12, Agosto de 2012

Emergencia de escuelas filosóficas helenistas

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Cuando se hace referencia a corrientes o escuelas filosóficas del helenismo generalmente se recuerdan unas más otras menos pero sobre todo se les evoca mal. Por una parte, se lo atribuyo al desconocimiento de los principios de cada una de ellas (al menos de las que abordaré en el texto) y sobre todo del contexto histórico en el que surgen.

Si se descontextualizan los preceptos filosóficos que se proponen para alcanzar la eudaimonía,[1] se entenderán como medidas por demás excéntricas o verdaderas tomadas de pelo. Porque para qué recomendaría Diógenes de Sínope castigar al cuerpo o disciplinar mediante ejercicios como revolcarse desnudo en la arena caliente durante el verano o en la nieve durante el invierno.

O por otro lado, cómo se tomaría el hecho de que un personaje como Pirrón determinara eliminar los juicios sobre cualquier temática, y así dejar solo espacio para la experimentación de la realidad porque es lo único que puede percibirse totalmente. Es decir, no calificaban algún objeto o elemento de la naturaleza con ningún adjetivo porque eso era emitir juicios y siempre se podía emitir uno contrario. Por lo tanto, los escépticos resolvían abstenerse de emitir cualquier tipo de juicio y quedarse en la experiencia de lo vivido.

Como puede verse, semejantes propuestas nos parecerían un tanto cuanto descabelladas si tratamos de llevarlas a cabo en nuestra vida con todas las vicisitudes del siglo XXI. Así pues, conviene tener una idea más o menos general de lo que ocurría en esa parte del mundo al momento de la emergencia de las diferentes propuestas filosóficas como el estoicismo, el epicureísmo, el cinismo y el escepticismo.

Para ello, hay que remontarse a la época de los diadocos, incluso un poco antes. En ese momento, Alejandro de Macedonia dominaba el mundo occidental conocido hasta entonces. Con su gusto por lo griego exporta o impone las expresiones culturales artísticas al lugar donde pone su pie, claro en la medida de lo posible. Sin embargo, cuando muere, y al no tener un heredero directo, sus principales jefes militares se disputan todo el territorio dominado, así, se dividen regiones y comienzan a fortalecerse para preparar la conquista de los otros fragmentos de tierra. Esto se vuelve una guerra con tintes mafiosos impresionantes.

¿Cuáles son las consecuencias de esta ruptura a gran escala? Desaparece la ley, las rutas comerciales se ven interrumpidas, los grandes terratenientes pierden sus propiedades, hay asesinatos en todas las escalas y en todos los sectores, ya no se puede viajar de un pueblo a otro sin ser asaltado o asesinado. Hay saqueos, bandolerismo, y se fomenta la esclavitud por parte de las conquistas regionales. Entonces, los que organizaban su fiesta a tope eran los mandamases pero los que se morían de hambre, acuchillados, en las prisiones o buscando alguna certidumbre en aquellos momentos eran los de a pie.

Por parte del cinismo, hay que ir un poco más atrás. A Antístenes y Diógenes les toca vivir parte de la época dorada de la Grecia antigua, el siglo de Pericles, cuando se levantan los monumentos más representativos de esa cultura, cuando se convierte en una potencia del mundo occidental, sin embargo, también les toca vivir la derrota ante los espartanos y los momentos de crisis por las crecientes amenazas bárbaras de los diferentes puntos cardinales hasta la llegada de los macedonios.

Entonces, si no puede hablarse de una cuestión natural, sí de algo muy comprensible el repertorio de propuestas de tipo ético ante tales desventuras, ante el presente desgraciado y el futuro desesperanzador. Los diferentes filósofos reflexionan desde su cotidianidad tan vívida, desde la esclavitud o la miseria, qué cosas son las realmente importantes en una situación tan extrema, qué es lo que hay que hacer, qué se puede y qué no, qué mueve los hilos de la historia, ¿hay algo superior a esta aberración de la realidad que nos toca vivir? Es ahí donde surgen respuestas, donde se toman posiciones que buscan interpelar su situación y la de tantos desvalidos como sus coetáneos.

En estos contextos no es raro que Diógenes el Perro, en el ágora sacara sus viandas y se pusiera a comer. Eso se le reprocha y solo responde: comí porque me dio hambre. Aquí se refleja la crítica cínica que iba contra la ruptura de los convencionalismos. A ninguno se le hubiera ocurrido comer en un lugar dispuesto para la discusión filosófica, claro, solo a un cínico. Es decir, en medio de aquella crisis, los cínicos creían más importante vivir con las cosas más básicas y dejar de lado toda esa normatividad de usos, de costumbres, de formas al interrelacionarse.

Por su parte, Epicuro desde una física atomista, dice que no hay que temer a la muerte porque como todo es vacío y átomos pues al morir solo hay un reacomodo de átomos en el cosmos. No hay destrucción de los átomos, por lo tanto no hay que preocuparse y buscar mejor alcanzar una vida feliz mientras estemos en este mundo. Empuja, por otro lado a la observación a llegar a la comprensión de las causalidades —no se trata de una sola causa— de lo que acontece a nuestro alrededor. Recomienda, además, no ocuparse de los dioses porque ellos se ocupan de su felicidad. Entonces, no cabe más que buscar el placer porque es un bien en sí y el dolor es un mal.

Obviamente, en un artículo tan acotado es difícil esbozar apenas unas ideas. No obstante, si algo debe quedar claro es la fidelidad con la que estos filósofos reflejan su época, esos tiempos tan difíciles. Lo que percibieron buscaron llevarlo a la práctica hasta sus últimas consecuencias. Total, veían una realidad fastidiada, era mejor intentar alcanzar la felicidad dejando de lado cosas, actividades, costumbres y buscar lo realmente importante.

En tiempos de crisis como en los que nos vemos inmersos, no está demás echarle un ojo a ese legado ético con nos dejaron estos pensadores del mundo antiguo. En mi país, que parece desgajarse de forma brutal, es muy sano leer algunos presupuestos cínicos, epicúreos, estoicos o incluso escépticos.

Para finalizar, me quedo con lo que comentaba el maestro Josu Landa en la culminación del seminario que dio en Ciudad Juárez sobre ética de crisis: (parafraseando) quizá sea hora de retomar la idea de un absoluto, algo que nos dé la certeza de algo, un punto de partida o de anclaje, en estos tiempos en los que pervive un subjetivismo exacerbado, “todo punto de vista es válido, cada cabeza es un mundo”. A lo largo de la historia de la humanidad, estas certezas fueron la physis,[2] Dios, la ciencia, entre otras. Es momento de retomar, replantear alguno o encontrar una “verdad” que nos permita ubicarnos en el universo, en este planeta y en relación con nuestros prójimos.

 

Referencias

  • Epicuro, “Carta a Heródoto”, “Carta a Meneceo” y “Máximas capitales”, en Obras, est.
  • prelim., trad. y not. de Monserrat Jufresa, Madrid, Tecnos, 1991.
  • Grimal, Pierre (comp.). El helenismo y el auge de Roma. El mundo mediterráneo en la
  • Edad Antigua, II. Madrid, Siglo xxi, 1972.
  • Landa, Josu. Seminario de Ética de crisis y frontera (cinismo, epicureísmo, estoicismo y
  • escepticismo). Marzo-junio de 2011. Ciudad Juárez, Chih. UACJ.
  • Sexto Empírico, Esbozos pirrónicos, int., trad. y not. de Antonio Gallego Cao y Teresa
  • Muñoz Diego, Madrid, Gredos, 1993.
  • Zenón de Citio, “Vida, obra, fragmentos y opiniones”, en Los estoicos antiguos, int., trad.
  • y not. de Ángel J. Cappelletti, Madrid, Gredos, 1996.

 


[1] En términos sencillos pero sin querer caer en la simplicidad, se trataría de llegar a un estado de felicidad del ser, del ethos perseguido por medios o caminos diversos.

[2] Puede entenderse como la naturaleza, o el espíritu cósmico que regula todo lo conocido.

En el artículo “Haciendas y ríos”, Rafael Gutiérrez hace referencia

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