28, Diciembre de 2013

Reflexiones sobre la «Declaración Universal de la Democracia» V Coloquio Internacional de Filosofía Política

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Los días 6, 7 y 8 de noviembre de 2013 tuvo lugar en la Universidad Nacional de Lanús, el Vº Coloquio Internacional de Filosofía Política, organizado por la Asociación Iberoamericana de Filosofía Práctica, el Centro de Ciencia, Educación y Sociedad (CECIES) y la mencionada universidad, quienes lograron convocar a más de 300 filósofos, ensayistas, docentes, estudiantes e investigadores de Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Cuba, España, Francia, Italia, México, Paraguay, Perú, Uruguay y Venezuela. Bajo el título “Nuevas perspectivas socio-políticas. Pensamiento alternativo y democracia” se analizaron allí, desde una óptica pluridisciplinaria, los principales problemas éticos, sociales, culturales, filosóficos y políticos que plantean grandes desafíos a la democracia.

 

En el acto académico de cierre se debatieron los lineamientos de la pre-Declaración Universal de la Democracia expuesta por el Dr. François de Bernard, Presidente del Grupo de Estudios e Investigaciones sobre las Mundializaciones (GERM). Ese proyecto ―lanzado en 2012 por Federico Mayor y Karel Vašák y presentado ante el Foro Mundial para la Democracia realizado por el Consejo de Europa del 8 al 11 de octubre de 2012― busca constituirse en un significativo elemento de respuesta a la crisis que enfrentan numerosas naciones. En un contexto de aparentes progresos para la humanidad, donde simultáneamente acontece la continua degradación de las condiciones de vida de los sectores populares, la Carta de las Naciones Unidas y la Declaración universal de Derechos Humanos de 1948 deberían completarse en tanto documentos que reafirmen su índole democrática. El objetivo principal del documento de Lanús consiste, por tanto, en declarar solemnemente y sin ambigüedades que el ejercicio de los derechos humanos solo puede realizarse en el seno de un hábitat general verdaderamente democrático ―incluyendo los ámbitos políticos, económicos, sociales, culturales e internacionales.

Desde la óptica propuesta por la pre-Declaración, la democracia no es un lujo ni un problema ―como les gusta decir a aquellos que descalifican la importancia del tema cínicamente―, sino la clave para solucionar el desorden del mundo actual y su 'crisis', que no solo es económica, sino también moral, ontológica y existencial. Es preciso comprender, de una vez por todas, que la democracia no implica un voto piadoso, sino un modus vivendi para favorecer la Paz, hacer progresar realmente la Humanidad, restaurar la equidad allá donde prevalecen las desigualdades, liberar las energías, las ideas y los cuerpos prisioneros de la masa astronómica de tabúes acumulados por los regímenes y gobiernos no democráticos.

A las razones expuestas en su redacción original, cabe aludir a una crisis de la democracia distinta de la que se experimentó con el surgimiento de los regímenes totalitarios y la presencia de dictaduras en gran parte del mundo; una crisis actual que se caracteriza por:

(a) La existencia de una creciente tensión entre las democracias contemporáneas de sociedades de mercado y las políticas económicas que tienden a concentrar el ingreso y la propiedad, a incrementar la marginación y la pobreza a nivel mundial. Estas políticas económicas ―originadas en la cooptación de los gobiernos y partidos políticos por los sistemas financieros y las megacorporaciones trasnacionales― han producido un debilitamiento creciente del estado de derecho y de los derechos económico-sociales, hasta su extinción como en Grecia, su grave disminución en España, Portugal y otros países de la Unión Europea.

(b) El surgimiento y crecimiento de políticas restrictivas de los derechos humanos y los principios democráticos básicos en diversos países europeos. Las legislaciones antiterroristas conceden a los Estados facultades discrecionales incompatibles con las libertades civiles. A su vez, desde hace más de una década, especialmente después de la Primavera Árabe, se han acrecentado las normas restrictivas o represivas contra los movimientos sociales y las manifestaciones públicas. Mientras tanto, aumentan los aparatos de fuerza y los desbordes injerencistas de los conglomerados industrial-militares contra la profundización de la democracia, contra los pueblos que padecen la violación de la soberanía de sus naciones y contra las disidencias que son objeto de una injustificada represión.

Como pronunciamiento general se efectuaron las siguientes observaciones:

Primero, la ética humanista y solidaria de la pre-Declaración se mide con el espíritu posesivo del neoliberalismo que minimiza los derechos humanos. Al declarar la esencial imbricación entre democracia y derechos humanos resulta insoslayable denunciar el intrínseco anti-humanismo de las apologías del mercado como mecanismo único de organización de la vida en comunidad. Por ello afirmamos el carácter problemático de esa pre-Declaración a la luz del primado de las políticas neoliberales, pues la enunciada dignidad e interdependencia de los seres humanos chocan con una concepción atomista y elitista; el pluralismo con el pensamiento único y la macdonalización de la cultura; la participación comunicacional con los monopolios mediáticos; la justicia social con la privatización de toda producción social; la satisfacción de las necesidades a los grupos más desfavorecidos con la marginación y el hiperconsumismo; la gratuidad de la enseñanza con el mercantilismo educativo; la libertad sindical con la renuencia a los convenios salariales y a la legislación laboral; el cuidado del medio ambiente con la depredación de la naturaleza.

Segundo, requiere especial cuidado el apartado III sobre la “Democracia económica”. Es, en su conjunto un apartado en extremo desafortunado y suprimible o radicalmente modificable en una declaración con pretensiones de universalidad. En primer lugar sitúa como marco de referencia los principios del libre mercado, la libre competencia, la llamada “prosperidad compartida”, la libre empresa, el libre comercio, la libre inversión, derechos de propiedad, compra y venta, etc. Y en tal sentido tiene el efecto de asociar directamente la democracia a tales categorías, sin las cuales pareciera no existir alternativa democrática.

Tercero, la ausencia del bloque latinoamericano en los firmantes de la pre-Declaración acusa un fuerte acento europeísta, ya que es precisamente en América Latina donde ―gracias a poderes ejecutivos de fuerte compromiso social― se está atravesando por una etapa post-neoliberal que resulta más afín a la posibilidad de implementar una buena parte de los postulados en discusión.

Cuarto, en el proyecto de pre-Declaración se otorga una excesiva centralidad o protagonismo al Parlamento como tal, en detrimento de lo que en estas latitudes sudamericanas ha ido cobrando un brío especial: las asambleas constituyentes, el poder popular, los consejos de mujeres, los centros estudiantiles, las concepciones de las culturas originarias, la opinión de las personas migrantes, en suma, la voz de las comunidades tradicionalmente excluidas, sujetos relevantes para llegar a plasmarse democracias más directas, sustantivas o liberadoras. Resulta preciso valorar y potenciar las formas democráticas generadas desde esas experiencias populares―tanto aquellas producidas en las ciudades como en el campo―, sean o no determinadas por los principios de la «democracia liberal» desde los cuales parece redactada la propuesta del texto. Por eso, creemos que una declaración universal que no tenga en cuenta los contextos culturales e históricos y sus particularidades puede ser problemática e injusta. Creemos en la necesidad de incluir un espacio de diálogo abierto para que efectivamente surjan nociones universales nuevas, producto de las discusiones y de los encuentros críticos. No tenemos una democracia definida sino emergente, no nos conformamos con un tipo de democracia determinada, sino que requerimos una democracia alternativa.

Quinto, si democracia es autogobierno, “gobierno por el pueblo”, no parece coherente ponerle límites trascendentes. Al identificar la democracia con un ideal sustantivo y global (en rigor, con una sociedad capitalista de rostro humano, “guiada” por los derechos humanos), se está pensando la democracia dentro de tales límites y subordinada a esa idea. En definitiva, se dice a los seres humanos y a los pueblos: “tenéis derecho a construir vuestra propia ciudad conforme a vuestros deseos, siempre que estos deseos deseen lo que deben desear”. Y ese fin o destino es impuesto desde fuera de la democracia; es establecido dogmáticamente por quienes se atribuyen, cual sacerdote del verdadero dios, estar en posesión de la verdad. Es la estrategia de siempre, que revela Pico della Mirandola, referente del humanismo moderno: el hombre es libre de decidir hacer de sí mismo un ángel o una bestia. Esa es toda su libertad y ahí reside su dignidad; pero no se le concede la de definir y valorar esos destinos, la de pensar el ángel como maldad y la bestia como belleza. Ese poder de fijar el bien y el mal, que es el verdadero e insoportable poder, parece que no corresponde decidir al pueblo. No entra en el democrático “por el pueblo”, sino en el paternalista “para el pueblo”. Una exaltación de la democracia debería romper ese límite, defender radicalmente la inmanencia del autogobierno y asumir la incerteza de su destino. Solo así sabremos si vale la pena amarla.

Sexto, Creemos que una cuestión conflictiva radica en la postulación “universal” de dicha declaración: los intelectuales latinoamericanos han sido bastante críticos con este mito de la “universalidad” que suele ser usada como estrategia de dominación para unificar y desconocer a las culturas diferentes a la europea. Frente a esto, probablemente ya no debamos seguir proponiendo posturas universalistas, y aún si se nos presentan, deberíamos sospechar de ellas. En tal sentido se ha de prever que la Declaración Universal de la Democracia no se convierta en un mecanismo más, legitimador de las políticas hegemónicas, que en nombre de la democracia ―democracia liberal― se impone al mundo hoy.

Intervinieron en estas observaciones :Yamandú Acosta (Universidad de la República, Uruguay), Dora Barrancos (Universidad de Buenos Aires, Argentina), José Manuel Bermudo Ávila (Universidad de Barcelona, España), Hugo E. Biagini (Universidad de Lanús, Argentina), Mónica B. Fernández (Universidad de Quilmes, Argentina), Diego Fernández Peychaux (CONICET, Argentina), Yodenis Guirola (Universidad de Barcelona, España), Alex Ibarra Peña (Universidad de Sgo. de Chile), Álvaro Márquez Fernández (Universidad del Zulia, Venezuela), Ricardo Melgar (Instituto Nacional de Antropología e Historia, México), Marisa Miranda (Universidad de San Martín, Argentina), Edgar Montiel (UNESCO, Perú), Marta Nogueroles (Universidad Autónoma de Madrid, España); Arístides Obando (Universidad. del Cauca, Colombia), Miguel Ángel Polo Santillán (Universidad Mayor de San Marcos, Perú), Ricardo Romero (Observatorio de Gobiernos Locales, Argentina), Eduardo Rinesi (Universidad de General Sarmiento, Argentina), Adriana Claudia Rodríguez (Universidad del Sur, Argentina); Senda Sferco (Universidad de Buenos Aires), Gustavo Vallejo (CONICET, Argentina), Jorge Vergara Estévez (Universidad de Chile).

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