No. 45, Septiembre-Octubre

La noche que enlutó las sendas

.

 

I

 

En esta hora

en que la muerte acecha

y arrastra su vestido nupcial

por los rincones de las vías

hagamos caminar al corazón

en las puntillas

haciendo el menor ruido,

sobre la gruesa loza del silencio.

 

En las penumbras de este instante,

la parca barre el polvo

de los senderos de los días,

con la extensión de su vestido,

que resuena y se atora

entre las piedras,

(las aristas de todos los temores),

que ruedan por el cauce solitario

de todas las veredas.

 

Ese ruido se ovilla

cual lúgubre quejido

de aves nocturnas

y perros espantados

en mitad de la noche,

entre los laberintos del oído.

 

 

II

 

La orden venía

desde el cenit de las alturas

y la dejaron caer

como guadaña

en medio del trigal.

 

Soltaron los chacales

 

Ebrios de impunidad

sicarios y policías

cortaron de tajo

los renuevos más tiernos de la patria:

seis fueron los muertos

en el primer ataque.

 

Cuando el pequeño sapo sátrapa

oye el número de víctimas,

ordena enfurecido:

“levántenlos a todos

y no dejen testigos”.

Y sin ningún remordimiento

se sienta a merendar con su familia.

Esa noche

de los fusiles cortos,

los desclasados

policías y sicarios,

como hienas y chacales

se cebaron con la sangre adolescente.

 

Y se llevaron secuestrados

a cuarenta y tres muchachos,

sin dejar una señas de su existencia.

 

Y las tres sanguijuelas

de las tres esquinas oscuras del poder,

fueron a descansar

después de tan agotador trabajo.

 

 

 

III

 

Todos se preparaban para ser docentes.

 

Para llevar la luz del verbo

y encender los luceros

en los eriales olvidados

del infantil pensamiento.

 

Y tan sólo en unos cuantos minutos los

                                                                       [troncharon.

 

Les echaron encima a los chacales.

 

Eran hijos del pueblo

y barro de su barro.

Y su lamento,

hace crujir la tierra

cuando por alguna causa se fisura.

 

El pueblo

no se desgarra sus prendas

antes los reflectores

para hacer creer que sufre,

ni se pone gotas de agua

en las pupilas para convencer.

Su llanto anega los caminos

y el gemido de su duelo,

es un doble de campanas

que con el eco de su voz

se va tocando las puertas

con los nudillos de cristal del viento.

 

Mienten desde el Palacio Nacional,

desde la casa amurallada de gobierno.

 

Mienten sus corifeos de la prensa:

ellos están felices

porque sus órdenes se cumplen.

 

 

 

IV

 

Noche de fines de septiembre.

En el marco de tus dinteles

se destacaron

con toda nitidez

los rostros que tiene cada patria:

la faz de la brutalidad,

del horror de la lepra,

de la más primitiva

de todas las barbaries

es la cara inconfundible del poder.

Y frente a esta visión de espanto

surge el contraste,

el semblante sonriente y franco

el regazo de luz

de la inocencia

llevando siempre abiertas

sus manos solidarias

del pueblo que estudia y trabaja.

 

Y por eso soltaron los chacales.

 

 

 

V

 

En estos días

en los que los dioses,

taparon sus oídos

y con toda alevosía

se vendaron los ojos,

cayeron por completo

en la ebriedad

y en el aburrimiento

y se marcharon a tirar su tedio

en el confín del infinito.

 

Nos dejaron a solas con la parca.

 

Solos y bajo sitio.

Metidos en las garras

oscuras de la muerte

que sin tardanza

aprieta el puño

para exprimirnos hasta el alma.

 

 

 

VI

 

Un faro frío

se encuentra anclado

entre los farallones

viajeros del empíreo.

 

¿Qué chispa hará que se ilumine?

 

Solo la lumbre solidaria

que habita bajo el párpado

del ser humano

puede hacer el milagro.

 

Sólo la brizna

del fulgor universal que nos habita

puede prender la lámpara.

 

Sólo mil veces mil

pupilas que se abran

pueden hacer que la luciérnaga

que vaga por el cosmos

alumbre solidaria los caminos.

 

En esta hora

de aturdimiento y miedo,

en la que los segundos y minutos

caminan en doble fila

hacia las fosas clandestinas,

(que la bestialidad del poder

ha cavado impune

Por todos los rumbos de mi patria),

levantan la bandera

de la dignidad más pura,

los jóvenes que estudian:

politécnicos, universitarios,

normalistas de todo el territorio.

 

Normal Rural de Ayotzinapa

cuánto llanto y dolor en tus contornos.

 

Cuánta sangre regada de tus hijos.

 

Y sin embargo,

la esencia de tu forja no se rompe

ni se rinde o se dobla.

Y esa es la yesca

que pretenderá la lámpara del cosmos.

 

 

Lorenzo Esteban

12 de octubre de 2014

 

 

Publicado en el libro "Manantial de Cocuyos"

© 2014, Esteban Juan Palacios Lorenzo

No. de Registro: 03-2014-091812285300-14

1a edición, noviembre 2014

Impreso en México, D. F.

 

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