24, Agosto de 2013

Alrevesados andamos: La necesidad de aires nuevos en las instituciones académicas ante una encomienda crítica

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El intenso viaje se lleva a cabo en la sierra de Sinaloa hace cuatro décadas, a bordo de un camión de carga habilitado como transporte público. La ruta era larga, los caminos pésimos, la brincadera continua y el polvo entraba hasta por donde no podía. Mocorito y Surutato figuraban en el itinerario, para más seña. Cuarenta años después esos nombres remiten a tierras narco-devastadas, productoras de desplazados y de mortal desasosiego.

 

La troca cargaba envoltorios diversos, gallinas, cartas, cajas con alimentos y refacciones y hasta pasajeros. Tardeando ya, al cabo de varias horas de camino por largos tramos solitarios, la plática entre zangoloteados se encontraba bastante animada. En el intercambio de anécdotas, uno de los serranos narró con inolvidable elocuencia la ocasión en que en aquellos parajes se topó de pronto con un tremendo león.

Era, decía enfáticamente, un animalote muy de temer, al que no tuvo otra alternativa que enfrentar con su ingenio, de modo que decidió tomarle la delantera, y mientras el animal se distrajo, nuestro relator le introdujo el puño por el gaznate hasta el mero fondo, y ya metido el brazo hasta el hombro, agarró lo que ahí había y en un solo impulso jaló todo enérgicamente hacia fuera… ufano, nos aseguraba categóricamente que al pobre león aquel todavía se le podía ver andando por el monte, completamente todo volteado, con las tripas pa’fuera y la piel y la cola pa’dentro, o sea que alrevesado andaba aquel animal desde entonces.

Alrevesado anda este país, restringiendo espacios de formación en las universidades públicas y formando profesionales para ofrendarlos en el altar de la desocupación, sin una política mínima sensata de incorporación de esos cuadros, habiendo tanto por ser y por hacer.

El alrevesamiento del león nacional obedece simplemente a que en este país no hay cabida para su pueblo. De ahí que, en este México programado como mero depósito de recursos petroleros, minerales y biológicos, no haya cabida para sus jóvenes, independientemente de su nivel de formación. Y su formación misma, dado el caso, no tiene cabida para despertar en ellos su conciencia crítica. Hay cabida sí para estimular la condición de consumidores mecanizados, pero no la hay -aunque suene anacrónico o patéticamente ingenuo- para su creatividad, ni la hay para su potencial como agentes de su propia emancipación y la de su pueblo.

Boaventura de Sousa Santos alude a lo que ha llamado las formas sociales de no existencia, y en este marco, destaca el proceso actual de la producción social de ausencias, que desemboca en la sustracción del mundo y en la contracción del presente, lo que implica, a su vez, el desperdicio de la experiencia (2005: 162). A ver a ver, de nuevo: “formas sociales de no existencia”, “producción social de ausencias”, “sustracción del mundo”, “contracción del presente” y “desperdicio de la experiencia”… son todos términos que vienen demasiado a cuento.

Henos en ello. Desgraciadamente nada de eso es virtual ni estamos ante ningún juego de palabras. Santos se refiere al conjunto de todas las experiencias producidas como ausentes; pone el acento en las experiencias ninguneadas por siglos de exclusión, y en la necesidad de liberar esas experiencias de las relaciones de producción dominantes, a fin de que se tornen presentes. Añadiríamos que México, que América Latina está pasando por todos esos parajes, a través de diversos y múltiples escenarios, y que no es ocioso aplicarnos a explorar y focalizar sus manifestaciones concretas en diferentes ámbitos.

Así, acotando el tema a lo que nos ocupa, no estamos tratando, por supuesto, del “desperdicio de recursos humanos” tan encuadrado en la racionalidad utilitaria característica de la relaciones de producción hegemónicas, ni de un mero asunto de “ocupación” sino, en este caso particular, de la ausencia construida de los jóvenes respecto a su potencial creativo y emancipatorio. Es la inexistencia programada de ese potencial incómodo y esencial lo que se encuentra en el centro del problema. La ausencia socialmente producida a que se refiere Santos no es virtual: tiene muy diversas expresiones y escenarios, donde se manifiesta de maneras concretas y tangibles.

Explorar cómo se produce socialmente esa exclusión en diversos ámbitos resulta crítico. Por ejemplo, la definición de prioridades presupuestarias, cuando se lleva a cabo al margen del Bien Común, se traduce en inexistencias programadas; requiere imposiciones que expresan en los hechos lo que es o no necesario para el país, pero desde la perspectiva distorsionada del poder, incluso a costa de aquellas tareas cuya pertinencia ha sido ya consagrada en el ámbito legal. Estamos hablando en este caso del rubro de la investigación, y aquí nos encontramos con ese león serrano, alrevesado, penando por las veredas.

Como bien afirma nuestro co-utópata Santos, necesitamos ampliar el campo de las experiencias creíbles en este mundo y en este tiempo y, de esa forma, ampliar el mundo y dilatar el presente. Bueno, de nuevo: “ampliar el campo de las experiencias creíbles en este mundo y en este tiempo”, “ampliar el mundo”, “dilatar el presente”. Esa es la agenda.

Sin embargo, en el reino de Alrevés, la homogeneidad y la exclusión imperan naturalizadas; sus bien acomodados príncipes succionan con método el presupuesto, en el seno de un sistema perfectamente ajustado para proteger prebendas, partidos políticos incluidos. En el reino de Alrevés los investigadores trabajamos acopiando también con método indulgencias académicas y eso nos tiene tan, pero tan ocupados, que no tenemos tiempo para pensar ni para sentir más allá de la punta de nuestra chata nariz. Entre otros, ya Cristina Laurell se ha ocupado con agudeza del tema recientemente[2]. El balance es una tremenda pérdida de solidaridad entre los académicos y lo que es más grave, la pérdida de compromiso de los académicos hacia la sociedad. Como respuesta a este fenómeno, se han formado ya redes de académicos en respuesta a ese fenómeno, como es el caso de la Unión de Científicos Comprometidos con la Sociedad (véase http://www.uccs.mx/), pero el sustrato del problema se encuentra en apogeo.

Y como parte de ese cuadro, en breve, ante la amenaza de una precaria jubilación que refleja no sólo la irrelevancia asignada a la investigación, sino la falta de reconocimiento a quienes se dedican a eso, nadie se retira, y las plazas se quedan entonces ocupadas por la inercia, hasta que a ambos  –plaza e inercia- la muerte los separe. Así está construido el numerito y, tal como sabemos que desde el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá de 1992, estaba prevista y calculada la sangría migratoria de México hacia los Estados Unidos, es indudable que este proceso de a-socialización de los investigadores ha sido construido mediante la política actual de desmantelamiento de las prestaciones laborales que además opera a nivel mundial.

En el reino de Alrevés está rancio el queso y rancio también el aire mismo de sus agujeros; los jóvenes no forman parte del futuro, ni del presente, porque el presente está confiscado por el pasado. Esto, a pesar de que la naturaleza ha dispuesto que toda experiencia vital transite por etapas claramente previstas: es decir, hay etapas en la vida. Con el bloqueo de ese flujo generacional, la congestión resultante provoca ya alteraciones patológicas que se soslayan, incluso al interior de las estructuras académicas y sindicales.

La adolescencia, nos dicen los enterados, se inicia biológicamente con los cambios hormonales, pero su término es social: aparece cuando el sujeto asume responsabilidades. Sin embargo, insensata, la sociedad alrevesada milita en contra de esa realidad, prolongando adolescencias que no terminan, porque no brinda condiciones formativas y laborales suficientes para el ejercicio de esa preciada autorresponsabilidad, y prolongando a su vez adulteces que también se cronifican, que no concluyen sino hasta que el fallecimiento liberador del profesor-investigador así lo determine; y mientras, los estamentos del acomodo político y académico conforman redes inamovibles que cercenan todo aquello que pretende crecer sin su venia. Así, en ciertos casos, las maneras de hacer que alguna vez fueron vívidas e intensas, se van cristalizando con los años hasta convertirse en esclerosadas maneras de vegetar.

En semejante panorama jamás se hubiera generado algo académicamente valedero, ni siquiera en mejores épocas del reino de Alrevés. Y es que el germen de la evolución civilizatoria entre los seres humanos se encuentra ubicado mayoritariamente en un estrato poblacional determinado. Es el estrato que ocupan los jóvenes, quienes por razones de índole natural y a veces hasta en contra de ciertas predisposiciones tempranas ya adquiridas, disponen no sólo de anhelos frescos, sino de su mejor momento fisiológico y de su más pura capacidad de riesgo, en esa época de la vida en que el ser humano puede –aunque hoy a menudo no quiera- tomar por asalto y transformar el universo; en esa edad irrepetible en que urge plasmar la intensidad identitaria y en la cual la capacidad de indignación todavía no ha sido anulada, ni atenuada, ni domesticada: se encuentra íntegra. Son los jóvenes quienes conforman transitoriamente ese estrato único dinamizador, ese que no ha visto aún –y que ojalá no vea jamás- a sus sueños ponerse de rodillas.

Así, uno de los peores sinsentidos –o de las peores congruencias- de la sociedad alrevesada radica en su capacidad para maltratar precisamente a ese, su estrato más determinante, de modo que el reino de Alrevés se autoagrede de la peor manera: aplastando su potencial, dándole a los jóvenes abundantes rebanadas de realidades virtuales y una enorme tajada real de sinsentido.

Coherente con ese alrevesamiento general, una institución alrevesada lo es cuando no genera ni mantiene mecanismos de actualización de sus cuadros, condenándose a sí misma al estancamiento y a la ineficiencia sistemática. A la carencia crónica y artificial de recursos presupuestarios para tareas sustantivas, aparejada con la abundancia de recursos destinados a caprichos discretos o inocultables y al crecimiento de estructuras administrativas superfluas que se erigen como eje de la institución, se aúnan el natural incremento y complejización de esas tareas fundamentales y el desdeño de la actualización permanente, cuando el patrimonio cultural es mucho más vasto y dinámico de lo que supone la burocracia y de lo que admiten los funcionarios en turno.

El cuadro que sigue presenta la distribución aproximada de los profesores e investigadores del INAH por grupos de edad de acuerdo con información proveniente de su sindicato de trabajadores académicos, relativa al seguro médico de gastos mayores. Corresponde a febrero de 2013, en que la cifra total es de 900 profesores-investigadores de base.

Gráfico 1. Personal académico del INAH según registro del seguro de gastos médicos mayores, México, 2013.

Fuente: Sindicato de Profesores de Investigación Científica y Docencia del Instituto Nacional de Antropología e Historia.

Como se puede apreciar, en términos cuantitativos no existe una generación significativa de reemplazo: aproximadamente el 65% del conjunto de académicos rebasa los 55 años de edad, y el 35% rebasa los sesenta. El gráfico permite confrontar la cantidad de investigadores en activo existentes en los extremos del conjunto, de tal forma que el grupo de investigadores mayores de 80 años rebasa claramente al de aquellos menores de 35.

Ahora comparemos este fenómeno con otro que pareciera fuera de lugar, pero que resulta muy ilustrativo, pues, tal como sucede con el conjunto de trabajadores académicos a que nos referimos, expresa también el efecto que generan las sociedades humanas en poblaciones específicas de seres vivos. Se trata del perfil poblacional de árboles de uso tradicional intensificado en determinados parajes del estado de Guerrero, como es el caso del cuachalalate (Amphipterygium adstringens), cuya corteza tiene aplicaciones medicinales fundamentales, y el linaloe (Bursera linanoe), utilizado por su calidad aromática en artesanías y también en el rubro terapéutico y cosmético.

¿Qué tienen que ver estas plantas con el tema de la producción de ausencias en el medio académico?  Digamos que la afectación de las generaciones de reemplazo se encuentra aparejada con la afectación de los ejemplares ya viejos. En el caso del linaloe, los individuos jóvenes se encuentran fatalmente expuestos al ramoneo intensivo practicado por las cabras, mientras que los individuos de mayor edad son derribados para surtir a los carpinteros de Olinalá (Gráfico 2).

Gráfico 2. Cantidad de árboles de linaloe de acuerdo con su edad en un predio de 2,000 m2 sujeto a pastoreo y derribo. Mexquitlán, Guerrero, 1997.


 

Fuente: Hersch y Glass, 2006: 135

 

En el caso del cuachalalate (Gráfico 3), el efecto del pastoreo en ejemplares jóvenes también se combina con el de la sobrecolecta de su corteza en adultos, lo que ha llevado al incremento progresivo de su afectación irreversible.

Gráfico 3. Amphipterygium adstringens (cuachalalate). Concentración media por edad y hectárea en paraje sujeto a pastoreo y recolección intensiva de corteza. Copalillo, Guerrero, México,  enero-mayo de 1998.

Fuente: adecuado de Hersch y Fierro, 2001: 70.

El punto de confluencia es el reemplazo. En el caso de las plantillas de investigadores y de profesores (gráfico 1), la saturación de los espacios ocupados por especímenes antiguos impide la incorporación de los ejemplares más jóvenes, pero la diferencia no radica sólo en que los árboles vegetan y los investigadores no,  sino que a dicho fenómeno se suma otro: el menosprecio de la investigación.

Y es que no sólo las pésimas condiciones de jubilación, ni los vicios de la meritocracia académica, ni el estímulo a un productivismo que afecta objetivamente por varias vías la calidad del trabajo se encuentran en cuestión: un elemento clave en todo este panorama crítico es el ninguneo de la investigación, manifiesto en la insuficiente cantidad de plazas nuevas destinadas a ese rubro.

El patrimonio biocultural del país y las dinámicas socioculturales y socioambientales actuales que le son inherentes, demandan una estructura acorde con su complejidad y su trascendencia. A pesar de ello, del crecimiento demográfico, de las afectaciones ambientales, de los nuevos graves retos que impone la dinámica social, la cantidad de investigadores ha disminuido.

De acuerdo con el informe de Conaculta presentado en 1994 por su presidente, Rafael Tovar y de Teresa, el INAH tenía entonces registrados en total a 1,234 investigadores de base como “plazas docentes” (Cuadro 1). Para febrero del 2013 y de acuerdo con los registros del seguro de gastos médicos mayores ya referido, ese total de investigadores asciende a 900; es decir, 18 años después, el INAH tiene 334 investigadores de base menos. ¿Cuál ha sido el criterio que fundamenta dicha medida?  ¡Ah! Nos olvidamos: esa pregunta se encuentra fuera de lugar en el reino de Alrevés.

 

Cuadro 1. Personal asignado al Subsector Cultura, México, 1994.


Tomado de: Tovar y de Teresa, 1994: 379.

No nos detendremos en el tema del considerable incremento de personal administrativo desde 1994 a la fecha, simultáneo con el decremento en el conjunto de investigadores. Evidentemente, hay un contexto en todo este proceso de acoso. El proyecto de país vigente cuando el INAH fue fundado en 1939 no es el proyecto alrevesado de país del 2013. Sin embargo, la pregunta no es si originalmente la protección del patrimonio cultural era una necesidad política para el régimen de entonces, sino si, desde una perspectiva objetiva, esa necesidad es hoy legítima, vigente, incuestionable. El entreguismo en boga ni siquiera se ocupa de justificar el atentado. Pero si se quiere ignorar la legitimidad histórica e identitaria de la protección del patrimonio cultural, la ley está ahí avalando esa necesidad. Y esa necesidad se traduce en un cometido institucional.

Sin embargo, en el diseño de un país alrevesado hasta el cogote, el compromiso con el cometido de la institución encargada de velar por el patrimonio cultural, entendido inclusive en términos conservadores, resulta no sólo incómodo, sino cada vez más subversivo.  Si en el reino de Alrevés pensar es indecente, es un gesto excéntrico o inmaduro, proceder de acuerdo con ese pensamiento, pos pior: es ya de plano algo obsceno, un escándalo. Ahí, la uniformidad es virtud; el silencio, prudencia; la congruencia, sedición.

En el reino de Alrevés la creatividad, las propuestas innovadoras, los riesgos necesarios, las osadías cargadas de futuro son avasallados por el cultivo de la permanencia, por la referencia a glorias tan pasadas como cuestionables, por la reiteración de ideas gastadas, de tesis superadas o peor, de crónicas simulaciones.  Es la apacible y nauseabunda ruta anti-dialéctica de ir de lo conocido a lo conocido. Una institución que aún mantiene su respetabilidad e integridad gracias al trabajo de sus integrantes, pero que no forma equipos de trabajo, que no vela por la transmisión de saberes y de competencias entre generaciones, y que no propicia desafíos, prescinde estúpidamente de la experiencia y arrulla el conformismo. Es, digamos, una institución bastante típica del reino de Alrevés, porque no es la única que se encuentra atravesada por la tensión existente entre el polo luminoso de su riqueza y su experiencia, y el oscuro autismo al que se le quiere confinar por la vía del menosprecio político de su cometido.

En el reino de Alrevés, la institución a que me refiero cuenta con una fórmula parida con las tripas para fuera por mentes perversas. La fórmula consiste en contratar en condiciones precarias a personal que acaba ocupándose de tareas sustantivas. Hasta se le despide cada cinco meses y medio para evadir a la ley, y a las dos semanas se le contrata de nuevo. No hay prestaciones, ni seguridad social, ni posibilidad de organización gremial, ni visos de integración a la institución en la que prestan sus servicios, ni vergüenza. Al cabo de un tiempo variable, los jóvenes contratados se encuentran con la disyuntiva de asumir, de aceptar esas condiciones de precariedad comprendiendo que el trabajo que realizan lo vale, o emigrar buscando otros espacios laborales a costa de hacer a un lado algo que tiene un sentido trascendente.

En esas condiciones es muy difícil que se concreten equipos de trabajo equilibrados, consolidados, productivos, pues los profesionales formados ya en la práctica misma por las instituciones, no son luego incorporados a ellas. En muchos casos la calidad de su desempeño echa por tierra cualquier alegato insulso en contra de su incorporación formal. No importa que hayan demostrado por años en el campo de trabajo –y no en un “examen de oposición”- su competencia, su responsabilidad y su talento.

Esta es sin duda no sólo una expresión de no existencia programada, de ausencia construida socialmente, sino una joya alrevesada de incoherencia, de sinsentido: una expresión de auténtica y lograda imbecilidad institucional y política.

Estamos hablando del menosprecio de espacios de adquisición de competencias –y de sensibilidades- que no se encuentran en los programas de enseñanza universitaria; de espacios de discipulado perdidos; del sabotaje a la cadena de transmisión directa de experiencia, y hasta del aprendizaje de cómo no hacer las cosas; se trata, en suma, del cerco y aniquilamiento de la enseñanza personalizada de maneras concretas de enfrentar retos en la investigación, la conservación y la difusión de la cultura, pues como bien sabemos, el diablo sabe más por viejo que por diablo. Por supuesto, no nos referimos al caso del diablo decrépito.

No sería tan grave o tan patético el asunto, si no fuera además porque estamos tratando un tema que no sólo compete a la institución que nos ocupa, sino a todo el ámbito académico del país y, en particular, porque la tarea de esa institución no sólo es digna, sino esencial; no sólo es pertinente, sino estratégicamente crucial para el futuro. La investigación, conservación y difusión del patrimonio cultural –o mejor, biocultural- del país es una encomienda crítica para todo México, y la antropología y la historia disciplinas referenciales por su naturaleza integradora.

¿Podemos localizar al errático león alrevesado y ponerlo como estaba?

Es algo no sólo ya impostergable, sino posible sólo con el concurso de los jóvenes que anden por la vida con el corazón en su sitio.

 

Referencias

Hersch, Paul y Andrés Fierro (2001), “El comercio de plantas medicinales. Algunos rasgos significativos en el centro de México”, en: Rendón B., Rebollar S., Caballero J. y M.A. Martínez Alfaro (Eds), Plantas, cultura y sociedad. Estudio sobre la relación entre seres humanos y plantas en los albores del Siglo XXI, México: UAM Iztalapapa y Semarnat, pp. 53-75.

Hersch, Paul y Robert Glass (2006), Linaloe: un reto aromático. Diversas dimensiones de una especie mexicana, Bursera linanoe. México: INAH.

Laurell, Asa Cristina, “Los puntos negros de la academia”, Diario La Jornada, México, agosto 14 de 2013, http://www.jornada.unam.mx/2013/08/14/opinion/a03a1cie

Santos, Boaventura de Sousa (2005), “Hacia una sociología de las ausencias y una sociología de las emergencias”, en: Santos, B. de S., El milenio huérfano. Ensayos para una nueva cultura política, presentación de Juan Carlos Monedero. Madrid: Ed. Trotta, pp. 151-192.

Tovar y de Teresa, Rafael (1994), Modernización y política cultural, una visión de la modernización de México, México: Fondo de Cultura Económica.

 


[1] Nota: Agradezco el aporte de información del historiador Felipe Echenique March para el Gráfico 1 y el Cuadro 1.

[2] Véase: http://www.jornada.unam.mx/2013/08/14/opinion/a03a1cie