12, Agosto de 2012

El contenido inconmensurable de una vasija: Evidencias arqueológicas de una artesanía actual

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Una pieza de artesanía puede contener muchos mundos. Oculta en los recovecos de una cueva por siglos, además, una pieza muy particular nos reserva diversos mensajes de actualidad. Durante las excavaciones arqueológicas desarrolladas hace unos años en Morelos por el Proyecto Arqueobotánico Ticumán (PAT), se rescató una gran cantidad de restos botánicos significativos que ponen en evidencia el aprovechamiento que el hombre, desde siempre, ha realizado en el medio en que se desarrolla, ya sea por el cultivo incipiente de plantas o por su recolección.

 

El objetivo general del PAT fue el estudio del complejo agronómico y de recolección que las comunidades de la ribera del río Yautepec desarrollaron durante la etapa conocida como “Formativo medio y Terminal”, que abarca un periodo de mil años, que va del 800 a.C. al 200 d.C.

Desde el punto de vista biológico, además de focalizar la pieza de artesanía que motiva lo que sigue, la investigación referida permitió determinar cuáles fueron las plantas utilizadas para la elaboración de textiles y sandalias y de instrumentos y otros materiales de uso cotidiano, como es el caso de cordeles o redes.

El proyecto se realizó en la localidad de Ticumán, Municipio de Tlaltizapán, básicamente en dos cuevas conocidas como “El gallo” y “La chagüera”. Ambas cuevas, de origen cárstico (región calcárea, en donde el agua disuelve el carbonato de calcio en el subsuelo, creando grutas, cenotes, etc.) ofrecen las condiciones necesarias para la preservación de restos orgánicos, por la estabilidad en lo que se refiere a temperatura, humedad  e iluminación, lo cual, asociado al pH del suelo, permitieron la conservación de materiales orgánicos, aunado a su ubicación en este tipo de cuevas, cuya configuración hizo posible que esos materiales estuviesen libres de saqueos.

En términos culturales, estas cuevas fueron utilizadas por las comunidades de agricultores que ocuparon las márgenes del río Yautepec como espacios funerarios y de uso ritual, lo que condicionó que cantidades extraordinarias de diversos materiales de origen orgánico fuesen depositados como ofrendas, comparables con lo obtenido en otros proyectos arqueobotánicos realizados en el norte del país, en Oaxaca y en Puebla.

Entre varias interpretaciones que se derivaron de las excavaciones y la consiguiente recuperación de dichos materiales botánicos, se puede mencionar que el inventario de plantas ayudó a comprender a su vez las actividades relacionadas con la domesticación y aprovechamiento de las especies vegetales que se desarrollaban entonces en el entorno de los sitios mencionados.

Como parte de los más de diez mil objetos recuperados en ambas cuevas, destaca una vasija depositada como parte de una ofrenda en el entierro de un individuo de 10-12 años de edad, el cual estaba envuelto en un petate y acompañado con los restos de un perro.


Vasija rescatada por el Proyecto Arqueobotánico Ticumán

La necesidad de contar con contenedores para líquidos, transportar o guardar semillas, llevó a nuestros antepasados al uso de diferentes frutos. Los adecuados para resolver esas necesidades fueron frutos de diferentes plantas que actualmente conocemos como guajes, bules, calabazas, tecomates o jícaras, para mencionar algunos ejemplos.

Las evidencias arqueológicas, muestran que esos recipientes se utilizaban sin ninguna decoración o con ella, esgrafiándolos cuando están verdes, como es el caso de los que actualmente se utilizan en Tabasco y Oaxaca, o bien sometidos a la aplicación de un revestimiento, laqueados como los actuales de Chiapas (Chiapa de Corzo), Guerrero (Temalacatzingo,  Olinalá, Acapetlahuaya y Ocotepec) y Michoacán (Pátzcuaro y Uruapan).

En estos tres últimos estados, destacan los objetos ampliamente citados por los cronistas por su vistosidad y resistencia al uso cotidiano, resistencia proporcionada por la adición de tierras, pigmentos colorantes y aceites de origen animal o vegetal, de acuerdo con la región.


Frutos del cuautecomate o cirián

La vasija recuperada por el PAT, está elaborada a partir de un fruto de “guaje” o “cirián” y está decorada principalmente con elementos animales, con la técnica de laqueado. Dicha técnica se aplica recurriendo a materias primas minerales, vegetales y animales, que hechas polvo y mezcladas con aceites se usan en la decoración de objetos variados y consta de por lo menos dos capas de laca; la superior o más externa de ellas se excavó para formar las figuras ornamentales. Esta técnica recibe el nombre tradicional de “rayado”.


Técnica del rayado en la vasija de Ticumán y en vasijas actuales de Olinalá

Algunos investigadores opinan que el laqueado como técnica decorativa proviene del medio oriente y que fue introducida a América a través de la Nao de China, pero esta vasija en particular, fechada con la técnica de carbono 14, tiene una antigüedad de 350 años antes de Cristo, lo que demuestra lo ancestral de su elaboración.

Las tierras empleadas son similares en todos los casos: se trata de cuarzo y carbonatos de calcio y de magnesio que reciben diversos nombres de acuerdo con la región donde se elaboran. Para utilizarse, las tierras se convierten en polvo mediante un proceso de tostado (Guerrero y Michoacán) o bien disolviéndolas en agua y tamizándolas, formando “panes” que se dejan secar, como es el caso de Chiapa de Corzo.

La calidad de las tierras determina a su vez, en conjunto con el tipo de aceite empleado y la técnica misma de aplicación, la calidad del trabajo final, la duración del laqueado y la impermeabilidad de la pieza.

Los aceites pueden ser de origen animal o vegetal. En Chiapas y en Michoacán se continúa usando el axe, obtenido de un insecto, en tanto que los aceites de origen vegetal son principalmente de chía y de linaza. Este último es ahora el de mayor uso debido a su facilidad de obtención y su bajo costo, en detrimento de la permanencia de la capa de laca. Hasta hace poco tiempo se utilizaba también el aceite de chicalote, pero ha caído en desuso.

La función de los aceites es fundamental en la permanencia de la capa de laca, ya que produce reacciones químicas de polimerización que favorecen el endurecimiento, la impermeabilización y el fijado de las capas sobre el objeto que se decora.

Describiremos brevemente el rayado, una de las técnicas que persiste únicamente en Olínalá, sitio de donde probablemente procede la vasija aquí descrita, aunque en la época prehispánica eran varias las comunidades que realizaban este tipo de trabajo.

El rayado permite que el dibujo quede en relieve y contraste con la capa profunda, contraste que se acentúa cuando ésta tiene un color diferente al de la capa externa. El proceso de decorado, en el caso de la jícara que nos ocupa, sobre un fruto, se inicia con la aplicación de la sisa, preparación compuesta de aceite con la adición de las tierras llamadas tecoztle y tóctel. Esta masa se aplica uniformemente con una cola de venado y luego la base resultante se asienta con una piedra lisa o bruñidor para lograr su penetración y uniformidad, propiciando su adherencia a la pieza.

El siguiente paso consiste en la aplicación de la primera capa de color, mezclando tierras de colores con tóctel (actualmente se utilizan anilinas o colorantes vegetales), procurando una distribución uniforme de la capa aplicada, que se pule fuertemente con la mano, repitiendo la operación por buen tiempo hasta alcanzar la uniformidad y grosor requeridos.

Esa capa se deja secar luego varios días antes de la aplicación de la segunda capa de color, que debe ser contrastante. Esta se aplica de igual manera que la anterior, con la salvedad de que no se deja secar totalmente, lo que es necesario para poder diseñar, generalmente con una espina  de maguey o de mezquite, los motivos decorativos. Luego, siguiendo el diseño, se eliminan determinadas áreas de esta segunda capa,  para resaltar las figuras deseadas, hasta descubrir la capa basal, logrando así el relieve y el contraste con el color del fondo. Finalmente, se agrega una capa de sisa para lograr una adecuada polimerización de los materiales.


Aplicación actual de la sisa en Temalacatzingo, mpio. de Olinalá

Los objetos actuales, entre los que se encuentran las cajas o baúles, charolas y otros objetos conservan figuras zoomorfas y fitomorfas, como una reminiscencia de los dibujos antiguos.


Detalle de los diseños de la pieza de Ticumán (350 a.C.)

Otras técnicas decorativas se utilizan en los sitios donde se elaboran lacas, cuya descripción puede ser motivo de escritos posteriores.

Ahora bien, esa vasija particular, luego de haber permanecido tanto tiempo en su contexto original, sale de la cueva y del entierro donde estuvo por siglos cargada de sentido. Un sentido profundo, no por la profundidad de la cueva ni por la profundidad de la vasija misma, sino por el sentido de su presencia en esa ofrenda y el sentido de la ofrenda misma.

Hoy, la mayor parte de los enterrados no se llevan nada consigo, algunos ni siquiera un entierro digno. Si el perro que acompañaba al cadáver de esa criatura tuvo el sentido de acompañarla en el cruce del río de la muerte, la vasija seleccionada como parte de la ofrenda quedó ahí como testimonio tangible de los alcances de una técnica, pero además en un entorno ritual. La técnica no aparece desprovista de sentido, sino incorporada en un proceso cultural de capital importancia, que es la manera como se enfrenta la muerte en una determinada comunidad humana y el sentido de trascendencia que dicha comunidad le confiere a ese hecho.

Desde una perspectiva técnica, importa por supuesto reconocer y ponderar los alcances que hace 2,000 años tenían los pobladores de la región de Yautepec y otras regiones en el dominio de los recursos aportados por la naturaleza. La técnica del rayado en vasijas implica un trabajo especializado que pone en juego variadas competencias, como son el dominio de los diversos materiales, incluido el conocimiento mismo de las piezas naturales de base que han de ser modificadas, así como las habilidades particulares de aplicación que demanda el proceso y la capacidad creativa y estética que lo culmina.

Vinculado con todo ello y no de menos importancia, es la calidad de marcador cultural de este tipo de objetos rituales, que adquieren una proyección que los trasciende gracias a su contexto.

Al final, la vasija es una metáfora y un legado, respecto al contexto de los objetos que utilizamos y respecto al sentido mismo de su uso. Quienes enterraron a ese menor hace tantos años no imaginaron que ese magnífico tecomate rayado colocado en su ofrenda, le daría oportunidad a otros, siglos después, de conocer un poco de su momento y de su realidad, en una reflexión que nos lleva lejos de lo inmediato y contingente y nos permite una perspectiva siempre más amplia, que honra nuestros orígenes y nutre nuestra identidad y nuestro presente.

En el artículo “Haciendas y ríos”, Rafael Gutiérrez hace referencia

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