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su ejemplo, el compromiso de un sacer-

docio con el pueblo y para el pueblo y no

con el poder y los explotadores. Asimismo,

como sociólogo, instó expresamente a sus

alumnos a asumir el sentido de la ética y la

realidad social, por encima del arribismo

pragmático de la academia al servicio de

los yanquis y la oligarquía.

Asimismo, el Papa ofició misa en San

Cristóbal de las Casas un día antes del 16

de febrero, fecha en que se cumplieron

20 años de los acuerdos de San Andrés,

incumplidos y traicionados por el Estado

mexicano en la máxima representación de

sus tres poderes de gobierno: ejecutivo,

legislativo y judicial. El crimen de Acteal

expresa la verdadera cara paramilitar de

ese Estado criminal. La figura de Samuel

Ruiz, como obispo de la paz y del diálogo,

estuvo presente en esa visita papal, como

pudo observarse en la ceremonia en la que

el pontífice decretó que las lenguas indí-

genas serían permitidas en la liturgia de

la misa. No escapó para los observadores

y menos para los pueblos indígenas, el

importante mensaje de Francisco, basado

en su Encíclica

Laudato Si,

 en la que hace

un importante llamado a cuidar la casa

común y en la que reconoce a los pueblos

indígenas, de quienes, afirmó “tenemos

mucho que aprender.”

En aras del equilibrio, no pasa desaper-

cibido que ciertamente, en su visita, Fran-

cisco se negó a recibir a los padres de los

estudiantes de Ayotzinapa y a las víctimas

de la pederastia, y no se manifestó direc-

tamente respecto a esos y otros ultrajes

significativos y lacerantes. Están ahí, espe-

rando una justicia pendiente y atestiguan-

do contradicciones también pendientes de

resolución. Cuidarse de incomodar a los

poderosos no es el camino para esa reso-

lución, pues callando, se otorga. Se llaman

silencios funcionales.

Foto: AP

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