No. 49, Mayo-Junio

Fernando Martínez Heredia: Valor signo de Nuestra América

A varios de nuestros lectores les llamará la atención que recurramos al concepto de valor signo para caracterizar la vida y la obra del intelectual cubano Fernando Martínez Heredia (1939-2017), por lo que debemos aclarar su sentido. Nos permite, apreciar, un retrato generacional, una imagen de época, en la medida en que supo condensar y representar una corriente de ideas. Suscribimos la tesis de José Carlos Mariátegui que «las individualidades…, no tienen su más esencial valor en sí mismas, sino en su función de signos.» [1] De manera más puntual, la calidad de Fernando como creador y suscitador de ideas, permitió que la revista Pensamiento Crítico, enlazase a la Revolución cubana a Nuestra América y el mundo. Sus lectores fuimos beneficiarios de muchos modos de los contenidos y orientaciones de la revista. Aprendimos a debatir desde la pluralidad ideológica de las izquierdas y quizás, a darnos cuerda, en nuestros modos particulares de fecundar nuestras respectivas heterodoxias de cara a la realidad de nuestros países de la escena continental y mundial.

De sus obras evocamos algunas muy relevantes: El ejercicio de pensar (La Habana: Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello, 2010); Si breve...: pasajes de la vida y la Revolución( La Habana: Editorial Letras Cubanas, 2010); A viva voz (La Habana: Editorial Ciencias Sociales, 2010); A la mitad del camino, (La Habana : Editorial De Ciencias Sociales 2015); Socialismo, liberación y democracia: en el horno de los noventa (Melbourne: Ocean Sur, 2006); Laberintos de la utopía (Buenos Aires: Ediciones De Mano en Mano, 1999); Socialismo, cultura y revolución(La Habana,: Editorial de Ciencias Sociales, 1991);Che, el socialismo y el comunismo (La Habana: Casa de las Américas, 1989).

 

Duelo y memoria: primera llamada

Estas evocaciones y reflexiones tienen que ver con la partida intelectual de Fernando, hombre de probado espíritu crítico y amplia cultura, solidario y comprometido con su pueblo y con el destino de Nuestra América. Fernando -a los afines de mi generación,- nos tocó a dos manos. Por un lado, las fibras sensibles de nuestra voluntad insumisa y justiciera, y por el otro, la fuente neuronal de nuestra heterodoxia generacional. Fernando, fue un mediador entre dos generaciones, la mía y la suya que había sido cimbrada y macerada por su lectura de Martí, del ideario del Movimiento 26 de Julio, de su quehacer comprometido, así como por sus lecturas de las obras de: Alavi, Althusser, Baran, Barka, Cabral, Carmichael, Fanon, Godelier, Gramsci, Lowy, Marcuse, Poulantzas, Sartre, Sweezy, Guevara y de muchos otros exponentes de diversas corrientes críticas del pensamiento contemporáneo. Todas estas figuras tuvieron cabida en su revista. Gracias a esa oportunidad, leímos en sus páginas por vez primera, escritos de varios de ellos. Un pensamiento crítico debía abrir juego a su real heterogeneidad y así lo hizo la revista. Así nos legó Fernando otro horizonte de ideas.

Segunda llamada: la revista abierta al mundo

A fines del año de 1967, algunos estudiantes universitarios afines en ideas, accedimos a un ejemplar de la revista Pensamiento Crítico editada y dirigida por Fernando. Ese ejemplar quedó muy manoseado ya que solíamos turnárnoslo día con día. Según un dicho popular limeño el ejemplar, es decir su zumo de ideas: «quedó como limón de emolientero». Fernando había elegido con propiedad el título de la revista, considerando que su línea editorial y sus contenidos, iban a contracorriente de las modas neoconservadoras del pensamiento que encandilaban a muchos de nuestra generación y de la precedente. Su presentación o editorial fue muy decidora:

«Nuestro punto de partida: por una parte, que las teorías surgen o se desarrollan en el análisis de las situaciones concretas; por otra, que la formación teórica es indispensable a los investigadores. De acuerdo a ello, intentaremos informar sobre las problemáticas actuales y las opiniones que sobre ellas existen, a través de artículos inéditos de cubanos y extranjeros, y de la reproducción de artículos seleccionados de las más diversas publicaciones del mundo. »[2]

En el primer número de la revista se reconoció como editor al Centro de Estudios Latinoamericanos, al cual perteneció Fernando y otros colaboradores. No se volvió a hablar en sus ulteriores ediciones y no existen referencias adicionales acerca de su existencia. Lo cierto es, que su figura mayor, fue su artífice y sostén entre el mes de febrero y el de junio de 1971. Sus 53 números constituyen una preciada colección, para los intelectuales de izquierda en Nuestra América. No siempre se publicaban notas editoriales, pero cuando lo hacían, eran de relevante importancia e impacto como sucedió con la edición de su cuarto número:

El Comandante Turcios definió la forma más alta de solidaridad con Viet Nam: la lucha antimperialista en cada uno de los países oprimidos. Y el Che Guevara, en su histórico mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental: «¡Cómo podríamos mirar el futuro de luminoso y cercano, si dos, tres, muchos Viet Nam florecieran en la superficie del globo!». En Colombia, Venezuela, Bolivia y Guatemala también se lucha por Viet Nam. Pero aún en América, del Norte y Europa occidental las personas y organizaciones verdaderamente progresistas se distinguen por su condenación a la agresión imperialista a Viet Nam. Por eso puede coincidir el viejo filósofo Bertrand Russell con los jóvenes jefes guerrilleros al señalar la multiplicación de la rebeldía como la mejor cooperación hacia Viet Nam.[3]

Los demás números de Pensamiento Crítico siguieron llegando con tardanza y de modo discontinuo a nuestros dominios limeños. Juan Mejía Baca prestigiado librero y editor de libros, al señalar con flamígero dedo la quema de libros y revistas por órdenes del ministro Javier Alva Orlandini, aclara la dificultad de su recepción peruana. [4]Sin embargo, los números salvados de la quema, solían colmar nuestras expectativas y abrirnos el camino para nuevas lecturas y reflexiones. Número a número – los que llegaron a nuestras manos- nos daban oxígeno al reactualizar los caminos del pensamiento heterodoxo de izquierda, los cuales atendían el desbrozamiento de ideas y acontecimientos. A través de sus páginas comenzamos a mirar con otros ojos las obras de Herbert Marcuse por ejemplo. La revista subsistió hasta 1971, año en que se vino de sopetón la mordaza intelectual o la exclusión gubernamental. Conocí tardíamente a Fernando y tuve la fortuna de tratarlo en varias ocasiones, dentro y fuera de Cuba. Gozaba de buena memoria, mantenía su filo crítico, puso los puntos sobre las íes al tratar la censura que le fue impuesta y la clausura de la revista, «quinquenio gris» o década del silencio estéril. Muchos entendidos y no pocos protagonistas han sindicado con razón que fue Raúl Castro el principal instigador del silenciamiento y censura de 1971 y años venideros.

Subrayo otro hecho. Dicha revista convergió con atrevidos y originales productos cribados en los fueros de otras artes: novelas, carteles y cine. Un sello generacional vanguardista los aproximaba sin confundirlos ideológica y estéticamente.

 

Tercera llamada: el punto de quiebre

En 1971 fue un año muy gris para la vida intelectual y artística cubana. Recuerdo que Hilda y yo, residiendo en la ciudad de lima, estábamos muy atentos al desarrollo del proceso político que se le seguía al poeta Heberto Padilla y a la censura y hostigamiento de que era objeto, así como a los ecos de la denuncia y ruptura hecha pública por el escritor Mario Vargas Llosa. Hilda coadyuvó a que Luis Antonio Portuondo, llegase a la Facultad de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. El disertante cubano minimizó el caso Padilla, llamándolo «incidente» y dio una respuesta elíptica cuando se le cuestionó el apoyo de su gobierno al régimen militar de facto, encabezado por Velasco Alvarado en el Perú. No sabíamos todavía de la censura gubernamental contra la revista Pensamiento Crítico y contra El caimán barbudo. Todo giraba en torno a Padilla. Por casualidad o fortuna, Luis Alberto Ampuero y yo, nos enteramos de la adversidad que enfrentaba Fernando Martínez Heredia y su revista, gracias al esclarecedor y pormenorizado testimonio del escritor rumano Darie Novecenu, quien se encontraba de paso por Lima, después de una estancia en La Habana. Su preocupación por el nuevo curso autoritario del régimen cubano se acrecentaba por la suerte de sus colegas y amigos. Saliéndose al final del tema nos sorprendió con la anécdota. Nos contó que el escritor Arturo Hernández, autor de la novela Sangama y presidente de la Asociación Nacional de Escritores (ANEA) lo presionaba día con día para que le consiguiese un viaje y tratamiento gratuito en la afamada clínica geriátrica de Bucarest. Darie nos dijo: «este anciano reaccionario pretende ayuda de los países que crítica y lapida políticamente. Nada tendrá de nuestra parte. » Nos despedimos a los pocos días de Darie vísperas de su viaje a Santiago de Chile. Vinieron seis años de silencios mutuos. Lo reencontramos en México un 14 de marzo de 1977 en la UNAM, iba a dar una conferencia acerca de unas cartas de Benito Juárez que encontró en el archivo estatal de Rumanía. Juárez tenía un importante corresponsal rumano. De otro lado, nos expresó su desazón sobre Rumanía. No le faltaba razón. Nos prometimos escribirnos. No lo hicimos. Poquitos años más tarde, le di a Gustavo Vargas Martínez, nuestro entrañable amigo colombiano, unos libros y una carta para Darie con motivo de su viaje a Bucarest. Gustavo lo encontró y se los entregó con dificultad. Nuestro amigo era objeto de vigilancia y marginación por parte de la policía política del dictador Nicolás Ceausescu. Lo dieron de baja del CC del PCR y lo terminaron expulsando por pedir cambios de urgencia. No volví a saber nada más de él. En cambio de Fernando, sí, de manera directa o a través de su hija y de nuestra común amiga Caridad Masson, investigadora del Instituto Cubano de Investigación Cultural «Juan Marinello».

¿Que nos aproximó a Fernando y a mí? Por un lado mis esfuerzos sostenidos por escribir una historia política y cultural de la Comintern en Nuestra América que le parecía inquietante y sugerente, en aras de dejar atrás la «historia tradición» que siempre dice más de lo mismo acerca de la imbatible y verdadera línea «recta». Por otro lado, nuestros diferenciados pero afines modos de asumir el pensamiento crítico tejían simpatías mutuas. A propósito, dejo constancia que La Pacarina del Sur que fundé en octubre de 2009 y se sigue publicando, tiene una deuda no explícita con la revista Pensamiento Crítico de La Habana y por ende, con Fernando, aunque también le debemos mucho a la revista Amauta, la que animó José Carlos Mariátegui.

Entre el cierre de la evocación y el futuro deseable. La última vez que vi a Fernando fue a mediados de febrero de 2011. Había viajado a La Habana, me urgía una revisión oncológica antes de mi anunciada y programada operación en México. Nos vimos en su lugar de trabajo: el Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello., bajo su dirección. Conversamos.  El hospital de Oncología quedaba muy cerca del Juan Marinello. Caridad nos apoyó y llevó. Previamente conversamos con Fernando. Me preguntó cómo iba mi libro acerca de Mella y Haya, lento le respondí. Muy cerca de allí se ubica el Hospital de Oncología al cual debía dirigirme, gracias al apoyo solidario de la historiadora Caridad Masson y de su amigo oncólogo. El parecer del director de dicho Hospital –una eminencia en la materia-  era que el procedimiento previsto por el médico colombiano que me iba a operar, era el indicado. Atendió mis dudas y calmó con su sapiencia, mi ansiedad. Durante esa breve estancia tuve tiempo de asistir a una de las consultas de base promovida por los Comités de Defensa de la Revolución, con la finalidad de evaluar, opinar y enviar críticas y sugerencias frente al paquete de medidas de reforma y austeridad propuestas por el régimen de Raúl Castro. Se criticó el impacto negativo que tendría el recorte asistencialista de la conocida libreta en los adultos mayores y jubilados. Igualmente, se criticó el burocratismo existente y otros lastres de gestión pública. Retorné a México con nuevas experiencias, ideas y libros, además de la satisfacción del reencuentro con varios amigos, Fernando incluido. Asumí la decisión de meterme al quirófano. En la actualidad, persistimos lidiando con los artrópodos.  Resiento que las pérdidas se me han venido de a montón.

Tengo la convicción de que frente a las perdidas nada mejor que los ejercicios de memoria en los espacios públicos. Se suman los actos interiores o abiertos de reanimar nuestras colectivas esperanzas. Precisamente hoy me di ánimo y fuego, al recuperar la figura de Fernando Martínez Heredia, la cual les comparto a través de este «Umbral» en nuestro muro. Me recordó que debemos seguir de pie frente a cualesquier adversidad, incluida su pérdida. Fernando sabía de adversidades y esperanzas, se dio su tiempo para ello, otras aguas más cálidas le tocaron con el paso de los años. Fernando ha dejado frondosa obra. Sin embargo, por deseo propio me he anudado y anclado en su revista: El pensamiento crítico. Anclado y potenciado.

He puesto algo de empeño en estos días. Comienzo a dejar atrás la lentitud de mis pasos a pesar de ese ese extraño jaloneo que tiraba hacia atrás. Tengo la firme convicción de que el desprendimiento, la despedida y el renacer no son incompatibles.

Y en lo que respecta a la muerte y Fernando, suscribo la idea martiana de que: «La muerte es verdad cuando se ha cumplido bien la obra de la vida; truécase en polvo el cráneo pensador; pero viven perpetuamente y fructifican los pensamientos que en él se elaboraron.»[5]

 

Notas

[1] Mariátegui, José Carlos, 7 Ensayos de interpretación de la realidad peruana. Lima: Biblioteca Amauta, 2005 p. 291.

[2] Pensamiento Crítico (Habana) núm. 1, febrero de 1967, p. 1.

[3] Pensamiento Crítico (Habana) núm. 4, mayo de 1967, p. 1.

[4] Mejía Baca, Juan. Quema de libros, Perú '67. Lima: Mejía Baca, 1980.

[5] Martí, José, «Pilar Belaval» El Federal (México) 5 de marzo de 1876. Reproducido en Obras Completas. Nuestra América 6, La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1991,  p. 430.

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