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bitan los pueblos indios campesinos, hoy

despojados de sus tierras, con millones de

ellos también desterrados de sus campos

y países, y que viven bajo el terror y la

miseria o que en el camino a la utopía

de Hollywood caen en la esclavitud o la

muerte, o en el paso de fronteras y ya en

los territorios añorados caen en las redes

de la migra y son deportados a su lugar

de origen. Y así muchos que ya llegaron

vuelven al mismo sitio del que habían

buscado escapar.

La emigración de los miserables alcan-

za a millones de seres humanos de acuer-

do con las estadísticas oficiales, y esos mi-

llones son mucho más cuando no sólo se

incluye a quienes emigran a otros países y

continentes, sino a los que emigran de un

lugar a otro en su propio país, y dejan las

tierras y casas de sus mayores. En estu-

dios recientes –es cierto-, se ha descubier-

to que la mayoría de los emigrantes no

viene de los más pobres, sino de las clases

medias con profesionales y técnicos que

tienen los recursos necesarios para pagar

transportes costosos. Sumado este hecho

a los anteriores, en que la mayoría de las

víctimas siguen siendo los pobres, se ve

que junto a la destrucción de las ciudades

e infraestructuras se está cambiando la

política que Andre Gunther Frank calificó

de “desarrollo del subdesarrollo” por una

política de “subdesarrollo del desarrollo”,

que alcanza a numerosos países que vi-

vieron con las ilusiones de los gobiernos

desarrollistas. Para colmo de males, a los

desastres de la guerra y de la emigración

se añade la disminución de la esperanza

de vida, y el incremento de la tasa de mor-

talidad por las hambrunas y pandemias y

por el aumento de los desastres ecológi-

cos producidos por el creciente peso eco-

nómico-político-cultural e informático

de las corporaciones y sus subsidiarias, y

por los desastres ecológicos derivados de

grandes incendios, inundaciones, y polu-

ciones del agua, la tierra, el aire, los lagos,

los ríos y el mar, hechos a los que se aña-

de la disminución y desaparición de nu-

merosas especies animales y vegetales y

las afectaciones del medio ambiente des-

de el Polo Norte hasta el Polo Sur en que

los deshielos causan la muerte de osos y

esquimales.

A lo desagradable que resulta hablar de

todo esto, se añade lo doloroso de vivirlo

en carne propia. Pero como dijo un inglés

notable “a todo nos acostumbramos”.

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No puedo menos de esbozar aquí esta

breve descripción del mundo en que vivi-

mos. Lo hago a sabiendas de que me en-

cuentro ante los miembros e invitados de

un organismo vinculado a la educación, la

ciencia y la cultura.

La emoción que expresan verdades

como éstas hace necesario un conoci-

miento de la ciencia, la cultura y la pe-

dagogía que impulse acciones respon-

sables destinadas a enfrentar, explicar y

construir alternativas a una situación que

en nuestro tiempo tiene enredadas las

cabezas con profundas incógnitas, ante

innegables dificultades y ante obstácu-

los abrumadores, en que la firmeza de las

convicciones propias y de la fuerza de los

pueblos, a pesar de todo y por encima de

todo, nos llevará a repetir el firme clamor

de “¡VENCEREMOS!” con la convicción

de que, “más temprano que tarde”, como

dijo Salvador Allende, nuestra nueva pro-

clama de “otro mundo posible” se conver-

tirá en realidad.

Nosotros aquí, y muchos otros en

otros muchos lugares de Nuestra América

y otros continentes, podemos contribuir

al nuevo pensamiento crítico y creador

que asuma los problemas y los enfrente

en sus movimientos insumisos al amparo

de la ciencia, la cultura y la educación.

La prioridad de los problemas a en-

frentar –estoy seguro– es la política del

desconocimiento, del engaño y de la

barbarie reinantes, precisando la actual

organización de la vida y del trabajo en

el mundo, y no sólo buscando y practi-

cando las alternativas más idóneas, sino

atendiendo un problema no menos grave

y descuidado: el de los procesos de tran-

sición a un mundo en que la vida y el tra-