6, Febrero de 2012

El estructuralismo y la intelectualidad criolla: Ricardo Ferré D’amare entre Lévi-Strauss y Octavio Paz

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Nuestro caminar ha sido elíptico después de recorrer a
grandes trancos el universo de los guerreros de Dios.

Ricardo Ferré.

 

Una institución patrimonialista como el INAH, debe recuperar la sana tradición de hacer memoria de quienes brindaron en ella sus mejores esfuerzos, sea como intelectuales o trabajadores. Ferré merece ser incluido por derecho propio; sus huellas son múltiples aunque discontinuas y dispersas. Fue profesor contratado en la ENAH en los años sesenta, entidad en la que sostuvo sus cátedras renovadoras, con los bríos del intelectual que pisaba los umbrales de la madurez; retornó al INAH al final de su existencia, adscripto en calidad de contratado en la pequeña burocracia de la Delegación INAH Morelos, incidiendo en la vida académica del mismo, al cual entregó sin regateos sus últimos bríos e ideas.

 

A lo largo de este artículo presentaremos en primer lugar nuestras impresiones sobre su perfil humano e intelectual, para luego destacar dos coordenadas de su pensamiento crítico acerca del estructuralismo y de la obra e ideología cultural de Octavio Paz. Incluimos al final un inventario parcial de su obra publicada.

 

El peso de la máscara inventada

Hablar del hombre, del colega, del amigo ido se funda en la trama de la experiencia, de los diálogos compartidos y de las lecturas. Conocí a Ricardo Ferré a finales de febrero del año 2005 en el Centro INAH Morelos, al cual se incorporaba con el nuevo equipo de dirección. Conocer es un decir, rectifico, tuvimos durante los primeros meses varios encuentros y palabras de mutua auscultación; él venía como funcionario integrando el nuevo equipo de dirección y cumpliría una activa función de enlace con los académicos. Era natural el sondeo. Pero había algo más que incidía en estos encuentros, la imagen pública que cada quien tiene y que no siempre se ajusta a la realidad. La imagen pública oscila entre su condición de máscara o estereotipo y se nutre de anécdotas, rumores e impresiones. Ferré, mucho mayor que yo, había levantado imágenes fuertes y extendidas en el campo cultural y político. Lo refrendan algunas fantasmagorías sobre el temible Ricardo que circulaban en los años setenta entre mis  colegas de la Escuela Nacional de Antropología e Historia y de la Universidad Nacional Autónoma de México. Catedrático heterodoxo y formal. Imágenes contradictorias: antropólogo sin pelos en la lengua, fino e incisivo escrutador de roles y prácticas, conductor y organizador de programas de desarrollo comunitario y regional, autoritario y horizontal según sus roles, compromisos y estados de ánimo. Figura temible sea por su presunta capacidad corrosiva de seducción intelectual y afectiva que podía a la larga generar crisis existenciales, se le atribuían algunas con nombre propio. Ferré era de los que gustaba andar peligrosamente entre los bordes de la institucionalidad y la trasgresión. Creía en las instituciones, más que en los hombres. Pensaba que muchos cambios eran necesarios y posibles, aún en la burocracia. Se sentía y sabía parte de la izquierda intelectual.

La figura de Ricardo Ferré me llamaba la atención, menuda aunque robusta, ágil a pesar de su edad y sus alzas de presión. Ricardo se movía con soltura en el INAH en varios nichos académicos, administrativos, técnicos y manuales. Le era difícil diferenciar los referentes de la conversación y la interpelación del funcionario experimentado. Vaya etnografía densa que realizó de nuestro Centro, tras la crisis de enero de 2005, motivada por la acción depredadora de un grupillo de talibanes nativos, que finalmente fueron derrotados  gracias a la constitución de una asamblea permanente que integraba a la mayoría de trabajadores, sin distinción de estamentos y a las medidas de fuerza y propaganda que se realizaron. Ricardo arribó al Centro con el cambio de autoridades, apostando cumplir en su primer momento, un papel de mediación y reordenamiento, previa realización de su curiosa etnografía. Observaba, conversaba, entrevistaba y escribía.

Ferré hizo su diagnóstico y aunque no lo compartió, se deslizaba en las conversaciones. Detectó, discriminó entre las fortalezas y las debilidades institucionales, locales y nacionales. Caracterizó a la pequeña burocracia como ineficiente, políticamente reaccionaria y parcialmente corrupta, tenía muchos elementos que fundaban su duro parecer. Dialogó con los académicos libremente, su erudición lo convirtió en un digno interlocutor, abogó por impulsar foros y ciclos de conferencias en el auditorio del Palacio de Cortés. Sin lugar a dudas, nos encontrábamos frente a una figura talentosa, con atributos altamente cotizables para la burocracia de altura. En su pasado, había tenido varios cargos: director de más de un centro coordinador del Instituto Nacional Indigenista, una subsecretaría de Pesca. Creo que simpatizamos mutuamente en el plano intelectual, más allá de nuestras discrepancias. Los disensos no están reñidos ni con la amistad ni con el compañerismo académico.

 

El hombre: entre la desposesión y la crítica

Ricardo era un lector incansable y gozoso. No había nada en el mundo libresco y de la vida que quedase fuera de su alcance. Intercambiarnos estos bienes simbólicos, los cuales nos acercaron en nuestras múltiples búsquedas: textos antropológicos, propios y ajenos. Un día descubrí  su sostenido interés por las tradiciones filosóficas de Occidente y de Oriente. La pasión otoñal de Ricardo se inclinaba de nueva cuenta hacia sus lecturas orientalistas, había dejado atrás la literatura esotérica (la teoría del Cuarto Camino de George Gurdjíeff y la obra  Tertium organum (1912)  de Piotr  Ouspenski) para aproximarse con mayor hondura en el Budismo. Entre los años noventa y principios del siglo XXI, daba eventualmente conferencias sobre budismo en la ciudad de México (Casa Lamm y Centro Budista).

En el último tramo de su existencia, asumió la idea y el valor budista acerca del  desprendimiento de los bienes culturales como un estilo de vida. Lo anterior explica el modo en que dispuso que su biblioteca se fuese desgajando entre los colegas y amigos. A cada quien le dio lo que consideró que le sería útil o de interés. Su despedida se inició bajo esta opción de desprendimiento, sin renunciar a los placeres hedonistas.

Ricardo llevaba al marxismo crítico, muy presente en su memoria. Me contaba de su estancia en Praga, donde realizó sus estudios doctorales y mantuvo estrechas ligas con Karel Kosik, el teórico de la dialéctica de lo concreto, sancionado por la burocracia por su espíritu disidente. La pasión con que se metió a estudiar y traducir los textos europeos sobre el modo de producción asiático, los cuales los divulgó a través de la cátedra. Resentía el que un alumno suyo hubiese aprovechado sus materiales para publicarlos sin darle el menor crédito. De vez en cuando nuestro colega, evocaba con ironía  su faz rebelde e iconoclasta. En Michoacán fue sesentayochero y conoció junto con el filósofo Elí De Gortari, autor de La ciencia de la lógica (1950), los duros gajes de la persecución, la clandestinidad  y la cárcel durante el gobierno ominoso de Gustavo Díaz Ordaz.  Recordaba con picardía, un performance provocador contra Gonzalo Aguirre Beltrán y que lo orilló a renunciar al cargo que tenía en el INI, previendo las iras de su director. En coordinación con dos jóvenes antropólogas disfrazadas de vaqueras, se aproximaron a la mesa, segundos antes de que don Gonzalo iniciase su conferencia magistral sobre el indigenismo en México. Las jóvenes colegas, al decir de Ferré, desplegaron en línea unos muñequitos indígenas. Al ritmo de la exposición del autor de Regiones de refugio, ellas disparaban sus pistolas de fulminante y hacían caer uno a uno a las figuritas. Operación lúdica y simbólica no sólo de contradecir, sino de poner en evidencia los límites del indigenismo integracionista, de que a menos indígenas habrá que celebrar que haya más mexicanos.

Ricardo se integró a las redes del exilio latinoamericano. Conoció y trabó amistad intelectual con Rodolfo Puigróss –el historiador marxista argentino-  durante su primer exilio en México. Las causas de los exiliados latinoamericanos no les fueron ajenas. Su amistad con el antropólogo peruano Carlos Inchaústegui, quien llegó exiliado a México a fines de los años cuarenta, se fortaleció en el curso de los años por compartir un interés por la misma área cultural y haber sido en más de una ocasión compañeros de trabajo. También se expresó a través del colectivo que animaba la revista Del Tercer Mundo, que no se dejó doblegar ante los anzuelos que les tendió Luis Echevarría para reencauzarla bajo su paraguas ideológico y diplomático.

Otro día descubrí que Ricardo tenía una faz de poeta; escribía y había publicado poemas sueltos y un poemario. Hubo otra revelación de este hombre de firmes convicciones y lealtades, cuando mencionó sin presunción alguna, haber introducido en la cátedra de teoría antropológica de la ENAH, la teoría estructuralista, a principios de los años sesenta, sin renunciar a sus consideraciones criticas.

Cruzar lecturas y vida daba a Ricardo ese aire jovial, con ellas nutría su mirada, así como sus comentarios, ya fuesen acerados, certeros o fuera de borda. Hombre al fin. Durante su estancia morelense, puso especial atención en los campos de la medicina tradicional, moviéndose en los territorios de nuestro Jardín Etnobotánico y más allá de él.

La soledad del hombre. Vivía en un cuarto a dos calles del Centro INAH. En sus últimas confesiones amicales, lúdica y existencialmente apostaba a volver amar terrenalmente. Algo de consternación y rubor había en esta renovada pasión suya, no se si alucinada, ideal o real.  Cultivaba la amistad y la conversación que no es exactamente lo mismo. No tengo idea de qué haría con su vida el fin de semana. Sus sucesivos lazos de pareja se habían quebrado años atrás. Se escudaba sin mucha convicción en una frágil coraza misogínica que no se la creía ni él. Entusiasta seguidor de Huxley, perseguía las fuentes de la vitalidad juvenil. Decía saber de las virtudes para la memoria y la energía que proporcionaban las inyecciones de testosterona. Varias lecturas y argumentos parecían darle la razón.  De otro lado, la senectud, la soledad, y la desposesión se llevaban de la mano. Ricardo tenía un afán muy suyo de desposesión, vena ideológica radical. Esta filosofía nutría también sus excesos cuando disparaba todo tipo de dardos contra los valores de la burocracia grande o minúscula, también contra la pequeña burguesía, sentía que representaban política y culturalmente un freno al cambio, a la justicia social, a la libertad de su pueblo. Reproducía ese viejo estigma hacia la pequeña burguesía y los intelectuales cribado con diferencias tanto por la izquierda estalinista como por el trotskismo.

Ferré pretendía exorcizar la soledad en la conversación, su memoria y su infaltable ironía aparecía en sus recuerdos y en sus decires. Muchas veces habló de su hijo mayor, el que vivía en Estados Unidos y de quien se sentía orgulloso; también de su pequeña hija. Recuerdo dos anécdotas relativas a su niña contadas por él mismo, su atrevida excursión en canotaje quién sabe por qué rápidos del sureste y su caída al agua. Tratándose de un hombre de avanzada edad, no era cualquier cosa, eso de transmitirle a su hija, los valores del viaje,  la audacia y la aventura, más allá de los riesgos. La otra anécdota, su deseo de entregarle un ordenador, de situar a su hija frente a ese instrumento que marca las comunicaciones y las vidas de las capas medias en el mundo, y construir una relación más afable con su ex pareja. Y creía que lo había logrado y se sentía bien por ello. Si estas fueron sus señas de vida, las que nutrieron mi interacción con él, interesa ahora, presentar dos entradas a su pensamiento crítico.

 

Un intelectual criollo: Octavio Paz

Ferré fustigaba a Octavio Paz, el principal divulgador mexicano de la obra de Claude Levi-Strauss, el prestigiado etnólogo francés  por sus recortes y desvaríos. Consideraba que el estructuralismo de Paz no era el de Levi-Strauss. Además de ello, filiaba a Paz como un intelectual paradojal que se dejó seducir por el ogro filantrópico, sin renunciar a su retórica acerca de la libertad. Caracterizó al autor del Laberinto de la Soledad como  el principal ideólogo de la criollidad y de la hispanidad contemporánea, a contracorriente de los nacionalismos culturales y de las ideologías del mestizaje en boga.

A principios de los años ochenta, la crítica de Ferré a Octavio Paz por su posicionamiento cultural en la sociedad mexicana no fue nada complaciente. La hizo, a pesar de que en esos años no era usual tocar a las figuras sacralizadas de la política y del medio intelectual. No fue casual que justo en este punto, Ferré haya recurrido a un artilugio que legitimase su exposición crítica, la de citar al mismo Paz: “El espíritu crítico es la gran conquista de la edad moderna. Nuestra civilización se ha fundado precisamente sobre la noción de crítica; nada hay sagrado o intocable para el pensamiento excepto la libertad de pensar.”[1]

¿Cómo resolver el asunto de la pertenencia cultural de un intelectual? Entre la adscripción y la autoadscripción, que no necesariamente son incompatibles, ya que a veces son fecundamente complementarias, Ferré privilegió tomar como punto de partida la segunda, la cual se convertiría en eje de sus reflexiones y juicios. Reparó que el poeta y ensayista, gustaba de colocarse en el terreno mismo de la ambigüedad discursiva, en la liminaridad de una identidad anclada en diversas fuentes culturales, fundadas en su itinerario vital. Su quiebre político frente a la izquierda comunista fue muy sentido y se tradujo en memoria, crítica de lo oculto, pero también opacidad u olvido de algunos hechos y figuras. La clave para Ferré de la autoadscripción del autor de El laberinto de la soledad, la encontró en el orden mismo de la enunciación de sus marcas identitarias, algo más que una valoración hubo en ello:

“Yo no soy protestante, y mis raíces están en el barroco español [sic], en el romanticismo y el surrealismo, yo no miro hacia Roma sino… no sé hacia el México antiguo, hacia Fourier, hacia el “ninguna parte” de la India. No busco una religión sino lo que está detrás o antes de las religiones.”[2]

Ferré objetó la manera en que Paz interpretó la obra de Sor Juana Inés de la Cruz, apoyándose en los  juicios críticos contenidos en la obra Buena fe y humanismo de Sor Juana de Tarcisio Herrera. Al decir de Ferré, Paz parafraseaba sin rigor los comentarios de Frances A. Yates, historiadora inglesa  incluidos en su libro Giordano Bruno y la Tradición Hermética,  para explicar las ideas de Sor Juana. Giordano Bruno (1548 - 1600) Y Sor Juana (1651-1695)  no fueron coetáneos independientemente de que la tradición hermética de algún modo los aproximase.  Ferré veía en Octavio Paz a un ideólogo de la criollidad cultural reaccionaria que socavaba las bases de la nativización mestiza. Más allá de reconocer la calidad de Paz como poeta y ensayista, Ferré advertía con preocupación el uso que el poeta hacía del lenguaje como marca de distinción cultural con fines ideológicos y políticos. La celebración del ensayista del idioma de Cervantes y su defensa en el contexto mexicano, afirmó su criollidad frente al legado colonial, incluido el barroco.

Paz, desde su mirador cosmopolita occidental, reivindicó el descubrimiento, encuentro o Conquista de América, como quieran calificarlo, porque fue fértil en acontecimientos. Paz recreó ficcionalmente el proceso de Conquista de México e invirtió la identidad de los dominadores y dominados, con la intención de  nutrir su hispanismo criollo:

“Imaginemos por un instante que no son los españoles los que desembarcan en Veracruz una mañana de 1519 sino que son los aztecas los que llegan a la bahía de Cádiz. Axayácatl, el capitán tenochca, rápidamente se da cuenta de las disensiones que dividen a los andaluces; se entrevista en secreto con el conde don Julián y se alía con él; seduce a su hija, Florinda la Cava, la convierte en su barragana y en su agente diplomático; tras una serie de maniobras audaces y de combates conquista Jerez, Sevilla y otras ciudades; los jefes aztecas ordenan la demolición de las catedrales y levantan sobre ellas majestuosas pirámides; se sacrifica a los guerreros españoles vencidos (así se les diviniza y se distribuyen sus mujeres entre los conquistadores; sobre las ruinas de Sevilla se funda Aztlán, la nueva capital de la Bética; los sacerdotes aztecas convierten a la población indígena al culto de Huitzilopochtli y de su madre, la virgen Coatlicue; se pacifica al país y se establece una dominación que dura varios siglos; finalmente, a través de la acción combinada del tiempo, el mestizaje y la indoctrinación, nace una nueva sociedad "azteca y bética, rayada de morisca…”[3]

Esta ficción le sirvió a Paz de coartada ideológica para hacer más humana, esto es, más universal la empresa de la Conquista Española en América, pero sobre todo, para presentar al mestizaje y la aculturación religiosa como matrices inevitables y generadoras de una nueva y moderna identidad cultural. De fondo, la ficción que proponía Paz para hacer más comprensiva, simpática y piadosa la lectura del proceso de Conquista, se invalidó al uniformizar sus respuestas. Cada proceso de conquista, cada guerra, responde no sólo a las exigencias de resolver particulares antagonismos sociales, patrón universal, sino también de llevarlos a cabo según sus modos culturales.

El escritor Carlos Fuentes  le salió al paso a Octavio Paz construyendo otra ficción sobre la positiva Conquista de España por los mexicanos, una real celebración del mestizaje cultural. Cierto es que el autor de La región más transparente del aire, no mencionó a Paz, pero la cercanía temporal, su compartido y acotado espacio cultural y las antípodas simbólicas que son inherentes al relato, no dejan duda de que se trata de una respuesta. Para Fuentes, la Conquista de España por los nativos americanos es expuesta en primera persona:

“Yo vi todo esto. La caída de la gran ciudad andaluza, en medio del rumor de atabales, el choque del acero contra el pedernal y el fuego de los lanzallamas mayas. Vi el agua quemada del Guadalquivir y el incendio de la Torre del Oro.

Cayeron los templos, de Cádiz a Sevilla; las insignias, las torres, los trofeos. Y al día siguiente de la derrota, con las piedras de la Giralda, comenzamos a edificar el templo de las cuatro religiones, inscrito con el verbo de Cristo, Mahoma, Abraham y Quetzalcóatl, donde todos los poderes de la imaginación y la palabra tendrían cupo, sin excepción, durando acaso tanto como los nombres de los mil dioses de un mundo súbitamente animado por el encuentro con todo lo olvidado, prohibido, mutilado...

Cometimos, algunos, crímenes,.. es cierto. A los miembros de la Santa Inquisición les dimos una sopa de su propio chocolate, quemándoles en las plazas públicas de Logroño a Barcelona y de Oviedo a Córdoba... Sus archivos los quemamos también, junto con las leyes de pureza de la sangre y cristianismo antiguo. Viejos judíos, viejos musulmanes y ahora viejos mayas, abrazamos a cristianos viejos y nuevos, y si algunos conventos y sus inquilinas fueron violados, el resultado, al cabo, fue un mestizaje acrecentado, indio y español, pero también árabe y judío, que en pocos años cruzó los Pirineos y se desparramó por toda Europa... La pigmentación del viejo continente se hizo en seguida más oscura, como ya lo era la de la España levantina y árabe.[4]

Ferré no disentía de Fuentes en este punto, ya que el mestizaje no le era repudiable, si las excrecencias ideológicas que percibía en el hispanismo criollo y que representaba Octavio Paz.

En realidad, hay que aclarar que el premio nobel de literatura (1990), nunca militó en las filas del Partido Acción Nacional, cuya élite política ha sido y es acusadamente criolla y por ende, hispanista. Lo refrenda pedagogía cívica panista en las ciudades norteñas al promover como figura escultórica emblemática a Juan de Oñate y Salazar (1550–1626), el exterminador de pueblos originarios. Ferré preveía los intentos del panismo morelense de reintroducir la figura de Hernán Cortés en los espacios públicos del estado. Nuestro desaparecido colega no alcanzó a ver la entronización del Conquistador como figura escultórica dominante en la avenida Teopanzolco y no dudo que hubiese sonreído, si hubiese constatado su sustitución a fines de 2011 por la de Cuauhtémoc, gracias a la administración priista. En esta confrontación simbólica, las consideraciones estéticas pasaron a segundo plano. La guerra de imágenes entre la visión hispanista del PAN y la mestizofilia del PRI, no admitía concesiones al hecho de que la escultura de Cortés ostentase mejor factura estética que la de Cuauhtémoc.

La criollidad entendida como ideología de algunas categorías de mestizos urbanos que reivindican como clave de identidad su “blanquitud”,  su legado idiomático y cultural ibérico y que en algunos casos, complementa con su presunta racialidad “blanca” y con la construcción de genealogías y linajes imaginarios o reales. La criollidad echa raíces en fracciones culturalmente importantes de las élites terratenientes y oligárquicas, así como de las capas medias urbanas. Su reivindicación identitaria puede asumir en algunos casos ostensibles marcas filo hispanistas como las que asumen los coletos de San Cristóbal de las Casas en Chiapas, México, los criollos de Santa Cruz en Bolivia, los mamelucos de Sao Paulo, los criollos aristrocratizantes  de Lima. En general, la criollidad se distancia de las adscripciones identitarias nativas a las que considera subalternas y premodernas, por lo que las estigmatiza.

Esta criollidad asume una configuración distinta a la que recibe en el contexto antillano y caribeño y que ha sido caracterizada como una vía nativa de resistencia cultural:

“…en la medida en que la criollidad es una forma de ser, de pensar y de escribir en una lengua subalterna, desde la perspectiva subalterna y utilizando y apropiándose de una lengua hegemónica, todo esto no está limitado a una historia local particular sino que es semejante a otras varias historias locales constituidas en la intersección con los diseños globales, la colonialidad del poder y la expansión del sistema-mundo moderno. La criollidad, como tal, ofrece un aspecto diferente a la “universalidad” y abre la dimensión de la “diversalidad”….[5]

Ferré tenía muy claro el tenor polisémico de lo criollo y la criollidad en las diferentes áreas culturales de Nuestra América, por lo que su enfoque lo acotaba al caso mexicano, aunque era consciente de que no era excepcional, tenía otros símiles.

 

Lévi-Strauss y el estructuralismo

Ferré enfiló sus críticas a Paz en torno a las jornadas de homenaje a Claude Lévi-Strauss auspiciadas por la Escuela Nacional de Antropología e Historia en la ciudad de México. Pocos conocen el hecho de que Ricardo Ferré fue uno de los pioneros en la introducción del estructuralismo en la cátedra de la ENAH, en cambio, es sabido por muchos, que Octavio Paz fue el gran divulgador de la obra del etnólogo francés, a través de su libro Claude Lévi-Strauss o el nuevo festín de Esopo (1967). Ferré denunciaba la maniobra fallida de los amigos de Paz para eliminar su texto crítico de Palabras devueltas (1986), publicado por el INAH como parte del homenaje al mayor exponente del estructuralismo francés en el campo de la antropología.

Uno de los itinerarios europeos del autor y del crítico ayudará  a comprender uno de los principales desencuentros en torno al estructuralismo. París y Praga modelaron prismas distintos, gracias a sus propias tradiciones teóricas. Paz atribuía un origen francés al estructuralismo. Ferré consideraba equívoca dicha afirmación. Recordemos que Paz, después de un efímero tránsito por París en 1937,  se desempeño en dos oportunidades como representante diplomático de México en dicha ciudad: de diciembre de 1945 hasta noviembre de 1951 y de 1959 a 1962. Esos años dejaron honda huella intelectual y contextualizaron su recepción del estructuralismo. A Paz, como bien lo anota Ferré, la obra de Jakobson no era desconocida, aunque no la tomó en cuenta para matizar su punto de vista. Por su lado, Ricardo Ferré, durante su estancia en Praga para realizar sus estudios de doctorado abrevó en la tradición estructuralista local, y se familiarizó con algo más que las lecturas de Roman Jakobson y Nikolai Trubetzkoy y la teoría fonémica; contaban también, Tynjenov y sobre todo Jan Mukarovsky. Desde la segunda mitad de los años veinte, el círculo de Praga fue cribando las bases de su estructuralismo, en dialogo sostenido con los formalistas rusos. La genealogía eslava de esta vertiente estructuralista es presentada por Ferré en apretada síntesis: El círculo moscovita al que pertenecieron: el folklorista Bogatyriev, O. Brik, B.Tomashevski, B. Pasternak y V. Mayakovski y fuera de él, Vladimir Propp.  Para Ferré el pensamiento estructuralista de Lévi-Strauss tenía raíces en las escuelas de Moscú, San Petersburgo y Praga y agregó a favor de ello, la conocida polémica de Lévi-Strauss con Vladimir Propp. Ferré escribió algo más al respecto, que:

“Los estructuralistas praguenses no consideran la teoría lingüística independiente de toda experiencia, sino como un marco teórico derivado de materiales lingüísticos, literarios, arqueológicos, etnológicos y folclóricos. Los materiales lingüísticos pueden estar sujetos a la verificación de su diacronía y pueden ser perfeccionados gracias al uso de nuevos materiales aportados por la investigación. “[6]

Paz confiesa que llegó a la obra de Lévi-Strauss gracias a una lectura de Bataille, hay razones para suponer que aludía  a la obra El Erotismo (1957). Bataille en su libro, había  asignado  un valor de primer orden en el tema del incesto a Las Estructuras Elementales del Parentesco (1949) de Lévi-Strauss, aunque reconocía que sus principales deudas intelectuales con la etnología francesa, se las debía a Alfred Métraux, su viejo amigo:

No solamente me introdujo, a partir de los años que siguieron a la primera guerra mundial, en el terreno de la antropología y de la historia de las religiones, sino que, además, su autoridad indiscutible me ha permitido sentirme seguro —sólidamente seguro— al hablar del tema decisivo de lo prohibido y la transgresión.[7]

¿Cuál fue el comentario de Bataille que entusiasmó a Paz a leer el libro de Lévi-Strauss? Se sitúa en el primer parágrafo del capítulo “El interdicto vincula a la reproducción”  relativo a la prohibición del incesto Dejemos que lo exponga él mismo en sus propios términos:

“El gran mérito de Claude Lévi-Strauss es haber encontrado, en los meandros infinitos de las estructuras familiares arcaicas, el origen de unas particularidades que no pueden provenir únicamente de esa vaga prohibición fundamental que llevó a los hombres, de manera generalizada, a la observación de unas leyes opuestas a la libertad animal. Las disposiciones que afectan al incesto respondían de entrada a la necesidad de encadenar según unas reglas una violencia que, de permanecer libre, hubiera podido perturbar el orden al que la colectividad quería plegarse.”[8]

Más adelante Bataille, en el capítulo “El enigma del incesto”, valora con detalle crítico la teoría de Lévi-Strauss acerca de la prohibición del incesto expuesta en el libro aludido. Más allá de Bataille, Paz se abocó con interés en la obra de Lévi-Strauss y escribió el libro de divulgación que Ferré critica desde el título por oponer la ciencia etnológica a la poética en su recortado sentido literario. Ferré advierte a sus lectores que Paz realizó a una conversión de las metáforas lingüísticas  de Lévi-Strauss en conceptos que fueron acuñados durante su lectura. Fue algo más que un desliz de sentido inadmisible en una obra de divulgación. Ferré es duro cuando enjuicia a Paz por la reconversión que hace de Lévi-Strauss en el ámbito mismo de su visión del mundo y de la historia:

“Octavio Paz toma ideas del estructuralismo y principalmente de Lévi-Strauss; la lectura de Paz transforma el significado científico y materialista que tiene para Lévi-Strauss y le da un sentido solipsista, que no logra resolver a pesar del tránsito de su pensamiento prelógico (Lévi-Brühl ) de El Laberinto de la Soledad, al Pensamiento Salvaje. [9]

Nuestro crítico reclama a Paz forzar el horizonte de sentido de la diacronía en Lévi-Strauss para orillarlo al terreno mismo del esencialismo poético o en la conversión de las “historias particulares” en una “estructura atemporal”. Ferré sentencia a Paz: “Aquí Paz sí traiciona a Lévi-Strauss, porque su método no excluye la visión histórica y el significado que le da Octavio Paz a su lectura es resultado de su ideología y de su posición filosófica.”[10]

Ferré aprieta duro a Paz, no concede dar por ajenos sus propios asertos sobre el estructuralismo de Lévi-Straus, y vuelve a la cara cuando detecta que la teoría del mito es distorsionada, tanto como el pensamiento salvaje. Paz considera que si bien el mito es una lógica del pensamiento, no es un saber. Ferré sostiene que el premio nobel de literatura está más cerca de Lévi-Brühl que de Lévi-Strauss tanto en El Laberinto de la soledad como en Lévi-Strauss o el nuevo festín de Esopo: “para Paz es difícil aceptar que el pensamiento salvaje tenga sentido en las prácticas o en la praxis social, o que lleguen a un conocimiento concreto. “[11]

Ferré pretende dilucidar las fuentes filosóficas de Lévi-Strauss de manera distinta y provocadora. Sostiene que más que la tradición kantiana, la obra del etnólogo francés depende de la fenomenología y la teoría general de los sistemas que surgen paralelamente de Praga y Viena. [12]

El nuevo festín de Esopo retrata más las ideas de Octavio Paz que las de Lévi-Strauss, a costa del segundo. La elección de la idea o el tropo de la obra de un autor que interesa exponer, descansa en el ejercicio arbitrario de toda interpretación, pero cuando, forzamos sus horizontes de sentido y los subordinamos a nuestros parámetros ideológicos, estéticos u de otro orden, cometemos una segunda, arbitrariedad, impropia e injustificable.

 

Despedida

Ferré antes de su repentino deceso, venía preparando su partida, se sentía incómodo en el Centro INAH Morelos al no poder desplegar todas sus energías y programas culturales. Deseaba retornar al sureste, a Yucatán, aunque las arenas movedizas del periodo intersexenal, no le daban garantías de viabilidad en el corto plazo. Sabía también que el otro viaje, al inframundo era inevitable y cercano. No le temía, Ricardo no creía ni en cielos ni en infiernos, sí en las mudanzas de la energía vital. Se fue bajo ciclo depresivo, un amor fallido, una oferta de empleo en el aire, el peso de la edad, fueron terminando de doblar su añejo armazón de roble, dejó de cuidarlo, no quiso atender ya las señales del cuerpo. La sorpresa nos agarró a todos, a él y a sus compañeros de trabajo que por su cercanía lo veíamos cotidianamente. También a sus familiares, todos distantes.

Hemos perdido a un interlocutor erudito, a un colega generoso. Personalmente me dejó un vacío, acostumbraba a preguntar por él cada vez que iba al Centro INAH Morelos, quince minutos o una hora de plática de ideas, era estimulante. Lo cierto es que había cierta ritualidad intelectual cotidiana en ello. Podíamos hablar del mundo, de la América Latina, de sus emprendimientos al servicio del pueblo desde la burocracia y contra sus propios límites. Ricardo Ferré: te dejaste ir sin escribir tus memorias, acto desposesivo frente a tu rica experiencia mundana. Tu última desposesión fue renunciar a tu vida misma, dejarte ir, lo que no pudiste borrar fueron tus recuerdos y tus huellas,  imborrables para los que continúan pisando tierra y mirando cielo. No se puede todo en este mundo y menos en estos tiempos.

 

Anexo:

Biblio hemerografía de Ricardo Ferré D’Amaré

La obra escritural  publicada de Ferré es discreta y oscila entre varias temáticas y géneros. Temas caros a la prehistoria, la problemática ambiental, la educación, el patrimonio cultural, la teoría antropológica, la educación indígena, la lingüística  entre otros. Cultivó la poesía y publicó más de un poemario, el ensayo, la monografía científica, el estudio erudito, redactó volantes y manifiestos incendiarios, uno de ellos, conmocionó a los asistentes en Mérida al Congreso Internacional de la Asociación Americana de Antropología, a finales de los años setenta del siglo pasado, en los que fustigó a los antropólogos latinoamericanos que se pusieron al servicio del Departamento de Estado de la potencia norteamericana. Muchos otros trabajos suyos quedaron archivados, como informes y monografías en las diversas entidades públicas para las que trabajó: INAH, INI y algunas secretarías de Estado. Quizás queden huellas escritas relevantes de su ejercicio como Director del Centro de Estudios Tecnológicos del Mar (CETMAR)  de Yucatán durante los años 1983 – 1984. A continuación presentamos un inventario parcial de las obras publicadas:

Ferré D’ Amaré, Ricardo, El antropogeno de Siberia y el hombre americano, México: INAH, 1965.

----Asimetría de la Huasteca. Huejutla-Tantoyuca, México: INI, 1976.

----El conquistador de papel, México: Taller editorial, 1982. (Poemario).

----El Trabajo y Los Días, México: Ediciones La Muralla, 1982.

---Homenaje II a Antonio Pompa y Pompa, 1990

---Ex convento de San Francisco, Museo Regional de Tlaxcala, ITC, Nueva Serie N°1, 1990.

--- “Estudio de las proporciones de los murales de Cacaxtla”, en Manuel Toussaint: su proyección en la historia del arte mexicano, México, UNAM, 1992, pp. 175-183.

---Deforestación de la selva tropical en El Sur de la Península Maya, Campeche y Quintana Roo, Universidad Autónoma de Quintana Roo,  1993.

---Derribar las Tentaciones, Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Campeche, 1994.

---En coautoría con David Velázquez, “Cancún. Costo ambiental de su desarrollo urbano. Estudio de caso. Manejo del recurso agua, en Análisis territorial de los cambios socioeconómicos y medioambientales de las grandes ciudades en las dos últimas décadas del siglo XX de Miroslawa Czerny y Jerzy Makowski, Warszawa Universidad de Varsovia y UAEM, 2000,  pp. 119-130.

 

Créditos de las imágenes

-Fotografía de Ricardo Ferré D’Amaré (Archivo personal de la arqueóloga Hortensia de Vega).

-Fotografía de Octavio Paz: http://www.toltecayotl.org/tolteca/index.php?option=com_content&view=article&id=526:octavio-paz-y-su-percepcion-del-mexico-indigena&catid=26:general&Itemid=74)

-Fotografía de Escultura de Hernán Cortés:

http://novalmariahelena.blogspot.com/2012/01/vas-ver-uno-por-otro.html

-Fotografía de Claude Lévi-Strauss:

http://miradamalva.blogspot.com/2009/11/levy-strauss-fallece-un-gran-pensador.html

 


Notas:

[1] Citado por Ferré D’ Amaré, Ricardo, “Claude Lévi-Strauss y Octavio Paz”, en : Palabras devueltas de Jesús Jáuregui e Yves-Marie Gourio, INAH-CEMCA/IFAL, México, 1986, p.213.

[2] Citado en Ibíd., p.213.

[3] Paz, Octavio, “La Democracia: lo absoluto y lo relativo”, en Vuelta (México), año XVI, núm. 184, marzo de 1992, pp. 9-10.

[4] Fuentes, Carlos, “Las dos orillas”, en El Naranjo, México: Ed. Alfaguara, 1999.

[5] Mignolo, Walter D, Historias locales/diseños globales: colonialidad, conocimientos subalternos, Madrid: Ediciones Akal, 2003, p.318.

[6] Ferré D´ Amaré, Ob. cit., p. 211.

[7] Bataille, Georges, El Erotismo, Barcelona: Tusquets Editores, 1980, (Traducción de Toni Vicens),  p.18-19.

[8] Ibíd., pp.74-75.

[9] Ferré D’Amaré, Ricardo, Ob.cit, p. 213.

[10] Ibíd., p. 214,

[11] Ibíd., p. 214.

[12] Ibíd.,  p. 212.

Comentarios   

0 #1 Cecilia Avilés 24-05-2014 12:54
Gracias por este maravilloso articulo que hace honor al gran Ricardo. Entrañable amigo y maestro. Trabaje con el durante años. Amigo de toda la vida. Todavia tengo su foto en mi mesa de trabajo y pienso en el cotidianamente. Todos los dias lo extraño. Saludos Cecilia
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