidas por motivo del día de todos los santos que entonces se celebraba y que ciertamente resultó ser así un auténtico “día de muertos”.

La explicación del terremoto tomó varios cauces además del inmediato, que más que razonamiento era una atribulada y masiva invocación. Por un lado, ante la certeza del terremoto como efecto de la punición divina provocada por la inmoral conducta de la población, resultaba imperiosa la necesidad de procesiones, rezos y actos devocionales y de arrepentimiento; por el otro, sin embargo, el terremoto debía ser abordado como un fenómeno natural y por tanto, la destrucción de la ciudad reclamaba soluciones racionales y científicas.

En esa segunda vertiente, las discusiones provocadas por el terremoto y el subsiguiente tsunami estimularon a su vez un amplio debate científico sobre sus causas: desde explicarlo como el efecto explosivo del agua y del aire atrapados y sobrecalentados debajo de la corteza del planeta, hasta el papel que podría jugar en ello la electricidad recién descubierta. Y así, si los terremotos podían ser entendidos, tal vez pudiesen ser previstos y su efecto aminorado, sin embargo, como sostiene Newitt, la causalidad física y natural representaba, dadas las predicciones entonces recientes acerca del cometa Halley en cuanto a su aparición periódica regular, una intrusión mayor de la ciencia en un territorio que había sido tradicionalmente habitado por la religión y la magia. Este avance de la producción científica se asumía por algunos como inevitable, aunque 250 años después, si bien los terremotos pueden ser “medidos y entendidos”, no pueden aun ser previstos con antelación suficiente, ni su impacto evitado del todo (2013: 142).

De hecho, se afirma que a partir del terremoto en Lisboa inicia la moderna sismología.[3] Entre otros autores portugueses que entonces intentaron encuadrar el origen del sismo en mecanismos de orden físico y natural, destacaron Antonio Ribeiro Sanches y Teodoro de Almeida (Cardoso, 2007: 175-176; Araujo, 2007).

Sanches, médico interesado por abrir un campo vasto de intervención para la que denominaba “medicina política”, ante el carácter cosmopolita de Lisboa como capital de un imperio, había sugerido al gobierno portugués diversas medidas de higiene pública y seguridad ambiental, incluso meses antes del sismo, refrendando, por cierto, el principio de la responsabilidad básica del Estado en el cuidado y mantenimiento de la salud de toda la población (Araujo, 2007: 311-312).[4] Para entonces, Sanches había ya terminado su “Tratado da Conservação da Saúde dos Povos”,[5] impreso al año siguiente en París, donde advierte en su inicio la dimensión ambiental hoy plenamente vigente (1756: 2):

…pretendo mostrar la necesidad que cada Estado tiene de leyes y reglamentos para proteger de muchas dolencias y conservar la Salud de sus súbditos; si ello faltase, toda la Ciencia de la Medicina será de poca utilidad: porque será imposible para los Médicos y Cirujanos, aun siendo doctos y experimentados, curar una epidemia o cualquier otra dolencia, en una ciudad donde el aire fuese corrupto, o su terreno estuviese anegado. Ni una buena dieta, ni los conocimientos más acertados en estas artes producirán los efectos deseados si no se enmienda primero la malignidad de la atmósfera para impedir sus estragos…


Segunda edición del “Tratado de conservación de la salud de los pueblos”; fuente: https://tertuliabibliofila.blogspot.pt/2014/06/jose-f-vicente-leiloes-leilao-da.html

La obra de Sanches, en una perspectiva preventivista, brindaba explicaciones y recomendaciones concretas, subrayando la relevancia de las condiciones higiénicas del aire, del agua, de los terrenos para los asentamientos humanos, de la composición y manejo de los alimentos, de los requerimientos sanitarios específicos entre navegantes y soldados, así como de los diversos espacios urbanos. Era por tanto lógico que habiendo sucedido el sismo cuando finalizaba su Tratado, añadiese como apéndice un apartado sobre los terremotos, dada su liga evidente la salud de los pueblos (1756, 82 y ss). Su obra fue reimpresa en Lisboa y tuvo impacto en su país, pero él nunca regresó del exilio en que se encontraba, provocado por la persecución inquisitorial contra los “cristianos nuevos” de origen judío (Araujo, 2007: 309-312). 

Aunque el llamado a “enmendar primero la malignidad de la atmósfera” implica hoy comprenderla en una perspectiva global que remite a la determinación social de la salud, Sanches planteaba a raíz del terremoto, desde esa perspectiva de salud pública y desde la evitabilidad del daño que le es inherente, la necesidad de construcciones antisísmicas, dando ejemplos de modalidades de edificación adaptadas a zonas de riesgo, apelando para ello a la “sabiduría milenaria” plasmada en técnicas de construcción entonces existentes en China, Jamaica o Perú, en el entendido tácito de que el ser humano tiene responsabilidad en el agravamiento de los desastres naturales  (Araujo, 2007: 316-317).  

Teodoro Almeida, a su vez, fue uno de los más prestigiados divulgadores de la física newtoniana en Portugal y España. Sin embargo, como sacerdote, conciliaba los orígenes de diverso orden, planteando que las causas naturales de los fenómenos de la naturaleza “no eran implicatorias, ni repugnantes respecto a la causa sobrenatural o suprema”: todas eran objeto meritorio de atención, pues si la Causa Suprema sobrenatural era digna de su mayor respeto en todo sentido, por otro, las causas naturales, dependientes y subordinadas a la Causa Suprema, no excluían una prudente investigación “hasta donde lo permitiesen las fuerzas del entendimiento humano” (Martins, 2007: 21).


Portada (parcial) del libro reimpreso de Almeida “Oración y memorias de la Academia de Ciencias de Lisboa”, con introducción y coordinación editorial de José Alberto Silva, Porto: Porto Editora, 2013. Fuente: https://www.portoeditora.pt/produtos/ficha/teodoro-de-almeida/11532224

En ese marco y desde esas fuerzas, Almeida planteó la existencia de un “fuego elemental” ligado al origen y la sustentación de fuegos subterráneos, donde se generarían “fermentaciones de partículas de fuego” y un proceso de “inflamación subterránea” generadora de la “expansión del aire, del agua y de los gases inflamables” (Martins, 2007: 29 y ss).  Las explicaciones basadas en una causalidad natural de los terremotos y maremotos fueron estimuladas poderosamente en otras regiones de Europa, pero no necesariamente conciliando causas que pudiesen ser mutuamente excluyentes.

A su vez, como bien refiere Newitt, el terremoto de Lisboa propició un amplio debate filosófico en torno a la relación del ser humano con la naturaleza; el carácter indiscriminado de la destrucción y la elevada cantidad de víctimas reactivaron ciertas interrogantes, como la de si había en realidad un diseño inteligente del universo o si éste dependía de una intervención de índole moral incidiendo en los asuntos humanos, y si Dios, en caso de existir, era o no bueno y justo; cuestiones que fueron entonces

…abordadas por Voltaire de manera célebre y brillante,  en su novela Cándido, o el optimismo, aparecida en 1759, y desde entonces un bestseller. En él, Voltaire combina la socarronería y la sátira aguda con una narrativa picante y una seria reflexión filosófica. Fue una pieza literaria de primera magnitud, ante la cual muy pocos filósofos o religiosos tradicionalistas podían esperar competir” (2013: 142)[6]

La explicación del origen del terremoto basada en la idea del castigo divino, si bien extendida, careció de apoyo unánime. Y es que, al margen de las interpretaciones doctas, el simple hecho de que la mayor parte de los templos y conventos como espacios devocionales se desplomaran en Lisboa con el terremoto y de que, en contraste, la mayor parte de los burdeles hubiesen quedado en pie, resultó para muchos al menos un poco paradójica, si se tomaba por buena la explicación de que con el terremoto, los incendios y el maremoto consecutivos se trataba de castigar las conductas pecaminosas. La sensación de incoherencia se veía reforzada por el hecho de que ciudades europeas “no menos pecaminosas” como Londres y París se habían librado del escarmiento divino, y el que precisamente gracias a ese escarmiento los criminales habían podido escapar de sus cárceles para continuar ejerciendo su oficio (Cardoso, 2007: 175; Lima, 2007: 50 y ss; Newitt, 2013: 142; Janin-Tivos, 2007).

La tensión entre explicaciones se personalizó en dos figuras radicalmente contrapuestas: la del mismo Carvalho encabezando una toma de posición racionalista, que desde su inicio se abocó de manera práctica a lidiar con la catástrofe y al acopio de esfuerzos en la ciudad para atender la crisis, y la de Gabriel Malagrida, integrante de la poderosa orden de los jesuitas, llamando al arrepentimiento y a la observancia religiosa para prevenir una repetición de la ira divina que incluía como uno de los causantes a la corte misma en Lisboa, dados “los intolerables pecados de la vanidad, la poca frecuencia del culto y la vida mundana” (Lima, 2007: 53; Tavares, 2007).


Imagen de Gabriel Malagrida, Biblioteca Nacional de Portugal. Fuente: http://purl.pt/22582/2/e-751-p_JPG/e-751-p_JPG_24-C-R0150/e-751-p_0001_1_t24-C-R0150.jpg

Las vehementes admoniciones de Malagrida motivaron no sólo una desatada petición de absoluciones e indulgencias, sino que fueron apoyadas por las demás órdenes religiosas y por los oponentes políticos de Carvalho, de modo que aquello que se iniciaba aparentemente como una confrontación religiosa y filosófica, pronto tomó el giro de una violenta dimensión política (Lousada y Henriques, 2007: 187; Tavares, 2007; Janin-Thivos, 2007; Newitt, 2013: 142).

Ahora bien, si como afirma Newitt, un sismo u otro “desastre natural mayor” puede generar condiciones para que haya quien “usurpe funciones gubernamentales”, también puede, como recientemente ha sucedido en México, poner de relieve quién “usurpa funciones”, si esas funciones son de jurisdicción gubernamental exclusiva y qué tanto el desastre revela el grado de legitimidad de ese gobierno.

 

La dimensión política de un terremoto

Explicar causas e inquirir sobre ellas es un ejercicio propio de las “fuerzas del entendimiento humano”, a las que Almeida convocaba hace 267 años en Lisboa y aplicable hoy en México.  Adoptar mecánicamente las explicaciones normadas desde el poder y la inercia es, en cambio, muestra de un entendimiento precario. Y sin embargo, si en la Europa de hace dos siglos y medio el elemento radical era dirimir en ese ejercicio sus causas naturales y no contentarse con causas divinas, el entendimiento hoy requerido nos orilla paradójicamente a dejar de naturalizar la damnificación, tanto la propia de los terremotos y de otras catástrofes en sí como en particular la preexistente que los potencializa en nuestro país. Y ese reto hoy no sólo es entender, explicar o comprender la dimensión múltiple de la damnificación, sino el de explorar la sinergia entre factores generadores de daño evitable, y en particular el de obrar en consecuencia, es decir, incidir en esa evitabilidad, dado que ni los efectos de los terremotos ni las damnificaciones evitables son asuntos de retórica, sino de organización social y de acción política.  

El ya citado Teodoro de Almeida concatenaba causas de diverso orden.  Dos siglos y medio después del terremoto de Lisboa cabe hacer lo mismo, pues desde una perspectiva epidemiológica incluyente, que es eminentemente política, sí que existe hoy en México una Causa Suprema en esa damnificación naturalizada de los terremotos recientes de septiembre de 2017, y es de orden antropogénico; es decir, aunque existan otras causas de estricto orden físico y natural, esa causa de daño sobreañadido es la que hoy demanda prioritariamente una atención que emane precisamente de “las fuerzas de nuestro entendimiento humano” (Cardoso, 2007: 175-176). A esas palabras de Almeida habría que añadir, y no en segundo plano sino en toda su relevancia, las fuerzas determinantes del afecto, de la solidaridad humana, puestos en evidencia recientemente en México.

Y es que soslayar la realidad de conjuntos de población damnificados a permanencia es precisamente invisibilizar el sustrato evitable, pues ellos no sólo constituyen los sectores poblacionales más damnificados en los terremotos, sino que lo son en función de estar sometidos en el ordenamiento jerarquizante de la colonialidad (Restrepo y Rojas, 2010), a procesos diversificados y eficaces de ausencia programada, recurriendo a un término muy pertinente planteado por Santos en el marco de las epistemologías del sur (2005).  En ese sentido, en términos epidemiológicos, en esos ausentados opera una damnificación diferencial programada, bajo eufemismos como los de “efecto colateral”, “costo del desarrollo”, “externalidad” o “voluntad divina”.  

Retornando una vez más al ejemplo portugués, el célebre marqués de Pombal, Sebastián José Carvalho, se aplicó hace dos siglos y medio en medidas que incluyeron el envío de soldados para cerrar caminos, de modo que nadie sano huyese de la Lisboa desastrada, a fin de que se incorporase a trabajar en su reconstrucción, y también comisionó tribunales móviles y verdugos en brigadas para determinar y llevar a cabo la ejecución de saqueadores in situ.  Aún así, surgieron “cuadrillas de malhechores que infestaban la ciudad”, con muchos de ellos disfrazados precisamente de soldados y de oficiales, y los mendigos proliferaron, refiriéndose así, entre los efectos del desastre, “la producción de muchos nuevos desheredados” (Lima, 2007: 51; Lousada y Henriques, 2007: 189).


“Las ruinas de Lisboa”, grabado alemán de J.A. Steislinger, 1755. Museo de la ciudad de Lisboa. Fuente: http://books.openedition.org/pup/docannexe/image/7246/img-7.jpg

Reproduciendo la jerarquización social imperante, la reconstrucción de Lisboa se dio beneficiando, por supuesto, unas áreas y no otras. Y aun cuando se desarrollaron y aplicaron a partir de entonces nuevas técnicas de saneamiento y de edificación más seguras, las condiciones de higiene se deterioraron por años, las muchas ratas medran a su antojo y se llegó a calcular en 40,000 y hasta 80,000 la cantidad de perros callejeros, que en jaurías recorrían las calles inmundas y malolientes, reconocidos por su utilidad para devorar los desechos tirados por la gente (Lousada y Henriques, 2007: 187-189). Los robos mismos se habían multiplicado por la cantidad de criminales que huyeron de las prisiones colapsadas.

Pero regresando a los recientes terremotos mexicanos, ¿qué sucede cuando los saqueadores están en el poder y aquello que está en proceso de colapso no son solamente casas y edificios? ¿Qué se pone en evidencia cuando quienes debieran canalizar y distribuir recursos públicos de ayuda medran a su antojo intensificando el efecto del desastre al despojar a las víctimas mismas, desviando los recursos aportados por el mismo pueblo en su exclusivo beneficio o peor, como medios para seguir capitalizando políticamente la miseria y naturalizando la exclusión?

Jefes de policía y funcionarios, nerviosos, piden a la población que no salga de su casa, que el gobierno se encargará de “resolverlo todo” y así es en efecto, pero del mismo modo como ha “resuelto todo” hasta antes del terremoto: del peor modo posible. Y si en aquella Lisboa desastrada fueron ejecutados in situ los saqueadores, ¿qué sucede cuando las ejecuciones extrajudiciales son una constante habitual en el México de hoy, y quienes son desaparecidos, incluidas sus familias, no existen en virtud a la ausencia programada a que se encuentran sujetos?  En términos de salud pública no se puede prescindir de contextos y sinergias. La “sobrevivencia” misma de los damnificados a permanencia es asunto secundario y no es una necesidad real, si se trata de individuos y grupos sociales desprovistos de presencia, sometidos a procesos de ausencia programada que es preciso caracterizar. ¿Es éste un juego retórico o una realidad inmediata y tangible?  Se administra el desastre, pues como ha señalado Estévez (2015), hay una administración del sufrimiento y añadimos, una administración tan eficaz que ha sido ya integrada al panorama de lo habitual: el daño se naturaliza.

Y así como el marqués de Pombal ya tenía una idea de su propósito general de reformas años antes del terremoto de Lisboa, y se valió de ese movimiento telúrico para afianzar las transformaciones que consideraba necesarias para la modernización de su país, así la situación de México ya era de por sí intolerable antes de los recientes terremotos; en el México de 1985, aun cargado de desigualdad e injusticia como estaba entonces, no imaginábamos aún el grado actual de impunidad, corrupción, servilismo, frivolidad y oportunismo que hoy caracterizan a la clase política y económica en el poder.  Y si se ha dicho que el terremoto de Lisboa desmoronó toda una geografía mental y afectiva (Lousada y Henriques, 2007: 188), los terremotos en México han sacudido un terreno degradado en esas y otras vertientes que tienen, todas ellas, una dimensión epidemiológica que se expresa sí en daños evidentes, pero en particular en una morbimortalidad usualmente soterrada.

Además de las afectaciones específicas a la salud, los terremotos han impactado lo ya antes impactado: un patrimonio y una economía popular, un poder adquisitivo y una calidad de servicios que ya estaban, en mayor o menor grado, en condición de escombros. Y el riesgo, como ya ha señalado con tino Sabina Berman (2017)[7] es que a la reacción inmediata, categórica de dignidad y solidaridad de la población, le siga el retorno a una vida cotidiana cuyas necesidades inmediatas e ingentes, generadas y sostenidas por la damnificación estructural, militan no siempre a favor de los procesos organizativos. Ante ese riesgo de regresar a la damnificación estructural habitual, Berman (2007) advierte la emergencia de una sociedad civil mejor preparada que aspira a “ser sometida a la justicia y no al poder arbitrario de los políticos”, es decir, una sociedad que:

…quiere por fin ser un México decente […] Lo que sí emerge de este sismo es una sociedad segura de su fuerza. Nuestro es ese orgullo y nuestra es también la furia para apartar a los que desde ahora trabajan ya para que lo olvidemos

Y si varios autores de la Lisboa posterior al terremoto, describieron a raíz del desastre la emergencia de nuevos hábitos de sociabilidad, dada la necesidad física de crear nuevos espacios de convivencia alternativos a los destruidos y ante la necesidad sicológica de mayor convivencia, también se llegó a afirmar que el sismo “disipó las tinieblas y dejamos de estar en escena como convidados de piedra, estáticos y caquécticos, para surgir con muchas luces” (Lousada y Henriques, 2007: 193); así,

…La gente tomó el hábito de recibir en casa a círculos más amplios de amigos (en reuniones llamadas “assambleias” o “partidas”), la costumbre de pasear, las salidas al teatro y otros espectáculos, y a frecuentar no sólo tabernas, sino en particular esos nuevos espacios que eran los “cafés”, difundidos luego del terremoto

Es decir, lo común a esas prácticas fue el surgimiento de nuevas relaciones sociales más activas y externas al marco familiar y vecinal, en que se hizo patente “una cierta mundanidad compartida por hombres y mujeres” privilegiando el convivio, la distracción y una secularización de las prácticas sociales, menos jerarquizadas, y si bien no todos adoptaron esas nuevas prácticas, todos se tuvieron que posicionar respecto a ellas, pues también entonces se describió en parte de la población, dada la desolación y la ruina provocadas por el desastre, el surgimiento de una “explosión devota”, de una “piedad barroca, tardía y extemporánea”, acompañando paradójicamente el “desmantelamiento de antiguas hermandades” (Lousada y Henriques, 2007: 194).


“Triste tableau des effets causés par le tremblement de terre et incendies arrivés à Lisbonne le 1 novembre 1755”, grabado anónimo, siglo XVIII. Fuente: http://books.openedition.org/pup/7246

Nuevas formas y oportunidades de sociabilidad generan los desastres; en la Lisboa previa al terremoto, las autoridades eclesiásticas tenían claramente planteadas medidas prohibitivas a la sociabilidad entre sexos, pero el surgimiento de una ciudad en escombros, con la población viviendo en campamentos, en ruinas y astilleros, propició una convivencia más intensa entre sus habitantes de diverso sexo e inclusive cambios hacia la informalidad en la manera de vestir y de comunicarse (Lousada y Henriques, 2007: 195-196).

Y aquí entra de nuevo un punto de reflexión ante ciertos rasgos de sociabilidad propiciados por los terremotos recientes en México, donde las condiciones de emergencia propician la apertura de nuevos horizontes de convivialidad intensamente vivenciales, que se asoman por los resquicios de un aislamiento personal y cotidiano quebrado por la tragedia. Pero además, sucede que por esos resquicios se comunica la certeza profunda del agravio de una sociedad vulnerada por la corrupción y la impunidad, certeza que una mayor y más libre sociabilidad proyecta en exigencias políticas concretas.


Jojutla, 19 de septiembre. Foto: Salvador Kellerman. Fuente: http://www.animalpolitico.com/2017/09/foto-soldado-llorando-sismo-jojutla/

El compromiso nace una vez más de la indignación (Hessel, 2010). Es así que a imágenes como la del canto espontáneo del himno nacional entre socorristas o la de las lágrimas de un soldado al no poder salvar a una de las víctimas, se suma el profundo reclamo ante el oportunismo y cinismo de partidos políticos, de gobernantes y medios de comunicación, y no sólo a propósito de la tragedia, sino por la ya interminable cadena de agravios infringidos con método y por años, cadena propiciada por un individualismo ajeno al sentido de comunalidad que constituye un referente para todo el país.  

Las “reformas pombalinas” se plasmaron de manera emblemática en la reconstrucción de Lisboa luego del terremoto, estimularon el desarrollo de la ciencia y del pensamiento analítico, introdujeron una perspectiva moderna en la planificación urbana, fortalecieron al estado monárquico frente al dominio de la aristocracia, orientaron la enseñanza en una dirección racionalista, propiciando la profesionalización y liberándola de la orden jesuítica, [8] contrarrestaron el poder de ésta expulsándola de todo el reino de Portugal y sus colonias y confiscando sus propiedades, incluyendo sus tierras y esclavos; controlaron a su vez el poder de la Inquisición, pero no partieron de la base de la población portuguesa ni su implementación estuvo exenta de arbitrariedades.

Re-jerarquizando a las élites portuguesas, Carvalho, marqués de Pombal, favoreció a un sector de clase media en una reforma burguesa, barriendo con sus adversarios políticos e ideológicos, a quienes persiguió, aprisionó e inclusive en diversos casos instrumentó una serie de ejecuciones públicas no sustentadas en juicios imparciales; así, por ejemplo, aprovechando los mismos oficios inquisitoriales, Carvalho propició la quema pública del ya referido jesuita Gabriel Malagrida en un auto de fe (Tavares, 2007).  Sin embargo, a la muerte del rey, el dinámico y despótico ministro fue a su vez separado de sus funciones y condenado al confinamiento en sus propios dominios en Pombal y los aristócratas recuperaron parte de su poder político y económico. Aun así, muchas de las medidas  que impulsó trascendieron, dando pie a que Portugal entrase de lleno y finalmente al Siglo XVIII, al despotismo ilustrado y a la modernidad.


Auto de fé en Lisboa (detalle). Fuente: Lisboa Story Centre.

En todo caso, el terremoto de Lisboa ejemplifica la dimensión política posible de los “desastres naturales”, al surgir no sólo en un sustrato geológico inestable, sino al poner a prueba el sustrato social que determina a menudo su alcance, disparando su capacidad de daño, de damnificación. En el caso de la capital de Portugal en el momento de la catástrofe, además de dinamizar la disposición de la geografía urbana y de sus edificaciones, el terremoto marcó un hito histórico al ser aprovechado por Carvalho para llevar adelante la serie de reformas mencionadas que sin terremoto no hubieran logrado el alcance que tuvieron.

Aun hay pistas de referencia provenientes de aquel desastre lusitano para la reflexión actual en México. La amplia y profunda reforma de la vida portuguesa, en su política y economía[9], en su sociedad y cultura[10] (França, 2007: 7), respondió a un Estado monárquico débil a pesar de ser un imperio, sin organismos eficientes, en quiebra económica, con la nobleza ejerciendo abusos en las colonias de ultramar y un poder considerable en la corte. Ese estado de cosas iba a ser modificado progresivamente y el terremoto mismo catalizó esas modificaciones en parte ya iniciadas, entre otros, en los campos de justicia, hacienda, industria, comercio y educación. Así, cuando en esos y otros campos tenemos en México expresiones inequívocas de abuso sistemático, de debilidad e ineficiencia institucional selectiva, de crisis en la procuración de justicia, de inequidad en la política hacendaria, de abandono en la producción agropecuaria y de una pérdida de soberanía y una vulneración al bien común que permea todas las áreas de la vida social, ¿no son ellos rasgos constitutivos de damnificación estructural, de desastre multidimensional?

 

Algunas expresiones de damnificación estructural y pistas ante ella

El término de damnificación se aplica en la literatura científica convencional en diversas áreas, incluida la biológica; así, se damnifican los materiales eléctricos y mecánicos, incluidas las hélices de los navíos por corrosión, a ser medida a través de variables de duración, profundidad y área de afectación (Yuan y cols., 2009), pero también se damnifican incluso las células, y ejemplo de ello es el uso del término damnificación espermática, que se expresa técnicamente como astenospermia (o disminución de la vitalidad de los espermatozoides) detectable por electroforesis (Baigong y cols, 2011).

Sin embargo, la “damnificación”, no siendo un término o categoría de uso habitual en el análisis social y epidemiológico, viene sin embargo a ganar pertinencia a propósito de los recientes terremotos. Ello, porque partimos de reconocer como elemento sustantivo de la aproximación epidemiológica el del daño evitable. Desde la perspectiva de una epidemiología incluyente, el alcance de ese concepto-eje no sólo cobra una dimensión global, sino que subraya en particular el potencial crítico de evitabilidad, de previsibilidad, de eludibilidad que impone una acción pública que no puede ser eficaz en ausencia de procesos de genuina participación social.

Pero el término de damnificación también tiene sentido, epidemiológicamente, porque a las variables de causalidad, duración, profundidad y área de afectación consideradas en otras áreas de conocimiento, se suman en particular, en cuanto a la causalidad del daño, su dimensión múltiple y su antropogenicidad.  El caso de los terremotos ilustra precisamente la potencialización social y política conferida a un fenómeno de origen natural o físico, origen que sin embargo no cabe hoy plantearse como absoluto en todos los casos, ante la evidencia creciente de los efectos antropogénicos en el planeta a largo plazo.

Y si el daño es natural cuando no media en él la acción humana, la inacción humana también es capaz de generar un daño que deja por ello de ser natural; un daño, además, que no por provenir de la inacción es necesariamente menos grave. Es decir, la damnificación pasiva proviene de la inacción humana, independientemente del grado de afectación que implica. En ese marco, la clave es la evitabilidad, evidentemente una categoría antropogénica.  Ciertamente el animal no humano evita en lo posible y de manera instintiva o aprendida situaciones que pueden generarle daño, pero la diferencia es el alcance posible de esa previsión en el marco de una sociedad humana. Así, el daño es evitable, sea o no pasivo, cuando es antropogénico. Es evitable por antropogénico.  Y en ello radica precisamente la esencia de la determinación social del daño evitable, la cual es mediada por procesos de desatención, y de ahí la relevancia de esta última como referente analítico y operativo. La evitabilidad, entonces, forma parte del sustento epidemiológico de la conciencia anticipatoria del mundo a que refiere Santos (2016: 205).

En relación con los terremotos recientes en México es posible ilustrar cómo las dimensiones mismas de la damnificación evitable expanden esta pertinencia epidemiológica que trasciende la connotación técnica que preside el estudio de procesos generadores de daño en ámbitos ajenos al análisis social. El gobierno federal y los gobiernos locales resultaron rebasados por la dimensión de los desastres en un proceso que amerita atención. La base de damnificación naturalizada hace que una sociedad carente de procesos e instancias de participación decisoria en sus estructuras de gobierno vea incrementada por varias vías su condición de vulnerabilidad. Esta exclusión forma parte de un ordenamiento que invisibiliza habitualmente al ciudadano, pero es subvertible con la irrupción de una contingencia telúrica, climática o de otro origen.


Rescate en un edificio colapsado, colonia Condesa. Foto de Pablo Ramos, Agencia AP. Fuente: http://www.gazettextra.com/20170920/mexicans_dig_through_collapsed_buildings_as_quake_kills_217

Así, por ejemplo, el sismo del pasado 19 de septiembre impactó a una ciudad en la cual, ya desde octubre de 2004, vecinos de 57 colonias habían presentado ante la Comisión Nacional de Derechos Humanos 1,200 denuncias por edificaciones irregulares, en el marco de un crecimiento inmobiliario febril desatado en los últimos cinco años, y donde sólo en los últimos 24 meses se añadieron 817 denuncias más, por construcciones ilegales, daños a propiedad colindante, fraude en venta de departamentos, apropiación ilegal de áreas verdes y destrucción de inmuebles catalogados (Díaz, 2017a: 30-31).


“Nuestros muertos vivos”, Ofrenda del día de Muertos en la colonia Álamos (Foto: V.H. Villanueva)

Se señala que a raíz de dicho terremoto, los desarrolladores ven en el desastre la posibilidad de obtener ganancias mediante la especulación. Sólo en la ciudad de México, el número de inmuebles afectados y con daño estructural puede haber rebasado los 30,000. En la mayor parte de los 51 edificios derrumbados se detectaron irregularidades: 34 colapsaron por falta de mantenimiento, 11 estaban dañados antes y no habían sido reparados, 4 cayeron por problemas de colindancia previsibles, 3 se derrumbaron a pesar de haber sido construidos supuestamente bajo la reglamentación posterior al terremoto de 1985, y 3 tenían peso extra en las azoteas.  Sin embargo, el gobierno de la ciudad de México pretende ahora, con todo y terremoto, incrementar en un 35% la densidad de construcción, a pesar de las limitaciones en infraestructura (factibilidad de agua y drenaje, usos y capacidades de carga, perspectiva urbana) que desaconsejan técnicamente dicha medida, que privilegia a los desarrolladores urbanos y una perspectiva eminentemente mercantil (Dávila, 2017b: 7-8).

Cabe precisar a su vez, aun en mínimo grado, algo del alcance de los recientes temblores de septiembre en México. Así por ejemplo, en un balance general, el 80% de los municipios de Oaxaca fueron declarados zona de desastre y se calcula en  120,000 el número de personas de quedaron sin casa. Es la suma de los efectos de tres procesos: con el terremoto del 7 de septiembre quedaron afectadas 67,000 casas en el Istmo de Tehuantepec, abarcando 290 municipios; luego, el nuevo sismo del 19 impactó en la región mixteca, con daños en otros 74 municipios y 5,000 viviendas. Y entonces, del 30 de septiembre al 1 de octubre, las lluvias provocadas por la tormenta tropical Ramón generaron deslaves, sepultaron viviendas, desbordaron ríos e inundaron cultivos en al menos otros 80 municipios (Matías, 2017: 16-17).

En tanto, a nivel nacional, el 40% de los municipios carece de coordinación y programas de protección civil y gestión integral de riesgo, con un licenciado en administración de empresas turísticas como titular federal del área cuando, de nuevo recurriendo al referente portugués elegido, el tema de la profesionalización en las áreas de responsabilidad pública era ya un cometido en el caso de las reformas pombalinas… hace más de dos siglos y medio. Hoy, la catalogación oficial en México identifica “cinco vulnerabilidades”: las hidrometeorológicas, sísmicas, volcánicas, los incendios forestales y las “vulnerabilidades por actividad social” en referencia a “concentraciones masivas” (Pantoja, 2017b: 30-31). Evidentemente, como si el asunto fuera de índole meramente técnica, las “vulnerabilidades” se catalogan pasando por alto una vulnerabilidad determinante, la producida por las condiciones estructurales que permean a todas ellas, potencializando en este caso los efectos de las contingencias referidas.

Sin embargo, en términos más específicos, el terremoto nos coloca en una disyuntiva, consistente en proseguir por la senda de esa damnificación naturalizada o bien, la de apoyar y generar procesos que subvierten esa ausencia programada, para construir una vía o una presencia emancipatoria, con lógicas y claves nuevas, orientadas en una modalidad superior de participación política. Por cierto, nada nuevo como propósito y sí, bien requerido de propuestas operativas, ya en curso en el país.

Así, por un lado, en una heterogénea combinación de efectos causales y de causas que son a su vez efectos, y donde la programación de la ausencia tiene larga data, son expresiones de damnificación naturalizada y estructural, hechos tan inmediatos como el de que los grandes desarrolladores inmobiliarios de la ciudad de México resultan comisionados por el gobierno citadino para reconstruir cerca de 1,300 de los 20,000 inmuebles en los cuales se han encontrado daños, tratándose precisamente de empresas acusadas por delitos como homicidio culposo, fraude y lesiones por causa de las edificaciones afectadas por el sismo, y realizadas por esas mismas empresas (Dávila, 2017a: 17; Gil, 2017b). Lo son también y no en menor grado el retiro apresurado de escombros y el derribo de edificios afectados sin mediar información ni consulta a los propietarios u ocupantes (Díaz, 2017); la desatención a familiares de las víctimas; la invención de noticias y el bloqueo de información verdadera (Pantoja, 2017a: 11); la búsqueda selectiva de víctimas en función de su poder económico (Turati, 2017); el oportunismo político partidario; la opacidad en el manejo de fondos de emergencia (Brito, 2017: 22-23; Matías, 2017: 18); el uso ilegal de atribuciones en la emisión de licencias de uso de suelo y de construcción; la falsificación de documentos; la negligencia (Villalobos, 2017); la corrupción (Gil, 2017a; Vera, 2017); los daños a la propiedad; el abandono de las poblaciones indígenas afectadas; el espectáculo de los líderes partidarios ofreciendo fondos públicos como si fueran propios (Berman, 2017); las lesiones y muertes por construcciones mal hechas; la negación de información y de cadáveres (Turati, 2017: 23); los atropellos y el ninguneo (Turati, 2017: 23-26); el acaparamiento de recursos; la desolación y la construcción mediática de distractores…


“Llega apoyo a Xochimilco tras campaña en twitter”, Foto: Manu Ureste. Fuente: http://www.animalpolitico.com/2017/09/san-gregorio-el-pueblo-olvidado-tras-el-sismo-que-twitter-colapso-de-voluntarios/

En otra heterogénea combinación, pero de pistas esperanzadoras en comunidades urbanas y rurales, aparecen con los sismos la organización espontánea de apoyo; el desvelo, el no cálculo, la entrega, la acción que no busca ser fotografiada, la palabra y el ánimo entre desconocidos, el agradecimiento, el desprendimiento, la denuncia de arbitrariedades e incluso la dinámica de uso de los celulares que trasciende la autocrónica narcisista para dar paso a una solidaria y operativa red de comunicación; todo ello como anuncio tácito de un inminente derrumbe de barreras, de un colapso de estereotipos, de burbujas, de aislamientos y separatividades, así como del quiebre posible de los espejos, trocados por ventanas, y de una indignación susceptible de ser canalizada…


¿”Usurpando funciones gubernamentales”?, Foto de Rebecca Blackwell, Agencia AP. Fuente: https://qz.com/1083037/mexico-earthquake-mexicans-show-the-world-how-to-work-together-when-disaster-strikes/

 

Concluyendo: la dimensión epidemiológica

Cuando el especialista Rafael Valdivia López, de la UNAM, señala que a raíz de los sismos se promueve la autoconstrucción en zonas de deslaves o con suelos colapsables o sísmicos y que el 95% de los daños inmobiliarios en la ciudad de México fueron en construcciones edificadas en suelo lacustre y de transición, subraya la necesidad no vislumbrada por los gobernantes de repensar las técnicas constructivas y los planes de desarrollo urbano delegacionales y de la ciudad de México (Dávila, 2017b: 10).  Y es que en otra escala, los sismos no pueden provocar en la clase política y en sus clientelas cautivas el repensar las ciudades y el país mismo, simplemente porque su pertenencia a las estructuras dominantes de damnificación no lo permite. No interesa otro futuro y de ellos no puede provenir.

El despótico marqués de Pombal repensó la ciudad de Lisboa y repensó a Portugal entero a raíz del terremoto de 1755, aunque sus fines y procedimientos fuesen discutibles, y no lo hizo solo: medió en ello una “consonancia extraordinaria de propósitos con los técnicos que lo rodearon” (Murteira, 2007: 405). La clase política mexicana es hoy, en cambio, parte orgánica de la estructura damnificadora que ella misma genera y reproduce. Y esa damnificación estructural no sólo impulsa, por ejemplo, la construcción de conjuntos habitacionales por encima de la capacidad constructiva de las zonas y de la capacidad de dotación de infraestructura, equipamiento, movilidad  y agua potable (Dávila, 2017b: 10): su magnitud es mucho mayor, ocupando diversas dimensiones de la vida social.

Recordando al antes citado Newitt cuando señalaba  que en los “desastres naturales mayores” surgen oportunidades para quienes tienen la iniciativa de “usurpar funciones gubernamentales”, si la verdadera participación social genera nerviosismo e inquietud entre gobernantes y funcionarios es precisamente porque su rasgo característico y definitorio es su carácter subversivo (Wolfe, 1977), se entiende la figura construida e impulsada del damnificado pasivo, de aquel que no debe “usurpar funciones gubernamentales”, en correspondencia, isomórfica, con la figura del subciudadano (Souza, 2003; Santos y cols, 2013). El Estado no tolera que se usurpen sus funciones, cuando el usurpador sistemático de la democracia y en bien común es el mismo Estado. ¿Tiene ello una dimensión epidemiológica?

Se trata de vasos comunicantes, cada cual abrevando de la misma fuente.

Si como plantean de Almeida y Barreto,

…desde el punto de vista metodológico, el objeto de la epidemiología ha sido construido a través del concepto de riesgo, y el concepto epidemiológico de riesgo implica relaciones de ocurrencia de salud-enfermedad en masa, involucrando a un número significativo de seres humanos, agregados en sociedades, comunidades, grupos demográficos, clases sociales y otros colectivos humanos (2012)

nos encontramos entonces ineludiblemente con esa dimensión, cuando en síntesis se trata de “agravios a la salud” que hoy forman parte de los desafíos de la epidemiología social (2012: 449; 383 y ss).

Asomémonos así brevemente a ciertos elementos estadísticos de relevancia para México en términos generales y en particular de morbimortalidad. Así, aunque es digno de mención que el registro  de las 20 causas principales de morbilidad que se reportaron para 2014 no figura ninguna patología que remita explícitamente al ámbito social o psicológico, no se ha observado en los últimos 30 años una disminución significativa en las principales enfermedades transmisibles, en tanto que las crónico-degenerativas se han incrementado de manera sostenida; y si la obesidad, que antes no se registraba, pasó al décimo lugar en 2014 (Soto-Estrada y cols, 2016: 16), la desnutrición protéico-calórica siguió figurando en todo el país como una de las diez principales causas de muerte (ob. cit. p. 21).

En tanto, la cantidad de médicos por cada mil habitantes pasó de 1.6 en el 2000 a 2.2 en 2012, cuando la recomendación actual de la OCDE en este rubro es de 3.2, al tiempo que la proporción de enfermeras pasó en ese lapso de 2.2 a 2.6, contra la recomendación de 8.8 por cada  mil habitantes, todo ello sin tomar en cuenta además la desigual distribución de personal, que por ejemplo para el estado de Chiapas y de nuevo en promedio era de 0.7 médicos por mil habitantes en 2006; a su vez, el Estado aportó solamente el 3.1% del PIB al área de salud en 2009, lo que implica que las familias asumen el grueso de dicho gasto. Esa situación se encuentra presidida por la falta de un sistema de salud universal y público en el país. Es a su vez preocupante la perspectiva de que si las condiciones sociales, económicas y políticas de México no cambian, muchos de los 16 millones de adultos mayores que el país tendrá en el 2030 serán pobres y enfermos (ob. cit. pp. 20-21).

Como parte del panorama actual, en términos de mortalidad general, el rubro de accidentes ocupó en 2014 el quinto lugar, el de agresiones el décimo y el de suicidios el número 18 (ob. cit.  p. 14), en tanto que en el grupo de 15 a 24 años las principales causas de muerte prematura en ambos sexos fueron las violencia personal y los accidentes de tráfico, cuyo abatimiento, se refiere, demanda políticas públicas y programas específicos (ob. cit. p. 18). En ese mismo año, la tasa de mortalidad en el grupo de 20 a 24 años se incrementó en relación al año 2000, en notorio contraste respecto a todos los demás grupos etarios a excepción del de 65 y más años (ob. cit. p. 19). Es la paradoja de la muerte en una edad de la vida en que los seres humanos se encuentran en condiciones lejanas al deterioro físico. Y en ese sentido, no menos preocupante es que en el norte del país, los homicidios aparecen entre las 10 principales causas de muerte en niños menores de diez años (ob. cit. p. 21).

En ese marco, cabe mencionar como una de las expresiones más dramáticas de la damnificación estructural naturalizada, la “desaparición” arbitraria de seres humanos que a menudo deriva en el asesinato como una constante, fenómeno tan persistente que ya la población misma lo denomina, en algunas regiones del país, como “la matadera”, asociado a la complicidad e indolencia de los gobiernos a diverso nivel (Díaz, 2017b: 32, y 2017c).


Exigencia de justicia por los estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa. Fuente: Cuartoscuro, en: http://www.huffingtonpost.com.mx/2017/07/03/desaparecidos-en-mexico-una-realidad-enterrada_a_23014165/

En ese rubro, si a raíz de un terremoto el rescate de sobrevivientes y la localización de víctimas mortales constituye un imperativo en las labores de rescate, en cuanto a la desaparición de quienes se encuentran a procesos de ausencia programada, es decir, antropogénica, el recuento de cadáveres no identificados e inhumados por las “autoridades” sólo en lo que corresponde en fosas comunes no clandestinas, llegaba a no menos de 24,101 personas exclusivamente en lo que iba del sexenio de Calderón en 2012 (Michel, 2012, en Villarreal, 2014)[11], y la cifra rebasa los 27,000 desaparecidos entre 2009 y 2016, a los que hay que añadir más de 10,000 migrantes en esa condición (Robledo, 2016: 94-95), de modo que

…un Estado que permite que agentes privados desaparezcan a miles de ciudadanos impunemente, o que incluso llega a participar en la realización de esos delitos, se convierte en un Estado predatorio. Incapaz de proporcionar los bienes colectivos necesarios para el  desarrollo y bienestar de la sociedad […] implanta la desestructuración de la vida social… (Villarreal, 2014: 107).

Y en el origen de ello, la misma autora destaca:

…son comunes la corrupción y el intercambio de favores económicos y políticos entre élites gubernamentales y empresariales, dejando a un lado el interés colectivo. En ese contexto impera la impunidad, las instituciones y recursos del país son entregados a intereses privados legales e ilegales, todo eso en el marco de políticas públicas de desarrollo social y político, dejando a la mayoría de la población abandonada a su suerte (2014: 108).

En ese marco, se ha calculado que la cifra de asesinatos perpetrados a causa de la violencia por el narcotráfico o encubierta bajo ese rubro, sumó los 163,000 muertos entre 2006 y 2015, además de 480,000 de personas desplazadas (Proceso, 2013; Mendoza y Navarro, 2015; Centro Nacional de Información, en Estévez, 2015); al respecto , se ha señalado como elemento concomitante de la crisis de derechos humanos por la que atraviesa el país, la construcción de un “dispositivo de administración del sufrimiento” a partir de políticas públicas ajenas a su prevención o erradicación (Estévez, 2015: 7 y 16). De 2015 a 2016 se reportó a su vez un repunte significativo en la cantidad de homicidios en 23 de los 32 estados del país (Molina y Torres, 2017).


Ilustración de Tardi en la obra de Celine “Voyage au bout de la nuit”, Fuente: http://www.pourlhistoire.com/docu/voyage-celine.pdf y http://lettrines.net/dotclear/public/Illustrations_billets/Images_diverses/

Con todo y el problema persistente y también sintomático de subregistro, con una tasa que decuplica la de Francia y es treinta veces mayor que la del Japón, los homicidios ocuparon el sexto lugar como causa de muerte en México en 2013, mostrando un incremento en los últimos años desde 2008; lo mismo sucede de manera ininterrumpida con la tasa de suicidio en las últimas cuatro décadas, en particular en mujeres (González Pérez y cols., 2012: 3197 y 3203; Dávila y Pardo, 2016: 251). Se ha señalado la relación de ambos rubros con factores estructurales, como las condiciones económicas desfavorables, incluyendo las inequidades, la marginalidad y las deficiencias en la cohesión y el capital social, pero también con los altos índices de impunidad, “que forman parte de un proceso permanente que ha permeado toda la sociedad mexicana y refleja una creciente incapacidad del Estado para hacer efectivas sus propias normas” (Dávila y Pardo, 2016: 259-260).

En el caso específico de los homicidios, se destacan a nivel micro cuestiones de violencia de género y a nivel macro una gama de condiciones sociales, económicas y políticas en el país que abarca el atraso económico, la pobreza, la desigualdad y exclusión social, educativa y laboral, la distribución arbitraria y desigual de la riqueza con sus consecuentes inequidades y marginalidad, la debilidad del Estado, la impunidad, la corrupción, la dificultad de los jóvenes para conseguir empleo, la disponibilidad de armas de fuego, la ruptura de controles sociales tradicionales, la rápida urbanización sin planificación, las nuevas condiciones de vida, los acelerados cambios demográficos y las estrategias gubernamentales frente al crimen organizado (Dávila y Pardo, 2016: 261). En este sentido, por ejemplo, se ha constatado que en entidades con mayor impunidad, donde se destruyen más hectáreas cultivadas de mariguana y opiáceos o donde el consumo consuetudinario de alcohol es más alto, la tasa de homicidios tiende a ser más elevada (González Pérez y cols, 2012: 3201).


Voluntad de vida

Así, como la relación de elementos que componen el fenómeno de la damnificación naturalizada es extensa dada la diversidad de los procesos estructurales que implica, es necesario que se le visibilice como un sistema articulado aunque sus expresiones reflejen en efecto esa diversidad. Leer la realidad desde ese ángulo implica la posibilidad de integrar y priorizar las estrategias de prevención desde la perspectiva social de la epidemiología. En ese marco es que emergen como referentes, en esa analogía mencionada de los vasos comunicantes, los que Santos identifica como los cuatro campos en que las desigualdades impactan hoy de manera central en las vidas de las personas y comunidades, expresadas como cuatro modalidades de incertidumbre que si bien no se distribuyen por igual, sí tienen una expresión en términos epidemiológicos: la incertidumbre del conocimiento, la relativa a la democracia, la incertidumbre de la naturaleza y la relativa a la dignidad (2016: 333-337). Sea o no en sinergia, esas cuatro incertidumbres expresan una gama de riesgos inminentes (ob. cit. p. 332) que demandan ciertamente el realismo utópico tal como lo postula el mismo Santos:

Porque muchos de nuestros sueños fueron reducidos a lo que existe y lo que existe es muchas veces una pesadilla, ser utópico es la manera más consistente de ser realista a comienzos del siglo XXI (2016: 207).


Subvertir la no existencia.

Recapitulando, se ha pretendido, a partir de un esbozo del terremoto de Lisboa ocurrido hace dos siglos y medio, confrontar algunos de sus rasgos con otros, provenientes de los recientes sismos en México, indagando la relación, a menudo señalada, entre crisis y oportunidad. Se han explorado luego algunas pautas que expresan la existencia en México de un proceso estructural que sustenta el daño y a su vez dispara su magnitud, no sólo a propósito de los últimos sismos, sino en afectaciones continuadas a la salud y a la vida, graves y en diversos ámbitos. Se trata de una damnificación naturalizada, cuya evitabilidad constituye un imperativo político hoy prioritario. Aunque una perspectiva de salud pública implica caracterizar la diversidad de escenarios de damnificación, la respuesta social generada en el caso específico de los terremotos recientes anuncia su alcance trascendente y su relevancia potencial. 

 

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[1]  Para consultar material videográfico, véanse, por ejemplo: https://www.youtube.com/watch?v=fKigEJj3iVI y https://www.youtube.com/watch?v=N4SqWIPGrD8

[2]  Para una discusión sobre el cálculo extemporáneo de estos alcances véase, por ejemplo, Blanc, 2009.

[3]  Ello a partir de la pionera aplicación de una encuesta apadrinada por el mismo Pombal y distribuida en todo el reino a los dos meses del terremoto, indagando mediante 13 preguntas sus diversas manifestaciones e impactos (Cardoso, 2007: 175-176).

[4]  Ello puede ubicarse en el marco de la reflexión en salud pública de entonces, como se puede colegir en Sigerist (1981) y Rosen (1985).

[5]  La obra se encuentra disponible en: http://www.estudosjudaicos.ubi.pt/rsanches_obras/tratado_saude_povos.pdf

[6]  La obra es accesible en: http://st1.gatovolador.net/res/Candido.pdf y https://www.gutenberg.org/files/19942/19942-h/19942-h.htm

[7]  Véase la versión en video “El otro sismo que viene” en https://www.youtube.com/watch?v=NBj-qHZkbuk (consultado el 1 de noviembre de 2017).

[8]  Los jesuitas entran en conflicto con el Estado portugués a partir del acuerdo luso-español de 1750, establecido para delimitar territorios en América del Sur, pues perjudicaba la acción misionera y política de la orden. La confrontación, que implicó un conflicto de poderes en diversos ámbitos, derivó finalmente en el decreto real de expulsión de los jesuitas cuatro años después del terremoto (1759), a lo que siguió la expulsión del nuncio apostólico de Roma y el rompimiento de relaciones diplomáticas con el Vaticano por diez años. Este proceso generado en Portugal y en el cual influyó de manera determinante el mismo Pombal, es uno de los antecedentes que propiciaron luego la expulsión de los jesuitas de los dominios españoles, incluida la Nueva España, en 1767 (Baena, 2013). Para 1773, la propia Compañía de Jesús fue suprimida por bula papal en toda la cristiandad (França, 2007: 9-10).

[9]  Por ejemplo, las intervenciones de Pombal en política económica racional implicaron iniciativas de sustitución de importaciones, de producción y dinamización industrial, en agricultura, pesca, minería, manufacturas y gestión de recursos de ultramar, abarcando materiales y productos tan disímiles como sedas, cerámica, tabaco, diamantes, maderas tropicales, lino, algodón, relojes, caña de azúcar, papel, pergaminos, sombreros, botones, lana, etcétera. Así, por ejemplo, es en ese marco que la producción y exportación del vino de Oporto se somete a normas de protección de calidad bajo supervisión gubernamental, lo que generó una zona geográfica reconocida por el renombre de ese vino, lo que antecede a la figura actual de la “denominación de origen” (França, 2007: 8-9).

[10]  El dominio de la religión habría de pasar al poder del Estado, de modo que hasta el Tribunal de la Inquisición fue hecho laico, al convertirlo en la práctica en un tribunal de Estado, cuya jurisdicción rebasaba políticamente al sistema jurídico (França, 2007: 10).

[11]  Véanse por ejemplo, respecto a la localización desde 2007 de 1,143 fosas clandestrinas, http://www.huffingtonpost.com.mx/2017/07/03/desaparecidos-en-mexico-una-realidad-enterrada_a_23014165/). Otra fuente precisa en más de 32,000 los desaparecidos a septiembre de 2017: http://cnnespanol.cnn.com/2017/09/13/mexico-el-pais-donde-hay-mas-de-32-000-desaparecidos/ (consultadas el 1 de noviembre de 2017.

Los terremotos y la modernidad en Nuestra América: Aproximación a la desmemoria de las catástrofes

Nota:

Este texto fue escrito días antes del terremoto del pasado 19 de septiembre de 2017.

 

«Un terremoto trastrueca en un instante las más firmes ideas; la tierra, el emblema mismo de la solidez, ha temblado bajo nuestros pies como una costra muy delgada puesta sobre un fluido; un espacio de un segundo ha bastado para despertar en la imaginación un extraño sentimiento de inseguridad que horas de reflexión no hubieran podido producir».[1]

Charles Darwin (1839)

 

Charles Darwin nos dejó tempranas reflexiones acerca del sentido fuerte de lo que representa un terremoto, inspiradas en lo que le tocó vivir en Chile el año de 1835. El epígrafe que hemos elegido para presidir nuestro texto es de una cruda densidad descriptiva: enlaza la intensidad y brevedad del evento con el despertar de nuevas ideas y emociones (inseguridad, miedo), cuestionando una creencia muy arraigada acerca de la tierra que pisamos y que no es tan firme como suponíamos. Volveremos más adelante sobre otras de sus ideas pioneras.

Escribimos marcados por las experiencias de los terremotos vividos y por nuestras ideas entre Perú y México, sin olvidarnos de que ambos países son parte del tejido mundial de relaciones. Esos eventos dejaron huellas emocionales, ideológicas y míticas más o menos profundas en las élites y en las clases subalternas. El terremoto suscita fundados temores y reflexiones. Representa algo más que un desastre natural por involucrar a la población afectada y a sus organismos gubernamentales, así como servir de fundamento para las políticas de prevención y asistencia.

La medida preventiva más propagandizada en México se le conoce como Alerta Sísmica, la cual ofrece una señal sonora 50 segundos previos al clímax del terremoto, aunque dista de alcanzar a todo el territorio nacional. La segunda, se apoya en los simulacros de evacuación que se realizan en dependencias estatales, escuelas y universidades.    

Evoco, pienso y escribo en vísperas de conmemorarse el 22 aniversario del terremoto acaecido en la ciudad de México a las 7:19 de la mañana, un jueves 19 de septiembre de 1985. Su reactualización en nuestra agenda se inspira, qué duda cabe, en haber sido sacudido como todos, por las ondas expansivas del terremoto de este reciente 7 de septiembre.

Pasaremos revista sumaria al panorama globalizado de los desastres naturales. Luego nos desplazaremos a través de dos tiempos republicanos signados por sismos relevantes, los que nos tocaron vivir, y otros del siglo XIX, a través de los pareceres de Domingo Faustino Sarmiento y José Martí.


Imagen 1. Rescate popular de las víctimas en Haití. http://www.viajeslibres.com

 

La escena mundial y los sismos

La mirada global acerca de estos eventos, ha sido solventada en las últimas décadas a partir de la creación de organismos especializados, como el Centro de Gestión de Catástrofes y de Reducción de Riesgos Tecnológicos de Karlsruhe (Alemania) que realiza el seguimiento de sus diferentes manifestaciones. Las catástrofes han puesto en agenda pública, la necesidad de políticas de prevención y asistencia. Lamentablemente los terremotos y otras calamidades, siguen siendo objetos marginales en las políticas gubernamentales en nuestro medio y, también hay que reconocerlo, tampoco la izquierda ha sabido ponderar con oportunidad y en toda su dimensión, la magnitud social de estas catástrofes naturales. A contracorriente merece destacarse el hecho de que historiar dichos eventos viene dando algunos frutos y ensanchando su horizonte, aunque queda mucho por investigar y mucho más por legar, tanto a los organismos asistenciales de nuestro tiempo como a la ciudadanía continental. El «presentismo», como ideología de la gestión asistencial, es infecundo. Recuperar la memoria histórica acerca de las catástrofes naturales y el comportamiento social frente a las mismas, sería de gran utilidad. Dicha historia, además de narrar los dramas de quienes padecieron esos eventos, documenta la ausencia, debilidad o negligencia de los gobiernos y de sus organismos asistenciales.

Mirada la cuestión de las catástrofes, hay razones confiables que avalan la hipótesis de que la magnitud de los eventos y su impacto social tenderán a agravarse y a seguir borrando fronteras, sean sismos, huracanes, erupciones volcánicas, incendios forestales, inundaciones, tsunamis o contaminación química o radioactiva.

En la Organización de las Naciones Unidas[2] el tema asistencial ya formaba parte de su agenda desde el año de 1971. Su relanzamiento se llevó a cabo a partir del 19 de diciembre de 1991, fecha en la que la Asamblea General de dicho organismo multinacional, aprobó el fortalecimiento de la Coordinación de la Asistencia Humanitaria de Emergencia. Sin embargo, la convocatoria a los estados miembros de sumar esfuerzos participando de las metas del llamado «Decenio Internacional para la Reducción de los Desastres Naturales» dejó un saldo deficitario, magro. La limitación de este programa asistencialista radica en haberse cruzado con el injerencismo neocolonial estadounidense en Haití y con el apoyo militar de varios países del continente. La justificación entonces fue atender a la población afectada por un sismo de grado 7.3 que devastó las principales ciudades de ese país, la tarde del martes 12 de enero de 2010.

Mucho más activo en nuestro continente se ha mostrado el Departamento de Ayuda Humanitaria y Protección Civil de la Comisión Europea, impulsando un programa de asesorías y capacitación de servidores públicos de  nuestros gobiernos que ya lleva un par de décadas.[3]


Imagen 2. Ruinas del hotel Regis. Ciudad de México, 1985. http://www.mundotkm.com

Otros organismos científicos han optado por la especialización, como es el caso del Centro Nacional de Huracanes (Houston) o los dos Centros de Alerta de Tsunamis (Hawai y Alaska). Estos últimos fueron creados como respuesta a los estragos causados por los terremotos en las Islas Aleutianas en 1946 y el de Sumatra-Andamán en el Océano Indico en 2004. La novedad en el contexto mundial es que otros organismos científicos, como el Instituto para el impacto del cambio climático de Postdam (Alemania) han demostrado, para ciertos casos, la vinculación entre el agravamiento de las catástrofes y el cambio climático.

A partir de la segunda mitad del siglo XX la cuestión de los sismos se fue complicando debido a la irracional acción tecnológica de los hombres, es decir, de las grandes potencias. Algunos  historiadores ambientalistas y geólogos de los países ribereños del Pacífico Sur que conforman una franja de reconocida vulnerabilidad sísmica, investigan y debaten los costos de las pruebas nucleares de los Estados Unidos y de Francia realizados en el Océano Pacífico: Atolón  Bikini (25 de julio de 1946) y los 44 subsiguientes ensayos realizados por Estados Unidos en el campo de pruebas del Pacífico contra objetivos ubicados las Islas Marshall,  entre el 14 de abril de 1948 y el 18 de agosto de 1958. EEUU realizó 1,054 experimentos nucleares entre el 16 de julio de 1945 y el 23 de septiembre de 1992. Por su lado, Francia realizó 197 explosiones nucleares en los atolones de Mururoa y en Fangataufa en la Polinesia, así como en el Sahara, entre los años de 1966 y 1996.[5]

Las bombas sísmicas para tierra y mar fueron hechura de proyectos de ingeniería militar iniciados de manera simultánea a la fabricación de la bomba atómica entre la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría y la llamada “Pax caliente”. Fue Thomas Leech 1973, ingeniero australiano de la Universidad de Auckland, quien trabajó al servicio de la armada neozelandesa en calidad de responsable del proyecto experimental Seal, el inventor de la bomba que podía generar sismos en el océano e inducir la aparición de tsunamis. Resultaron exitosos los experimentos que realizó entre los años de 1944 y 1945, generando bombas de alto poder destructivo, al poder reactivar las fuerzas de la naturaleza.[6] No debemos olvidar tampoco la fabricación y uso de las bombas sísmicas, cuya potencia es variable y seleccionada según los objetivos militares de la fuerza aérea estadounidense. La bomba sísmica fue bautizada como la «madre de todas las bombas», diseñada por el ingeniero Albert L. Weimorts (1938-2005).[7] En la actualidad se ha utilizado en Afganistán sembrando de destrucción y muerte entre los talibanes, aunque entre sus «daños colaterales» depredaron varios asentamientos de poblaciones civiles en zonas montañosas. [8] El desarrollo armamentístico de estas bombas de alto poder destructivo generadoras de desastres naturales sigue su curso.

 

Experiencia, memoria y reflexión crítica

Mirados en retrospectiva, diremos que los terremotos de mayor rango e impacto fueron para México el de 1985 y para el Perú el de 1970. Este último sucedió una aciaga tarde del domingo 31 de mayo de dicho año. No obstante que los epicentros de ambos terremotos se dieron fuera del entorno físico de ambas ciudades, los movimientos de las placas tectónicas borraron las divisiones políticas y en cierto sentido las distancias. El de 1985, con un rango de 8.1 en la escala de Richter, se ubicó en la desembocadura del río Balsas (Michoacán) en el Océano Pacífico. El de 1970 fue de 7. 9 en dicha escala y se manifestó en la costa de Ancash, entre la ciudad costera de Casma y el puerto de Chimbote, en el Océano Pacífico. Esas dos décimas de diferencia, sin embrgo, se trastocaron al inventariar los daños generados. En el caso peruano, la ayuda humanitaria internacional tendió un puente aéreo impresionante, el mayor de América Latina en el curso del siglo XX. Sin embargo, la ayuda no quedó exenta de los avatares de la Guerra Fría. Destacó la activa presencia soviética y cubana sobre la estadounidense. Quienes como Hilda y yo formamos parte del voluntariado de ayuda convocado por la Junta de Asistencia Nacional, entidad gubernamental creada en la década del 50 por el gobierno dictatorial de Odría, fuimos testigos de los esfuerzos solidarios de muchas personas, pero también de quienes socavaron dicha ayuda dentro de los cauces oficiales. Nos consternó ver cómo militares y esposas de los mismos, así como burócratas, participaron del saqueo de los bienes llegados de Europa, Estados Unidos y otros países. Día con día, durante una semana, un tercio de cada convoy de camiones del ejército que transportaba parte de la carga humanitaria eran desviados, según reportaba el puesto de control radial de Portada de Guías, a la altura del crucero de las avenidas Túpac Amaru y Caquetá. Bajo el gobierno militar, las entidades de atención de denuncias eran inexistentes o inoperantes. En diferentes momentos de emergencia, casos parecidos de rapiña fueron motivo de denuncias periodísticas en el mismo país y en México. Seguramente también en otros países.

El caso mexicano tuvo otra lógica. Contaba con una entidad castrense generada el año de 1966, como respuesta asistencial a las víctimas y damnificados por las inundaciones del río Pánuco, más conocida como “Plan DN-III-E”, bajo la responsabilidad operativa de la Secretaría de la Defensa Nacional. Sin embargo, el gobierno de Miguel de la Madrid le dio las espaldas a las víctimas y damnificados al ordenar que el ejército se abocase a crear en las zonas siniestradas cinturones de “seguridad militar” que impedían a la población civil el rescate de las víctimas que yacían entre los escombros de los edificios y viviendas derruidos. La justificación ideológica fue precaria e inhumana: evitar los saqueos y garantizar el orden. ¿Cómo olvidar que fue la población civil la que terminó por romper el cerco de seguridad militar y dar inicio al rescate de las víctimas?. El gobierno pudo, apelando al Plan DN-III-E, haber solicitado la movilización de los cuerpos y equipos de ingeniería militar pero no lo hizo. Rechazó la ayuda humanitaria internacional durante los primeros días. A la delegación de rescatistas franceses y sus perros, así como a la de los rescatistas venezolanos se les impidió que brindasen su ayuda humanitaria, reteniéndolos en el Aeropuerto Internacional Benito Juárez de la capital mexicana. El gobierno envió a un equipo de propagandistas vinculados a la Secretaría de Turismo a recorrer algunas ciudades estadounidenses, minimizando los daños del sismo e invitando a visitar las zonas turísticas de México. ¿O será que los terremotos también son un mito genial como la pobreza y el narco? La rectificación gubernamental fue tardía, mediocre, cínica y anémica frente la pérdida de legitimidad nacional e internacional. Lo más valioso de esa experiencia, emergió espontáneamente del seno de la sociedad civil: redes y acciones solidarias crecientes y eficaces. Fue así como la solidaridad se reafirmó como virtud plebeya y ciudadana y sigue gravitando como tal en el imaginario social.  Elena Poniatowska, esa implacable lectora de la vida cotidiana,  recogió con ojos de águila  un número significativo de testimonios de las familias más afectadas por el sismo, sin olvidarse de denunciar la desatención y el autoritarismo gubernamental.[9]


Imagen 3. Marcelo Moreno: “Frente al terremoto e impotentes a la agonía”. 2016. http://www.casadelacultura. gob.ec/

En mi existencia, contaron también otros terremotos vividos en mi país de origen. Siendo niño había escuchado mil y un veces, el pavor que suscitaba en los mayores evocar los daños que generó el terremoto que asoló Lima y el puerto de El Callao un 24 de mayo de 1940. Los temblores reactualizaban en el imaginario social la posibilidad de que preanunciase un sismo de mayor magnitud. Lo experimentamos la tarde del 17 de octubre de 1966, cuyo rango alcanzó el grado de 8.1 Richter y que dejó en ruinas muchas construcciones en la ciudad de Lima y del puerto de El Callao. Muchos católicos, en su mayoría mujeres, con una imagen del corazón de Jesús en la mano o en pecho coreaban: «Aplaca señor tu ira, tu justicia y tu rigor, por tu santísima madre te lo pedimos Señor.»  Es el único país del continente que tiene como figura religiosa mayor al Cristo de los Temblores, más conocido como Señor de los Milagros. Si esta manifestación popular revelaba que el terremoto como tal seguía situado en su dimensión religiosa como castigo divino, de otro lado, se mostró la cara laica, al denunciar a Francia y sus recientes explosiones atómicas en la Polinesia, como la causante del choque de placas tectónicas en la plataforma continental del Pacífico, y por ende, de la costa peruana.

En estos días nos hemos llenado de inquietud o de pesar, tras vivir o recibir las noticias del impacto del terremoto grado 8.4 Richter en México y Guatemala, así como por el paso depredador de tres huracanes. Irma ha batido un récord al alcanzar una velocidad de 300 km por hora, y la categoría 5 en la escala de Saffir-Simpson, antes de arribar a las aguas calientes del Caribe. Ningún otro huracán había alcanzado tal magnitud, intensidad ahora atribuible a los efectos del cambio climático. Le siguen en el mismo corredor de vientos y aguas, los huracanes José y Katia.[10]

 

Visiones de los sismos en el siglo XIX

La catástrofe bajo la forma de terremoto devino en objeto de preocupación y reflexión bajo los signos de la modernidad en América Latina y el Caribe, despojándola de su presunto origen divino a contracorriente de las arraigadas creencias del catolicismo popular. En lo general, el proceso de secularización que continúa su accidentada marcha entre nuestros pueblos, inició sus tímidos balbuceos a finales del siglo XVIII, cobrando fuerza a mediados del siglo XIX en las repúblicas criollas. Los saberes y las lógicas de la modernidad resignificaron, no sin contradicciones, a las llamadas catástrofes naturales, sustrayéndolas de la dimensión religiosa colonial acerca del castigo divino asociado a la culpa, el miedo, la expiación y el control social.


Imagen 4. Fernando Botero. “Terremoto en Popayán”, 1999. http://banrepcultural.org/

Intelectuales, políticos, escritores, expresaron sus puntos de vista frente a los acontecimientos de época que les tocó observar o padecer.

A su vez, el terremoto que asoló la ciudad de Santiago de Chile un 6 de diciembre de 1850 y que tuvo un elevado costo en vidas perdidas y destrucción de viviendas y locales diversos, suscitó diversas lecturas y énfasis. Charles Darwin, a partir del análisis de un acontecimiento parecido del año 1835 que alcanzó la ciudad de Valdivia, se interrogó acerca del origen de las cadenas montañosas asociadas a los desplazamientos y levantamientos de la tierra.[11] No descuidó dar detalle del impacto social: «aunque las casas de madera no fueron derribadas, no dejaron de ser violentamente sacudidas. Todos los habitantes, presa de loco terror, se precipitaron por las calles. Son estos espectáculos los que crean en cuantos han visto y sentido sus efectos ese indecible horror a los terremotos».[12]


Imagen 5. Terremoto en Huaraz, Perú 1970. http://anecdotasmoleskine.blogspot. mx/

El naturalista fue más allá: describió con algún detalle su experiencia sísmica y las sensaciones que experimentó, así como sus observaciones directas del movimiento:

Me encontraba en la costa y me había tendido a la sombra, en un bosque, para descansar un poco. El terremoto empezó de pronto y duró dos minutos. Pero a mi compañero y a mí ese tiempo nos pareció mucho más. El movimiento del suelo era muy perceptible y, al parecer, las ondulaciones provenían del Este; otras personas sostenían que venían del Sudoeste, lo cual prueba cuán difícil es en ocasiones determinar la dirección de las vibraciones. No experimentaba dificultad alguna para sostenerme de pie; pero el movimiento me produjo casi un mareo semejante al mal de mar; se parecía en efecto mucho al movimiento de un buque en medio de olas muy cortas, o, mejor, aún, se hubiera dicho, a patinar por encima de una capa de hielo de débil espesor que se doblegara con el peso del cuerpo.[13]

           

Por su lado, Domingo Faustino Sarmiento prefirió sesgar su mirada eludiendo el drama humano, a favor de la arquitectura:

…el temblor es un buen estimulante para que el público ponga atención en asunto de arquitectura, en cuya solución lleva la vida, el reposo, cuando no la fortuna. Si la tierra gusta de temblar es éste un perverso gusto de que no debemos, de que no podemos culpar ni a la Providencia ni al gobierno. Nuestro único medio de hacer frente al amago, es extinguir el peligro mejorando la construcción de los edificios, porque si no hubiese de caérsenos un temblor sería ocasión de admirar sin miedo las sublimes luchas de la naturaleza. Un temblor es, pues, para los hombres, una cuestión de arquitectura.[14]

 

José Martí, la figura mayor del pensamiento crítico del Caribe del siglo XIX, escribió una muy valiosa crónica del terremoto acaecido el 31 de agosto de 1886 en Charleston (Carolina del Sur), con una escala de 7.3 Richter. Al respecto, escribió:

Serían las diez de la noche. Como abejas de oro trabajaban sobre sus cajas de imprimir los buenos hermanos que hacen los periódicos; ponía fin a sus rezos en las iglesias la gente devota, que en Charleston, como país de poca ciencia e imaginación ardiente, es mucha; las puertas se cerraban, y al amor o al reposo pedían fuerzas los que habían de reñir al otro día la batalla de la casa; el aire sofocante y lento no llevaba el olor de las rosas; dormía medio Charleston; ¡ni la luz va más aprisa que la desgracia que la esperaba!

[…]En esa paz, señora de las ciudades del Mediodía, empezaba a irse la noche, cuando se oyó un ruido que era apenas como el de un cuerpo pesado que empujan de prisa […]. Se hinchó el sonido: lámparas y ventanas retemblaron…, rodaba ya bajo tierra pavorosa artillería; sus letras sobre las cajas dejaron caer los impresores, con sus casullas huían los clérigos; sin ropas se lanzan a las calles las mujeres olvidadas de sus hijos; corrían los hombres desolados por entre las paredes bamboleantes; ¿quién asía por el cinto a la ciudad, y la sacudía en el aire, con mano terrible, y la desconyuntaba? Los suelos ondulaban; los muros se partían; las casas se mecían de un lado a otro; la gente casi desnuda besaba la tierra.[15]

 

En otro pasaje, el pensador cubano subrayó el papel solidario jugado por la población afro estadounidense frente a la adversidad:

Tiene el negro una gran bondad nativa, que ni el martirio de la esclavitud pervierte, ni se oscurece con su varonil bravura.

[…] hay en su afecto una lealtad tan dulce que no hace pensar en los perros, sino en las palomas; y hay en sus pasiones tal claridad, tenacidad, intensidad, que se parecen a las de los rayos del sol.

 

Cierre de palabras

A modo de umbrales hemos presentado algunas aristas histórico-culturales de los terremotos, sin descuidar su incidencia social, política y gubernamental. Creemos haber brindado argumentos consistentes para documentar que entre el siglo XX y el XXI, la noción de catástrofe natural queda en entredicho, toda vez que no cubre los casos en que las capacidades de los complejos militares de las grandes potencias intervienen en las estructuras geológicas de nuestro planeta, mediante bombas sísmicas u otros procedimientos. Otros proyectos militaristas en desarrollo se orientan a la subversión del clima, los vientos, las aguas y los volcanes como opciones de guerra. Así, la dimensión social de las catástrofes se ha acentuado y complejizado, por lo que merece ser insertada en nuestras agendas académicas y ciudadanas. Hemos tomado en cuenta algunas de estas catástrofes atendiendo a sus particularidades, principalmente desde el campo testimonial y experiencial, ajeno y propio. Los terremotos han sido elegidos de manera arbitraria pero justificada, por lo que en su conjunto no llegan a representar una pequeña muestra de un universo mayor.  Hemos llamado la atención sobre los límites y las dos caras de la ayuda humanitaria.

Hemos puesto énfasis también en las visiones que emergieron en clave moderna para dar cuenta o explicar estas catástrofes, descentrándolas de sus añejos anclajes religiosos. Entre una y otra visión se pueden percibir huellas de saberes diferenciados, así como una mayor o menor sensibilidad frente al drama humano.

Mucho queda por reflexionar de cara a nuestras circunstancias y a la desmemoria de las catástrofes. Tómense estos umbrales como una invitación a la alerta y al debate abierto y razonado. Cierro con un fragmento denso y decidor del poema «Terremoto» de César Vallejo, incluido en su libro Poemas humanos:

«¿Hablando de la leña, calló el fuego?

¿Barriendo el suelo, olvidó el fósil?

Razonando,

¿mi trenza, mi corona de carne?

(¡Contesta, amado Hermenegildo, el brusco;

pregunta, Luis, el lento!)»

 

Bibliografía

[1] Darwin, Charles, Viaje de un naturalista alrededor del mundo. Buenos Aires: Librería El Ateneo, 1945, pp. 360-361. 

[2] Requena Hidalgo, Jesús y Mar Campins Eritja. De las catástrofes ambientales a la cotidianidad urbana: la gestión de la seguridad y el riesgo. Barcelona: Uniersitat de Barcelona, 2000.

[3] Véase: Taller Regional DIPECHO América del Sur 2016. Sistematización de resultados. http://dipecholac.net/taller-america-del-sur-2016/index.html, consultada el 8 de septiembre de 2017.

[4] Paepe, Roland et al. Greenhouse Effect, Sea Level and Drought. Dordrecht: Kluwer Academic, 1991.

[5] http://www.lanacion.com.ar/1775025-la-polinesia-francesa-exige-compensaciones-a-paris-por-las-pruebas-nucleares, consultada el 4 de septiembre de 2017.

[6] Ferreyra, Norma Estela. Periodistas sin miedo 3. El terrorismo global. USA: Lulu,2012,pp.12-13.

[7] http://www.nytimes.com/2005/12/25/us/albert-l-weimorts-designer-of-big-bombs-dies-at-67.html?mcubz=1, consultada el 7 de

[8] «Cuán poderosa es la GBU-43/B MOAB, la "madre de todas las bombas" que EE.UU. lanzó contra Estado Islámico en Afganistán» http://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-39596050, consultada el 10 de septiembre de 2017.

[9] Elena Poniatowska. Nada, nadie: las voces del temblor. México: Ediciones Era, 1988.

[10] «Irma se asoma a Cuba y EEUU, José le sigue de cerca y Katia va hacia México», http://www.huffingtonpost.es/2017/09/08/irma-se-asoma-a-cuba-y-eeuu-jose-le-sigue-de-cerca-y-katia-va-hacia-mexico_a_23201904/. Consultada el 9 de septiembre de 2017.

[11] Lamb, Simon. El diablo en la montaña: la búsqueda del origen de los Andes. Lima: Instituto Francés de Estudios Andinos, 2010, p. 38.

[12] Darwin, Charles, Viaje de un naturalista alrededor del mundo, p. 361.

[13] Ibid.

[14] Citado en: Ramos, Julio, Desencuentros de la modernidad en América Latina. Literatura y política en el siglo XIX. Caracas: Fundación Editorial El perro y la rana, 2009, p. 222.

[15] Martí, José. «El terremoto de Charleston». En: http://www.josemarti.cu/publicacion/el-terremoto-de-charleston/, consultada el 11-09-2017.

[16] Vallejo, César. Poemas humanos. Lima: Editora Perú Nuevo, 1959.

 

Créditos de imágenes

  • Hotel Regis 1985 : http://www.tabascohoy.com/nota/334202/minus
  • Marcelo Moreno, http: //www.casadelacultura.gob.ec/imagenesexposiciones/005_frente_al_terremoto_e_impotentes_a_la_agonia_mixta-lienzo_70x60.jpg
  • Haití http://www.viajeslibres.com/haiti-el-terremoto-en-el-arte/

Catorce desafíos ante el asalto a la saludy a la soberanía alimentaria ligados al tema de las plantas medicinales

[1]

Introducción

La historia de las plantas medicinales y alimentarias es inseparable de la vida  de las comunidades indígenas, negras y campesinas, y ha estado ligada a una visión integral, cósmica  y espiritual. Forma parte de las ceremonias y rituales de “los condenados de la tierra” desde el nacimiento, el desarrollo pleno, el sufrimiento y hasta la muerte.

Esa historia de dignidad  ha sido violentada por quienes nos han dominado, han expropiado la cultura y han deformado la verdad. El saber popular ha sido saqueado y secuestrado por los que tradicionalmente han robado nuestros recursos en el pasado y que ahora,  en el presente,  vulneran al ser social con las políticas neo-colonizadoras  del capitalismo globalizante y excluyente más atroz; son asaltantes de  la  soberanía alimentaria y medicinal y su conducta se manifiesta en un mundo de patentes, multinacionales farmacéuticas, tratados desiguales, plaguicidas y el negocio de los organismos modificados genéticamente, conocidos como “transgénicos”. Sus políticas empobrecen cada vez más a los campesinos, a los indígenas y a los trabajadores cuyos productos, sin embargo, alimentan a la humanidad.

Las consideraciones que se presentan en esta ponencia sobre las plantas medicinales están inmersas  en el contexto de la soberanía alimentaria y medicinal; en consecuencia son holísticas e integrales y toman en cuenta esa relación dinámica y contradictoria que se desarrolla entre el conocimiento de una ciencia y técnica “sin conciencia” y una sabiduría popular e histórica con conciencia de liberación.

 

El primer desafío es el cuidado y defensa de la Madre Tierra.

Esta concepción de amor se refleja al respetar la vida, la biodiversidad, la sanidad de las aguas, los aires, los suelos y los bosques en el marco  de la interacción, la comunicación y el balance comunitario. Este principio es inherente a todas las formas de vida animal, vegetal y humana y al mismo tiempo, si se rompe ese balance, algunas especies mueren o desaparecen o se desarrolla un cúmulo de enfermedades. Por eso, los lugares más armónicos son aquellos que han mantenido el principio del balance sustentado por las sabias lecciones de los abuelos y las abuelas y por los movimientos de liberación de nuestros pueblos.

En tierra sana crecen plantas, animales y seres humanos sanos; por ello las tierras más cuidadas en el siglo XXI siguen siendo aquellas preservadas  por los pueblos nativos o autóctonos. Sin embargo, esas tierras  son las más ambicionadas por los intereses multinacionales articulados a los sectores poderosos y a los gobiernos opresores. Esto se refleja en la gran destrucción de los bosques por parte de las empresas madereras y mineras, la refinerías con desechos del petróleo y la agroindustria con las grandes plantaciones de monocultivos que destruyen la biodiversidad y producen monotonía; desaparece la diversidad y al final la tierra muere. De allí que los megaproyectos, incluyendo las represas hidroeléctricas, explotaciones mineras y petrolíferas; las políticas de la Organizacion Mundial del Comercio, el Plan Puebla Panamá, los Tratados de Libre Comercio y la proliferación de parques industriales o de maquilas; las plantaciones de monocultivos como el banano, caña de azúcar, palma africana, las plantaciones para biocombustibles y la industria camaronera destructora de los manglares figuren, junto con sus estrategias de enriquecimiento multinacional, entre las principales  causas   de la desaparición de todo tipo de plantas medicinales, de la riqueza genética y del patrimonio cultural.

En Honduras estos hechos se manifiestan con los desalojos violentos y despojos de la tierra en contra de indígenas, garifunas y  campesinos, condenando con ello a los pueblos a la más terrible miseria. En innumerables ocasiones hemos dado nuestro testimonio médico acerca de la brutalidad policial y militar contra las manifestaciones de protesta del Consejo de Organizaciones Populares Indígenas (COPIN),  y de las organizaciones chortíes, garífunas y campesinas. De manera heroica estos pueblos han resistido luchando contra el despojo de sus tierras, el divorcio de la vida comunitaria con las  plantas, los animales y  los seres humanos.

Hemos sido testigos de cómo en comunidades campesinas han sido demolidas sus casas con  tractores y “bulldozers”;  sus maizales y frijolares arrasados  por los cuerpos policiales y militares y quemadas sus viviendas, tal como ha ocurrido en los campos banaeros (Tacamiche), La Paz, Las Limas y en Nuevo Despertar, en La Sabana en las proximidades del Lago de Yojoa. También hemos sido testigos y actuantes en la resistencia a la explotación minera en el Valle de Siria, en San Andrés;  La Labor de Ocotepeque, Comayagua, Aramecina, Güinope, El Paraíso y otras. En igual forma, hemos sido parte de las denuncias del asesinato de campesinos y ecologistas defensores del bosque.

Se ha relatado esta historia de violencia contra nuestros pueblos porque también es una agresión a las plantas medicinales y el primer desafío es la defensa de la biodiversidad como parte de la salud integral. Sin tierra no hay vida, no hay dignidad, no hay cultura.

 

El segundo desafío es la salvación de las semillas. 

La preservación de las semillas de maíz, papa y fríjol o frijol ha servido para alimentar a gran parte  de la humanidad. En igual forma, se hace necesario conservar las semillas de las plantas medicinales; existe un sinnúmero de plantas que tienen ambas funciones: ser nutrientes y ser sanadoras. Por otra parte, la ciencia moderna desconoce aun las propiedades de la mayoría de las semillas, hojas, y tallos de las hierbas llamadas “salvajes o silvestres”, quizás porque han resistido a través de los siglos las agresiones químicas.

Es necesario desarrollar la costumbre de compartir semillas entre las comunidades locales y también entre las comunidades hermanas de Meso América, América Latina, África y Asia; sería una forma de compartir la soberanía alimentaria entre las comunidades y de aprender a cómo preservarlas. Hay que organizar los bancos de semillas para conservar el tesoro genético que tenemos pero que ignoramos. Proceder por lo tanto a hacer un inventario de las semillas y plantas y educar a las poblaciones para que no participen en la extinción de las especies de animales (pájaros, murcielagos, monos, insectos) y la diversidad del bosque    que mantiene la vida de las semillas. Sin embargo, los bancos de semillas debe ser componente de la seguridad por parte de las comunidades organizadas, porque los biopiratas multinacionales están, como depredadores, continuamente al acecho.

Contrastando con este espíritu,  se encuentra  la lógica del capital que se está apoderando de patentes no sólo de plantas medicinales sino de animales e incluso de carcaterizaciones genéticas de los seres humanos. Resulta, por lo tanto, injusto que tengamos que importar semillas híbridas de plantas medicinales o bien de aquellas que crecen en  climas y ambientes diferentes. Esto crea dependencia externa y empobrece a nuestros agricultores.

En el marco de la biotecnología y de la violación a la soberanía  alimentaria se han desarrollado los transgénicos u  organismos modificados genéticamente, que además de  causar viejas y nuevas alergias y otras enfermedades, están alterando el futuro de las especies animales y de plantas de uso alimentario y sobre todo están ocasionando hambre y miseria entre los campesinos y grupos étnicos, ya que el costo de esta tecnología no está al alcance de los trabajadores de la tierra.

Como consecuencia directa de tratados comerciales sin equidad económica y social, se han presentado novedosos fenómenos de cuasi extinción cultural; tal es el caso de la tortilla de maíz, que siendo la base ancestral y milenaria de alimentación de nuestro continente mestizo, ahora no se encuentra a disposición de la gente más vulnerable por el acecho del hambre, por la simple razón de que no pueden comprar el caro maíz transgénico norteamericano; ello con el agravante de que el fenómeno ya se ha extendió a los otros países mesoamericanos, hacia el sur del continente.

 

El tercer desafío es el agua.

El área mesoamericana es abundante en agua, dulce y salada; somos una zona de huracanes y tormentas tropicales, y sin embargo el agua ha dejado de ser libre en su intercambio con los seres vivientes. Los que menos tienen acceso al agua son los pobres, los desplazados. Las empresas no se apoderan de cualquier suelo, sino de las mejores tierras, o sea las que tienen agua disponible en abundancia para sus cultivos. Los países ricos dominantes cada vez disponen menos de agua dulce y siendo previsores y colonizadores, para tener un mejor control del vital líquido, han privatizado el agua en las naciones dominadas.

La falta de agua  altera la biodiversidad, menoscaba la produccion agrícola de las comunidades y vulnera el crecimiento y la reproducción de las plantas medicinales y alimentarias. Existen megaproyectos que encarcelan el agua en las llamadas represas, desplazando a pueblos enteros, despojándolos de su tierra y de su cultura. Desde luego, existe resistencia contra la construcción de  represas tales como la de El Tigre,  entre Honduras y El Salvador; y la de El Patuca II, en la zona nororiental de Honduras.

Cuando se mantiene la biodiversidad y el bosque y se preservan  el suelo, las cuencas de los ríos y las micro cuencas, el agua respeta a la vida, porque ella es la vida misma. Los árboles amarran la tierra y aunque llueva torrencialmente o existan huracanes, los daños son menores; pero cuando se deforesta el bosque y se destruyen los manglares, se pierde la biodiversidad y por lo tanto se extinguen especies animales y vegetales.

Cuando el agua está encarcelada ya no está viva, está enferma y es lugar donde crecen los mosquitos que transmiten la malaria y el dengue.  Otro caso correponde al agua contaminada por plaguicidas; por residuos tóxicos y metales pesados de la industria minera. En esta agua no hay vida y en términos científicos estrictos ha dejado de ser agua, porque está muerta. El agua de un manantial con todas sus especies vivientes si no está contaminada podemos beberla y no nos hace daño.

En el caso de las plantas medicinales necesitamos agua sana porque si hidratamos las hierbas con agua encarcelada tenemos más bien plantas  prisioneras por bacterias y hongos  y por lo tanto enfermas, que también al consumirlas hacen daño a la salud. Por eso, en las “represas” las aguas están encarceladas y, tal como su nombre lo indica, han vuelto a ser “presas”.  El agua libre y sana es fundamental en el crecimiento y preservación de las plantas medicinales.

 

El cuarto desafío es la conservación y protección de los suelos.

El suelo está en contacto directo con el agua superficial y el aire atmosférico. Los humanos, al igual que las plantas, dependemos de  esta íntima relación. Inmediatamente debajo del suelo, entre éste y el agua subterránea se encuentra un área que no está saturada de agua y que recibe el nombre de zona  “vadosa”. El suelo es una mezcla compleja de fragmentos de rocas, residuos orgánicos que provienen de plantas y animales, agua y miles de millones de organismos vivientes, entre ellos bacterias, hongos, lombrices que remueven la tierra y otras especies. El suelo es reponsable por el crecimiento de las plantas y el ciclo de los nutrientes tranformados por los microbios.

Son cinco elementos los que forman el suelo: los minerales, los cambios climaticos, los organismos (plantas y microbios), la topografia y el curso del tiempo en el espacio.

La polución del suelo y la erosión son ocasionadas por la minería, los residuos tóxicos de otras industrias, los plaguicidas, los fertilizantes y la deforestación. A la  erosión del suelo contribuyen las corrientes de agua y del viento.

Sin agua y sin microorganismos no es posible un suelo sano. Los plaguicidas, fertilizantes, residuos tóxicos y metales pesados de las industrias mineras asesinan a nuestros pequeños hermanos y hermanas las bacterias y lombrices, y por lo tanto las plantas no nacen,  se mueren o se extinguen y esta misma situación es aplicable a las hierbas medicinales que deben crecer en suelos sanos o de lo contrario, pueden causar enfermedades.  

Algunas plantas  tienen la propiedad de acumular metales pesados,  tales como el mercurio; una de ellas es el culantro o cilantro  (Coriandrum sativum); por lo tanto hay que consumir culantro, pero a condición de que crezca en suelos sanos.

 

El quinto desafío es la protección de las especies animales y el bosque.

Cuando ocurre la deforestación o la quema del bosque y la  biomasa, uso de  plaguicidas o  se alteran los ciclos de vida de los animales o plantas, se producen serios trastornos en los ecosistemas y la biodiversidad ocasionando cambios climáticos en el micro o macro-clima con las consecuentes enfermedades infecciosas o parasitarias llamadas “emergentes”;  o bien se ocasionan mutaciones y resistencias  a los antibióticos, antiparasitarios y plaguicidas.

Ejemplo de esta situación es el caso de la enfermedad de Chagas, que afecta el corazón y el intestino grueso con el agrandamiento del colon (megacolon). La chinche picuda, chinche besucona  o triatoma es un vector o sea que transporta el parásito Tripanosoma cruzi, agente de la enfermedad de Chagas. Esa chinche, al no encontrar alimento en la sangre de los pájaros, marsupiales  y otros animales porque se ha deforestado el bosque, migra entonces a las casas de los campesinos o indígenas para succionar la sangre humana. Y cuando los humanos migran a su vez del campo a la ciudad,  las chinches no encuentran sangre  y la buscan en la sangre humana de las ciudades.

Cuando se produce el asesinato de aves o el secuestro de pájaros, éstos  son debilitados, resultan menos resistentes a las enfermedades virales y transmiten enfermedades  como la encefalitis que daña el cerebro. En igual forma, cuando son matadas las culebras,  proliferan los ratones y estos son capaces de ser vectores de enfermedades como la leptospirosis y el Hanta Virus.

Esto nos enseña que el uso masivo de plaguicidas como el DDT y los órgano fosforados  para controlar los vectores  de la malaria y el dengue  ha sido un fracaso a largo plazo. Además de ocasionar enormes gastos, han contaminado el ambiente y creado resistencia  en los vectores. Por tanto, favorecer la biodiversidad y mantener un bosque  sano y el agua libre, ayuda al control de estos agentes de enfermedades y a preservar las plantas medicinales.

 

El sexto desafío es el desarrollo de los cultivos orgánicos.

Los cultivos orgánicos resultan fundamentales puesto que no se concibe que las plantas medicinales sean manejadas mediante plaguicidas  y fertilizantes de origen industrial. Existen los cultivos orgánicos, mediante los cuales las propias plantas se comportan como plaguicidas naturales: ejemplos de ello son el ajo, el madreado[2] y la cebolla.

Los plaguicidas de la industria química alteran profundamente la biodiversidad y son causa importante de resistencia,  alterando los ecosistemas y causando dolencias e intoxicaciones agudas y crónicas. Estos productos químicos, al no ser producidos en nuestros países, contribuyen al aumento de la pobreza, la enfermedad y la  dependencia económica y cultural

Lo importante es recordar que los plaguicidas  no sólo matan las plagas, sino que afectan progresivamente al agricultor, a la familia y a la comunidad. En cambio, los cultivos orgánicos ayudan al proceso de reciclaje de la materia orgánica y en consecuencia al ahorro de la energía.

La creación de cooperativas populares de productos orgánicos es por ello un excelente paso para mejorar la alimentacion y la salud.

 

El séptimo desafío es la relación de las plantas medicinales y la energía.

Todo cultivo de plantas medicinales debe estar en función del clima y la energía. Hay plantas que crecen en la sombra y otras que requieren mayor energía solar. Cualquier cultivo de plantas medicinales en forma intensiva o de monocultivo altera la biodiversidad y cuando esa especie no es nativa de la zona o es extraña puede afectar la existencia de otras plantas importantes para la salud.

Un ejemplo claro es la introducción de árboles de eucalipto, que tienen un crecimiento rápido y por lo tanto requieren mayores nutrientes y energía para su desarrollo afectando el desarrollo mismo de otras plantas. En Honduras hace una década se quiso derribar un millón de pinos y sembrar eucaliptos  por parte de la empresa “Stone Container Corporation”, pero afortunadamente  con el pueblo organizado nos opusimos  a este diabólico proyecto.

El balance energético está relacionado con la economía política. Las emisiones de anhidrido carbónico, metano y óxido nitroso dependen mucho de la estrategia política de los gobiernos y del grado de sometimiento de los pueblos.

En Honduras, por las presiones de la industria automovilística internacional, no ha sido posible resucitar el sistema de ferrocariles ni tampoco desarrollar el ciclismo como el más sano medio de locomoción y transporte.

 

El octavo desafío es el divorcio o articulación entre la sabiduría ancestral y el desarrollo científico y tecnológico de la medicina.

El conocimiento ancestral ha sido negado y hasta rechazado por una visión colonialista y neocolonizadora de la medicina occidental. No obstante que las bases de farmacia y la farmacología descansan en las medicinas indígenas,  ayurvédica, chinas y africanas. El conocimiento fundamental de la industria farmacéutica, tanto ortodoxa como homeopática, partió precisamente de las medicinas nativas de América Latina. Ejemplo de ello son los anti-maláricos como la quina con los incas de El Perú y las propiedades relajantes del curare con los indígenas de América del Sur que marcaron un hito en el desarrollo de la anestesia y por tanto de la cirugía. La quina misma fue inspiración para el surgimiento de la Homeopatía.

Todavía existen cazadores del conocimiento de las plantas nativas al servicio de multinacionales a través del control de patentes, del mercado y la propiedad intelectual. Es en extremo una rareza que sea reconocido el conocimiento de un sanador o sanadora de nuestros pueblos oprimidos; nunca es citada esta información en la literatura científica.

El reconocimiento de un medicamento por parte de la industria farmacéutica sólo es posible en aquellos países con una infraestructura multimillonaria. Esta producción no es posible en los países de escasa industrialización. El problema esencial es que la medicina se ha convertido en una mercancía en la que interesa más la ganancia en la venta de productos farmacéuticos de mezclas químicas que en el reestablecimiento de la salud.

Las inversiones económicas para producir un producto farmacéutico son elevadas y casi incompatibles para un mercado local. Cuando no puede o no conviene sintetizarse químicamente el producto con el principio activo, se requiere enormes cantidades de plantas y el desarrollo de monocultivos.

En el enfoque de la sabiduría  ancestral la planta es algo sagrado; hay que pedirle permiso a la Madre Tierra para cortar parte de ella o su totalidad: la preparación es sencilla y de aprendizaje rápido y puede ser realizada sin una gran infraestructura. Existe una experiencia acumulada y milenaria acerca del uso de las plantas medicinales, las cuales efectivamente contribuyen en la curación de las enfermedades.

Nuestra posición no es negar o rechazar la sabiduría cultural y popular; por el contrario, sin idealizarla, hay que rescatarla para que nuestros pueblos se apropien de ella. Hay que crear las escuelas o universidades donde sean rescatados íntegramente estos conocimientos y sean parte del patrimonio cultural. Estos centros de educación destinados a la prevencion y promoción de la salud bajo una visión ecológica y social,  deben ser protegidos y estar bajo el control de las propias comunidades, tomando en cuenta los aspectos éticos de la vida para evitar que se apoderen aquellos grandes intereses que comercian con las medicinas.

No se puede negar el avance científico y tecnológico y es importante que los pueblos  también aprendan este conocimiento y se articule la visión científica y técnica de la medicina con la sabiduría cultural. Lo fundamental es que las comunidades desarrollen conocimiento para resolver sus propios problemas de salud y que  también puedan  saber cuándo acudir a la medicina ortodoxa, porque ambos conocimientos, cuando están basados en la vida y en la ética, son necesarios.

 

El noveno desafío es cómo resistir o superar las relaciones de poder dominante sobre  nuestros pueblos.

En este sentido, la educación es fundamental y debe comenzar con los arriates o jardines de plantas medicinales y nutricionales sembrados en los patios de cada casa o en áreas colectivas comunitarias. Este acercamiento nos educa para proteger el ambiente y a vincularnos a nuestra cultura.

La resistencia es contra el despojo de las tierras, por la protección de la biodiversidad, las semillas, los bancos genéticos, el bosque y las fuentes de agua; y por respirar un aire sano. Pero también se trata de resistir ante las prebendas y sobornos de las multinacionales.

El saber es una forma de poder porque en este caso está ligado a la cultura y a la forma de resistir no sólo a la enfermedad, sino también en cómo las plantas medicinales y nutricionales nos dan fortaleza para vivir y ser libres y aprender que debemos vivir en una comunidad nacional e internacional unida contra la injusticia ambiental  y el irrespeto a los derechos humanos.

 

El décimo desafio es entender que existe una estrecha relación entre las plantas medicinales y los alimentos.

Por lo general toda planta alimenticia es medicinal. El consumo de estas hierbas también nos ayuda a mantener los ecosistemas de los intestinos y de las vías respiratorias. En este caso, el alimento también son los aromas de las flores, el bosque y el ambiente que respiramos; porque el olor es la introducción de sustancias en forma de  moléculas gaseosas que entran en contacto no sólo con la piel, la nariz, el olfato sino también con el cerebro.

Si me alimento en forma sana  conservo salud. El metabolismo es intercambio de energía y materia entre el ser vivo y la naturaleza; pero este intercambio es de formación y destrucción. Nosotros producimos desechos  o más bien materia orgánica; así, en la orina tenemos la urea que es un fertilizante natural y en las heces materia que nutre el suelo. Un alto porcentaje del peso de las heces corresponde a su contenido en bacterias. Bien manejados, estos residuos contribuyen al reciclaje de materia y energía en el metabolismo de todos los seres vivos. No es para nada casual que en pueblos considerados “incultos” por parte del “occidente civilizado” el abono más efectivo para las tierras sea el de los desechos vacunos y caballares, para no mencionar el riquísimo abono producido por los desechos de los murciélagos.

Al comer, por lo tanto, se mantiene la biodiversidad del intestino. Por eso las lombrices huyen cuando  se ingieren ciertos alimentos como ajo, orégano, semillas de ayote, papaya u hojitas de apazote. Mi experiencia como científico me ha enseñado que consumir estas plantas nos mantiene a salvo de las amebas y lombrices.

 

El undécimo desafío es reconocer y respetar el conocimiento, la sabiduría y la contribucion de la mujer, sobre las plantas medicinales y las diferentes terapias desde una perpectiva de género, vinculada a la movilización política de la conciencia por una sociedad justa en el marco de una transformación sustantiva del sistema opresor de nuestros pueblos.

 

El décimo segundo desafío.

Es necesario implantar una política del Estado que proteja y contribuya al desarrollo del conocimiento popular y cultural,

y permita la libertad de las comunidades, para que conforme a sus tradiciones y cultura puedan ejercer  prácticas terapéuticas de bien común en correspondencia con los valores éticos comunitarios. En consecuencia, es imperativo que no se ejerza la persecución  o estigmatización sobre sanadores(as), parteras, yerberos, sobadores; botánicos del pueblo y otros terapeutas; por el contrario, que este conocimiento sea considerado de manera permanente parte del patrimonio cultural. El acercamiento entre el tratamiento por plantas medicinales y la llamada medicina académica  constituye uno de los mayores desafíos, tanto para las comunidades como para la visión ortodoxa occidental. Sin embargo, se vislumbran cambios de actitud y práctica de ciertos profesionales de la medicina que son cada vez más abiertos a la medicina alternativa; sin embargo, me refiero a aquellos que tienen bien claro un compromiso ético serio con la liberación de nuestros pueblos.

 

El décimo tercer desafío es la reflexion teórica y crítica, histórica y filosófica, cultural y científica sobre la salud

y enfermedad con un enfoque de totalidad social dinámica donde los individuos, familias y comunidades están enfermos o sanos no sólo bajo una concepción abstracta y universal de le enfermedad, sino que su estado y proceso  mórbido es resultante  del contexto social, político y económico donde se vive, la clase social, la injusticia ambiental, la negación de los derechos humanos al considerar la salud y la atención médica como una mercancía. Este desafío nos demanda  la necesidad de plantearnos las discusiones colectivas, la participación y movilización social para lograr la transformación de la realidad que estrangula las esperanzas y secuestra los sueños de libertad  en el planeta tierra.

 

El décimo cuarto desafío es el ético y espiritual,  negado por la globalizacion neoliberal.

La espirtualidad se manifiesta en el ideal de vivir en comunidad y hermandad entre los sujetos humanos y todos los demás seres vivientes. Es el sentido de amor y respeto a la vida planetaria. En consecuencia, el uso de las plantas medicinales no debe estar basado en un fin utilitario, sino en una ética de liberación articulada con la vida, el respeto al género, a los derechos humanos y a la dignidad de nuestros pueblos.

 

  • Médico dedicado a las causas populares en Honduras. Ex rector de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras. Director ejecutivo del Centro de Prevención, Tratamiento y Rehabilitación de las Víctimas de la Tortura y sus Familiares (CPTRT) , Director del Movimiento Madre Tierra Honduras, miembro de Amigos de la Tierra Internacional (ATI) y ex decano de la Facultad de Ciencias Médicas UNAH Honduras.

 

[1]  Ponencia presentada en Mali, África, en la Conferencia Mundial sobre Soberanía Alimentaria en febrero de 2007.

[2]  Gliricidia sepium, también conocida en México, entre otros nombres, como “madre cacao” (Tabasco) o cacahuananche (Morelos y Guerrero).