5, Enero de 2012

Editorial: Cielos grises para la humanidad

 

Voy con las riendas tensas y refrenando el vuelo,
porque no es lo que importa llegar solo ni
pronto, sino todos y a tiempo

León Felipe

 

 

Vivimos tiempos cuasi apocalípticos en el imaginario social.

Padecemos un neoliberalismo agónico que ha sumido en la crisis y en la desesperanza a la mayoría mundial y nacional, pero que no ha renunciado a sus entusiasmos por medrar a costa de la vida.

Aunque en México seguimos viviendo tiempos de guerra, la derrota gubernamental está a la vista, con sus horrores y miserias que han ensangrentado al país.

La guerra de Calderón ha sido tan desafortunada que hasta su vocero Alejandro Poiré sostiene ahora que nunca hubo tal guerra.

Pero la palabrita se utilizó de manera entusiasta y explícita, y desde su inicio, por su patrón.

El cinismo y la retórica se dan la mano y se prestan para todo; la muda de palabras responde a los preparativos para concurrir al juicio final.

Felipe el espurio, quien se ha caracterizado por socavar las ideas políticas y los valores de la moral pública, pide al gobierno de Obama impunidad a favor de Zedillo por la masacre de Acteal, curándose en salud  y apostando a que el nuevo gobierno le regale su propia impunidad, aunque los mexicanos dignos no cejarán en llevarlo a juicio.

 

Aquí, en este México lindo y querido, nadie en las alturas quiere ser responsable de sus actos y omisiones, aquellos que generan los dramas del pueblo, los nuestros.

A pesar del escándalo que involucra a los Zetas, a los cuerpos policiacos y al propio Instituto Nacional de Migración en el secuestro, extorsión y aniquilación de indocumentados centroamericanos, los representantes panistas, priístas y perredistas han votado en favor de la nueva ley federal, inducida por la Alianza para la Seguridad y Prosperidad de América del Norte (ASPAN), que convierte a los extranjeros en nuestro país en sospechosos de terrorismo, narcotráfico, sicariato, etc.

Ellos serán fichados bajo indicadores biométricos, incluido el ADN, que merecen nuestro repudio.

El impulsor de la propuesta de sumergidos tonos xenofóbicos fue nada menos que Gabriel Mancera, conocida figura de la administración de Marcelo Ebrard y ahora candidato para gobernar el Distrito Federal.

La construcción del miedo al extranjero inducida por nuestros vecinos del Norte y que tantas violaciones a los derechos humanos nos han costado y siguen costando al cruzar su frontera, ha encontrado su coartada legal, y con ello nuestro envilecimiento colectivo.

La base de datos que necesitamos para sanear al país, no es la aprobada y en curso y que costará más de 300 millones de pesos, sino otra, que filie a los funcionarios de gobierno y políticos corruptos y a los militares y policías violadores de derechos humanos.

Estos son tiempos de sombras siniestras.

 

Son tiempos de ominosos presagios.

Es cierto que los profetas de otro apocalipsis más, buscan cumplir su misión de aterrar a la humanidad a través de otro anunciado fin del mundo, para descarrilarla en el barranco de la historia.

Pero si este cíclico fin del mundo es una ocurrencia muy publicitada, un motivo de atención de extraviados, una invitación para la histeria, una serie de amarillos programas de televisión por cable bien vendidos, al fin y al cabo ese numerito distrae la atención de la verdadera catástrofe cotidiana, generada cada día por un modelo de relaciones sociales tan impuesto como exhausto.

 

El mundo de los poderes presentes:

Estados Unidos de Norteamérica, Europa, Japón,  China y adláteres -con México en su novena fila como porrista- se disputan la conducción final del arruinado liberalismo, que se resquebraja –supongamos- amenazado por sus propias contradicciones internas de liderazgos, sin lograr extirpar del todo los procesos culturales de tradiciones nacidas desde el principio de los tiempos, tradiciones que le resultan incómodas y que hoy pretende arrastrar en su caída.

 

El mundo de las culturas más enraizadas en los pueblos:

aquellos que son baluartes de la humanidad por su profundidad identitaria, pero también por sus recursos  y sus aspiraciones de autonomía política, son hoy, por lo mismo, los más apetecibles  de esta mundialización corporativa; pero este vigor, adquirido en más de tres mil años de historia, impedirá –supongamos- todos los intentos conquistadores.

 

El terrible 2012 ya ha iniciado su curso.

Trompetas aterradoras y desafinadas suenan, advirtiendo un cercano cataclismo telúrico de proporciones insospechadas.

Y -supongamos- es así, pero no en los términos que nos venden los ocurrentes emisarios de catástrofes planetarias. El cataclismo es añejo y actual al mismo tiempo. Nuestra sociedad está en crisis por el dominio y el perfeccionamiento de la codicia

–supongamos-.

En todas sus presentaciones.

 

Lejos de los saberes que han generado procesos civilizatorios en la historia, alejados de la gesta de legiones de héroes anónimos que mantienen aún la fortaleza moral de los pueblos, hoy nos topamos con un aberrante catálogo de estragos.

Tsunami plástico y televisivo.

Avalancha inmisericorde de babosadas electoreras y rampantes ignorancias. Desmoronamiento de la inteligencia.

Hundimientos craneanos y precordiales de funcionarios por vacío.

Alud de atropellos, plomados o no.

Aplastamiento del sistema judicial.

Marejadas de impunidad pestilente.

Lava de mentiras en lluvia ácida.

Granizada de cálculos y cochupos.

Sequía mortal por abstencionismo, supuestamente justificado o no.

Inundaciones de valemadrismo hasta el cogote.

Ríos desbordados de amiqué.

Desventura salarial a permanencia.

Temblor ocupacional y educativo entre jóvenes.

Terremoto de balaceras.

Gran barata epidémica de folclores en abonos.

Siniestro de purismos a cargo de claridosos amargados.

Redentores dialécticos en devastación.

Plaga aniquiladora de langostas oportunistas.

Gran Partida de Madre Patria.

Por todos nosotros.

Ya estamos en ruta.

 

Ante cielos que pueden ponerse aun más oscuros…

el panorama está incompleto:

falta en el drama telúrico la indignación y la capacidad del protagonista definitivo.

¿qué hay que pensar, sentir, hacer?

 

En tanto esperamos tranquilos este fin del mundo, inmersos en la boca del volcán, trataremos en este número, desde la arqueología, Hortensia de Vega comenta en relación a dos de los factores que hacen evidente la repetitiva espiral de los procesos civilizatorios. Desde la filosofía, y dando la bienvenida a la colega argentina radicada en nuestro país, Ana María Rivadeu, su artículo “epistemología del terror”, aborda el tema de la violencia en México, aportando su conocida nitidez y profundidad, que hemos podido constatar en el último libro de su autoría, Lesa Patria: nación y globalización, prologado por su maestro, recientemente fallecido, Adolfo Sánchez Vásquez. Desde la visión de la historia y sociedad novohispana, Rafael Gutiérrez comenta que su expresión más clara en la arquitectura fueron los conjuntos monacales establecidos a la orilla de las rutas comerciales prehispánicas; una de ellas, la ruta del volcán. Ricardo Melgar se ocupa a su vez del capital depredador en el monte de Huitzilac, en un proceso añejo que por desgracia continúa en el estado de Morelos. Fernando Sánchez, a su vez, da seguimiento al tema de las artesanías mexicanas, ahora sobre el juguete tradicional.