No. 53, Abril-Junio

Traduciendo el “proceso electoral” para nuestros jóvenes

 

Bajo opacidad, información incompleta, y entendimiento parcial,
mucho de lo que no entendemos es etiquetado como “irracional”[1]
Nassim Nicholas Taleb

 

No es la primera vez que paso por esto, en realidad me han tocado cinco elecciones viva, de las cuales recuerdo tres. Si usted es de esas personas que tiene todo claro respecto a cómo es la política mexicana, si tiene claro qué hará en julio, cómo votar, qué va a suceder, me temo que no tengo nada que compartirle; ni tengo certezas, ni está por venir un resumen histórico para colonizar y educar sobre “política”.  

Más bien, quisiera resumir en estas líneas que hay motivos para sentirse desorientado, que este proceso pone de relieve la paradoja de la libertad, lo dramático de la democracia y el poder de la cultura que parece comernos.

Me gustaría también elaborar sobre la nueva política que están inventando nuestros jóvenes,  revalorar que otro mundo sí es posible, que lo está siendo, incluso dentro de esta estructura. Hay que saber que la llegada de ese mundo que comenzamos a construir es, como siempre ha sido, urgente, porque va cobrando vidas, esperanzas y esfuerzos.


Viñeta de Andrés Rábago El Roto. Fuente: https://joselure.files.wordpress.com/2010/10/20101011elpepivin_4.gif

 

El estado actual

Lo mismo de cada seis años, las semanas de campaña ya pesan como milenios en nuestros hombros. Parece que ya se ventiló toda la información relevante en forma de “meme” en Facebook y que ya nos las sabemos todas.

Veo a algunos de mis alumnos, que cabe mencionar, hace seis años estaban en la secundaria enamorados de alguien o de algún videojuego (actividades mucho más valiosas que las propias del adoctrinamiento para adultos), convertidos en verdaderos “politólogos”. Da la impresión de que se las saben todas, de que perciben las verdaderas intenciones de los candidatos, y aunque nunca hubieran dado pistas de esta comprensión o gusto por lo social, desde hace algunas semanas casi se merecen un honoris causa.

Ellos ya aprendieron que si las campañas tratan de decir lo que el otro ha hecho mal para sembrar miedo o enojo, al pueblo nos toca elegir dos o tres “memes”, convertirlos en verdad y repetirlos enfáticamente en las fiestas y reuniones. Nos toca burlarnos de aquellos que no hubieran leído estas dos o tres líneas, decirles que "por gente apática y desinformada, como ellos, México está como está”. Nos toca jugarle a los listos, a los informados, a los políticamente comprometidos de la manera más creyente y dogmática posible.

Quizá dos o tres de entre ellos, los más cínicos, se animen a decir que preferimos a éste o aquel, porque nos conviene, porque la tradición, o nuestra clase, o nuestro grupo social así lo convoca. Y es quizá ésta la naturaleza de las decisiones sociales: preferimos aquello que nuestros contextos nos han dado como respuesta natural, y no sólo no hacemos por cuestionarlo, sino que lo defendemos como la única opción posible. Y quizá hasta ahí no hay mayor problema, el asunto a enfatizar aquí es que somos capaces de imponerlo por la espada.

Dice Castoriadis que el odio a lo otro quizá no es otra cosa que el anverso del amor por nosotros mismos[2]. Bueno, quizá es eso lo que pasa en estas elecciones; sabemos que para quedar como inteligentes e informados debemos elegir una opción -incluso la de no votar- y entonces analizamos nuestro contexto, elegimos una de las disponibles y bueno ya, la defendemos como nuestra, y eso aquí significa que comenzamos no a justificarla y argumentarla, sino a descalificar las opciones no elegidas.

Habría que decir que evadir la argumentación sustituyéndola con descalificación es lo que nuestros intelectuales nos han enseñado a hacer. Sabemos que para mostrar “verdadero conocimiento” y distinguirnos de las reflexiones políticas espontáneas, hay que mostrar que nosotros pasamos de todo eso, que “ya nos la sabemos”; hay que hacer un recuento histórico, hay que decir “lo que hay que leer” para entender, pero sobre todo, hay que criticar. Que nada te satisfaga, que nada esté a la altura de tus explicaciones (ni la realidad misma). A esta crítica la tiene que acompañar un tono amargo y desencantado, cuando no un poco de soberbia enojosa.

Incluso cuando se intenta hacer un esbozo del escenario electoral para los jóvenes, normalmente, sucede como en la vida cotidiana, no se les presentan las opciones “desapasionadamente”, sino que se hacen descripciones del estado de las cosas que ya implican valoraciones y encaminan las acciones. Nada más peligroso para los adultos, que permitir a los jóvenes decidan y piensen. La obediencia, que niega que lo es, es una de las virtudes más valoradas. Más que educar, que formar criterio, la época electoral muestra nuestra urgencia por adoctrinar.

Aquí tenemos nuestras dos posturas características: los niños convertidos en descalificadores enojados y los intelectuales descalificando y colonizando, y así hasta julio. Después de los debates se refrescan dos o tres frases, pero ya está bosquejado el cuadro.


Viñeta de Andrés Rábago El Roto. Fuente: https://cambiandodetercio.files.wordpress.com/2015/05/elroto_hecho_unlio.jpg

 

La libertad, siempre tímida y escondida

¿Y cuál es el punto del circo, más allá de julio, más allá de quién gane y cómo pueda medio instituir en las enormes burocracias “sus ideas”, que ojalá sean suyas y ojalá sean resultado de la reflexión y la argumentación, o de la más honesta emoción? ¿Qué podemos hacer? Y es que resulta hasta irónico decir que estamos en elecciones.

¿Será que podemos elegir? Entre cinco candidatos que llegaron inicialmente a la boleta, incluyendo a dos que no debieran serlo dado lo sombrío de su trayecto de recolección de firmas, ¿Será que queremos defender cual mesías o atacar cual demonio a cualquiera de ellos?

Quizá lo surreal de la imagen electoral ayude a comprender la paradoja de la libertad, que es siempre situada, en la que uno nunca elige las circunstancias frente a las que tendrá que decidir, y sin embargo sí puede decidir. Es decir, si bien las opciones no son nuestras, es igual de cierto que podemos elegir entre ellas. En el caso que estudiamos, tenemos al  menos cinco opciones: no votar, o votar por alguno de los cuatro. Claro que con un poco de creatividad podríamos crearnos más opciones, como: anular nuestro voto, votar por el vecino, entre otras.

Podríamos por ejemplo, hacernos cargo de lo irregular de la reunión de firmas de los independientes, y entonces pelear por aquellos que, quizá de manera igualmente oscurita, pero legal, han sabido tejer su red de contactos para llegar a la boleta. Y entonces disminuir la cantidad de opciones, argumentando legalidad (que no es poca cosa).

El problema de cómo se vive este proceso es que no elegimos una de las opciones para apropiarnos de ella desde la afirmación, desde una emoción positiva, sino que se nos ha enseñado a conformarnos con lo menos peor, y justificar esta elección con lo terrible de las otras opciones. El problema es que no se dice por qué sí votar por alguno de los candidatos, sino que se gastan millones para decir por qué no votar por ellos.  Pero así, si no hay una afirmación de la elección, no se asume responsabilidad de la misma.

He leído, entre los profetas de Facebook, este maravilloso razonamiento “Si Anaya va en segundo, voto por él, si Meade va en segundo voto por él, no puedo permitir que gane AMLO”… pero entonces ¿qué responsabilidad va a asumir este sujeto sobre su voto por quien lo acabe recibiendo?, esta persona no es responsable: “hizo lo que tenía que hacer”, lo que el destino, la historia o la naturaleza supuestamente “le exigía”.

¿Cómo hacerse cargo de la libertad individual? Eligiendo un valor que sea importante para la persona: las propuestas de salud, contra la corrupción, contra (o a favor) de la desigualdad, pero también haciéndose cargo de ella. Esto significa que para ser responsable, un ciudadano democrático, en vez de decir “voy a votar por tal, porque odio al otro”, diría más bien algo como: “voy a votar por tal porque comparto algo con él”.

Pero quizá, debido a la corrupción y a las instituciones, sea casi imposible que algún ciudadano decente encuentre puntos en común con la mayoría de los que nos quieren representar, o quizá, no quieren representarnos, sino “gobernarnos”.


Viñeta de Andrés Rábago El Roto. Fuente: https://anchaesmicasa.wordpress.com/2011/11/20/elecciones-generales-2011-segun-el-roto/

 

1, 2, 3 por mí, y por todos mis amigos

El problema electoral no es sólo que se decida con o sin información, o que no se reconozca la precaria situación de información incompleta en la que estamos instalados en nuestro transitar por la vida.

Ni siquiera me voy a poner postmoderna y comenzaré a hablar de las “fakenews” (noticias falsas) que se distribuyen como “realidades”, y poco o nada importa que sean desmentidas en tres segundos, dado que para entonces ya han cumplido su cometido.

El problema es mucho más grave: se trata de que hacemos esfuerzos para que aquello que me ha sido impuesto, que he heredado, que me ha sido revelado, o que he elegido, sea válido para todos. Incluso para aquellos a quienes perjudica.

Y vemos a la clase dominante convenciendo de que debe dar vergüenza ser pobre, o trabajar para vivir, y entonces, la mejor estrategia es “jugarle al rico y al emprendedor”; se trata de convencer a la clase media de que las políticas neoliberales, si bien sólo hacen más ricos a algunos cuantos, ellos han sido ungidos como esos cuantos, y con un poco de trabajo duro y buena voluntad, haciéndose cargo de su parte cada cual, jamás “seremos Venezuela” (poco importa quién sea la tal Venezuela y qué le haya pasado, o dónde está).

Lo que es irrisorio y un tanto enojoso, es cuando esos mismos ricos y ungidos tratan de convencer a los pobres, nada menos… ¡de que no lo son!, y de que no les conviene votar por políticas que busquen disminuir la desigualdad, porque en ese caso, los ricos y los ungidos serían pobres, y esa tragedia por alguna razón no le conviene a los pobres. O algo así implican.

Y vemos a los comunistas, o socialistas, o populistas, o no sé cómo,  tratando de dialogar con los ricos sobre sus privilegios, y argumentando en qué sentido el bien común, o la razón, tienen que ser retomados, y de repente, con algo de suerte, nos vemos  envueltos en alguna de esas discusiones entre medievales y modernas.

Tampoco importa que no acabemos de entender los conceptos, lo importante es usar palabras grandes, porque en estas elecciones a los ciudadanos “nos toca” jugarle a los inteligentes. Muchas publicidades y ataques apelan a la inteligencia, sin importar que no podamos definirla. Volvemos a intentar imponer los universales, las verdades definitivas, absolutas y ubicuas, desde una pretendida razón a-histórica y a-cultural.

Hace ya varias décadas, Richard Dawkins pronosticaba que la información cultural operaba como la información genética; que es transmitida en fragmentos breves y “pegajosos”, que no necesariamente tiene que ser “los mejores”, o “los más adaptados”, sólo tienen que ser una estrategia evolutivamente estable, y eso implica poner toda la atención en su fácil replicación. Él se aventuró a nombrar en el último capítulo de su libro “El gen egoísta”, a esos fragmentos breves de información cultural como “memes”, nombre que con la mediatización de la cultura, se ha potencializado.  En ese sentido, estamos a un clic de la generación y replicación de memes, de ideas-mundo. Parece que el mundo social es lamarckiano.

Es decir, no contentos con asumir posturas de las que no queremos –ni podemos, en muchos casos– hacernos cargo, buscamos convencer e imponerlas a los demás. Parece que para ejercer nuestra libertad y elegir, necesitamos porra.

Y no es sólo que vayamos tocando puertas para convencer a los demás, sino que nuestra cultura valida la violencia intelectual, primero, asumiendo que la deficiencia intelectual es algo malo, elegido y vergonzoso. Luego, diciendo que si los demás no piensan como yo, si no interpretan como yo, si no tienen las mismas ideas, o la misma clase, la misma condición económica, entonces son tontos, carecen de cerebro, son un peligro para nosotros (quién sabe a quién incluimos en el nosotros). Y es que nos tomamos como centro y medida del mundo, y ¡muerte a quien no piense como yo!


Viñeta de Andrés Rábago El Roto. Fuente: http://2.bp.blogspot.com/-XmAaE5B4d_g/Tdp4CBcAl8I/AAAAAAAAJcE/JHB2Nzz8qeQ/s640/EL+ROTO2.gif

 

El futuro está llegando y vamos a reemplazarles

Así están las cosas para la presidencia de nuestro país y para muchos otros cargos, pero no para todos. Los jóvenes de Wikipolítica[3] han sabido ir abriéndose paso en este mundo de descalificaciones, de campañas carísimas y de firmas falsas.

Desde el cariño, desde las calles, desde la política que así merece llamarse en sentido griego[4], han salido a vincularse con las otras personas, han conseguido sus firmas reales apropiándose de los espacios públicos con propuestas, con atención, con cuidado.

Tenemos el doloroso ejemplo que la candidatura de Marichuy reveló al país. Un país tan desigual, con una justicia tan corroída, que se negó a ver que no todoas tenemos las mismas posibilidades, que no todoas tenemos acceso a internet, que no todoas tenemos celulares, mucho menos celulares inteligentes. Un sistema electoral que se negó a ver la desigualdad en la recolección de firmas, mientras aceptaba firmas falsas que llegaban con capitales.

Si nos hemos percatado del poder que tienen las emociones en las decisiones de las personas, y de que las grandes compañías publicitarias han sabido manejar el miedo y enojo como puntas de lanza para hacer campañas, habría que reconocer el contrapoder positivo que representa el gozo y la alegría de encontrarse y vincularse políticamente para construir el mundo que merecemos.

Esta propuesta representa el compromiso político de asumir la sociedad como nuestra, de imaginar maneras de ser con los otros y de buscar realizarlas, instituirlas. Con la única “garantía” del reconocimiento de nuestras propias capacidades creativas sustentando nuestros compromisos elegidos. De ahí todo su potencial, por ser una manera de relacionarnos apropiándonos de la responsabilidad que tenemos en nuestros asuntos compartidos.

Los rostros de estos revitalizados esfuerzos nos demandan crear nuevas maneras de ser con los otros desde nuestras trincheras. Representan una muestra de que siempre es posible crear, incluso en este contexto, con estas instituciones y en estas estructuras. Representan una invitación a comprometernos con la institución de nuestra sociedad, a ir reemplazando desde nuestros frentes elegidos.

 

El dramático llamado a las urnas

Después de la desinformación, de la falsa información, del exceso de publicidad, de las descalificaciones, de los esfuerzos brillantes de algunos independientes, el llamado de la democracia sigue siendo ir a votar.

Desde pequeña me sorprendía la contradicción cultural de nunca permitirnos decidir nada y de repente soltarnos la bomba con temporizador de elegir quién nos gobierne “y ya”. No sé cómo se toma esa decisión, y tampoco me siento prescriptiva o con la calidad moral para decirle a la gente lo que debe hacer; que cada quien haga lo que pueda, sí, pero todo lo que pueda.

Es un tanto ilusorio esperar más de la democracia, el sistema de gobierno en el que la mitad más uno puede elegir matar al resto, lo cual sería legal. Legalidad no es sinónimo de bondad, ni de decencia, pero creo que eso ya lo sabemos.

¿Qué podemos esperar de una cultura que nos ha impuesto la meritocracia, la individualidad, el egoísmo y el desapego? Pues simplemente se espera que un montón de gente salga a votar con la decisión puesta exclusivamente en sí mismos y sin ver más allá de sus narices.

Pero cultura no es destino, porque también está el otro lado que comienza a gestarse:

¿Qué tal si valoramos los vínculos, los apoyos y los cariños que han procurado nuestra vida hasta ahora?

¿Qué tal si rompemos las barreras entre lo público y lo privado, entre la ética y la estética, entre lo racional y lo emocional?

¿Qué tal si asumimos con gozo alguna de las opciones que veamos o inventemos, qué tal si la suscribimos, qué tal si no queremos ganar, ni probar inteligencia, ni dotes de profetas?

¿Qué tal si esta vez buscamos algo que podamos compartir, qué tal si nos involucramos, si reemplazamos desde nuestras trincheras, qué tal si pedimos que lo hagan mejor haciéndolo mejor nosotros como ciudadanos?

¿Qué tal si intentamos estar a la altura de nuestros jóvenes, de nuestros niños y del mundo que nos merecemos, que no es locura, ni utopía, sino justicia?

 

[1] https://docs.google.com/file/d/0B8nhAlfIk3QIODdHYl95d1dWNE0/edit

[2] Castoriadis, C. (2005). Ciudadanos sin brújula. México: Ediciones Coyoacán.

[3] Organización política sin filiaciones partidistas. Experimentan con una nueva forma de hacer política a través de la colectividad y la tecnología para bajar los costos de la participación en los asuntos de la vida en común y mejorar la calidad de la democracia en México. Ver: http://wikipolitica.mx/

[4] La creación colectiva de nuestro “habitar juntos”, las vinculaciones sociales para hacerse cargo de lo compartido, lo público.

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