Número 26

21 larañas del presentismo reproducen pare- cidas representaciones y creencias acerca de los espacios rurales locales o regionales. Por lo anterior, resulta deseable impulsar un enfoque interdisciplinario sobre dicha problemática, analizando de otro modo las relaciones entre cultura y naturaleza del presente regional, sin renunciar a develar sus vasos comunicantes con el tiempo pre- cedente. Estamos a buen tiempo, de pres- tar sostenida atención al desarrollo de los proyectos predatorios de las mineras cana- dienses en el Estado de Morelos, que repi- ten lo que otras empresas realizan en otras regiones de México, o en otros países. No nos debe sorprender que el capital minero, o de otro tipo, al erigirse en polo de inver- sión y explotación generen mecanismos de control y subordinación en los pueblos, compre los favores de la burocracia estatal y federal y convierta en corifeos suyos a algunos académicos. El capital, la política y el saber carecen de neutralidad. El caso que analizamos nos remite a otro espejo regional donde operan pareci - das y convergentes fuerzas e intereses pre- datorios de naturaleza y cultura. El capital predador es uno y diverso, transnacional o nativo y por ende, alberga contradiccio- nes en su seno, pero nunca mayores a las desarrollan frente a las minorías étnicas y clase subalternas y a la propia naturaleza. Más allá de la distancia temática y tem- poral con las preocupaciones morelenses actual sobre la minería, el lector atento podrá descubrir vetas de reflexión sobre las excrecencias del capitalismo realmente existente en nuestro país. Destacaremos el drama del impacto ganadero en la región istmeña de Veracruz, como modo ecocida y etnocida. Mírese de otro modo en ese espe- jo del capital lo que la minería, en términos de mayor envergadura puede representan para la naturaleza y la cultura morelense. Entre 1988 y 1994 realizamos periódi - cas incursiones etnográficas constatando que el proceso de desforestación de esta zona del trópico húmedo y la implantación mercantil de ciclos agropecuarios mercan- tiles, fue acompañado de la desestructura- ción cultural de los popolucas, tan devas- tador como el que PEMEX generaba en el modo de vida de las poblaciones nahuas. La categoría rectora de análisis se centra en la tierra – y el agua- como medios de producción, como bienes de vida enlaza- dos a la cultura y como factor de estructu- ración y recomposición del poder regional, alienación y resistencia. Economía depredadora y territorialidad étnica En este contexto regional se ubicaba la zona industrial petroquímica más relevan- te del estado de Veracruz y del sureste del país. En este ámbito localizamos una red urbana altamente jerarquizada: Minatit - lán-Coatzacoalcos-Acayucan, frente a su hinterland rural indo-mestizo. El desarro- llo portuario fluvial de altura de Coatza - coalcos contrastaba con un paisaje rural dominado y en crisis ecológica y económi- ca por la acción de la ganadería extensiva, la entronización de nuevos cultivos forra- jeros, la fruticultura, el café y el tabaco, en perjuicio del cultivo tradicional maicero y del uso racional indígena del ya abati- do bosque tropical. 1 Los datos censales nos permiten trazar un cuadro comparativo de los procesos de cambio en la región istme- ña con particular incidencia en la pobla- ción popoluca. A lo largo de la década de los setenta del siglo pasado la población popoluca res- intió cambios en su inserción en la PEA a escala municipal y regional istmeña. Hasta 1980, la PEA regional ocupada en activida - des agropecuarias representaba el 62.5 por ciento, seis puntos porcentuales arriba del promedio de su población rural. En los mu- nicipios de Soteapan, Sayula y Hueyapan de Ocampo, el 77 por ciento de la PEA se ubicaba en la agricultura. 2 Este panorama se modificó de manera visible según los datos censales de las dos décadas siguientes. 1 Velasco Toro, José. Marginalidad en las regiones con pobla- ción india en Veracruz. Veracruz 1986, IIESES, p.30. 2 Velasco Toro, José Ibíd. p.31.

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