No. 50, Julio-Septiembre

La dimensión política y epidemiológica de un terremoto: Apuntes en torno a la damnificación naturalizada

 

Las grandes catástrofes son momentos en que las sociedades

se ven obligadas a reflexionar sobre sí mismas y sobre su futuro.

Luisa Lima

 

Las víctimas develan la parte silenciosa de la realidad…

Manuel Reyes Mate

 

El primero de noviembre de 1755, a las nueve y veinte de la mañana, Lisboa fue sacudida por un gran terremoto; una hora y media después, desde el Atlántico irrumpió una marejada cambiando el sentido de la corriente del río Tajo y con ello su estuario, frente a la ciudad, fue incapaz de contener el volumen de agua que se virtió en ella con violencia. Ello, sin embargo, no logró apagar los incendios surgidos por doquier de los edificios colapsados, que ardieron durante una semana.


Visión del terremoto en Lisboa, primero de noviembre de 1755. Fuente: Georg Ludwig Hartwig.
Volcanoes and Earthquakes: A Popular Description in the Movements in the Earth's Crust. Londres. 1887, The Granger Collection, Nueva York (National Information Service for Earthquake Engineering, EERC, University of California, Berkeley), en: Taylor (2011).

En la actualidad se ha calculado que el terremoto alcanzó posiblemente los 9 grados Richter (Lousada y Henriques, 2007:183). Los choques de las placas tectónicas llegaron en tres sacudidas con una duración total de nueve minutos, y con repeticiones que continuaron a lo largo de dos meses, totalizando quinientas. El monto de víctimas mortales ha sido controversial, situándose por algunos autores en el margen de las 15,000 a 30,000 personas, aunque otros afirman que llegó al orden de 60,000 y aun de 90,000, para una ciudad que tenía entonces cerca de 250,000 habitantes, siendo la víctima mortal de más “alto rango” el embajador del reino de España, a quien, al huír de su casa le cayó en la cabeza su propio escudo de armas tallado en piedra (Lousada y Henriques, 2007: 184; Newitt, 2013: 138-139).[1]


Epicentro y tiempo de llegada del tsunami, en horas, a diversas regiones de afectación luego del maremoto. El cálculo del tiempo que tardó en llegar se muestra en colores: en rojo de una a cuatro horas, en amarillo de 5 a 6, en verde de 7 a 14 y en azul de 15 a 21.[2] Fuente: NOAA's National Geophysical Data Center (NGDC) - NOAA's National Geophysical Data Center (NGDC), http://www.ngdc.noaa.gov/hazard/icons/1755_1101.jpg  y https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Lisbon_1755_tsunami_travel_times.jpg (consultados el 1 de noviembre de 2017).

Por supuesto, no se trata de una competencia en cuanto a la magnitud de la mortalidad generada, si además tenemos en cuenta que se ha calculado en 250,000 las víctimas mortales resultantes del terremoto y tsunami habidos en la región de Sumatra el 26 de diciembre de 2004, calculado en 9.2 grados Richter (Blanc, 2009: 737).

Todavía en ese mismo año de 2004, se hallaron fosas comunes de víctimas del terremoto y de los incendios de Lisboa en los basamentos del convento de Jesús. Al respecto, João Luis Cardoso calcula que sólo en ese sitio se dio apresurada sepultura a no menos de 2,000 víctimas, partiendo del análisis de los restos encontrados:

...Com efeito, tudo indica inumações expeditas, efectuadas num espaço de tempo em geral curto, de vítimas de acções traumáticas, incluindo fogo, retiradas dos escombros acumulados em diversos locais da cidade (2008: 279).

Cuatro quintas partes de los edificios de Lisboa quedaron entonces severamente dañados o totalmente destruidos, incluyendo el palacio real, la Casa da Índia, los cuarteles de la Inquisición y la casa de ópera recién edificada, además de todos los hospitales y cárceles. Sólo cinco de los 65 conventos y casas monásticas que había en la ciudad resultaron sin grandes afectaciones. Se calcula que de las 20,000 casas existentes entonces en esa ciudad, sólo 3,000 quedaron habitables (Lousada y Henriques, 2007: 184).


Ruinas en Lisboa de la iglesia do Carmo, del siglo XIV, afectada por el terremoto de 1755 (Foto: P. Hersch)

El historiador inglés Malyn Newitt (2013) señala que ninguna capital europea había sufrido hasta entonces catástrofe similar, tal vez a excepción de Londres, devastada en 1666 por un gran incendio; por ello, el terremoto y tsunami consecutivo de Lisboa atrajeron la atención sin precedente de diversos intelectuales y científicos no sólo portugueses sino europeos, ante la necesidad de brindar explicaciones creíbles al fenómeno. Ese sismo no sólo fue motivo de numerosos análisis, interpretaciones, poemas, sermones y panfletos, sino que catalizó cambios políticos y sociales profundos y radicales, que iniciaron con el rediseño de la ciudad, pero que a la larga nutrieron, directa e indirectamente, el racionalismo propio de la Ilustración no sólo en Portugal, sino en Europa (França, 2007; Araujo y cols., 2007). 

El terremoto y el tsunami que le siguió en Lisboa abrieron paso a un desarrollo de lo que sería muchos años después denominado como el “capitalismo de los desastres” (Klein, 2007; Newitt, 2013), creando entonces

…las condiciones para la emergencia de un hombre fuerte que utilizó ideas contemporáneas para tomar el control del estado portugués, redistribuir sus recursos y reordenar sus instituciones; en breve, para dar oportunidad a las ideas de modernidad y capitalismo que generaron un cambio real no sólo para Portugal, sino, se plantea, para toda Europa (ob. cit., 2013: 132).

Aun a sabiendas de que un ser humano, solo, poco es y hace en este mundo, ¿quién era ese “hombre fuerte”?  Cinco años antes del terremoto, había sido nombrado secretario de estado de negocios extranjeros y de guerra del reino de Portugal un sujeto entonces poco conocido, Sebastião José de Carvalho e Melo (luego investido como marqués de Pombal), quien tomó las riendas de la reconstrucción en un proceso que a la larga derivó en las llamadas reformas pombalinas, que incluyeron, entre otras medidas, la expulsión de la orden de los jesuitas, la reducción de la influencia determinante de las grandes familias de la nobleza y también la anulación de muchas prerrogativas y ventajas de los empresarios ingleses, del alto clero y de la Inquisición, además de un proceso de dinamización económica y de transformaciones educativas que incluyó una profunda reforma universitaria (França, 2007: 7 y ss).


Retrato de Sebastião José de Carvalho e Melo, primer marqués de Pombal, aludiendo a la partida de los jesuitas y a su papel en la reconstrucción de Lisboa (Louis-Michel  van Loo y Claude Joseph Vernet, 1766; Museo de la ciudad de Lisboa). Fuente: http://espores.org/es/botanicos/el-marqu%C3%A8s-el-terratr%C3%A8mol-i-el-jard%C3%AD-bot%C3%A0nic.html (consultado el 1 de noviembre de 2017).

El marqués de Pombal, “hombre de terreno, pragmático y autoritario, empírico y desconfiado como todo déspota”, resultó lidiando con una sociedad barroca extremadamente jerarquizada, en la cual, a juicio de França (2007: 18):

…era indispensable introducir, entre la nobleza y el pueblo, una nueva clase social que ascendiese como en toda Europa francesa y nórdica, multiplicando éxitos en empresas de un comercio que se internacionalizaba, en nuevos circuitos y nuevas crisis […] se trataba también de proporcionar al pueblo tierras de cultivo mediante incipientes reformas agrarias, la disminución de mayorazgos y el desarrollo de nuevos trabajos fabriles

Y punto determinante de inflexión para ello fue el terremoto de Lisboa, el cual dió cauce a la energía y la capacidad administrativa de Carvalho entonces desplegada, y es que:

Hoy se reconoce que un desastre natural mayor sacude no sólo los cimientos de los edificios, de los hogares y negocios, sino que puede remover de raíz instituciones establecidas y también maneras de hacer las cosas, brindando oportunidades a quienes tienen la iniciativa para canalizar recursos nacionales y de usurpar funciones gubernamentales… (Newitt, 2013: 139)

Al margen de detenernos más adelante en qué significa eso de usurpar y de quiénes son los verdaderos usurpadores antes y a la hora de los desastres naturales, que son potenciados y exacerbados por los desastres sociopolíticos estructurales, cabe destacar que la del terremoto de Lisboa es una vieja historia que amerita recordatorio y también, en el caso de México y de Latinoamérica, que su eco social y político nos lleva a su vez a una constatación que no es nueva: la de la contingencia crítica como oportunidad. El asunto es, por supuesto, ¿para qué?


Rescate de niños en el Centro Médico, 19 de septiembre de 1985. Foto: Omar Torres. Fuente: https://oscarenfotos.com/2015/09/19/30-aniversario-terremoto-cd-de-mexico/ (consultado el 1 de noviembre de 2017).

Mucho y bien se ha narrado y reflexionado sobre los impactos sociales resultantes del terremoto de 1985 (véase, por ejemplo, Poniatowska, 1988; Bataillon, 1989; Rosenblueth y cols, 1992; Monsiváis, 2005) y en ello, a riesgo de reiterar, una lección básica se ha vuelto a poner de relieve: la del desprendimiento y la solidaridad de significativos sectores de una población ya de por sí damnificada sistemáticamente.

Sin requerir idealizaciones, la acción compasiva y eficaz del pueblo llano en las labores de rescate no sólo vuelve a obligar a una reflexión imprescindible, sino que renueva la esperanza –o fortalece la certidumbre- en la verdadera participación popular como una salida, la única, ante el cúmulo de agravios que conforman la cotidianidad ominosa de un México que se resiste a la degradación proveniente de las estructuras económicas y políticas que actualmente detentan un poder, a todas luces, damnificador.

 

Explicar un terremoto

Regresemos al ejemplo del terremoto de Lisboa. Hora y media después de la primera sacudida, mientras miles de sobrevivientes se habían reunido en la plaza de Rossio, cerca del río Tajo, acompañados de sacerdotes que los instaban a arrepentirse de los pecados que habían provocado el castigo divino, vino esa marejada en forma de una pared líquida de varios metros de altura (se calcula que seis), barriendo con arrepentidos y por arrepentir. Los barcos que no se hundieron perdieron sus anclas y fueron empujados violentamente a tierra. La marejada, sin embargo, no apagó el fuego, y cuando el viento se intensificó esa noche, los incendios se extendieron. De hecho, se atribuyó en parte el incendio a la cantidad de velas encendidas por motivo del día de todos los santos que entonces se celebraba y que ciertamente resultó ser así un auténtico “día de muertos”.

La explicación del terremoto tomó varios cauces además del inmediato, que más que razonamiento era una atribulada y masiva invocación. Por un lado, ante la certeza del terremoto como efecto de la punición divina provocada por la inmoral conducta de la población, resultaba imperiosa la necesidad de procesiones, rezos y actos devocionales y de arrepentimiento; por el otro, sin embargo, el terremoto debía ser abordado como un fenómeno natural y por tanto, la destrucción de la ciudad reclamaba soluciones racionales y científicas.

En esa segunda vertiente, las discusiones provocadas por el terremoto y el subsiguiente tsunami estimularon a su vez un amplio debate científico sobre sus causas: desde explicarlo como el efecto explosivo del agua y del aire atrapados y sobrecalentados debajo de la corteza del planeta, hasta el papel que podría jugar en ello la electricidad recién descubierta. Y así, si los terremotos podían ser entendidos, tal vez pudiesen ser previstos y su efecto aminorado, sin embargo, como sostiene Newitt, la causalidad física y natural representaba, dadas las predicciones entonces recientes acerca del cometa Halley en cuanto a su aparición periódica regular, una intrusión mayor de la ciencia en un territorio que había sido tradicionalmente habitado por la religión y la magia. Este avance de la producción científica se asumía por algunos como inevitable, aunque 250 años después, si bien los terremotos pueden ser “medidos y entendidos”, no pueden aun ser previstos con antelación suficiente, ni su impacto evitado del todo (2013: 142).

De hecho, se afirma que a partir del terremoto en Lisboa inicia la moderna sismología.[3] Entre otros autores portugueses que entonces intentaron encuadrar el origen del sismo en mecanismos de orden físico y natural, destacaron Antonio Ribeiro Sanches y Teodoro de Almeida (Cardoso, 2007: 175-176; Araujo, 2007).

Sanches, médico interesado por abrir un campo vasto de intervención para la que denominaba “medicina política”, ante el carácter cosmopolita de Lisboa como capital de un imperio, había sugerido al gobierno portugués diversas medidas de higiene pública y seguridad ambiental, incluso meses antes del sismo, refrendando, por cierto, el principio de la responsabilidad básica del Estado en el cuidado y mantenimiento de la salud de toda la población (Araujo, 2007: 311-312).[4] Para entonces, Sanches había ya terminado su “Tratado da Conservação da Saúde dos Povos”,[5] impreso al año siguiente en París, donde advierte en su inicio la dimensión ambiental hoy plenamente vigente (1756: 2):

…pretendo mostrar la necesidad que cada Estado tiene de leyes y reglamentos para proteger de muchas dolencias y conservar la Salud de sus súbditos; si ello faltase, toda la Ciencia de la Medicina será de poca utilidad: porque será imposible para los Médicos y Cirujanos, aun siendo doctos y experimentados, curar una epidemia o cualquier otra dolencia, en una ciudad donde el aire fuese corrupto, o su terreno estuviese anegado. Ni una buena dieta, ni los conocimientos más acertados en estas artes producirán los efectos deseados si no se enmienda primero la malignidad de la atmósfera para impedir sus estragos…


Segunda edición del “Tratado de conservación de la salud de los pueblos”; fuente: https://tertuliabibliofila.blogspot.pt/2014/06/jose-f-vicente-leiloes-leilao-da.html

La obra de Sanches, en una perspectiva preventivista, brindaba explicaciones y recomendaciones concretas, subrayando la relevancia de las condiciones higiénicas del aire, del agua, de los terrenos para los asentamientos humanos, de la composición y manejo de los alimentos, de los requerimientos sanitarios específicos entre navegantes y soldados, así como de los diversos espacios urbanos. Era por tanto lógico que habiendo sucedido el sismo cuando finalizaba su Tratado, añadiese como apéndice un apartado sobre los terremotos, dada su liga evidente la salud de los pueblos (1756, 82 y ss). Su obra fue reimpresa en Lisboa y tuvo impacto en su país, pero él nunca regresó del exilio en que se encontraba, provocado por la persecución inquisitorial contra los “cristianos nuevos” de origen judío (Araujo, 2007: 309-312). 

Aunque el llamado a “enmendar primero la malignidad de la atmósfera” implica hoy comprenderla en una perspectiva global que remite a la determinación social de la salud, Sanches planteaba a raíz del terremoto, desde esa perspectiva de salud pública y desde la evitabilidad del daño que le es inherente, la necesidad de construcciones antisísmicas, dando ejemplos de modalidades de edificación adaptadas a zonas de riesgo, apelando para ello a la “sabiduría milenaria” plasmada en técnicas de construcción entonces existentes en China, Jamaica o Perú, en el entendido tácito de que el ser humano tiene responsabilidad en el agravamiento de los desastres naturales  (Araujo, 2007: 316-317).  

Teodoro Almeida, a su vez, fue uno de los más prestigiados divulgadores de la física newtoniana en Portugal y España. Sin embargo, como sacerdote, conciliaba los orígenes de diverso orden, planteando que las causas naturales de los fenómenos de la naturaleza “no eran implicatorias, ni repugnantes respecto a la causa sobrenatural o suprema”: todas eran objeto meritorio de atención, pues si la Causa Suprema sobrenatural era digna de su mayor respeto en todo sentido, por otro, las causas naturales, dependientes y subordinadas a la Causa Suprema, no excluían una prudente investigación “hasta donde lo permitiesen las fuerzas del entendimiento humano” (Martins, 2007: 21).


Portada (parcial) del libro reimpreso de Almeida “Oración y memorias de la Academia de Ciencias de Lisboa”, con introducción y coordinación editorial de José Alberto Silva, Porto: Porto Editora, 2013. Fuente: https://www.portoeditora.pt/produtos/ficha/teodoro-de-almeida/11532224

En ese marco y desde esas fuerzas, Almeida planteó la existencia de un “fuego elemental” ligado al origen y la sustentación de fuegos subterráneos, donde se generarían “fermentaciones de partículas de fuego” y un proceso de “inflamación subterránea” generadora de la “expansión del aire, del agua y de los gases inflamables” (Martins, 2007: 29 y ss).  Las explicaciones basadas en una causalidad natural de los terremotos y maremotos fueron estimuladas poderosamente en otras regiones de Europa, pero no necesariamente conciliando causas que pudiesen ser mutuamente excluyentes.

A su vez, como bien refiere Newitt, el terremoto de Lisboa propició un amplio debate filosófico en torno a la relación del ser humano con la naturaleza; el carácter indiscriminado de la destrucción y la elevada cantidad de víctimas reactivaron ciertas interrogantes, como la de si había en realidad un diseño inteligente del universo o si éste dependía de una intervención de índole moral incidiendo en los asuntos humanos, y si Dios, en caso de existir, era o no bueno y justo; cuestiones que fueron entonces

…abordadas por Voltaire de manera célebre y brillante,  en su novela Cándido, o el optimismo, aparecida en 1759, y desde entonces un bestseller. En él, Voltaire combina la socarronería y la sátira aguda con una narrativa picante y una seria reflexión filosófica. Fue una pieza literaria de primera magnitud, ante la cual muy pocos filósofos o religiosos tradicionalistas podían esperar competir” (2013: 142)[6]

La explicación del origen del terremoto basada en la idea del castigo divino, si bien extendida, careció de apoyo unánime. Y es que, al margen de las interpretaciones doctas, el simple hecho de que la mayor parte de los templos y conventos como espacios devocionales se desplomaran en Lisboa con el terremoto y de que, en contraste, la mayor parte de los burdeles hubiesen quedado en pie, resultó para muchos al menos un poco paradójica, si se tomaba por buena la explicación de que con el terremoto, los incendios y el maremoto consecutivos se trataba de castigar las conductas pecaminosas. La sensación de incoherencia se veía reforzada por el hecho de que ciudades europeas “no menos pecaminosas” como Londres y París se habían librado del escarmiento divino, y el que precisamente gracias a ese escarmiento los criminales habían podido escapar de sus cárceles para continuar ejerciendo su oficio (Cardoso, 2007: 175; Lima, 2007: 50 y ss; Newitt, 2013: 142; Janin-Tivos, 2007).

La tensión entre explicaciones se personalizó en dos figuras radicalmente contrapuestas: la del mismo Carvalho encabezando una toma de posición racionalista, que desde su inicio se abocó de manera práctica a lidiar con la catástrofe y al acopio de esfuerzos en la ciudad para atender la crisis, y la de Gabriel Malagrida, integrante de la poderosa orden de los jesuitas, llamando al arrepentimiento y a la observancia religiosa para prevenir una repetición de la ira divina que incluía como uno de los causantes a la corte misma en Lisboa, dados “los intolerables pecados de la vanidad, la poca frecuencia del culto y la vida mundana” (Lima, 2007: 53; Tavares, 2007).


Imagen de Gabriel Malagrida, Biblioteca Nacional de Portugal. Fuente: http://purl.pt/22582/2/e-751-p_JPG/e-751-p_JPG_24-C-R0150/e-751-p_0001_1_t24-C-R0150.jpg

Las vehementes admoniciones de Malagrida motivaron no sólo una desatada petición de absoluciones e indulgencias, sino que fueron apoyadas por las demás órdenes religiosas y por los oponentes políticos de Carvalho, de modo que aquello que se iniciaba aparentemente como una confrontación religiosa y filosófica, pronto tomó el giro de una violenta dimensión política (Lousada y Henriques, 2007: 187; Tavares, 2007; Janin-Thivos, 2007; Newitt, 2013: 142).

Ahora bien, si como afirma Newitt, un sismo u otro “desastre natural mayor” puede generar condiciones para que haya quien “usurpe funciones gubernamentales”, también puede, como recientemente ha sucedido en México, poner de relieve quién “usurpa funciones”, si esas funciones son de jurisdicción gubernamental exclusiva y qué tanto el desastre revela el grado de legitimidad de ese gobierno.

 

La dimensión política de un terremoto

Explicar causas e inquirir sobre ellas es un ejercicio propio de las “fuerzas del entendimiento humano”, a las que Almeida convocaba hace 267 años en Lisboa y aplicable hoy en México.  Adoptar mecánicamente las explicaciones normadas desde el poder y la inercia es, en cambio, muestra de un entendimiento precario. Y sin embargo, si en la Europa de hace dos siglos y medio el elemento radical era dirimir en ese ejercicio sus causas naturales y no contentarse con causas divinas, el entendimiento hoy requerido nos orilla paradójicamente a dejar de naturalizar la damnificación, tanto la propia de los terremotos y de otras catástrofes en sí como en particular la preexistente que los potencializa en nuestro país. Y ese reto hoy no sólo es entender, explicar o comprender la dimensión múltiple de la damnificación, sino el de explorar la sinergia entre factores generadores de daño evitable, y en particular el de obrar en consecuencia, es decir, incidir en esa evitabilidad, dado que ni los efectos de los terremotos ni las damnificaciones evitables son asuntos de retórica, sino de organización social y de acción política.  

El ya citado Teodoro de Almeida concatenaba causas de diverso orden.  Dos siglos y medio después del terremoto de Lisboa cabe hacer lo mismo, pues desde una perspectiva epidemiológica incluyente, que es eminentemente política, sí que existe hoy en México una Causa Suprema en esa damnificación naturalizada de los terremotos recientes de septiembre de 2017, y es de orden antropogénico; es decir, aunque existan otras causas de estricto orden físico y natural, esa causa de daño sobreañadido es la que hoy demanda prioritariamente una atención que emane precisamente de “las fuerzas de nuestro entendimiento humano” (Cardoso, 2007: 175-176). A esas palabras de Almeida habría que añadir, y no en segundo plano sino en toda su relevancia, las fuerzas determinantes del afecto, de la solidaridad humana, puestos en evidencia recientemente en México.

Y es que soslayar la realidad de conjuntos de población damnificados a permanencia es precisamente invisibilizar el sustrato evitable, pues ellos no sólo constituyen los sectores poblacionales más damnificados en los terremotos, sino que lo son en función de estar sometidos en el ordenamiento jerarquizante de la colonialidad (Restrepo y Rojas, 2010), a procesos diversificados y eficaces de ausencia programada, recurriendo a un término muy pertinente planteado por Santos en el marco de las epistemologías del sur (2005).  En ese sentido, en términos epidemiológicos, en esos ausentados opera una damnificación diferencial programada, bajo eufemismos como los de “efecto colateral”, “costo del desarrollo”, “externalidad” o “voluntad divina”.  

Retornando una vez más al ejemplo portugués, el célebre marqués de Pombal, Sebastián José Carvalho, se aplicó hace dos siglos y medio en medidas que incluyeron el envío de soldados para cerrar caminos, de modo que nadie sano huyese de la Lisboa desastrada, a fin de que se incorporase a trabajar en su reconstrucción, y también comisionó tribunales móviles y verdugos en brigadas para determinar y llevar a cabo la ejecución de saqueadores in situ.  Aún así, surgieron “cuadrillas de malhechores que infestaban la ciudad”, con muchos de ellos disfrazados precisamente de soldados y de oficiales, y los mendigos proliferaron, refiriéndose así, entre los efectos del desastre, “la producción de muchos nuevos desheredados” (Lima, 2007: 51; Lousada y Henriques, 2007: 189).


“Las ruinas de Lisboa”, grabado alemán de J.A. Steislinger, 1755. Museo de la ciudad de Lisboa. Fuente: http://books.openedition.org/pup/docannexe/image/7246/img-7.jpg

Reproduciendo la jerarquización social imperante, la reconstrucción de Lisboa se dio beneficiando, por supuesto, unas áreas y no otras. Y aun cuando se desarrollaron y aplicaron a partir de entonces nuevas técnicas de saneamiento y de edificación más seguras, las condiciones de higiene se deterioraron por años, las muchas ratas medran a su antojo y se llegó a calcular en 40,000 y hasta 80,000 la cantidad de perros callejeros, que en jaurías recorrían las calles inmundas y malolientes, reconocidos por su utilidad para devorar los desechos tirados por la gente (Lousada y Henriques, 2007: 187-189). Los robos mismos se habían multiplicado por la cantidad de criminales que huyeron de las prisiones colapsadas.

Pero regresando a los recientes terremotos mexicanos, ¿qué sucede cuando los saqueadores están en el poder y aquello que está en proceso de colapso no son solamente casas y edificios? ¿Qué se pone en evidencia cuando quienes debieran canalizar y distribuir recursos públicos de ayuda medran a su antojo intensificando el efecto del desastre al despojar a las víctimas mismas, desviando los recursos aportados por el mismo pueblo en su exclusivo beneficio o peor, como medios para seguir capitalizando políticamente la miseria y naturalizando la exclusión?

Jefes de policía y funcionarios, nerviosos, piden a la población que no salga de su casa, que el gobierno se encargará de “resolverlo todo” y así es en efecto, pero del mismo modo como ha “resuelto todo” hasta antes del terremoto: del peor modo posible. Y si en aquella Lisboa desastrada fueron ejecutados in situ los saqueadores, ¿qué sucede cuando las ejecuciones extrajudiciales son una constante habitual en el México de hoy, y quienes son desaparecidos, incluidas sus familias, no existen en virtud a la ausencia programada a que se encuentran sujetos?  En términos de salud pública no se puede prescindir de contextos y sinergias. La “sobrevivencia” misma de los damnificados a permanencia es asunto secundario y no es una necesidad real, si se trata de individuos y grupos sociales desprovistos de presencia, sometidos a procesos de ausencia programada que es preciso caracterizar. ¿Es éste un juego retórico o una realidad inmediata y tangible?  Se administra el desastre, pues como ha señalado Estévez (2015), hay una administración del sufrimiento y añadimos, una administración tan eficaz que ha sido ya integrada al panorama de lo habitual: el daño se naturaliza.

Y así como el marqués de Pombal ya tenía una idea de su propósito general de reformas años antes del terremoto de Lisboa, y se valió de ese movimiento telúrico para afianzar las transformaciones que consideraba necesarias para la modernización de su país, así la situación de México ya era de por sí intolerable antes de los recientes terremotos; en el México de 1985, aun cargado de desigualdad e injusticia como estaba entonces, no imaginábamos aún el grado actual de impunidad, corrupción, servilismo, frivolidad y oportunismo que hoy caracterizan a la clase política y económica en el poder.  Y si se ha dicho que el terremoto de Lisboa desmoronó toda una geografía mental y afectiva (Lousada y Henriques, 2007: 188), los terremotos en México han sacudido un terreno degradado en esas y otras vertientes que tienen, todas ellas, una dimensión epidemiológica que se expresa sí en daños evidentes, pero en particular en una morbimortalidad usualmente soterrada.

Además de las afectaciones específicas a la salud, los terremotos han impactado lo ya antes impactado: un patrimonio y una economía popular, un poder adquisitivo y una calidad de servicios que ya estaban, en mayor o menor grado, en condición de escombros. Y el riesgo, como ya ha señalado con tino Sabina Berman (2017)[7] es que a la reacción inmediata, categórica de dignidad y solidaridad de la población, le siga el retorno a una vida cotidiana cuyas necesidades inmediatas e ingentes, generadas y sostenidas por la damnificación estructural, militan no siempre a favor de los procesos organizativos. Ante ese riesgo de regresar a la damnificación estructural habitual, Berman (2007) advierte la emergencia de una sociedad civil mejor preparada que aspira a “ser sometida a la justicia y no al poder arbitrario de los políticos”, es decir, una sociedad que:

…quiere por fin ser un México decente […] Lo que sí emerge de este sismo es una sociedad segura de su fuerza. Nuestro es ese orgullo y nuestra es también la furia para apartar a los que desde ahora trabajan ya para que lo olvidemos

Y si varios autores de la Lisboa posterior al terremoto, describieron a raíz del desastre la emergencia de nuevos hábitos de sociabilidad, dada la necesidad física de crear nuevos espacios de convivencia alternativos a los destruidos y ante la necesidad sicológica de mayor convivencia, también se llegó a afirmar que el sismo “disipó las tinieblas y dejamos de estar en escena como convidados de piedra, estáticos y caquécticos, para surgir con muchas luces” (Lousada y Henriques, 2007: 193); así,

…La gente tomó el hábito de recibir en casa a círculos más amplios de amigos (en reuniones llamadas “assambleias” o “partidas”), la costumbre de pasear, las salidas al teatro y otros espectáculos, y a frecuentar no sólo tabernas, sino en particular esos nuevos espacios que eran los “cafés”, difundidos luego del terremoto

Es decir, lo común a esas prácticas fue el surgimiento de nuevas relaciones sociales más activas y externas al marco familiar y vecinal, en que se hizo patente “una cierta mundanidad compartida por hombres y mujeres” privilegiando el convivio, la distracción y una secularización de las prácticas sociales, menos jerarquizadas, y si bien no todos adoptaron esas nuevas prácticas, todos se tuvieron que posicionar respecto a ellas, pues también entonces se describió en parte de la población, dada la desolación y la ruina provocadas por el desastre, el surgimiento de una “explosión devota”, de una “piedad barroca, tardía y extemporánea”, acompañando paradójicamente el “desmantelamiento de antiguas hermandades” (Lousada y Henriques, 2007: 194).


“Triste tableau des effets causés par le tremblement de terre et incendies arrivés à Lisbonne le 1 novembre 1755”, grabado anónimo, siglo XVIII. Fuente: http://books.openedition.org/pup/7246

Nuevas formas y oportunidades de sociabilidad generan los desastres; en la Lisboa previa al terremoto, las autoridades eclesiásticas tenían claramente planteadas medidas prohibitivas a la sociabilidad entre sexos, pero el surgimiento de una ciudad en escombros, con la población viviendo en campamentos, en ruinas y astilleros, propició una convivencia más intensa entre sus habitantes de diverso sexo e inclusive cambios hacia la informalidad en la manera de vestir y de comunicarse (Lousada y Henriques, 2007: 195-196).

Y aquí entra de nuevo un punto de reflexión ante ciertos rasgos de sociabilidad propiciados por los terremotos recientes en México, donde las condiciones de emergencia propician la apertura de nuevos horizontes de convivialidad intensamente vivenciales, que se asoman por los resquicios de un aislamiento personal y cotidiano quebrado por la tragedia. Pero además, sucede que por esos resquicios se comunica la certeza profunda del agravio de una sociedad vulnerada por la corrupción y la impunidad, certeza que una mayor y más libre sociabilidad proyecta en exigencias políticas concretas.


Jojutla, 19 de septiembre. Foto: Salvador Kellerman. Fuente: http://www.animalpolitico.com/2017/09/foto-soldado-llorando-sismo-jojutla/

El compromiso nace una vez más de la indignación (Hessel, 2010). Es así que a imágenes como la del canto espontáneo del himno nacional entre socorristas o la de las lágrimas de un soldado al no poder salvar a una de las víctimas, se suma el profundo reclamo ante el oportunismo y cinismo de partidos políticos, de gobernantes y medios de comunicación, y no sólo a propósito de la tragedia, sino por la ya interminable cadena de agravios infringidos con método y por años, cadena propiciada por un individualismo ajeno al sentido de comunalidad que constituye un referente para todo el país.  

Las “reformas pombalinas” se plasmaron de manera emblemática en la reconstrucción de Lisboa luego del terremoto, estimularon el desarrollo de la ciencia y del pensamiento analítico, introdujeron una perspectiva moderna en la planificación urbana, fortalecieron al estado monárquico frente al dominio de la aristocracia, orientaron la enseñanza en una dirección racionalista, propiciando la profesionalización y liberándola de la orden jesuítica, [8] contrarrestaron el poder de ésta expulsándola de todo el reino de Portugal y sus colonias y confiscando sus propiedades, incluyendo sus tierras y esclavos; controlaron a su vez el poder de la Inquisición, pero no partieron de la base de la población portuguesa ni su implementación estuvo exenta de arbitrariedades.

Re-jerarquizando a las élites portuguesas, Carvalho, marqués de Pombal, favoreció a un sector de clase media en una reforma burguesa, barriendo con sus adversarios políticos e ideológicos, a quienes persiguió, aprisionó e inclusive en diversos casos instrumentó una serie de ejecuciones públicas no sustentadas en juicios imparciales; así, por ejemplo, aprovechando los mismos oficios inquisitoriales, Carvalho propició la quema pública del ya referido jesuita Gabriel Malagrida en un auto de fe (Tavares, 2007).  Sin embargo, a la muerte del rey, el dinámico y despótico ministro fue a su vez separado de sus funciones y condenado al confinamiento en sus propios dominios en Pombal y los aristócratas recuperaron parte de su poder político y económico. Aun así, muchas de las medidas  que impulsó trascendieron, dando pie a que Portugal entrase de lleno y finalmente al Siglo XVIII, al despotismo ilustrado y a la modernidad.


Auto de fé en Lisboa (detalle). Fuente: Lisboa Story Centre.

En todo caso, el terremoto de Lisboa ejemplifica la dimensión política posible de los “desastres naturales”, al surgir no sólo en un sustrato geológico inestable, sino al poner a prueba el sustrato social que determina a menudo su alcance, disparando su capacidad de daño, de damnificación. En el caso de la capital de Portugal en el momento de la catástrofe, además de dinamizar la disposición de la geografía urbana y de sus edificaciones, el terremoto marcó un hito histórico al ser aprovechado por Carvalho para llevar adelante la serie de reformas mencionadas que sin terremoto no hubieran logrado el alcance que tuvieron.

Aun hay pistas de referencia provenientes de aquel desastre lusitano para la reflexión actual en México. La amplia y profunda reforma de la vida portuguesa, en su política y economía[9], en su sociedad y cultura[10] (França, 2007: 7), respondió a un Estado monárquico débil a pesar de ser un imperio, sin organismos eficientes, en quiebra económica, con la nobleza ejerciendo abusos en las colonias de ultramar y un poder considerable en la corte. Ese estado de cosas iba a ser modificado progresivamente y el terremoto mismo catalizó esas modificaciones en parte ya iniciadas, entre otros, en los campos de justicia, hacienda, industria, comercio y educación. Así, cuando en esos y otros campos tenemos en México expresiones inequívocas de abuso sistemático, de debilidad e ineficiencia institucional selectiva, de crisis en la procuración de justicia, de inequidad en la política hacendaria, de abandono en la producción agropecuaria y de una pérdida de soberanía y una vulneración al bien común que permea todas las áreas de la vida social, ¿no son ellos rasgos constitutivos de damnificación estructural, de desastre multidimensional?

 

Algunas expresiones de damnificación estructural y pistas ante ella

El término de damnificación se aplica en la literatura científica convencional en diversas áreas, incluida la biológica; así, se damnifican los materiales eléctricos y mecánicos, incluidas las hélices de los navíos por corrosión, a ser medida a través de variables de duración, profundidad y área de afectación (Yuan y cols., 2009), pero también se damnifican incluso las células, y ejemplo de ello es el uso del término damnificación espermática, que se expresa técnicamente como astenospermia (o disminución de la vitalidad de los espermatozoides) detectable por electroforesis (Baigong y cols, 2011).

Sin embargo, la “damnificación”, no siendo un término o categoría de uso habitual en el análisis social y epidemiológico, viene sin embargo a ganar pertinencia a propósito de los recientes terremotos. Ello, porque partimos de reconocer como elemento sustantivo de la aproximación epidemiológica el del daño evitable. Desde la perspectiva de una epidemiología incluyente, el alcance de ese concepto-eje no sólo cobra una dimensión global, sino que subraya en particular el potencial crítico de evitabilidad, de previsibilidad, de eludibilidad que impone una acción pública que no puede ser eficaz en ausencia de procesos de genuina participación social.

Pero el término de damnificación también tiene sentido, epidemiológicamente, porque a las variables de causalidad, duración, profundidad y área de afectación consideradas en otras áreas de conocimiento, se suman en particular, en cuanto a la causalidad del daño, su dimensión múltiple y su antropogenicidad.  El caso de los terremotos ilustra precisamente la potencialización social y política conferida a un fenómeno de origen natural o físico, origen que sin embargo no cabe hoy plantearse como absoluto en todos los casos, ante la evidencia creciente de los efectos antropogénicos en el planeta a largo plazo.

Y si el daño es natural cuando no media en él la acción humana, la inacción humana también es capaz de generar un daño que deja por ello de ser natural; un daño, además, que no por provenir de la inacción es necesariamente menos grave. Es decir, la damnificación pasiva proviene de la inacción humana, independientemente del grado de afectación que implica. En ese marco, la clave es la evitabilidad, evidentemente una categoría antropogénica.  Ciertamente el animal no humano evita en lo posible y de manera instintiva o aprendida situaciones que pueden generarle daño, pero la diferencia es el alcance posible de esa previsión en el marco de una sociedad humana. Así, el daño es evitable, sea o no pasivo, cuando es antropogénico. Es evitable por antropogénico.  Y en ello radica precisamente la esencia de la determinación social del daño evitable, la cual es mediada por procesos de desatención, y de ahí la relevancia de esta última como referente analítico y operativo. La evitabilidad, entonces, forma parte del sustento epidemiológico de la conciencia anticipatoria del mundo a que refiere Santos (2016: 205).

En relación con los terremotos recientes en México es posible ilustrar cómo las dimensiones mismas de la damnificación evitable expanden esta pertinencia epidemiológica que trasciende la connotación técnica que preside el estudio de procesos generadores de daño en ámbitos ajenos al análisis social. El gobierno federal y los gobiernos locales resultaron rebasados por la dimensión de los desastres en un proceso que amerita atención. La base de damnificación naturalizada hace que una sociedad carente de procesos e instancias de participación decisoria en sus estructuras de gobierno vea incrementada por varias vías su condición de vulnerabilidad. Esta exclusión forma parte de un ordenamiento que invisibiliza habitualmente al ciudadano, pero es subvertible con la irrupción de una contingencia telúrica, climática o de otro origen.


Rescate en un edificio colapsado, colonia Condesa. Foto de Pablo Ramos, Agencia AP. Fuente: http://www.gazettextra.com/20170920/mexicans_dig_through_collapsed_buildings_as_quake_kills_217

Así, por ejemplo, el sismo del pasado 19 de septiembre impactó a una ciudad en la cual, ya desde octubre de 2004, vecinos de 57 colonias habían presentado ante la Comisión Nacional de Derechos Humanos 1,200 denuncias por edificaciones irregulares, en el marco de un crecimiento inmobiliario febril desatado en los últimos cinco años, y donde sólo en los últimos 24 meses se añadieron 817 denuncias más, por construcciones ilegales, daños a propiedad colindante, fraude en venta de departamentos, apropiación ilegal de áreas verdes y destrucción de inmuebles catalogados (Díaz, 2017a: 30-31).


“Nuestros muertos vivos”, Ofrenda del día de Muertos en la colonia Álamos (Foto: V.H. Villanueva)

Se señala que a raíz de dicho terremoto, los desarrolladores ven en el desastre la posibilidad de obtener ganancias mediante la especulación. Sólo en la ciudad de México, el número de inmuebles afectados y con daño estructural puede haber rebasado los 30,000. En la mayor parte de los 51 edificios derrumbados se detectaron irregularidades: 34 colapsaron por falta de mantenimiento, 11 estaban dañados antes y no habían sido reparados, 4 cayeron por problemas de colindancia previsibles, 3 se derrumbaron a pesar de haber sido construidos supuestamente bajo la reglamentación posterior al terremoto de 1985, y 3 tenían peso extra en las azoteas.  Sin embargo, el gobierno de la ciudad de México pretende ahora, con todo y terremoto, incrementar en un 35% la densidad de construcción, a pesar de las limitaciones en infraestructura (factibilidad de agua y drenaje, usos y capacidades de carga, perspectiva urbana) que desaconsejan técnicamente dicha medida, que privilegia a los desarrolladores urbanos y una perspectiva eminentemente mercantil (Dávila, 2017b: 7-8).

Cabe precisar a su vez, aun en mínimo grado, algo del alcance de los recientes temblores de septiembre en México. Así por ejemplo, en un balance general, el 80% de los municipios de Oaxaca fueron declarados zona de desastre y se calcula en  120,000 el número de personas de quedaron sin casa. Es la suma de los efectos de tres procesos: con el terremoto del 7 de septiembre quedaron afectadas 67,000 casas en el Istmo de Tehuantepec, abarcando 290 municipios; luego, el nuevo sismo del 19 impactó en la región mixteca, con daños en otros 74 municipios y 5,000 viviendas. Y entonces, del 30 de septiembre al 1 de octubre, las lluvias provocadas por la tormenta tropical Ramón generaron deslaves, sepultaron viviendas, desbordaron ríos e inundaron cultivos en al menos otros 80 municipios (Matías, 2017: 16-17).

En tanto, a nivel nacional, el 40% de los municipios carece de coordinación y programas de protección civil y gestión integral de riesgo, con un licenciado en administración de empresas turísticas como titular federal del área cuando, de nuevo recurriendo al referente portugués elegido, el tema de la profesionalización en las áreas de responsabilidad pública era ya un cometido en el caso de las reformas pombalinas… hace más de dos siglos y medio. Hoy, la catalogación oficial en México identifica “cinco vulnerabilidades”: las hidrometeorológicas, sísmicas, volcánicas, los incendios forestales y las “vulnerabilidades por actividad social” en referencia a “concentraciones masivas” (Pantoja, 2017b: 30-31). Evidentemente, como si el asunto fuera de índole meramente técnica, las “vulnerabilidades” se catalogan pasando por alto una vulnerabilidad determinante, la producida por las condiciones estructurales que permean a todas ellas, potencializando en este caso los efectos de las contingencias referidas.

Sin embargo, en términos más específicos, el terremoto nos coloca en una disyuntiva, consistente en proseguir por la senda de esa damnificación naturalizada o bien, la de apoyar y generar procesos que subvierten esa ausencia programada, para construir una vía o una presencia emancipatoria, con lógicas y claves nuevas, orientadas en una modalidad superior de participación política. Por cierto, nada nuevo como propósito y sí, bien requerido de propuestas operativas, ya en curso en el país.

Así, por un lado, en una heterogénea combinación de efectos causales y de causas que son a su vez efectos, y donde la programación de la ausencia tiene larga data, son expresiones de damnificación naturalizada y estructural, hechos tan inmediatos como el de que los grandes desarrolladores inmobiliarios de la ciudad de México resultan comisionados por el gobierno citadino para reconstruir cerca de 1,300 de los 20,000 inmuebles en los cuales se han encontrado daños, tratándose precisamente de empresas acusadas por delitos como homicidio culposo, fraude y lesiones por causa de las edificaciones afectadas por el sismo, y realizadas por esas mismas empresas (Dávila, 2017a: 17; Gil, 2017b). Lo son también y no en menor grado el retiro apresurado de escombros y el derribo de edificios afectados sin mediar información ni consulta a los propietarios u ocupantes (Díaz, 2017); la desatención a familiares de las víctimas; la invención de noticias y el bloqueo de información verdadera (Pantoja, 2017a: 11); la búsqueda selectiva de víctimas en función de su poder económico (Turati, 2017); el oportunismo político partidario; la opacidad en el manejo de fondos de emergencia (Brito, 2017: 22-23; Matías, 2017: 18); el uso ilegal de atribuciones en la emisión de licencias de uso de suelo y de construcción; la falsificación de documentos; la negligencia (Villalobos, 2017); la corrupción (Gil, 2017a; Vera, 2017); los daños a la propiedad; el abandono de las poblaciones indígenas afectadas; el espectáculo de los líderes partidarios ofreciendo fondos públicos como si fueran propios (Berman, 2017); las lesiones y muertes por construcciones mal hechas; la negación de información y de cadáveres (Turati, 2017: 23); los atropellos y el ninguneo (Turati, 2017: 23-26); el acaparamiento de recursos; la desolación y la construcción mediática de distractores…


“Llega apoyo a Xochimilco tras campaña en twitter”, Foto: Manu Ureste. Fuente: http://www.animalpolitico.com/2017/09/san-gregorio-el-pueblo-olvidado-tras-el-sismo-que-twitter-colapso-de-voluntarios/

En otra heterogénea combinación, pero de pistas esperanzadoras en comunidades urbanas y rurales, aparecen con los sismos la organización espontánea de apoyo; el desvelo, el no cálculo, la entrega, la acción que no busca ser fotografiada, la palabra y el ánimo entre desconocidos, el agradecimiento, el desprendimiento, la denuncia de arbitrariedades e incluso la dinámica de uso de los celulares que trasciende la autocrónica narcisista para dar paso a una solidaria y operativa red de comunicación; todo ello como anuncio tácito de un inminente derrumbe de barreras, de un colapso de estereotipos, de burbujas, de aislamientos y separatividades, así como del quiebre posible de los espejos, trocados por ventanas, y de una indignación susceptible de ser canalizada…


¿”Usurpando funciones gubernamentales”?, Foto de Rebecca Blackwell, Agencia AP. Fuente: https://qz.com/1083037/mexico-earthquake-mexicans-show-the-world-how-to-work-together-when-disaster-strikes/

 

Concluyendo: la dimensión epidemiológica

Cuando el especialista Rafael Valdivia López, de la UNAM, señala que a raíz de los sismos se promueve la autoconstrucción en zonas de deslaves o con suelos colapsables o sísmicos y que el 95% de los daños inmobiliarios en la ciudad de México fueron en construcciones edificadas en suelo lacustre y de transición, subraya la necesidad no vislumbrada por los gobernantes de repensar las técnicas constructivas y los planes de desarrollo urbano delegacionales y de la ciudad de México (Dávila, 2017b: 10).  Y es que en otra escala, los sismos no pueden provocar en la clase política y en sus clientelas cautivas el repensar las ciudades y el país mismo, simplemente porque su pertenencia a las estructuras dominantes de damnificación no lo permite. No interesa otro futuro y de ellos no puede provenir.

El despótico marqués de Pombal repensó la ciudad de Lisboa y repensó a Portugal entero a raíz del terremoto de 1755, aunque sus fines y procedimientos fuesen discutibles, y no lo hizo solo: medió en ello una “consonancia extraordinaria de propósitos con los técnicos que lo rodearon” (Murteira, 2007: 405). La clase política mexicana es hoy, en cambio, parte orgánica de la estructura damnificadora que ella misma genera y reproduce. Y esa damnificación estructural no sólo impulsa, por ejemplo, la construcción de conjuntos habitacionales por encima de la capacidad constructiva de las zonas y de la capacidad de dotación de infraestructura, equipamiento, movilidad  y agua potable (Dávila, 2017b: 10): su magnitud es mucho mayor, ocupando diversas dimensiones de la vida social.

Recordando al antes citado Newitt cuando señalaba  que en los “desastres naturales mayores” surgen oportunidades para quienes tienen la iniciativa de “usurpar funciones gubernamentales”, si la verdadera participación social genera nerviosismo e inquietud entre gobernantes y funcionarios es precisamente porque su rasgo característico y definitorio es su carácter subversivo (Wolfe, 1977), se entiende la figura construida e impulsada del damnificado pasivo, de aquel que no debe “usurpar funciones gubernamentales”, en correspondencia, isomórfica, con la figura del subciudadano (Souza, 2003; Santos y cols, 2013). El Estado no tolera que se usurpen sus funciones, cuando el usurpador sistemático de la democracia y en bien común es el mismo Estado. ¿Tiene ello una dimensión epidemiológica?

Se trata de vasos comunicantes, cada cual abrevando de la misma fuente.

Si como plantean de Almeida y Barreto,

…desde el punto de vista metodológico, el objeto de la epidemiología ha sido construido a través del concepto de riesgo, y el concepto epidemiológico de riesgo implica relaciones de ocurrencia de salud-enfermedad en masa, involucrando a un número significativo de seres humanos, agregados en sociedades, comunidades, grupos demográficos, clases sociales y otros colectivos humanos (2012)

nos encontramos entonces ineludiblemente con esa dimensión, cuando en síntesis se trata de “agravios a la salud” que hoy forman parte de los desafíos de la epidemiología social (2012: 449; 383 y ss).

Asomémonos así brevemente a ciertos elementos estadísticos de relevancia para México en términos generales y en particular de morbimortalidad. Así, aunque es digno de mención que el registro  de las 20 causas principales de morbilidad que se reportaron para 2014 no figura ninguna patología que remita explícitamente al ámbito social o psicológico, no se ha observado en los últimos 30 años una disminución significativa en las principales enfermedades transmisibles, en tanto que las crónico-degenerativas se han incrementado de manera sostenida; y si la obesidad, que antes no se registraba, pasó al décimo lugar en 2014 (Soto-Estrada y cols, 2016: 16), la desnutrición protéico-calórica siguió figurando en todo el país como una de las diez principales causas de muerte (ob. cit. p. 21).

En tanto, la cantidad de médicos por cada mil habitantes pasó de 1.6 en el 2000 a 2.2 en 2012, cuando la recomendación actual de la OCDE en este rubro es de 3.2, al tiempo que la proporción de enfermeras pasó en ese lapso de 2.2 a 2.6, contra la recomendación de 8.8 por cada  mil habitantes, todo ello sin tomar en cuenta además la desigual distribución de personal, que por ejemplo para el estado de Chiapas y de nuevo en promedio era de 0.7 médicos por mil habitantes en 2006; a su vez, el Estado aportó solamente el 3.1% del PIB al área de salud en 2009, lo que implica que las familias asumen el grueso de dicho gasto. Esa situación se encuentra presidida por la falta de un sistema de salud universal y público en el país. Es a su vez preocupante la perspectiva de que si las condiciones sociales, económicas y políticas de México no cambian, muchos de los 16 millones de adultos mayores que el país tendrá en el 2030 serán pobres y enfermos (ob. cit. pp. 20-21).

Como parte del panorama actual, en términos de mortalidad general, el rubro de accidentes ocupó en 2014 el quinto lugar, el de agresiones el décimo y el de suicidios el número 18 (ob. cit.  p. 14), en tanto que en el grupo de 15 a 24 años las principales causas de muerte prematura en ambos sexos fueron las violencia personal y los accidentes de tráfico, cuyo abatimiento, se refiere, demanda políticas públicas y programas específicos (ob. cit. p. 18). En ese mismo año, la tasa de mortalidad en el grupo de 20 a 24 años se incrementó en relación al año 2000, en notorio contraste respecto a todos los demás grupos etarios a excepción del de 65 y más años (ob. cit. p. 19). Es la paradoja de la muerte en una edad de la vida en que los seres humanos se encuentran en condiciones lejanas al deterioro físico. Y en ese sentido, no menos preocupante es que en el norte del país, los homicidios aparecen entre las 10 principales causas de muerte en niños menores de diez años (ob. cit. p. 21).

En ese marco, cabe mencionar como una de las expresiones más dramáticas de la damnificación estructural naturalizada, la “desaparición” arbitraria de seres humanos que a menudo deriva en el asesinato como una constante, fenómeno tan persistente que ya la población misma lo denomina, en algunas regiones del país, como “la matadera”, asociado a la complicidad e indolencia de los gobiernos a diverso nivel (Díaz, 2017b: 32, y 2017c).


Exigencia de justicia por los estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa. Fuente: Cuartoscuro, en: http://www.huffingtonpost.com.mx/2017/07/03/desaparecidos-en-mexico-una-realidad-enterrada_a_23014165/

En ese rubro, si a raíz de un terremoto el rescate de sobrevivientes y la localización de víctimas mortales constituye un imperativo en las labores de rescate, en cuanto a la desaparición de quienes se encuentran a procesos de ausencia programada, es decir, antropogénica, el recuento de cadáveres no identificados e inhumados por las “autoridades” sólo en lo que corresponde en fosas comunes no clandestinas, llegaba a no menos de 24,101 personas exclusivamente en lo que iba del sexenio de Calderón en 2012 (Michel, 2012, en Villarreal, 2014)[11], y la cifra rebasa los 27,000 desaparecidos entre 2009 y 2016, a los que hay que añadir más de 10,000 migrantes en esa condición (Robledo, 2016: 94-95), de modo que

…un Estado que permite que agentes privados desaparezcan a miles de ciudadanos impunemente, o que incluso llega a participar en la realización de esos delitos, se convierte en un Estado predatorio. Incapaz de proporcionar los bienes colectivos necesarios para el  desarrollo y bienestar de la sociedad […] implanta la desestructuración de la vida social… (Villarreal, 2014: 107).

Y en el origen de ello, la misma autora destaca:

…son comunes la corrupción y el intercambio de favores económicos y políticos entre élites gubernamentales y empresariales, dejando a un lado el interés colectivo. En ese contexto impera la impunidad, las instituciones y recursos del país son entregados a intereses privados legales e ilegales, todo eso en el marco de políticas públicas de desarrollo social y político, dejando a la mayoría de la población abandonada a su suerte (2014: 108).

En ese marco, se ha calculado que la cifra de asesinatos perpetrados a causa de la violencia por el narcotráfico o encubierta bajo ese rubro, sumó los 163,000 muertos entre 2006 y 2015, además de 480,000 de personas desplazadas (Proceso, 2013; Mendoza y Navarro, 2015; Centro Nacional de Información, en Estévez, 2015); al respecto , se ha señalado como elemento concomitante de la crisis de derechos humanos por la que atraviesa el país, la construcción de un “dispositivo de administración del sufrimiento” a partir de políticas públicas ajenas a su prevención o erradicación (Estévez, 2015: 7 y 16). De 2015 a 2016 se reportó a su vez un repunte significativo en la cantidad de homicidios en 23 de los 32 estados del país (Molina y Torres, 2017).


Ilustración de Tardi en la obra de Celine “Voyage au bout de la nuit”, Fuente: http://www.pourlhistoire.com/docu/voyage-celine.pdf y http://lettrines.net/dotclear/public/Illustrations_billets/Images_diverses/

Con todo y el problema persistente y también sintomático de subregistro, con una tasa que decuplica la de Francia y es treinta veces mayor que la del Japón, los homicidios ocuparon el sexto lugar como causa de muerte en México en 2013, mostrando un incremento en los últimos años desde 2008; lo mismo sucede de manera ininterrumpida con la tasa de suicidio en las últimas cuatro décadas, en particular en mujeres (González Pérez y cols., 2012: 3197 y 3203; Dávila y Pardo, 2016: 251). Se ha señalado la relación de ambos rubros con factores estructurales, como las condiciones económicas desfavorables, incluyendo las inequidades, la marginalidad y las deficiencias en la cohesión y el capital social, pero también con los altos índices de impunidad, “que forman parte de un proceso permanente que ha permeado toda la sociedad mexicana y refleja una creciente incapacidad del Estado para hacer efectivas sus propias normas” (Dávila y Pardo, 2016: 259-260).

En el caso específico de los homicidios, se destacan a nivel micro cuestiones de violencia de género y a nivel macro una gama de condiciones sociales, económicas y políticas en el país que abarca el atraso económico, la pobreza, la desigualdad y exclusión social, educativa y laboral, la distribución arbitraria y desigual de la riqueza con sus consecuentes inequidades y marginalidad, la debilidad del Estado, la impunidad, la corrupción, la dificultad de los jóvenes para conseguir empleo, la disponibilidad de armas de fuego, la ruptura de controles sociales tradicionales, la rápida urbanización sin planificación, las nuevas condiciones de vida, los acelerados cambios demográficos y las estrategias gubernamentales frente al crimen organizado (Dávila y Pardo, 2016: 261). En este sentido, por ejemplo, se ha constatado que en entidades con mayor impunidad, donde se destruyen más hectáreas cultivadas de mariguana y opiáceos o donde el consumo consuetudinario de alcohol es más alto, la tasa de homicidios tiende a ser más elevada (González Pérez y cols, 2012: 3201).


Voluntad de vida

Así, como la relación de elementos que componen el fenómeno de la damnificación naturalizada es extensa dada la diversidad de los procesos estructurales que implica, es necesario que se le visibilice como un sistema articulado aunque sus expresiones reflejen en efecto esa diversidad. Leer la realidad desde ese ángulo implica la posibilidad de integrar y priorizar las estrategias de prevención desde la perspectiva social de la epidemiología. En ese marco es que emergen como referentes, en esa analogía mencionada de los vasos comunicantes, los que Santos identifica como los cuatro campos en que las desigualdades impactan hoy de manera central en las vidas de las personas y comunidades, expresadas como cuatro modalidades de incertidumbre que si bien no se distribuyen por igual, sí tienen una expresión en términos epidemiológicos: la incertidumbre del conocimiento, la relativa a la democracia, la incertidumbre de la naturaleza y la relativa a la dignidad (2016: 333-337). Sea o no en sinergia, esas cuatro incertidumbres expresan una gama de riesgos inminentes (ob. cit. p. 332) que demandan ciertamente el realismo utópico tal como lo postula el mismo Santos:

Porque muchos de nuestros sueños fueron reducidos a lo que existe y lo que existe es muchas veces una pesadilla, ser utópico es la manera más consistente de ser realista a comienzos del siglo XXI (2016: 207).


Subvertir la no existencia.

Recapitulando, se ha pretendido, a partir de un esbozo del terremoto de Lisboa ocurrido hace dos siglos y medio, confrontar algunos de sus rasgos con otros, provenientes de los recientes sismos en México, indagando la relación, a menudo señalada, entre crisis y oportunidad. Se han explorado luego algunas pautas que expresan la existencia en México de un proceso estructural que sustenta el daño y a su vez dispara su magnitud, no sólo a propósito de los últimos sismos, sino en afectaciones continuadas a la salud y a la vida, graves y en diversos ámbitos. Se trata de una damnificación naturalizada, cuya evitabilidad constituye un imperativo político hoy prioritario. Aunque una perspectiva de salud pública implica caracterizar la diversidad de escenarios de damnificación, la respuesta social generada en el caso específico de los terremotos recientes anuncia su alcance trascendente y su relevancia potencial. 

 

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[1]  Para consultar material videográfico, véanse, por ejemplo: https://www.youtube.com/watch?v=fKigEJj3iVI y https://www.youtube.com/watch?v=N4SqWIPGrD8

[2]  Para una discusión sobre el cálculo extemporáneo de estos alcances véase, por ejemplo, Blanc, 2009.

[3]  Ello a partir de la pionera aplicación de una encuesta apadrinada por el mismo Pombal y distribuida en todo el reino a los dos meses del terremoto, indagando mediante 13 preguntas sus diversas manifestaciones e impactos (Cardoso, 2007: 175-176).

[4]  Ello puede ubicarse en el marco de la reflexión en salud pública de entonces, como se puede colegir en Sigerist (1981) y Rosen (1985).

[5]  La obra se encuentra disponible en: http://www.estudosjudaicos.ubi.pt/rsanches_obras/tratado_saude_povos.pdf

[6]  La obra es accesible en: http://st1.gatovolador.net/res/Candido.pdf y https://www.gutenberg.org/files/19942/19942-h/19942-h.htm

[7]  Véase la versión en video “El otro sismo que viene” en https://www.youtube.com/watch?v=NBj-qHZkbuk (consultado el 1 de noviembre de 2017).

[8]  Los jesuitas entran en conflicto con el Estado portugués a partir del acuerdo luso-español de 1750, establecido para delimitar territorios en América del Sur, pues perjudicaba la acción misionera y política de la orden. La confrontación, que implicó un conflicto de poderes en diversos ámbitos, derivó finalmente en el decreto real de expulsión de los jesuitas cuatro años después del terremoto (1759), a lo que siguió la expulsión del nuncio apostólico de Roma y el rompimiento de relaciones diplomáticas con el Vaticano por diez años. Este proceso generado en Portugal y en el cual influyó de manera determinante el mismo Pombal, es uno de los antecedentes que propiciaron luego la expulsión de los jesuitas de los dominios españoles, incluida la Nueva España, en 1767 (Baena, 2013). Para 1773, la propia Compañía de Jesús fue suprimida por bula papal en toda la cristiandad (França, 2007: 9-10).

[9]  Por ejemplo, las intervenciones de Pombal en política económica racional implicaron iniciativas de sustitución de importaciones, de producción y dinamización industrial, en agricultura, pesca, minería, manufacturas y gestión de recursos de ultramar, abarcando materiales y productos tan disímiles como sedas, cerámica, tabaco, diamantes, maderas tropicales, lino, algodón, relojes, caña de azúcar, papel, pergaminos, sombreros, botones, lana, etcétera. Así, por ejemplo, es en ese marco que la producción y exportación del vino de Oporto se somete a normas de protección de calidad bajo supervisión gubernamental, lo que generó una zona geográfica reconocida por el renombre de ese vino, lo que antecede a la figura actual de la “denominación de origen” (França, 2007: 8-9).

[10]  El dominio de la religión habría de pasar al poder del Estado, de modo que hasta el Tribunal de la Inquisición fue hecho laico, al convertirlo en la práctica en un tribunal de Estado, cuya jurisdicción rebasaba políticamente al sistema jurídico (França, 2007: 10).

[11]  Véanse por ejemplo, respecto a la localización desde 2007 de 1,143 fosas clandestrinas, http://www.huffingtonpost.com.mx/2017/07/03/desaparecidos-en-mexico-una-realidad-enterrada_a_23014165/). Otra fuente precisa en más de 32,000 los desaparecidos a septiembre de 2017: http://cnnespanol.cnn.com/2017/09/13/mexico-el-pais-donde-hay-mas-de-32-000-desaparecidos/ (consultadas el 1 de noviembre de 2017.

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