2017

Editorial 50: Cincuenta números… entre desfases y terremotos

Este colectivo ha librado ya algunas batallas, incluida la de su derecho de autonombrarse en concordancia con su identidad académica, política y cultural. Desde nuestra visible heterogeneidad de pareceres, compartimos, sin embargo, una misma hoja de ruta, o mejor dicho, una comunidad de destino: un México para todos, libertario, justiciero y respetuoso de la biodiversidad.  Bregamos por un México que se asuma como parte de Nuestra América y del mundo a contracorriente de los poderes fácticos, a contraviento del dolor que le causan a nuestro pueblo sus dos terremotos, agravados tanto por las mil y unas negligencias y corrupciones en materia de previsión de riesgos por parte de los gobernantes, como por el turbio manejo gubernamental de la ayuda humanitaria y sus negocios de la reconstrucción.

El presente en política exterior se ve contaminado por la renuncia a una brújula nacional, navegando a la deriva de las presiones del gobierno de Trump, a través del remozamiento del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), de la Alianza para la Seguridad y la Prosperidad de América del Norte (ASPAN) y del Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP). A la cada vez mayor injerencia estadounidense en asuntos de política exterior, comercio, recursos energéticos e instituciones castrenses, se suma la impulsada por Justin Trudeau, titular del gobierno canadiense a México, quien en reciente visita dejó entrever que su interés mayor es proteger y expandir a sus empresas mineras a todo costo. En ese mismo sentido, uno de los funcionarios del gobierno canadiense había ya sido muy claro al declarar: «Queremos a nuestros amigos mexicanos, pero nuestro interés nacional está en primer lugar y la amistad viene después» (Proceso, octubre 16, 2017, http://www.proceso.com.mx/507688/canada-ante-tlcan-dejar-a-lado-a-mexico-necesario).

Arribamos a un aniversario muy especial con el mismo ánimo y filo crítico y solidario con el cual iniciamos nuestro quehacer público el primero de septiembre de 2011.  Han corrido desde entonces siete años de que inauguramos nuestras «trincheras de ideas» como les hubiese llamado José Martí. Nos ratificamos en nuestra declaración de principios enunciada en nuestro primer editorial: «Frente a la “naturalización” del orden neoliberal y su orientación depredadora de la vida, de los derechos y del patrimonio histórico-cultural de nuestros pueblos, nos pronunciamos abiertamente contra esta corriente. Nosotros, trabajadores de la cultura, en estos tiempos grises y adversos que nos toca vivir, asumimos el ejercicio de la crítica como actividad profesional y ciudadana y, de cara a la problemática de la ciudad en que residimos y a aquellas otras con las que está imbricada por mil y un hilos, ampliamos nuestra visión al ámbito nacional e internacional.»

Este número del Volcán Insurgente tiene ciertas características particulares que deseamos destacar. Se trata del número cincuenta de su proyecto, y aun cuando la necedad no debiera usualmente ser motivo de satisfacción, en este caso lo es para nosotros –y en este nosotros incluimos a quienes colaboran en la revista y a quienes la leen-  porque la necedad ha sido uno de los dos combustibles fundamentales en esta empresa a lo largo de siete años. Tal vez quisiéramos emular a Herman Hesse, quien confesaba que sólo una virtud le era particularmente preciada, la de la obstinación, entendida como obediencia a un principio trascendente. La diferencia es que sin llegar a ser mujeres u hombres de principios como lo entiende a su vez Savater, quien dice que éstos son aquellos que todo lo empiezan y nada terminan, y por ello siempre están empezando, hemos continuado esta iniciativa armados de algo parecido a la necedad y también gracias otro combustible ígneo que nos mantiene en cierto desasosiego permanente, y es el de los tremores telúricos y escándalos que venimos atestiguando una y otra vez en nuestro medio.  Cincuenta números apalancados en la necedad y en el flujo ininterrumpido de barbaridades que no nos dejan vivir en paz, lo que nos hace a veces envidiar a las buenas conciencias que a pesar de tanta ceniza ardiente siguen impertérritas el camino hoy tan preconizado y miserable del “sálvese quien pueda”, del “a mí qué”.

Y como bien apunta, o más bien dibuja o inquiere Andrés Rábago “El Roto”, quien aceptó que reprodujésemos algunas de sus viñetas, si los escándalos ya no escandalizan, entonces ¿nos hemos de acostumbrar a la indignidad, la injusticia, la impunidad, la violencia naturalizada?  Un país ya convulso es sacudido. El tiempo está encima.


Viñeta de Andrés Rábago, El Roto (reproducida con su autorización)

La revista nació bautizada como “En el volcán”, retomando en parte el nombre de la célebre novela de Malcolm Lowry que se desarrollaba en Cuernavaca, publicada en 1947, pero cuyo autor intituló “Bajo el volcán”. En realidad, Lowry no se había percatado de que estaba plagiando ya desde entonces el título de nuestra revista, pero de todas formas le estamos muy reconocidos. La diferencia entre “bajo” y “en” radica, por supuesto, en que nos encontramos dentro del cráter, digamos, más cerca hoy de su núcleo incandescente. Pero como hay oficinas para registrarlo todo, las oficinas que registran los nombres de las publicaciones decidieron que no podía la nuestra llamarse igual que otra publicación periódica que, ella sí, había tomado íntegro el nombre de la novela de Lowry. Así que, más que por barroquismos ideológicos, nuestra revista acabó como “insurgente”, aunque eso de “insurgir” no sea hoy verbo usual pero que viene hoy a cobrar bríos, por cierto. Acabó pues llamarándose como insurgente.

Habiendo precisado o imprecisado lo anterior, cabe destacar también el desfase de este número, porque sale a la luz -o a las tinieblas- con retraso; nuestro ritmo de producción no corresponde con la vertiginosa producción de situaciones que reclaman atención, pero nuestra necedad y el surtidor de escándalos sí que siguen intensa o profusamente presentes, de modo que este número presenta tres textos que aluden directa e indirectamente al tema de los terremotos. El primero, escrito por Ricardo Melgar (“Los terremotos y la modernidad en América Latina”) entre uno y otro terremoto en México, esto es, antes del 19 de septiembre; el segundo, de la autoría de Guadalupe Martínez Donjuan (“Haciendo arqueología de la arqueología… Rehaciendo historias”), en que iniciando con la rememoración de un terremoto en la región de la Montaña en Guerrero en 1980, comparte tramos sugerentes de su experiencia de campo como arqueóloga, y un tercero (“La dimensión política y epidemiológica de un terremoto: apuntes en torno a la damnificación naturalizada“) de Paul Hersch, que parte de reseñar brevemente un viejo terremoto allende nuestras fronteras, para propiciar una reflexión sobre el momento actual en el país. A su vez, incluimos un texto del médico hondureño Juan Almendares, ex rector de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras y comprometido luchador social, en torno al asalto a la salud y la soberanía alimentaria ligados al tema de las plantas medicinales, en una exposición sintetizada en catorce desafíos de clara actualidad. Finalmente, nuestra sección audiovisual a cargo de José Luis Mariño se ocupa de una obra singular con mucho tino elegida para su glosa: “Oda al hombre común. Comentarios alrededor de Km. C-62. Un nómada del riel”, a propósito de un documental de Lourdes Roca que es una mirada desplegada en muchas aristas y cuyo eje es el intenso testimonio de un ferrocarrilero que coincide con etapas determinantes en el devenir de un sistema de transporte fundamental, desmantelado sin embargo bajo la lógica del entreguismo venal en boga, y a su vez anclado en la historia y en las contradicciones actuales del país.

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