Número 66

16 Hay mucho de mi lugar de enunciación que se trasluce en esta historia: los buenos moda- les son un asunto que tiende a civilizarnos, a europeizarnos, a blanquearnos. Tenemos ma- nuales de Carreño, y muchos libritos más para quitarnos lo salvajes, lo bárbaros, lo prietos, ¿lo indios? Nos enseñan a ser racionales, a tomar distancia, a cerrar la boca, a cruzar la pierna, a no vernos necesitadas, a no molestar a los im- portantes, nos enseñan quién se sienta del lado principal de la mesa, cuáles son nuestros roles de género, de edad, de etnia, que “el que paga manda”, que las mujeres sirven, que deben ha- cerse invisibles. Mi mamá no quería colonizarme, quería pre- pararme para el sistema-mundo moderno, y no había más camino que aprender a asimilarnos. Civilizarnos. Controlarnos. Aprendí que tenía que esperar, como mujer blanca de cierta clase social: esperar a que me abran las puertas, que saquen las sillas, que sirvan las bebidas, que lla- men, que busquen, que pidan matrimonio… Yo, como quizá ustedes, creía que esto no tenía nada que ver con la ética y la moral que es- tudiaba en la facultad de filosofía. Tan lo creía, que recuerdo mi molestia cuando leí el artículo “La gabardina de la ética” de Cornelius Casto- riadis 1 , ensayo en el que sostiene que la ética ha sido históricamente un instrumento de domina- ción de las élites para controlar, para oprimir a los subalternos, que es una especie de cobija de clase para blanquear los crímenes e inmora- lidades que sólo se permiten quienes son jueces –y parte– de la moralidad: los dominantes. Los jefes. Los patrones. Los mandones. En ese momento, para una estudiante de filo- sofía que quería dedicarse a la ética y que admi- raba el pensamiento de Castoriadis, era imposi- ble aceptar que Castoriadis criticara la disciplina que yo quería practicar. Decidí ignorarlo, pensar que se equivocaba, que tenía la definición inco- rrecta de ética y de moral. Que la ética podía ser eso, pero no era necesariamente eso. Aún creo que la ética es y puede ser más que una gabardina que usan las clases dominantes para cubrirse. Aún creo que la ética podría –y debería– ser mucho más que reglas de urbani- dad o que alguna especie de compromiso abur- guesado. Pero también hoy puedo decir que las éticas de la modernidad son colaboradoras de su proyecto civilizatorio. Que las éticas de la justi- cia, las éticas utilitaristas (de las que se despren- den las famosas deontologías) han justificado las colonialidades. Estas éticas se han alineado con el sistema-mundo moderno, de manera que hay mucho escrito sobre lo que sería “justo” si ignoramos toda la injusticia, toda la historia y todos los genocidios pasados y presentes. Las éticas modernas prescriben amnesia, distancia, individualidades, autosuficiencia y olvido. Las éticas modernas han producido activamente las normas civilizatorias para las subjetivaciones y las subalternizaciones, además de que han igno- rado todos los escándalos morales infligidos por las élites y, de esa forma, han producido activa- mente su inexistencia. 1 Castoriadis, Cornelius, Ciudadanos sin brújula , Ciudad de México, Coyoa- cán, 2002 (Filosofía y Cultura Contemporánea).

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