No. 48, Marzo-Abril

Verdades Históricas y Hechos Alternativos

[1]

Entre la aristocracia y la oligarquía, dice Platón, se encuentra el régimen de quienes adoran las riquezas y disfrutan de sus placeres escondiéndose de la ley; para quienes bien y mal están tan mezclados que parecen indistinguibles. En ellos priva el deseo de imponerse y ser venerados. Este deseo se impone finalmente en la oligarquía, donde "mandan los ricos, y los pobres no participan del gobierno." En ella, el secreto gozo de las riquezas se hace público, y la ley se conforma de tal manera que el gozo infinito de este número finito de personas esté perfectamente justificado. De este modo, quienes acumulan riquezas, al no tener más interés ni más objetivos que ser dueños de cuanto sea posible, desprecian la excelencia (la bondad, las virtudes).

La democracia llega cuando los pobres se dan cuenta de que la supuesta magnificencia de los ricos no yace más que en el brillo de sus adornos, y que carecen por completo de excelencia y, por lo tanto, de legitimidad. Lo que caracteriza a la democracia es entonces la libertad. Y "puede ser que éste sea el más bello de todos los regímenes. Tal como un manto multicolor con todas las flores bordadas, también este régimen con todos los caracteres bordados podría parecer el más bello" [2]

Para mantener vivo este manto multicolor de libertades se entiende entonces que es necesaria la educación y la ardua preparación para engendrar gobernantes capaces de mantener tan apreciada estabilidad. Sin embargo, si no se logran distinguir los apetitos necesarios (alimento, cobijo, etc.) de los innecesarios (los placeres de los oligarcas), es fácil confundir la garantía de las libertades con la garantía de los placeres; y entonces aparecen líderes mediocres que prometen miles de placeres y recompensas a expensas de la tediosa tarea de cultivar las libertades. De esta manera se consume por dentro la democracia y se llega a la tiranía.

Pues bien. Platón imagina estas formas de gobierno como estadios consecutivos. Hoy, sin embargo, estamos sumergidos en pseudodemocracias oligárquicas que coquetean siempre con la tiranía, procurando mantener su imagen de democracias excelentes. La obediencia irrestricta al protocolo y a la ley, respaldada por la legislación de lo injusto, hace ver a los justos como sujetos peligrosos, y a los ricos como líderes legítimos. La legislación de lo injusto, la ridiculización de la protesta, es decir, la construcción de "verdades históricas" consolida a una clase oligarca que se turna el mando a sí misma para disfrazarse de democracia. El gobierno de los capaces nunca llega porque se obstaculiza por el gobierno de los empresarios (en Estados Unidos) o de los compadres (en México). El muro dogmático que construyen en torno a sí mismos hace de la justicia un payaso de sí misma; la ley es lo justo y punto. Sus mayores esfuerzos se muestran, pues, en hacer indistinguibles la ley y la justicia.

Con Peña Nieto, por lo menos desde Ayotzinapa, y con Trump y sus "hechos alternativos", no sólo se ha hecho de lo injusto la ley, sino que se ha privatizado la verdad.

¿Quiere decir esto que antes de ellos la verdad era algo de dominio público? Por supuesto que no. La verdad es una cuestión de poder (Cfr. Foucault). La diferencia está en que ahora ya no se la tiene ni siquiera como punto de comparación, sino que la han vaciado de significado y se han vestido con su esqueleto.

 

[1] Esta pequeña reflexión surge después de la última declaración del asesor consejero del gobierno de Donald Trump, Stephen Miller, en la que afirma que: “Nuestros oponentes, los medios de comunicación y el mundo entero verán pronto que, a medida que empecemos a llevar a cabo más acciones, los poderes del presidente para proteger a nuestro país son verdaderamente sustanciales y no serán cuestionados.”

Esta declaración la dio en entrevista con John Dickerson en el programa Face the Nation el día 12 de febrero de 2017.

[2] Platón (2011). República, libro VIII. Madrid: Gredos. pp. 269.

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