Reflexiones entre dos tiempos: diciembre de 2014- enero de 2015

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Albert Camus (1913-1960) conocido polígrafo franco-argelino adscrito a la izquierda irreverente y políticamente marginal, quizás inauguró un sub género en la tradición letrada del siglo XX, digo quizás porque no tengo la plena certeza de ello. Me refiero a los Carnets, textos redactados al ritmo de la fugacidad de los acontecimientos o de las propias experiencias, espontáneos, reflexivos e irreverentes presumiblemente con la intención de  potenciar la memoria y el sentido crítico para su propio solaz. Camus nos legó el derecho a escribir piezas breves e incisivas pero sin mayores pretensiones.

Este artículo congrega textos sueltos de mi autoría casi inéditos, redactados atendiendo el pulso de la realidad local y mundial así como el de mi propia sensibilidad. No son precisamente parte de unos Carnets aunque guardan por sus formas más que por sus orientaciones y estilo, una cierta proximidad. Afirmo que son escritos casi inéditos porque los pegué con errática intermitencia en el muro que poseo en el face… Los acompaño de imágenes atendiendo el factor motivacional y su fuerza expresiva. Texto e imágenes se enlazan lúdicamente y ensanchan el horizonte de mis ideas. Unos más que otros, son eventualmente leídos por un pequeño círculo de personas que de vez en vez siguen mi peculiar modo de pensar y escribir a contracorriente. El orden en que los presento respeta el tiempo de su enunciación, entre el cierre de 2014 y el inicio del 2015: el derrotero latinoamericano del «Pensamiento Alternativo», la sátira en imágenes y el terror (Yo no soy Charlie…);  el ritual  abierto y multitudinario del  Año Nuevo y el legado de José Martí;  la Navidad como ritual familiar y José Carlos Mariátegui, y por último, mi renovada adhesión al juvenilismo de cara a la emergencia de grandes y significativos movimientos juveniles en México, Perú y China.

 

I. Derrotero latinoamericano del Pensamiento Alternativo

¿Puede considerarse al denominado «pensamiento alternativo» una vía latinoamericana en desarrollo del pensamiento crítico contemporáneo? La respuesta es afirmativa. Su fundamento epistémico se afirma en esa zona liminar en que convergen las disciplinas humanísticas y las ciencias sociales modeladas por la modernidad y la posmodernidad frente a la realidad continental. Los cultores del pensamiento alternativo latinoamericano insisten en que dichos saberes nos son ajenos a los lastres institucionalizados del colonialismo y del neocolonialismo y que dicha zona liminar, carece de asepsia y neutralidad ideológica por lo que su vigilancia va acompañada de una voluntad autocrítica. La mitologización académica de las llamadas «certificaciones» internacionales que pautan y modelan las formas de la enunciación y que filtran las llamadas «palabras clave», y juzgan arbitrariamente la calidad de las fuentes del conocimiento, han seducido a buena parte de las academias. Por lo anterior, el pensamiento alternativo fustiga el  papel conductor y manipulador que  juegan conocidos  grupos de interés anglo-norteamericano, es decir de poder transnacional. Frente a esta ofensiva productivista de las certificadoras del Norte que apunta a favorecer el «pensamiento único» se erigen a contracorriente quienes adhieren al pensamiento alternativo. Destacaré que la sensibilidad que acompaña dicho pensamiento tiene una carga ética y axiológica de compromiso con las minorías, clases subalternas, pueblos originarios y movimientos sociales que bregan contra la desigualdad, las formas arcaicas y nuevas de coerción, exclusión y privación de la vida.

Como corriente de pensamiento ha orientado su crítica a la ofensiva «neoliberal» sin descuidar el estudio y revisión de otros legados del pensamiento occidental y no occidental o del llamado Sur.  Es notable y de plena actualidad, la reciente contribución de Hugo Biagini y Diego Fernández Peychaux de resignificar en base a una consistente y aguda argumentación al «neoliberalismo», llamándolo neuraliberalismo.( cfr. El Neuroliberalismo y la ética del más fuerte, Buenos Aires: Editorial Octubre, 2014).

El pensamiento alternativo reivindica el derecho de intervenir activamente en el horizonte de sentido de aquellos conceptos y categorías filosóficas, antropológicas, sociológicas y de otros saberes afines o convergentes que con pretensiones de rango de universalidad o generalidad, continúan incidiendo en la interpretación del proceso histórico-cultural continental así como de su problemática contemporánea, a pesar de sus debilidades cognitivas. Rectificar y ampliar el horizonte conceptual funda y nutre al pensamiento alternativo latinoamericano. Gracias a lo anterior, lo particular y lo general signan esta enunciación disidente y propositiva que a contracorriente va afirmando sus fueros y escenarios de diálogo y debate.

El pensamiento alternativo recupera las valiosas contribuciones que en diversos momentos de la historia del pensamiento latinoamericano brindasen figuras señeras como Simón Rodríguez, José Martí, José Carlos Mariátegui, José María Arguedas,  Arturo Roig, por solo citar a algunos. En el legado de estos pensadores, se ubican las fuentes primarias del pensamiento alternativo latinoamericano.

 

II. Yo no soy Charlie, no puedo serlo, no debo serlo

El proceso de secularización cobró nuevos bríos en el siglo XX y abrió la posibilidad de que el arte y la literatura desde diversas perspectivas estéticas se apropiasen de temas sagrados y por añadidura, recreasen las añejas imágenes del mal desvinculándolas de los tabús y estigmas religiosos. En esa dirección el comic y la historieta se beneficiaron de la brecha emancipadora y secular que inauguraron la literatura y el arte, convergiendo con las más atrevidas apuestas filosóficas, psicoanalíticas y sociológicas. Formulo esta reflexión sensibilizado por la conmoción mediática que ha sacudido las conciencias en muchos lugares del mundo tras el cruento e injustificable  atentado al semanario satírico parisino Charlie Hebdo, a partir de cual se han multiplicado las condenas pero también peligrosas simplificaciones, odios y estigmas antimusulmanes. A la violencia terrorista le ha salido al paso una violencia simbólica mediática que no comparto y rechazo por respeto a la interculturalidad que atraviesa y significa a este universo globalizado y urbanocéntrico.

Considero que la sátira no está exenta de alineamiento ideológico y la que practicaba el semanario francés no era la excepción, lo refrendan sus deslices y empatías implícitas con las tesis maniqueas y racistas de Samuel Huntington. Charlie Hebdo ha publicado algunas humoradas y sátiras contra el catolicismo o el judaísmo, pero su liviandad se hace visible frente a las que dedica a los musulmanes y jihadistas metiéndolos en un mismo saco. La veta inconoclasta de los humoristas de Charlie Hebdo es arbitraria y desigual. Recurrir al artilugio de una pieza de la indumentaria de los musulmanes, el turbante, tiene como propósito atribuirle las excrecencias caras a un sector extremista a todas sus comunidades, nativas o migrantes es una generalización abusiva, un estereotipo hermanado al estigma que se quiere propagandizar. Una de sus portadas banaliza y caricaturiza la masacre realizada contra una manifestación pacífica antidictatorial convocada por los hermanos mulsumanes en Egipto. La irreverencia es un atributo del arte de caricaturizar pero también, bajo ciertas circunstancias, motivaciones e intereses deviene en arma ideológica dirigida contra un actor, individual o colectivo. La libertad de caricaturizar se ubica en una arena presidida por el paradigma del conflicto. No es una libertad defendible si denigra y difama al otro cultural. Muchos de mis colegas, amigos y familiares se sorprenderían del humor islámico, el cual existe a pesar de los repudiables extravíos jihadistas. Comparto con ustedes unas imágenes de portada de dicho semanario para que ustedes evalúen sus alcances. Yo por mi parte, me sumo a las voces disidentes que dicen: Yo no soy Charlie, no puedo serlo, no debo serlo. Una fundada razón bioética pero también política me orienta a condenar el vil atentado. Razones axiológicas a favor de la vida y al respeto a la diferencia etnocultural de mis prójimos sustentan mi reflexión y posición disidente.

 

 

III. Reflexiones de Año Nuevo, tocado por la brisa del 2015

Compartiré con todos ustedes una reflexión acerca del tiempo y del año nuevo retomando algunas ideas de José Martí, poeta, ensayista y combatiente de la libertad y de la identidad, no sólo de su entrañable terruño insular, sino de toda Nuestra América. Martí en la representación pictórica que he elegido para ilustrar mi dicho parece decirnos: ojo al tiempo, ojo al año nuevo, ojo al camino sin perder de vista el horizonte.

 En la valoración moderna del tiempo destacan los calendarios, las cronologías y las fechas conmemorativas, tan presentes en los discursos políticos y religiosos, las cuales no han dejado de reproducir cierta fetichización de los días y los años, de los siglos y las épocas. Cuentan igualmente las prácticas ritualizadas del tiempo circular, encapsuladas en nuestro calendario lineal. La simbolización del tiempo americano realizada por Martí, debe ser vista en su original manera de ir a contracorriente de las estereotipadas formas de temporalización propias de un contexto ideológico–cultural de inconfundible filiación positivista y evolucionista en el terreno intelectual y de fuertes anclajes judeocristianos. Nuestro pensador tomó distancia frente a la moderna linealidad temporal que permeaba el imaginario de nuestros intelectuales y sus modos de representar los orígenes, así como el futuro de ese nosotros, en continua y accidentada construcción frente a las fuerzas e intereses neocoloniales. La simbolización martiana de «Nuestra América» se afirma como deseable elaboración utópica, significándola y valorizándola.

 La laicización de la visión escatológica del tiempo en el curso del siglo XIX, tras los impactos de la revolución industrial, fue acompañada de una certeza sobre la aceleración del tiempo histórico. Martí parece ilustrar esta visión al sostener que la existencia de un continuum temporal socialmente vivido comienza a ser culturalmente significado por los hombres, sobre todo para abrir espacio a sus deseadas y justicieras representaciones utópicas, a través de la configuración de fechas símbolo. Así nos dice:

«Nada es en la verdad de la vida, un año que acaba, ni otro que empieza; pero el hombre, desconfiado de sí como perdido en un choque continuo tremendo de las corrientes humanas, en el choque trágico inevitable del egoísmo desidioso y la abnegación activa, que es al fin de cuentas, la historia toda del mundo, gusta y necesita de detenerse de vez en cuando en el camino, para limpiarse el rostro, la sangre y el sudor, y volver al cielo los ojos de su esperanza. »

La lectura martiana del tiempo representado y vivido no puede dejar recuperar su condensación simbólica y ritual, para explicarnos que se trata de una expresión cultural de alcance universal y tonos festivos:

«Ha nacido un día nuevo. Cada época se pone en una fiesta que la representa y refleja sus ideales. Naturaleza, en todas partes igual, celebra sus mudas, con uno u otro vestido, en todas partes, ya libando la sangre de las uvas, ya segando la garganta del cordero. »

El pensador cubano nos aclara que la fiesta simboliza un modo cultural de marcar el tiempo a lo largo de la historia de los pueblos, sostenido gracias a la energía de los sentimientos y creencias populares. El ideal sin el sentimiento fuerza no es nada, parece decirnos Martí, distanciándose de la formal matriz positivista y racionalista de su tiempo. La emocionalidad festiva no degrada el ideal en este tiempo ya secularizado; por el contrario, afirma desde su base popular su valor histórico y cultural. Carguemos de emocionalidad positiva y solidaria los días venideros, considerando que buenas ideas ya hemos echado al viento en demasía, muchas veces sin rumbo certero.

 

IV. José Carlos Mariátegui y la Navidad

La navidad -qué duda cabe- conserva fuerte arraigo en las tradiciones culturales de América Latina. Como antropólogo no termino de sorprenderme de los modos populares de celebrarla. La evangelización franciscana popularizó los "nacimientos" a partir del siglo XVI, mientras que el árbol de navidad, el símbolo más profano que la acompaña, llegó tardíamente y se expandió durante la segunda mitad del siglo XX. Mi filiación agnóstica no me inhibe de participar de su celebración. Sucede que tengo gran aprecio por el ritual de la cena familiar de "noche buena" por su sentido comunitario. Me sumo con entusiasmo a su despliegue de afectos e intercambio de simbólicos dones o regalos, el cual se reedita en los espacios familiares de mi entorno vecinal o citadino. Tengo el hábito de mandar o recibir saludos navideños.

Para todos ustedes van mis saludos decembrinos y a modo de regalo les ofrezco la lectura de «Divagaciones de Navidad» escrito en la ciudad de Lima a fines del año de 1923 por José Carlos Mariátegui. Nuestro insigne ensayista propone entre otras cosas su valor y una aguda distinción cultural entre su celebración europea y latinoamericana: http://www.marxists.org/espanol/mariateg/oc/la_novela_y_la_vida/paginas/divagaciones%20de%20navidad.htm

 

V. Juvenilismo y movimientos juveniles emergentes

La juventud, muchas veces tiene la razón, algunas veces no. Cuando la razón la asiste suele probar hasta qué punto sus mayores son insensibles o incapaces de seguir el espíritu de la modernidad: el cambio social, y hasta qué punto, los viejos se han vuelto fabricantes de prejuicios y estereotipos descalificadores que esgrimen contra ella. El dilema mayor de los movimientos juveniles sucede cuando les toca enfrentar el inmovilismo o arcaísmo autoritario de sus gobiernos y de los grupos de poder. Me refiero a los grandes movimientos juveniles con proyección histórica en los campos de la cultura, la sociedad y la política, no a sus expresiones marginales y desbocadas. Formulo estás reflexiones sensibilizado por los movimientos juveniles de justa protesta que vienen cerrando el 2014 con mil y un acciones simultáneas en México, Perú y China, las cuales a través de las redes sociales se han expandido solidariamente por muchos países. Los particularismos de las demandas estudiantiles nacionales signan las diferencias sin negar sus convergencias con otras que despuntan en la actual coyuntura: Refuerzan la proximidad comparativa su composición social y generacional, así como sus diestros manejos de las redes sociales locales e internacionales. Sostengo que en este mundo global, hay que mirar los procesos sociales de otra manera.

Los jóvenes mexicanos luchan por el respeto a la vida, por el derecho a la transparencia gubernamental, contra la simulación de la procuración de justicia y la impunidad. Los jóvenes peruanos, luchan por su horizonte de vida vinculado al trabajo y al proyecto de nación, los jóvenes chinos, bregan a favor de un orden político democrático, libre de corruptelas e inequidad social.

Mi juvenilismo ya no es compartido por la mayoría de mis colegas universitarios que no desean contaminarse de realidad, es decir, de reflexión crítica y menos de ejercicio solidario. No desean ser afectados en sus bien ganadas posiciones gracias a su inconfesable adicción a la “productividad” académica. Debo precisar que nuestras raíces ideológicas juvenilistas abrevaron en las experiencias de vida de nuestra generación, aquella que en 1968 formaba parte de la juventud universitaria y que dio probadas muestras de una justa y razonada voluntad de querer cambiar los viejos órdenes sociales, culturales y políticos. Nuestros movimientos generacionales fueron estigmatizados por la maquinaria de la guerra fría y reprimidos. En ese entonces, tanto en la ciudad de México como en la de París se dibujaba la cresta de esa oleada de protestas y movilizaciones juveniles en casi todo el mundo.

Aclaro que la oleada internacional de los movimientos juveniles sesentaiocheros no fue la primera del siglo XX. Durante el ciclo de movilizaciones estudiantiles librado en América Latina durante los años de 1918 y 1930, se logró renovar las anquilosadas universidades y se ampliaron los derechos de los estudiantes y profesores. Gracias a los estudiantes la autonomía- más allá de sus temporales reveses- quebró las bases autoritarias e injerencistas de los gobiernos no siempre legítimos. Gracias a la reforma institucional los profesores se beneficiaron de las cátedras paralelas y del reconocimiento de la pluralidad de ideas.

En la actualidad, muchas organizaciones juveniles siguen levantando sus voces de protesta contra los gobiernos y los mal llamados «representantes» de la ciudadanía. En el Perú impugnan una ley que prescribirá el empleo juvenil precarizado al servicio de las voraces corporaciones empresariales. Maltratar a la juventud atenta contra el futuro de la nación y eso no le importa a muchos gobiernos ni a sus llamadas “clase política”, mucho menos a sus élites económicas. Pienso en la actual lucha de los jóvenes mexicanos demandando el retorno de los normalistas secuestrados por las fuerzas del orden a los que quieren vivos de vuelta. Evoco las precedentes, esas memorables movilizaciones de los jóvenes mexicanos contra el oligopolio mediático de Televisa y Azteca por nutrir de valores antidemocráticos el imaginario popular, iniciado desde los campus de las más prestigiadas universidades privadas y que inflamó el espíritu juvenil de las universidades públicas.

La historia de las grandes protestas juveniles en el mundo nos muestra que sus demandas son justas y sus realizaciones pueden ser de largo aliento y tenor positivo para sus sociedades. Mi mejor aliento decembrino, víspera de navidad y año nuevo, para esos jóvenes que saben de ideales y voluntades de obrar justicieros cambios.

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