21, Mayo de 2013

Por qué si hubo genocidio en Guatemala

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En el histórico juicio por genocidio contra Efraín Ríos Montt y Mauricio Rodríguez Sánchez, como máximos responsables de las atroces masacres, que se está llevando a cabo en Guatemala, hemos escuchado a través de los más de cien testigos y víctimas que han comparecido en el juicio en estos días, vejaciones que estremecerían hasta el mismo Heydrich o Himmler. Sin embargo, una vez más, a una parte de la sociedad guatemalteca,  la urbana, letrada e instruida, aquella que escribe en la prensa diaria, parece que estos hechos le dejan indiferente. Incluso se animan a negar el genocidio o justifican las masacres como hechos aislados que se dan en cualquier guerra o como desmanes que se produjeron por parte de algunos soldados, sin ninguna responsabilidad del Alto Mando. Más o menos la mitad de los columnistas de casi todos los grandes diarios, niegan la existencia  de un genocidio en el país y, lo que es peor, intelectuales de trayectoria de izquierda, también lo niegan o dicen que no se puede generalizar porque también murió alguno que otro ladino, a pesar de las cifras que arrojan las Comisiones de Esclarecimiento Histórico, tales como la CEH y la Comisión por la Recuperación de la Memoria Histórica (REHMI), que confirman que el 83% era población maya no combatiente.


También existe una vertiente negacionista que afirma que el juicio contra Ríos Montt es un montaje de la izquierda, las ONGs y la iglesia católica, que  perdieron la guerra y que ahora quieren ganar la batalla jurídica para justificar su derrota, con el apoyo de la comunidad internacional. Hay quienes aceptan que se cometieron algunos atropellos y que habría que condenarlos pero que “una declaración de genocidio haría mucho daño a la imagen del país”, como si el país no tuviera ya una mala imagen con la permanente violencia y violación de los derechos humanos y como si la comunidad internacional no conociera todos los hechos del pasado.

Yo no voy a entrar a rebatir estos argumentos sin peso ni fundamento porque me parecen un insulto para la razón y la inteligencia y sobre todo me parecen de una falta de conciencia y sensibilidad que solo se puede explicar, una vez más, con el tema del racismo porque para las elites blancas, como bien decía una mujer de esas que se consideran “blancas”, “no hubo guerra porque no murió gente”. Cuando le dije la cantidad de muertos que se habían producido durante el conflicto armado respondió “¡ay chula!, esos no eran gente, eran indios”. En ese contexto racial y racialista, se puede entender por un lado los editoriales de ciertos periódicos y la indiferencia de buena parte de la población urbana de la ciudad de Guatemala.


Pero como digo, no tengo interés de entrar en un debate tan falto de argumentos como de razones,  lo que pretendo es plantear cuáles son las razones y los argumentos que me llevan a afirmar que sí hubo racismo y genocidio en Guatemala, a la luz de los hechos, utilizando otros estudios de académicos expertos en genocidios que han estudiado otros casos similares al nuestro, por ejemplo, en, Bosnia, Ruanda, Armenia o el holocausto judío.

Parece obligado volver a dar la definición de genocidio según la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio de 1948. La convención define como el delito de genocidio, “cualquiera de los actos mencionados a continuación, perpetrados con la intención de destruir total o parcialmente a un grupo nacional, étnico, racial o religioso como tal:

a)    Matanza de miembros del grupo

b)    Lesión grave a la integridad de los miembros del grupo

c)    Sometimiento intencional del grupo a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física total o parcial.

d)    Medidas destinadas a impedir nacimientos en el seno del grupo

e)    Traslados por la fuerza a niños del grupo a otro grupo”

Las debilidades y ambigüedades de esta definición son, a todas luces, uno de los debates más fuertes en los últimos años y no vamos a entrar en ello, debido a que este juicio por sus características internas va a ser juzgado por las leyes nacionales y por el código penal guatemalteco en el que la definición es la siguiente:

Comete delito de genocidio quien, con el propósito de destruir total o parcialmente un grupo nacional, étnico o religioso, efectuare cualquiera de los siguientes hechos:

• Muerte de miembros de grupo.
• Lesión que afecte gravemente la integridad física o mental de miembros
del grupo.
• Sometimiento del grupo o de miembros del mismo a condiciones de
existencia que puedan producir su destrucción física total o parcial.
• Desplazamiento compulsivo de niños o adultos del grupo, a otro grupo.
• Medidas destinadas a esterilizar a miembros del grupo o de cualquiera
otra manera impedir su reproducción”. (Código Penal. Artículo 376).

No vamos a entrar en los problemas jurídicos que tiene estas definiciones ni en los debates que se han generado al respecto, solo queremos resaltar que hay  algunos aspectos básicos que deben de ser analizados y reflexionados y sobre los que haremos girar nuestra argumentación.

  1. El  hecho de destruir total o parcialmente a un grupo étnico, racial o religioso  como tal.
  2. El proceso por el cual se establecen las pautas de un  genocidio.
  3. Los elementos que pueden contribuir a determinar si es o no un genocidio, es decir las presunciones de intencionalidad.
  4. La protocolización de la violencia en los casos de las  violaciones sistemáticas de las mujeres.
  5. La categorización o diferenciación entre genocidio, crímenes de guerra crímenes de lesa humanidad, limpieza étnica y otros  actos de violencia.

Empecemos por el primer artículo, de los cinco que intentaré escribir a lo largo de este juicio. Resulta una evidencia, a la luz de los hechos y  por los testimonios que hemos escuchado, así como por lo que se deduce de los planes elaborados por el ejército, Plan Victoria 82, Firmeza 83,  Plan de operaciones Sofía y las tesis de ascenso escritas por militares para alcanzar un grado superior, que hubieron una serie de planes y campañas destinadas a llevar a cabo un aniquilamiento de la guerrilla y de los grupos étnicos que habitaban esa región, con el objetivo de “quitar el agua al pez”, “quitar el mar humano a la guerrilla” o  la frase de “cada mazorca es un guerrillero”.

Estos proyectos fueron diseñados, planificados y concebidos desde el Alto Mando, hasta el detalle, con campañas como la que se contempla en el Plan Sofía  con el fin de exterminar a los guerrilleros y a la población civil que supuestamente eran su base de apoyo. A pesar de que, en muchos de los informes del ejército, se afirma que hay muy poca presencia guerrillera en la zona. No obstante en esa región Ixil, que se le denomina por parte de los militares como “triángulo Ixil”, se decide hacer una “intervención roja”, acabar con la población civil FIL y ENO para “quitar el mar humano a la guerrilla” y “las hojas y raíces al árbol”. La frase de unos de los testigos protegidos “no hay mejor indio que el indio muerto”, es otra de los múltiples indicios de exterminio de un grupo étnico como tal.

A mi juicio esta estigmatización de los grupos étnicos, como subversivos y comunistas y que convierte a todos los indígenas de ese grupo en una amenaza pública, es una de las razones principales por las cuáles se llevó a cabo la aniquilación de un grupo étnico como tal.

Esta construcción histórica del prejuicio del indio, primero, como haragán, maleante, ladrón, después, en el siglo XIX, como raza inferior degenerado e irredimible y cuando estalla el conflicto armado, se le añaden los tópicos de comunista, subversivo y guerrillero,  es cuando “todos los indios” se conviertan en una amenaza pública al cual hay que exterminar.

Para muchos autores, Feierstein, Verdeja, Levi, Uvin, la ideología racista es uno de los instrumentos más poderosos para que, actos y prácticas de violencia racista se conviertan en genocidios, porque para implementar un genocidio contra un grupo determinado por razones étnicas, es imprescindible justificarlo por medio de una ideología racista y considerar a ese otro como genéticamente inferior,  un lastre o un obstáculo para el desarrollo. Como dice Feierstein, la idea de la degeneración de las razas es la que construye la imagen del otro “normalizado” como un peligro público para el conjunto de la población y es el Estado o los grupos hegemónicos los que deciden su exterminio.

Coincido con los autores anteriormente citados que el racismo, para el caso de Guatemala, es el mecanismo simbólico y justificativo que hace posible que los aparatos ideológicos y represivos del Estado decidan exterminar a unos ciudadanos frente a otros justificando su exterminio en función de un discurso biológico-racial, lo que Foucault llama la biotecnología del poder.

De modo que el discurso racista es lo que justifica las prácticas racistas y lo que lleva a la eliminación de un grupo étnico al considerarlo raza inferior, enemigo interno, “prescindible” o no normalizable.

El genocidio siempre va dirigido hacia un grupo étnico, racial o religioso. En el caso de Guatemala y durante el conflicto armado, se reconoce que se cometieron actos de genocidio en contra del grupo Ixil, Achi, Chuj, Q´anjobal y  K´iché. Ese proceso de aniquilamiento fue un proceso de una violencia letal y continuada con un grado de coordinación y planificación desde el Estado, desde el Alto Mando, cuyo objetivo fue la destrucción total o parcial de un grupo étnico, situado en un área geográfica aislada y cercana  a donde estaba la guerrilla, pero que no era una zona de combates y en donde la población no era combatiente y estaba desarmada.

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