6, Febrero de 2012

Bernardo Baytelman, Jorge Angulo y Alfredo Barrera en los antecedentes del Jardín Etnobotánico en Cuernavaca

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Muy aparte de otros factores decisivos relacionados

con su indiscutible capacidad académica, Beco Baytelman tuvo

–como condición natural privilegiada-

ese tipo de simpatía que se asemeja tanto al carisma de los líderes.

Sin esa simpatía y esa atracción directa sobre las personas,

sus investigaciones no habrían alcanzado

la enorme gama de información abierta y espontánea que las caracterizan.

La sola simpatía y el atractivo carismático

no son en realidad bastantes para el antropólogo.

Ninguno de estos dos libros hubiera sido posible si Beco –como todos sabemos-

no fuera un estudioso serio y un poeta excelente.

Ser poeta, en su caso, significó dos cosas fundamentales

para la transmisión de la experiencia antropológica.

Un modo atractivo de expresión; directo e intuitivamente plasmado.

Pero, sobre todo, mirar el mundo y descubrir sus ángulos insólitos

Eliana Albalá

 

Hace ya meses, una nublada mañana, me encontré en mi centro de trabajo con unas viejas y desfondadas cajas de cartón expuestas al aire libre, conteniendo papeles polvosos, delgaditas copias al carbón de las que ya no vemos y documentos originales, con sus grapas oxidadas y sus folders con huellas de clips manchados; todo ello, arrumbado desordenadamente, en su camino sigiloso y expedito, desde una bodega hacia la basura. Con poco respeto por el polvo y con la curiosidad que a veces nos depara alguna sorpresa, me percaté de que esa “basura” no lo era -lo cual no ha de extrañarnos en un mundo donde lo valioso no es valioso, lo desechable no es desechable, lo hueco está relleno y lo relleno resulta hueco, etcétera-. En una institución dedicada en buena parte a la historia, alguien medio desmemoriado pero dotado de alguna función, decidió que los papeles viejos estorban y hay que deshacerse de ellos. Recogí algunos de esos papeles amenazados por la incuria y lo que sigue es en parte efecto de ello. Ahí, en la basura, encontré algo de la historia del Jardín Etnobotánico. La desmemoria institucional no es muy loable que digamos, sea o no engendrada por la negligencia. No era por cierto el primer episodio de ese tipo de incuria: en otros tiempos, los encargados de la biblioteca decidieron tirar a lo baboso –o digámoslo técnicamente- despatrimonializar la documentación depositada ahí sobre el movimiento del 68, entregada por el desaparecido colega Pablo Mayer, así como parte del material etnográfico del antropólogo Luis Miguel Morayta.

 

En la reflexión que acompaña un aniversario más de la presencia formal del Instituto Nacional de Antropología en el estado de Morelos, no pueden pasar desapercibida la génesis del Jardín Etnobotánico y del Museo de Medicina Tradicional y Herbolaria ubicados en Acapantzingo. En esa reflexión y a propósito de la jurisdicción del INAH en su ámbito de competencia, que es la investigación, conservación y difusión del patrimonio cultural, se puede ver que el Instituto, en un pasado no tan remoto, alcanzó a jugar con firmeza su papel como garante del interés común ante algunas pautas que ameritan atención, porque denotan la tensión persistente entre el cometido del INAH y otras perspectivas existentes sobre el patrimonio cultural.

En la historia del Instituto han existido proyectos de investigación que con el paso de los años y la magnitud o la naturaleza de los temas y problemas de que se ocupan, se van convirtiendo progresivamente en programas de continuidad que rebasan las expectativas iniciales de una investigación acotada temática y cronológicamente.

Tal es el caso del Proyecto Etnobotánico iniciado por el investigador Bernardo Baytelman a mediados de los años setenta, en el estado de Morelos, y cuya sede se ubicó desde su inicio en el actual recinto del INAH en el barrio de Acapantzingo, incluso antes de que sus oficinas administrativas se establecieran ahí años después.


Beco Baytelman en las oficinas del INAH en Acapantzingo

Conocí a Bernardo Baytelman en 1977, en su oficina, ubicada entonces en el Museo Cuauhnáhuac. Afable y sin los atropelladores apremios hoy en boga, Baytelman explicaba vívidamente el objeto de tener al lado de su escritorio palas e implementos diversos de jardinería. Aun no se establecía en la antigua casa del Olindo en Acapantzingo, donde sin embargo había ya iniciado el desarrollo de un jardín etnobotánico como expresión tangible y como resultado del proceso de investigación de campo que llevaba a cabo en diversas comunidades del estado de Morelos en torno a la medicina tradicional y la herbolaria.

Estaba Baytelman, o Beco, como se le llamaba con cariño, imbuido de una profunda convicción acerca de la relevancia del mundo que se desplegaba con creciente amplitud ante él, a propósito de cada una de sus salidas a campo y en particular, a raíz de las detalladas entrevistas que llevaba a cabo con diversos curanderos y parteras del estado.



Bernardo Baytelman impartiendo una conferencia

 

Confesaba que cada mañana, el impulso por dar continuidad a la investigación que lo ocupaba era enorme. Tenía, sin embargo, tiempo para recibir a quienes lo visitaban y para charlar con ellos, en particular cuando se trataba de estudiantes, amas de casa,  colegas, campesinos. Vertía generosa y espontáneamente sus preguntas y respuestas, con agudeza y desde una posición de compromiso respecto al pueblo que hacía posible su trabajo. En ese entonces, todavía se usaba esa extraña palabra de “Pueblo”, hoy sustituida por términos “gente”, “población” o “prole”.

Hay que señalar, además, que esos años estuvieron marcados por un contexto de creciente interés en el tema de las plantas medicinales y de los saberes populares que enmarcan su uso, pero la de Baytelman no era una mirada idealizadora de todo ello, ni una mera fascinación por lo exótico, ni la dedicación a un asunto de moda, sino una perspectiva plenamente ubicada en una toma de posición política respecto a la necesidad de tomar en cuenta a la par la cultura y las necesidades de atención médica de la población y además respecto al problema, hoy más ingente aun, de la desigualdad social.


Beco Baytelman y don Sergio Méndez Arceo

 

Beco Baytelman supo florecer y generar obra pertinente y valiosa en la difícil condición del exilio político, pues tuvo que salir de Chile a Venezuela y luego a México meses después del golpe militar de septiembre de 1973 habido en su país de origen. Diez años después de ese año fatídico para Chile y para nuestra América Latina, Beco había ya fallecido, aquejado por un avanzado enfisema pulmonar. Sin embargo, en pocos años, dejó consolidado el Jardín Etnobotánico de Cuernavaca, con la ayuda de diversos colaboradores, entre quienes destacan la bióloga Margarita Avilés, Carlos Gómez y una serie indispensable de valiosos jardineros, como don Luis Ramos, ya fallecido, don Andrés Mendoza y don Pablo Catalán, entre otros. Su trabajo no hubiera sido posible sin el aporte generoso de numerosos curanderos y parteras, sin el marco institucional del INAH, sin el apoyo de sus ayudantes y, por supuesto sin su tesón inacabable, reflejo de una convicción interna, que a fin de cuentas forma parte también de su legado para nosotros.

 


Misa oficiada por don Sergio Méndez Arceo en memoria de Beco.
Entre los presentes, don Edgardo Enríquez, ex rector de la Universidad de
Concepción y ex ministro de educación en el gobierno de Salvador Allende.

Ese legado nos obliga a recordar la actualidad de los postulados planteados por Baytelman en torno al sentido y la orientación del Jardín y del Museo de Acapantzingo, centrados en un claro cometido de beneficio público. Lejos de proyectar un mero espacio de instrumentación para el turismo -y sin con ello satanizar al turismo- el Jardín y el Museo fueron concebidos como instancias de bien común, como espacios de investigación, conservación y difusión de esa parte del patrimonio cultural de nuestro país constituido por los saberes y recursos de la medicina tradicional. No era la suya una cuestión de simple coleccionismo, ni el mero impulso de colocar peculiaridades en una vitrina, sino el estudio formal de las representaciones, prácticas y recursos puestos en juego por la población, como expresiones de un proceso civilizatorio, en el interés por validarlos, proyectar su pertinencia y optimizar su potencial.

La perspectiva amplia de Baytelman se refleja en el planteamiento que fundamenta al Proyecto Etnobotánico por él propuesto, en líneas que se nos revelan como plenamente vigentes hoy, e incluso parecen moderadas ante el neoliberalismo actual, ante el negocio de los seguros, ante la comercialización de la atención médica, ante las ficciones sanitarias gubernamentales como la del seguro popular que, ni seguro ni popular, condiciona la atención a ciertas enfermedades y deja a otras sin cobertura:

La salud del ser humano ha sido, en todos los tiempos, ya sea en lo que respecta al ciclo vital, ya sea en lo que respecta a contingencias externas, no sólo una de las principales preocupaciones, sino uno de los principales poderes de ciertos grupos sociales […] Nuestra sociedad se define, precisamente y por encima de todo, como una competencia productiva. Afirmación que en cuanto a medicinas y farmacología, constituye una evidencia aterradora: se cura a los heridos de los campos de batalla, a los que caen en el trabajo, a los que reciben el golpe de un infarto por problemas de negocios, a los que se enferman de gastroenteritis por contaminación de las aguas, a los que adquieren enfermedades pulmonarfes por el esmog, a aquellos individuos que el sistema ha creado y definido como consumidores: en suma, a los que sirven para la producción y reproducción de lo establecido. Este sentido positivista del progreso encierra un razonar maniqueísta de lo verdadero y de lo falso, que atribuye a la cultura occidental el valor de lo verdadero, y a las demás culturas el de lo falso. La prepotencia colonialista, que nos hace razonar con estas categorías, nos ha conformado una lógica que acepta como unidad taxonómica los valores del capitalismo, o si se quiere, los valores de la sociedad de consumo. Y además, en lo que se refiere a América Latina, el imperialismo tecnológico nos obliga a copiar los modelos culturales de los países desarrollados sin tomar en cuenta las verdaderas necesidades nacionales (Baytelman, 1981: 21-22).

Desgraciadamente no ha cambiado un ápice lo que describe Baytelman:

[…] la educación primaria, secundaria y universitaria es eminentemente urbana, orientada hacia lo empresarial y dueña de un espíritu individualizante y competitivo. Como un ejemplo, podemos recordar que los programas de las escuelas de medicina de la mayoría de nuestros países han sido copiados de modelos alemanes, franceses y norteamericanos, que reflejan un concepto mecanicista y metafísico de la comprensión del cuerpo humano y de sus enfermedades, que centran su atención nada más que en el sistema curativo de la medicina, y que ocultan así la verdadera dimensión de una problemática que excluye la responsabilidad de la salud en beneficio de la enfermedad. El acentuado interés de la medicina hospitalaria de alta tecnología por una orientación de tipo individual hace que el servicio de la profesión se dirija, básicamente, a los sectores que pueden darse el lujo de pagarlo, y cuya calidad dependerá, precisamente, de dicha remuneración […] Por otro lado, el caso de la farmacología –mucho más evidente que el de la medicina-, se presenta con ribetes macabros. La industria respectiva, también centrada en el espíritu de la competencia y de la productividad ha llegado aún a transformar la medicina, convirtiéndola en una de las herramientas de sus fines de lucro. Es así como se subsidia a los médicos que recomiendan sus productos mediante premios o incentivos […] (1981: 23).

Ahora bien, no fue Bernardo Baytelman quien primero ideó la iniciativa de generar un jardín botánico y un museo en la antigua casa de Maximiliano en Acapantzingo. Ciertamente nadie entendió en toda su dimensión al jardín como “etnobotánico” antes de Baytelman, y su propuesta fue también determinante para proteger el predio del INAH de su apropiación por parte del gobierno estatal en esos años. Y ciertamente, también, una cosa es generar una iniciativa y otra, la verdadera prueba, es concretarla en los hechos y día a día.

Sin embargo, veamos esos antecedentes con detenimiento. En un informe fechado el 6 de junio de 1974, el arqueólogo Jorge Angulo, director del entonces “Centro Regional Morelos-Guerrero”, comunicaba al director de centros regionales del INAH, don Enrique Valencia, que la casa de “El Olindo” ubicada en Acapantzingo, por su calidad de monumento histórico, había sido rescatada por el INAH en 1955 ante “una ocupación popular que pretendía fraccionarla”, y que en ese año fue reconstruida parcialmente, instalándose algunos objetos de artesanía popular expuestos por el propio Instituto y custodiados por el Sr. Nabor Hurtado.

En un relato preciso que refleja su compromiso con el cometido del Instituto, Angulo menciona que en 1968 y 1969, entre otras actividades realizadas, el INAH restauró algunas habitaciones de la vieja edificación, acondicionándolas para una oficina y una ceramoteca. Un año después, las presiones por fraccionar el terreno de la antigua casa de Maximiliano se hicieron nuevamente patentes, presentándose en julio de 1970 un arquitecto de apellido Padilla, del Departamento de Catastro de Morelos, con órdenes de levantar un plano del predio como inicio de un proyecto para convertirlo en centro turístico y para reproducir “bungalós tipo Casa del Olindo” en los jardines, pretensión que recibió una tajante negativa de los entonces titulares de Monumentos Coloniales y de la Secretaría General del INAH.

Ya antes del establecimiento del Museo Cuauhnáhuac en el Palacio de Cortés de Cuernavaca, la idea de construir un museo en la antigua casa de Maximiliano en Acapantzingo, se plasma -siempre siguiendo lo consignado por el arqueólogo Jorge Angulo en el documento referido- en una notificación que, fechada el 5 de agosto de 1970, otorgaba permiso al Departamento de Turismo del estado de Morelos bajo la dirección del Lic. A. Salvat, para estudiar las posibilidades de restaurar el edificio de la “Casa del Olindo” y convertirlo en un museo arqueológico. En mayo de 1972, el poeta Carlos Pellicer, acompañado del Sr. Javier Bolea, visitaron el predio considerando también la posibilidad de convertirlo en museo.


Museo de Medicina Tradicional y Herbolaria
en la sede del INAH en Acapantzingo

Un año antes, se había iniciado la exploración y restauración del Palacio de Cortés para instalar ahí un museo regional que, de acuerdo con Angulo, “mostrara tanto las etapas constructivas por las que pasó el Palacio, como el acondicionamiento del Centro regional del Instituto para el desarrollo y desenvolvimiento de la investigación histórica- antropológica de la región”.  Ya desde entonces, el primer director del Centro INAH Morelos Guerrero señalaba:

Al hacer la planeación de dicho centro de investigaciones, se tuvo siempre en cuenta la ocupación de la Casa del Olindo, en donde se han instalado y acondicionado cuatro cuartos con anaqueles y mesas de trabajo que fungen como almacén y Centro de análisis y estudio de la cerámica arqueológica recolectada y clasificada en los seis años que lleva el INAH laborando en el Estado, procedente de varios recorridos de superficie y una serie de exploraciones efectuadas por esta y otras instituciones colaboradoras (Angulo, 1974)

El antecedente del Jardín Etnobotánico de Acapantzingo se puede ubicar en el año 1973, cuando el Centro Regional del INAH proyectó, en colaboración con el Dr. Alfredo Barrera, ex director del Museo de Historia Natural, el establecimiento de un “Museo vivo de la herbolaria Prehispánica”, aprovechando los jardines de la Casa de Maximiliano; dicho proyecto implicaba:

Sembrar las plantas que el proto médico Francisco Hernández y Juan Badiano describen en sus amplias referencias y documentos recopilados en el siglo XVI sobre la utilización y las aplicaciones curativas y alimenticias de las plantas de la Nueva España. El objetivo era de comparar las recopilaciones del principio de la Colonia con las plantas que debidamente ordenadas y clasificadas serían cultivadas en la Casa del Olindo (Angulo, 1974)

Alfredo Barrera Marín fue un destacado biólogo de amplia cultura general que ocupa un espacio destacado en el grupo de investigadores que en México deslindaron el campo de la etnobotánica[1]. En un interesante simposio llevado a cabo en 1976, organizado conjuntamente por el Departamento de Etnología y Antropología Social del INAH –que entonces dirigía la colega Isabel Lagarriga- y la Facultad de Ciencias de la UNAM, y donde participaron dos colegas que actualmente laboran en el INAH Morelos –Fernando Sánchez, presentando una comunicación sobre arqueobotánica (1978), y Macrina Fuentes, sobre palinología- Alfredo Barrera fue precisamente quien se ocupó de presentar una exposición general del desarrollo y el alcance de la etnobotánica y de la etnobiología, pasando revista a la evolución de sus conceptos referenciales y el aporte de autores mexicanos como Efraín Hernández Xolocotzin, Manuel Maldonado Koerdell y Miguel Ángel Martínez Alfaro.

 


Alfredo Barrera Marín en 1958
(fuente: Revista de la Sociedad Mexicana de Historia Natural vol. 20.
Pág. 5. http://www.reservaeleden.org/agp/libro/cap24.html)

En su revisión, Alfredo Barrera plantea incluso que la etnobiología y en particular la etnobotánica, debieran de pasar de la etapa inicial en que se encontraban entonces, “predominantemente enunciativa y descriptiva”, a otra etapa de contextualización mayor, en que habría de “basarse en la historia de cada grupo cultural que toque; tomar en cuenta el medio en que se desenvuelve; considerar otras manifestaciones culturales […] y al incorporarlos a todo este sustrato, tratar de encontrar explicaciones armónicas y coherentes para los resultados obtenidos”. Barrera reconocía que esa posición podía tener un dejo etnocentrista, pero advertía

Sigo pensando que el mejor etnobotánico sería aquel miembro de una minoría cultural que, formado como etnobotánico y como etnólogo, estudiara desde dentro y como parte de la misma, el conocimiento tradicional, la significación cultural y el manejo y los usos tradicionales de la flora. Y sería todavía mejor –para él y para los suyos- si sus estudios pudieran servir para el beneficio económico y cultural de su propia comunidad (1982:8)

Los años han pasado, pero la reflexión de Barrera no pierde actualidad alguna. Remite al problema persistente del estatuto de subciudadanía impuesto en los hechos a los pueblos originarios del país, a la ausencia programada en que sobreviven a pesar de tantos embates y discursos y también –y no menos importante- al sentido que ha de tener el trabajo científico en una sociedad como la nuestra, marcada por la desigualdad y la exclusión.

Por supuesto, la posición de Barrera no implicaba una especie de exclusión inversa de tono fundamentalista, la de pretender a la etnobotánica como coto exclusivo de investigadores procedentes de las “minorías culturales”, sino una advertencia de elemental lógica, tendiente a superar la idea de objetivar al otro y a sus recursos desde un interés ajeno a ese otro, y en particular, tendiente a cuestionar el utilitarismo de las prospecciones que instrumentan los saberes y recursos de esos “otros” con fines meramente extractivistas. Hoy, incluso la corriente de la antropología poscolonial postula precisamente la necesidad de que sean los integrantes de las etnias en estudio, quienes definan, desarrollen y apliquen esas ciencias desde la realidad interna de los grupos étnicos. Como señalan Augé y Colleyn (2005: 130), en la década de los ochenta apareció en la literatura antropológica la expresión “antropología indígena” para designar los estudios llevados a cabo por investigadores surgidos de grupos minoritarios; sin embargo, hoy, destacan, ya no podemos pensar la antropología como la importación del patrimonio de las sociedades de transmisión oral al ámbito de lo escrito. Y el contexto de ello es, a su vez, algo implícito en lo ya planteado por Barrera hace 35 años: lo que Santos describe ahora como “el fin de los descubrimientos imperiales” ante la violencia civilizatoria de un razonamiento en crisis, donde “transformada en recurso, la naturaleza no tiene otra lógica que ser explotada hasta la extenuación” (2005: 149).

Ahora bien, regresemos al discernimiento y criterio del primer director del centro INAH Morelos-Guerrero, plasmado en un documento abiertamente, en un aspecto concreto de su función, pues aun cuando esos elementos puedan hoy parecer algo atípico o inverosímil, resulta que existía una toma de posición, un juicio basado en principios definitorios que emanaban de una convicción asumida respecto a la función del Instituto en cuanto a su cometido social. No sobra recordar que el INAH era dirigido entonces por el antropólogo social Guillermo Bonfil, académico autor de la obra referencial “México Profundo”. Angulo se pregunta sobre las implicaciones en la tensión existente entonces entre la función del recién abierto Museo Cuauhnáhuac y la pretensión de que precisamente en el recinto de Acapantzingo se creara por parte del gobierno del Estado de Morelos un Museo Arqueológico:

El comentario sobre la finalidad de convertir la “Casa del Olindo” donde viviera Maximiliano en un Museo Regional a cargo del Gobierno del Estado nos inquieta respecto a varias preguntas precisas y concretas […] Si acaba de inaugurarse un Museo Regional del INAH en Palacio de Cortés donde se exponen 10,000 años de historia referentes al Estado de Morelos… ¿Por qué es necesario repetir el esfuerzo creando un Museo Regional dependiente del Estado? […] De acuerdo con el Decreto del Congreso de la Unión sobre la “Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicas publicado en el diario “oficial” del 6 de mayo de 1972 […] ¿Bajo qué términos quedará el registro de las piezas que formen el acervo cultural del Museo Regional del Estado? […] Si el departamento designado por el Gobierno del Estado controla las piezas de un Museo regional a su cargo, estará también autorizado a obtener más piezas para incrementar el acervo de sus colecciones y por tanto a realizar excavaciones arqueológicas y adquirir piezas históricas… ¿Cuál es la función de un Instituto de Antropología e Historia en el Estado a quien se le ha designado esta tarea? […] ¿Dónde se deben alojar el material cerámico que se ha clasificado y se hace el estudio tipológico que se encuentra almacenado en las dos secciones de las cuadras de guardias que constituyen la parte construida de la “Casa del Olindo en Cuernavaca?

En fin, las preguntas, como siempre, son más relevantes que las respuestas. No estamos tratando meramente de un problema de jurisdicciones por el resguardo de piezas arqueológicas, sino del sentido de la historia y de la cultura para un país, de su identidad y de la calidad y sentido de vida de su pueblo. No podemos renunciar a las preguntas, cuya formulación es elemento ancilar de nuestro cometido como investigadores. Y las preguntas en torno al patrimonio cultural en sus diversas expresiones son hoy fundamentales para el presente y el futuro de México. Honremos con nuestro trabajo el trabajo de Baytelman, de Barrera, de Angulo, y de tantos otros que han cimentado con su esfuerzo, no siempre valorado, el reconocimiento de los saberes generados por el Pueblo.

 

Agradecemos la gentileza de Eliana Albalá viuda de Baytelman por facilitarnos las fotografías que acompañan el escrito

 

Fuentes

Albala, Eliana. “Prólogo”, en B. Baytelman, 1993 [1981]. Acerca de plantas y de curanderos. Etnobotánica y antropología médica en el estado de Morelos, pp. 7-10. México, Instituto Nacional de Antropología e Historia.

Angulo, Jorge. 1974. Oficio 74VI/73-31-166, Cuernavaca, Morelos, junio 6 de 1974.

Augé, Marc y Jean-Paul Colleyn. 2005. Qué es la antropología. Barcelona, Paidós.

Barrera Marín, Alfredo. 1982. “La etnobotánica”, Memorias del Simposio de Etnobotánica, pp. 6-11. México, Instituto Nacional de Antropología e Historia.

Baytelman, Bernardo. 1993 [1981]. Acerca de plantas y de curanderos. Etnobotánica y antropología médica en el estado de Morelos. México, Instituto Nacional de Antropología e Historia.

Sánchez Martínez, Fernando. 1978. “Problemas en torno a la identificación de materiales arqueológicos”, en: Sánchez Martínez, F., Arqueobotánica. Métodos y aplicaciones, pp. 13-16, Col. Científica, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia.

Santos, Boaventura de Souza. 2005. “El fin de los descubrimientos imperiales”, en: El milenio huérfano. Ensayos para una nueva cultura política, pp. 141-150. Madrid, Ed. Trotta.

 


[1] Para una interesante semblanza del profesor Barrera Marín, consultar el capítulo 24 del texto del Dr. Arturo Gómez Pompa en su página web (www.agomezpompa.org)

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