No. 42, Marzo-Abril

Camilo Torres en la Universidad Nacional de San Marcos, Lima, Perú

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Camilo Torres Restrepo, el ahora legendario sacerdote y guerrillero colombiano estuvo en la Casona de San Marcos, en la universidad del mismo nombre, en Lima.  Colmó el histórico auditorio llamado Salón general.  Y fue ovacionado al concluir su conferencia, como un torero luego de una artística faena.

Este suceso ocurrió el dos de julio de 1965, cuando Camilo tenía 36 años de edad y a siete meses de su muerte en combate el 15 de febrero de 1966, hace medio siglo.  Pero, ¿cómo así llegó Camilo a San Marcos?

Yo acababa de regresar de Puno en donde me había desempeñado como supervisor regional del programa universitario de Cooperación Popular.  Programa impulsado por el presidente Belaúnde y basado en el desarrollo comunal.  En Lima se realizaba el II Congreso bolivariano de desarrollo de la comunidad.  Me incorporé a dicho evento y me di cuenta que por Colombia participaba Camilo Torres.

Sabía que era un dirigente carismático y que tenía autoridad como para lograr un consenso entre las agrupaciones políticas dispuestas a acabar con el origen de la pobreza de manera revolucionaria y no únicamente a realizar mejoras sectorialmente.  Pero, quería saber más sobre él.  La oportunidad se presentó cuando caminando por uno de los portales de la plaza San Martín, vi en el bar Versalles, frecuentado por artistas e intelectuales, a Aníbal Quijano que recientemente había estado en Colombia.

Quijano fue mi profesor del curso de Estratificación social cuando estudiaba en la escuela de sociología de la universidad de San Marcos.  Le pedí referencias de Camilo Torres.  Me dijo que, efectivamente, Camilo era un dirigente que empezaba a influir en la política; pero, me advirtió: Antonio, no debes olvidar que un cura, siempre es un cura.

A Aníbal Quijano le pedí referencias sobre Camilo por varias razones; pero, sobre todo, porque en América se vivía una efervescencia guerrillera estudiantil; era el  efecto de la onda expansiva de la Revolución cubana. Y, en nuestro país, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) había iniciado las acciones guerrilleras el 9 de junio.  Invitar a un sacerdote a dar una conferencia en San Marcos era insólito.

Tenía la idea de invitarlo a San Marcos desde que me informé que a Camilo lo tenía al alcance de mi mano. Cuando finalizó el referido congreso, observé que Camilo estaba en actitud de espera en la salida del edificio del Ministerio de Trabajo. Vencí mi timidez y lo abordé.  Me dijo que estaba esperando a Gustavo Gutiérrez para almorzar juntos.  Aproveché la espera para invitarlo a dar una conferencia en San Marcos, aceptó inmediatamente. Con el prejuicio que tenemos a los sacerdotes, -como el caso del profesor Quijano-, y sabiendo que Camilo había estudiado sociología en la universidad católica de Lovaina (Bélgica), le propuse un tema académico: el rol del sociólogo en el cambio social.  Luego, con todo desparpajo me replicó: ponle a la conferencia el título que tú quieras.  Entonces, lo cambié: “Papel de los estudiantes en las luchas de liberación nacional”.  Acordamos que le daría el encuentro en el Salón Dorado del palacio de gobierno; puesto que el presidente Belaúnde clausuraría el congreso de desarrollo de la comunidad con una ceremonia protocolar.  En eso llegó Gustavo Gutiérrez, sacerdote y renombrado intelectual, futuro autor de la Teología de la Liberación; aporte peruano al pensamiento universal.

Ambos se percataron del desfile de las limosines alrededor del palacete de la Nunciatura apostólica en donde flameaba la bandera del Vaticano. Era el día de San Pedro y San Pablo, día del Papa,  29 de junio.  Dijeron: esa no es la iglesia de Cristo.  Me invitaron a almorzar y partimos.

Bajamos en la esquina de los jirones Camaná con Moquegua, en la parroquia en donde vive Gustavo Gutiérrez.  Nos dirigimos al costado de la iglesia en el Jr. Moquegua a un restaurante.  Yo me excusé y los dejé conversando.

Ahora, ¿cómo organizar la conferencia en tan corto tiempo?  ¿Quién la auspiciaría?  Aunque había egresado de San Marcos, mantenía vínculos con los estudiantes de la Escuela de Sociología y con los del Frente de Estudiantes Revolucionario (FER) de la Facultad de Letras.  Me acordé de dos amigos y brillantes alumnos de sociología: Luis Rocca, presidente del Centro de estudiantes de sociología y Narda Henríquez, secretaria de cultura.  Ellos se movilizaron y el Centro de Estudiantes de Sociología auspició la conferencia de Camilo.

Un simple pizarrón en el portón de la casona, frente al Parque Universitario, anunciando la conferencia, fue suficiente para colmar las instalaciones del Salón General.  Había una gran expectativa.  Para muchos era un desconocido, un misterio.  No les cabía en su pensamiento que un sacerdote fuese un revolucionario; tal como lo han sido algunos sacerdotes en la Historia…

Fui al encuentro de Camilo al salón dorado del Palacio de Gobierno.  Estaban en plena ceremonia.  Apenas me vio, me dijo: menos mal que has venido temprano para sacarme de este lugar que no es de mi agrado.  Fuimos a pie hasta la Casona de San Marcos.

En el trayecto fui observando a Camilo. Vestía terno negro. Lo recuerdo de pelo negro ondulado, tendría 1.80 m. de estatura; la cabeza y los hombros equilibrados con las caderas; la cabeza erguida y la barbilla recogida; pero con cierta prominencia. El abdomen plano, y las curvas de la columna normales.  La línea de gravedad de su cuerpo corresponde a la de su origen de clase.

Al entrar Camilo hubo un silencio expectante que presagiaba un enfrentamiento.  Habían concurrido estudiantes del FER, con el prejuicio consabido hacia los sacerdotes, un buen número de mujeres y tres sacerdotes norteamericanos de la orden Maryknoll, no sé cómo habían sido informados.  Narda, con el aplomo que la caracteriza, presentó a Camilo.

Camilo reunía todas las condiciones de un orador.  Llegaba a la razón y al corazón de sus oyentes.  Explicó el origen de la pobreza apelando a los estudios de Carlos Marx y expuso los caminos para lograr la justicia social.  Dijo que lo primero que tenían que hacer los estudiantes era conocer, comprender y convivir con el pueblo y después politizar. Además, sentenció que la revolución no era patrimonio de los estudiantes; que su papel era de colaboradores; porque quien realiza la revolución, en los hechos, es el pueblo. Los que vinieron a enfrentarlo, terminaron ovacionándolo.  Al día siguiente partió hacia Bogotá. Luego iría a Santander a incorporarse al  Ejército de Liberación Nacional.

A los pocos meses enciendo la radio y me doy de bruces con la noticia: Camilo Torres ha muerto en combate.  Acababa de casarme y estaba próximo a ser padre estaba muy sensible, mis ojos se enrojecieron.  Ahora, luego de cincuenta años, la guerrilla continúa combatiendo…

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Lima, Unidad Vecinal N°3, febrero 15 del 2016.

 

Añadimos aquí una liga para escuchar la canción “Cruz de luz” dedicada a Camilo Torres, cuyo autor es Daniel Viglietti, cantada por Víctor Jara:

https://www.youtube.com/watch?v=_rllf7Df10o

y un texto de Camilo Torres:

(La compilación de mensajes de Camilo Torres –a los desempleados, estudiantes, mujeres, presos políticos, cristianos, sindicalistas, oligarquía, militares, comunistas, colombianos– está disponible en PDF en:

https://www.eln-voces.com/descargas/libros/eln/022-MENSAJES-CAMILO.pdf)

Mensaje a los Cristianos

Frente Unido, Num. 1, 26 de agosto de 1965

Camilo Torres

 

Las convulsiones producidas por los acontecimientos políticos, religiosos y sociales de los últimos tiempos, posiblemente han llevado a los cristianos de Colombia a mucha confusión. Es necesario que en este momento decisivo para nuestra historia, los cristianos estemos firmes alrededor de las bases esenciales de nuestra religión.

Lo principal en el Catolicismo es el amor al prójimo. "El que ama a su prójimo cumple con su ley." (S. Pablo, Rom. XIII, 8). Este amor, para que sea verdadero, tiene que buscar eficacia. Si la beneficencia, la limosna, las pocas escuelas gratuitas, los pocos planes de vivienda, lo que se ha llamado "la caridad", no alcanza a dar de comer a la mayoría de los hambrientos, ni a vestir a la mayoría de los desnudos, ni a enseñar a la mayoría de los que no saben, tenemos que buscar medios eficaces para el bienestar de las mayorías.

Esos medios no los van a buscar las minorías privilegiadas que tienen el poder, porque generalmente esos medios eficaces obligan a las minorías a sacrificar sus privilegios. Por ejemplo, para lograr que haya más trabajo en Colombia, sería mejor que no se sacaran los capitales en forma de dólares y que más bien se invirtieran en el país en fuentes de trabajo. Pero como el peso colombiano se desvaloriza todos los días, los que tienen el dinero y tienen el poder nunca van a prohibir la exportación del dinero, porque exportándolo se libran de la devaluación.

Es necesario entonces quitarles el poder a las minorías privilegiadas para dárselo a las mayorías pobres. Esto, si se hace rápidamente es lo esencial de una revolución. La Revolución puede ser pacífica si las minorías no hacen resistencia violenta. La Revolución, por lo tanto, es la forma de lograr un gobierno que dé de comer al hambriento, que vista al desnudo, que enseñe al que no sabe, que cumpla con las obras de caridad, de amor al prójimo, no solamente en forma ocasional y transitoria, no solamente para unos pocos, sino para la mayoría de nuestros prójimos. Por eso la Revolución no solamente es permitida sino obligatoria para los cristianos que vean en ella la única manera eficaz y amplia de realizar el amor para todos. Es cierto que "no haya autoridad sino de parte de Dios" (S. Pablo, Rom. XIII, 1). Pero Santo Tomás dice que la atribución concreta de la autoridad la hace el pueblo.

Cuando hay una autoridad en contra del pueblo, esa autoridad no es legítima y se llama tiranía. Los cristianos podemos y debemos luchar contra la tiranía. El gobierno actual es tiránico porque no lo respalda sino el 20% de los electores y porque sus decisiones sales de las minorías privilegiadas.

Los defectos temporales de la Iglesia no nos deben escandalizar. La Iglesia es humana. Lo importante es creer también que es divina y que si nosotros los cristianos cumplimos con nuestra obligación de amar al prójimo, estamos fortaleciendo a la Iglesia.

Yo he dejado los privilegios y deberes del clero, pero no he dejado de ser sacerdote. Creo que me he entregado a la Revolución por amor al prójimo. He dejado de decir misa para realizar ese amor al prójimo, en el terreno temporal, económico y social. Cuando mi prójimo no tenga nada contra mí, cuando haya realizado la Revolución, volveré a ofrecer misa si Dios me lo permite. Creo que así sigo el mandato de Cristo: "Si traes tu ofrenda al altar y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda" (S. Mateo V, 23-24).

Después de la Revolución los cristianos tendremos la conciencia de que establecimos un sistema que está orientado por el amor al prójimo.

La lucha es larga, comencemos ya...

Camilo Torres

 

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Lima, Unidad Vecinal N°3, febrero 15 del 2016.

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