Número 26
34 caballero andante, Don Durito de La Lacandona, escarabajo con los tiem- pos trastocados. También el Sub señala, en la entrevista con Laura Castellanos, a la pregunta sobre los dos relojes que lleva en las muñecas: “Eso es el movimiento. La disparidad de nuestro tiempo y el de ustedes. Van atrasados por cierto”. Esto que pareciera una humorada cobra importancia fundamental en planes y programas, en procesos y movimientos indígenas que trastocan el tiempo oficial, el tiempo burocrático de la clase en el poder, el tiempo de las elecciones, el tiempo del com- padre, del padre, de las compras, un tiempo pervertido por los medios masivos y el poder establecido. Christine intuye algo que los caxlanes hemos sido incapaces de entender medianamente: el desfase entre la tempora- lidad occidental y la temporalidad indígena; en otras palabras los relojes, calendarios, cronómetros, marcan un tiempo donde pa- sado, presente y futuro son omnipresentes mientras en ellos no rige tal distinción. En su apartado “Los dibujos de los ni - ños”, Christine presenta esos dibujos no sólo ilustrando su texto complementándolo, trasladándolos a otra dimensión estética que valdría la pena utilizar en la segunda edi- ción; sobre el partular nos describe: llevó papel para dibujar y crayolas… los niños prácticamente se los arre- bataron de las manos… Las crayolas agarradas con fuerza y torpeza entre los dedos, así pintaron. Flores, gatos, pájaros, casas radiotransmisores… Sobre todo en los motivos más recu- rrentes se podía apreciar una mano ordenadora, un esquema predispues- to, que tradujo la imagen interior en formas exteriores. La manera de di- bujar reveló un patrón básico apren- dido. El gato con altas orejas agudas y afiladas, el cuerpo de bola y la cola en espiral en movimiento descendien- te, las flores con pétalos alrededor de un cáliz circular… No predominaba ninguna disposición geométrica, sino más bien se trataba de llenar un espa- cio vacío. Las formas se repitieron y resultaron, ante los ojos del especta- dor, como un baile alrededor de algo que no tenía centro… Las dimensio- nes y las proporciones de las partes del dibujo no correspondían al tama- ño natural. Así que un árbol podía te- ner el mismo tamaño que una mari- posa o una flor… Resulta interesante cómo se trasmite la ideología, a tra- vés de las representaciones de los hé- roes del movimiento, a través de los días feriados que se diferenciaban del calendario oficial. ¿Acaso la nueva ideología está relacionada nuevamen- te con un personaje dominante? ¿O más bien, existe una necesidad para la fantasía de ligar los deseos, las es- peranzas y las ideas a una persona?... Muchos de los dibujos combinaban lo gráfico con lo escrito… las palabras se escribían en tzolzil” (p.63) Por último, en otro de sus breves capítu - los, “Fotografías”, la autora eñala: “El último día de mi estancia en Tsanembolom final - mente me atreví a sacar fotos de los niños. Todos estaban emocionados y posaron para mí. Todos querían ser retratados y ver su fo- tografía en la pantalla de la cámara digital
” (P. 67) Resulta muy afortunada su manera de proceder, el atreverse a fotografiar a niñas y niños el último día de su estancia. Así hay que hacerlo por cuestión ética y por qué no, estética; no podríamos proceder al revés: fo- tografiar cuando no conocemos a las perso - nas, cuando no nos hemos interiorizado en su cultura, sus tradiciones, su cosmovisión. Este proceder de Christine rompe con la tra- dición caxlana de irrumpir, cámara en mano, en poblaciones indias a las que apenas co- nocemos y que finalmente resulta una agre - sión, de forma directa o indirecta. Saludo la edición de chiapas. Señales y espero que en ella lean con otros ojos y otras miradas desprejuiciadas a pueblos que en pleno siglo XXI todavía desconocemos.
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