6, Febrero de 2012

Ascenso del intelectual a la práctica de una Ciencia Social crítica y el llamado “patrimonio cultural”

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Until lions have their own historians, histories
of the hunt will glorify the hunter.

Proverbio Africano

 

Todo sujeto para la realización de cualquier actividad precisa de la razón, sin embargo, en aquellos casos en que la razón se convierte en herramienta fundamental, el trabajo del sujeto se convierte en uno de carácter intelectual. Los intelectuales en su calidad de contenido, son aquellos sujetos cuya herramienta de trabajo fundamental es el uso sistemático y esencial de la razón. Si bien el intelectual formalmente investiga, escribe ensayos, imparte conferencias, eventualmente participa de guiones museográficos y materiales para la denominada “difusión” hacia sujetos no especializados; lo que hace en esencia un es el uso de la razón como medio entre la realidad y su fuerza de trabajo.

 

La tradición del pensamiento intelectual que hemos heredado desde Europa ha dividido instrumentalmente el quehacer científico en lo Social y en lo Natural, aunque esto sea sólo un ardid metodológico de acceso a dimensiones manejables en la investigación. Mientras que en la llamada Ciencia Natural el intelectual se ve escasamente compelido a la reflexión sobre las implicaciones ético-políticas se su diario acontecer, en la Ciencia Social esto es un problema permanente, derivado de la inmediatez de objeto de estudio con la toma de decisiones donde el día a día de mucha gente se ve implicado. Es quizá, desde la propuesta de la llamada “neutralidad valorativa” de la Sociología propuesta por Max Weber[1], que sabemos de esta polémica que ha ocupado parcial o totalmente a múltiples investigadores en la Ciencia Social, y que ha efectuado incluso, el disenso entre escuelas de pensamiento enteras. La preocupación por la distinción entre el quehacer científico y los valores es un tópico que por su real omnipresencia, es tratado y asumido tácita o explícitamente por casi todo intelectual, por toda posición teórica, corriente de pensamiento, “paradigma”, programa de investigación o visión del mundo.

Los intelectuales de la Ciencia Social en el Capitalismo, siempre se han debatido en la práctica, entre su condición de sujeto, su orden biográfico, así como su adscripción a grupos sociales y campos prácticos específicos, fundamentalmente frente a su condición respecto a las clases sociales. En su momento Gramsci (1986) por ejemplo, apostó por diferenciar a esos intelectuales orgánicos de la intelligentzia que toman partido por el principis (emperador), en distinción de los que lo hacen por el populi (pueblo).

Cuestiones como la verdad, lo válido, lo bello, lo bueno, lo correcto, lo legal, lo legítimo, lo factible; es decir, las ideas rectoras fundamentales que orientan el deber ser social, y que resuelve parcialmente en el pensamiento la sociedad a través de sus intelectuales, se encuentran siempre en referencia a la posición ético-política y económica que el intelectual adopta a pesar de que éste presuma asepsia de valores de este tipo. Los intelectuales no viven al margen de la sociedad, no logran nunca esa pretendida “incorruptibilidad” para alcanzar la llamada “ciencia pura”. El intelectual siempre se sitúa inmerso en un orden social donde su campo práctico se encuentra permanentemente bajo las fuerzas de una económica y una política, bajo principios tácitos o explícitos de carácter ético, y éste plantea posturas frente a lo que le rodea, siempre ejerce valores en su pensamiento y en sus actos. Tratar de escaparse es casi como erigirse en una Paradoja de Epiménides, como sin algún intelectual desde un contexto económico y político de enunciación implícito pudiera afirmar que “todos los intelectuales carecemos de valores en la práctica científica”.


Nicho de Hueyapan. Foto de Enrique Méndez Torres

La sociedad crea y sostiene intelectuales a través de instituciones, estos se encargan de investigar y cuando el investigador se integra a un grupo académico en funciones con tremendas presiones de grupo y una pesada burocracia encima que se impone para la producción “científica”, estos terminan por integrarse a lo que Kuhn (1971) llamaría la “ciencia normal”. En este proceso se elaboran complejos factiches[2] que eventualmente darán sustento “científico” a creencias socialmente aceptadas y altamente valoradas. Esto puede observarse no sólo en la aplicación tecnológica en la cotidianidad donde usamos gadgets, artefactos, maquinaria, medicamentos, etc., sino también en la asumpción de discursos socio-históricos desde libros, artículos, noticias en prensa, museos, bibliotecas, etc. asumiendo que se trata de “consumos” seguros tanto de tecnología como ciencia aplicada, así como de discursos sociales e históricos. Los factiches cuando se elaboran como medida última e insuperable de acceso a la realidad, como un producto de la labor científica fetichizada como nueva religión, dogmática, se convierten en factiches. El proceso deriva desde los laboratorios, desde los cubículos, desde el proyecto museográfico, desde la zona arqueológica con visita pública que en general mueven desde esta dimensión, a la sociedad (cfr. Latour 1983 y 2009).

Sin embargo, los factiches como elemento de la ciencia normal no son en realidad el fin último de la Ciencia y del quehacer de los intelectuales, éste sería el de una Ciencia que se mantiene permanentemente en construcción, donde los pasos, incluso aquellos en falso, nos orientan para acercarnos a la realidad y a la explicación de su movimiento. La aproximación a la realidad desde la Ciencia que evade a los factiches, que asume todo conocimiento vigente como falible y digno de ser colocado a refutación, es metafóricamente hablando, la de líneas asintóticas que tienden a juntarse pero que se prolongan hacia el infinito, por un lado la línea de la realidad, y por el otro la del conocimiento científico con pretensiones de explicación y refutable en principio, de hecho, es probable que incluso lleguen a cruzarse.

Quizá como nunca antes en la historia de la humanidad resultamos como sociedad mundial —que no global—[3], la más responsable de nuestros actos. No sólo nos encontramos ante un estadio filosófico y científico, sino tecnológico, inédito. La magnitud explicativa y realizativa alcanzada respecto a la realidad nunca antes logró tal nivel, ni las expectativas de continua complejización y crecimiento. A pesar de esto, en la macrofísica social, la organización para producir nos ha llevado al grado de encontrarnos ante la posibilidad real de destruir al mundo, a la vida humana y con ello a la razón en sí.

El intelectual desde su medio particular de estudio tiene ante sí, la posibilidad de observar y explicar hasta donde sus capacidades le permitan, desde el punto que elija en el Horizonte Social Pretérito y Presente, largos períodos de transformación social. Puede otorgar a la sociedad en que vive, la visión de los procesos sociales que nos han llevado hasta donde nos encontramos. Puede encontrar historias ejemplares para traer hasta el presente, ejecutar la práctica historificante que del pasado recoge aquellos elementos que en el ahora nos permitirían vislumbrar transformaciones en el orden cotidiano, para la realización del bien-estar, de la vida buena. El intelectual si bien no podrá sólo en esto último, sí puede participar desde su práctica en el acercamiento de la posibilidad realizativa.

La práctica del intelectual, como muchas otras que pretenden verdad y validez científica, se mantienen en nuestra sociedad frente a un denso dilema respecto a su proclividad permanente a fetichizarse y asumir que son práctica para sí y no práctica para algo más, para alguien más. Fundamentalmente las ciencias que aún resultan relevantes a los intereses del abatido Estado de comienzos del tercer milenio, se condensan en un proceso que sedimenta sus esfuerzos por la lucidez, en la ritualización de sus actos, sancionados por la cada vez más espesa burocracia que determina implacable la forma y proscribe solemne el contenido.

La práctica intelectual normal o tradicional se encuentra acompasada de un objetivo cognitivo clave, la descripción, en este contexto se deriva en una práctica intelectual que ensancha los inventarios formales y da paso a incontables monografías que cuando no sólo olvidan, denostan el contenido de la práctica científica, regularmente en aras de “contar con proyecto de investigación sancionado por las autoridades del dinero”. En la formación de nuevos investigadores resulta más importante el “cumplir con la materia asignada”, que poseer el manejo de los órdenes ontológicos, epistemológicos e incluso metodológicos que permitan a la comunidad académica en formación, gestar nuevo conocimiento, uno de índole crítico. En general, se tiende a informar y no a formar. En la práctica profesional se dogmatiza la necesidad de la producción de vastos “informes” donde se puntualiza con creces en torno a descripciones —y donde el objetivo es regularmente “conocer más la cultura x”—, que en la necesidad de la explicación de procesos sociales. La descripción es pues, sólo un primer paso, necesario pero insuficiente; el proceso de institucionalización no sólo ensalza éste primer momento, sino que lo ritualiza, lo transforma en pétreo y sin objetivo postrero. Con esto, el daño resulta mayúsculo, pues considerando que los contextos sociales y culturales son únicos, y que el proceso de investigación y registro es una actividad irrepetible y en casos, radicalmente transformadora del medio de estudio, al no contar con objetivos científicos de contenido, no sólo no se encuentra orientado el proceso de registro, sino que se pierde para siempre en estos casos, la posibilidad de pretender una práctica intelectual de corte científico de contenido que cuente con la posibilidad de volver otra vez a acometer en la investigación los mismos contextos.


Una de las últimas casa de adobe con teja plana y dos niveles de Hueyapan.
Foto de Enrique Méndez Torres

Para que la Ciencia pueda operar es preciso que tengamos la capacidad de saber cómo producir conocimiento científico y cómo poder evaluarlo. Si no podemos construir las posibilidades de evaluación entonces no tendríamos acceso a conocer qué camino tomar, cuándo estamos mal o bien. Un acceso al conocimiento científico que podemos evaluar porque se puede refutar si se aplica a contextos cada vez mayores para ponerlo a prueba, es la explicación. La interpretación bien puede ser un momento previo intermedio entre la descripción y la explicación, pero no suficiente. La Ciencia Social tiene al igual que la Ciencia Natural, la posibilidad de la explicación (erklären) y que no se puede limitar al estilo diltheyano (Dilthey 1990) a ser solamente Ciencia del Espíritu, con pretensión de interpretación (verstehen).

Ahora bien, si bien la explicación es una acción suficiente de acceso al conocimiento científico, no es suficiente para acceder al conocimiento crítico. Para ello no basta sólo con el encono, o con animarnos desde el ánimo súbito, o quizá con la declaración de pertenencia a un grupo académico crítico, con mantener lazos filiales o de interés de grupo con algún autor que ya practica la crítica socialmente aceptada, ni tampoco basta con advertir en el discurso que se es crítico. Cómo se accede a la crítica para que en realidad sepamos que lo que estamos realizando es precisamente esto y no cooperación para una vuelta más a la tuerca del sistema hegemónico vigente.

En primer lugar debemos rechazar a la descripción como objetivo cognitivo último, por mantener como fin la configuración de la forma. Considerar en segundo lugar que la interpretación tampoco nos es necesaria como objetivo final, por tener la posibilidad permanente de la metaforización extrema (Beuchot 2005), lo cual resulta peligroso  por resultar ambiguo. En tercer lugar entender que la explicación sin praxis es el acercamiento a la naturalización de los fenómenos de la realidad social.

Así, para lograr el ascenso[4] a la crítica es necesaria una postura que descubra, que revele, que considere todo ajuste de lo vigente como “sospechoso”. Es necesario mantenerse permanentemente bajo ideas constantes de negatividad, heurística dialéctica que considere lo más aparente cómo el ámbito de lo formal que encubre cuando se manifiesta como lo “verdadero sempiterno”, a la realidad.

Para ejercer la crítica es preciso situarse no sólo en el contexto social biográfico e institucional al que el intelectual pertenece, sino también es preciso ubicarse en la Historia. Reconsiderar que cuando hacemos crítica desde la periferia de múltiples centros hegemónicos en la Historia, como lo hacemos los intelectuales latinoamericanos, es preciso comenzar por considerar la necesidad del pensamiento decolonial (Mignolo 2011), un pensamiento que se asume desde la periferia de la constitución del lo centros mundiales, contamos con una gran tradición histórica, primero con respecto a la España del XVI como inaugural centro del sistema-mundo, más tarde con Inglaterra y Holanda, para ahora serlo respecto a E.U. y las demás centralidades que ya se fraguan. Hacemos ciencia desde un lugar en la Historia, no desde la inmediatez, es preciso desatarse del poste del momento presente como único punto de enunciación.

Una vez reconocido el lugar desde donde se hace ciencia, es preciso ejercer la crítica desde una posición valorativa que permita desencajarse del centro del orden hegemónico a través de la astucia de la razón, colocándose en la exocentricidad intelectual. Nada es crítico si no parte de la exterioridad del sistema vigente.

Debemos reconocer que absolutamente todas nuestras conductas como intelectuales se manifiestan bajo un orden de eticidad, normadas por la seudoconcreción que define disyuntivamente los actos buenos de los malos; el intelectual no escapa a esta dimensión y, además, se encuentra obligado a llevar el análisis hasta el nivel del concreto pensado de la explicación; por lo tanto es mejor mantener una postura valorativa bajo criterios y principios éticos explícitos.

Es preciso derivar desde la Ética y la Política de la Liberación, hacia una Ética de la Ciencia Social del intelectual crítico, bajo el principio universal del aseguramiento de la producción, reproducción y desarrollo de la vida humana en comunidad bajo una democracia participativa. (Dussel 2000, 2007, 2009)

Por lo tanto, para ascender a la crítica será preciso denunciar el incumplimiento de este principio en todo momento en el que hemos podido lograr bajo el objetivo cognitivo de la explicación, conocer que a pesar de haber sido factible cumplir con este principio, no ha sido así. También es tarea exocéntrica el rescatar las historias y procesos donde si se cumplió para traer al presente como historia ejemplar tales procesos.

Apostamos por la constitución explícita de un intelectual orgánico que asumiendo el sitio que tiene en la sociedad, y considerando su lugar en las relaciones sociales de producción, ejerza como tal su práctica académica éticamente dirigida. La apuesta final es la de lograr desde la factibilidad teórica de una práctica intelectual éticamente responsable, una práctica que se transforme en praxis cotidiana de liberación, una praxis que se constituya como acción vigente, dirigida por la tradición del bien, por el bien actuar cotidiano; se logre así una ortopraxia intelectual (Dussel 1985); una ortopraxia que se mantenga atenta a la crítica que la acción y la retroalimentación permita, una ortopraxia falible, siempre planteada como hipótesis, siempre reevaluada, reconsiderada. Es preciso evitar así la fundación de nuevos centrismos, de metanarrativas ahora desde la periferia.[5]

La crítica, que como reafirmación permanente y condición primera, deberá mantenerse en función incluso consigo misma como Crítica de la Razón Utópica[6] pero más allá de ella, como una Crítica de la Razón Crítica, para nunca fundar dogmas.

El intelectual en la Ciencia Social topa regularmente con la noción del llamado “patrimonio cultural”, tanto en su registro, interpretación, como en la explicación de procesos vinculados con el orden de la patrimonialización de signos culturales que en el Capitalismo se han vuelto materia de control y punta de lanza en programas incluso mundiales, como los establecidos por la UNESCO y su tal “patrimonio de la humanidad”.

La cuestión del “patrimonio cultural” así llamado, enmascara un proceso mayor, de fondo, se trata de lo heredado, categoría de formas y contenidos sociales que son legadas generacionalmente, incluye en lato sensu el total de efectos tanto de organización para la producción, para la reproducción y el sistema de valores, mientras que en stricto sensu, sin necesidad de intermediación de las muchas instituciones que ahora se arrogan tal función, las sociedades construyen parcialidades de ese todo para la reproducción de la identidad diferencial, esto es, no todo lo heredado termina siendo parte del proceso de patrimonialización que ejercen las sociedades. El cómo lo logran depende de los mismos procesos generales de cómo se articula la sociedad para la producción. En el caso del Capitalismo se confunde deliberadamente patrimonio con atractivo turístico. En la sociedades como la nuestra, existen por un lado los procesos sociales democráticos participativos comunitarios para conservar el patrimonio e incluirlo sistémicamente al sistema de valores vigente, como las instituciones de representación política que se encargan por mandato de este proceso, no siempre con los mejores resultados.


Mural que existía en la cara exterior del muro poniente del Convento de
Santo Domingo Hueyapan, donde los niños de primaria de la localidad
habían colocado el nombre en nahuatl de algunas cosas de la localidad.
Foto de Enrique Méndez Torres

La situación problemática deriva de la incompatibilidad orgánica de lo heredado en general, con lo que las comunidades pretenden como patrimonio, y con lo que las instituciones deciden que es patrimonializable. En este juego de fuerzas se intervienen múltiples dimensiones de lo heredado, se privilegian algunos elementos mientras que se olvidan otros. La solución, deberá resolverse en la integración de una comunidad de comunicación y vida críticos, donde intervienen tanto los intelectuales institucionales, como los comunitarios, en concordancia con las comunidades y se reevalúa lo que de lo heredado es preciso para orientar el presente y el futuro, elementos que permitan situarnos en la Historia y resaltar procesos historificantes.

Cuando la comunidad de comunicación se rompe, cuando la institución que con mandato obediencial en lugar de servir, se sirve para sus fines, cuando el Capitalismo rapta porciones de lo heredado y lo somete a la lógica del Capital, entonces se pierden grandes secciones de esa experiencia histórica sedimentada que es lo heredado.

Desde la postura crítica que acá reclamamos, desde su ascenso a partir de la explicación crítica, reclamamos un axioma rector sobre lo heredado. Nunca lo heredado antes que la vida humana, pero jamás la vida humana sin éste.

Las disyuntivas coyunturales siempre están a la vista, a cada tramo del camino es preciso resolver sobre esto, equilibrar en la gestión y en el orden realizativo este axioma que elaboramos es materia de una ortopraxia sobre lo heredado. No olvidemos que somos la prehistoria del futuro y que de la Historia y su juicio ulterior no estaremos ausentes.


Tianguis anual de flores silvestres para dia de muertos en Alpanocan.
Foto de Enrique Méndez Torres

 

Bibliografía

Adorno, Theodor W., Karl R. Popper, et. al.

1973           La Disputa del Positivismo en la Sociología Alemana. Colección Teoría y Realidad, Estudios críticos de filosofía y ciencias sociales, Ediciones Grijalbo, España.

Almeyra, Guillermo

2002           Lo política y la política en la mundialización. En Redefinir lo político, Gerardo Ávalos Tenorio (compilador), pp. 299-313, UAM-Xochimilco, México.

Beuchot, Mauricio

2005          Perfiles esenciales de la hermenéutica. Universidad Nacional Autónoma de México, Ciudad Universitaria.

Castro-Gómez, Santiago

1996           Crítica de la razón latinoamericana. Puvill Libros, Barcelona.

Dilthey, Wilhelm

1990           Introducción a las ciencias del espíritu: en la que se trata de fundamentar el estudio de la sociedad y de la historia. Fondo de Cultura Económica, México.

Dussel, Enrique

1977 Filosofía de la Liberación. Editorial Edicol, México.

1985           Historia y Praxis (Ortopraxia y objetividad). En Teoría Anuario de Filosofía, 1981-1987, Año 2, No. 2, pp. 301-316, Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Filosofía y Letras, Colegio de Filosofía, Imprenta Universitaria, México.

2000           Ética de la Liberación En la edad de la Globalización y la Exclusión. Editorial Trotta, España.

2007           Política de la liberación. Volumen I. Historia mundial y crítica. Editorial Trotta, Madrid.

2009           Política de la liberación. Volumen II. Arquitectónica. Editorial Trotta, Madrid.

Gramsci, Antonio

1986           Cuadernos de la cárcel. Notas sobre Maquiavelo, sobre política y sobre el estado moderno. Juan Pablos Editor, México.

Hinkelammert, Franz

1984           Crítica a la razón utópica. DEI, Costa Rica.

Kuhn, Thomas S.

1971           La estructura de las revoluciones científicas. Fondo de Cultura Económica, México.

Latour, Bruno

1983           Give Me a Laboratory and I will Raise the World. En Science Observed: Perspectives on the Social Study of Science, Knorr-Cetina y M. Mulkay (editores) pp.141-170, Sage, London.

2009           On the Modern Cult of the Factish Gods. Duke University Press, London.

Mignolo, Walter

2011           El pensamiento decolonial, desprendimiento y apertura. En El pensamiento filosófico latinoamericano del Caribe y “latino” [1300-2000]. Enrique Dussel, Eduardo Mendieta y Carmen Bohórquez (editores), pp. 659-672, Siglo XXI Editores, México.

 

 


[1] La expresión de Weber Wertfreiheit, puede ser traducida como “libertad de valores”, “neutralidad valorativa” o “desvinculación axiológica” (Adorno et al. 1973:105, N. del T.)

[2] La palabra factiche que usamos es una traducción análoga, a la categoría elaborada por Latour para la idea del facto fetichizado usado por los científicos que en inglés ha quedado como factish (Latour 2009).

[3] Véase Almeyra (2002:299 y ss.).

[4] En el estilo hegeliano de la palabra, de elevarse de lo abstracto a lo concreto.

[5] Véase Castro-Gómez (1996).

[6] Véase Hinkelammert (1984).

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