4, Diciembre de 2011

Editorial: Capital y limpieza moral

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Cuernavaca y Morelos no son una ínsula, y la corriente crítica de los  trabajadores de la cultura apostamos a sumar fuerzas entre los afines de aquí y de allá. Partimos de una constatación elemental: el mundo es hoy una trama de mil y un hilos, Cuernavaca es Cuernavaca-México, Cuernavaca-Mundo.

Desde estos lares, pensamos y tomamos posición frente a las amenazas compartidas por nuestros pueblos. Cuando reflexionamos sobre las recomposiciones del mundo, como después de la desaparición de la Unión Soviética y el campo socialista o a raíz de la fragmentación de Yugoslavia después de la muerte de Tito y ahora, a propósito de los países árabes inmersos en sus rebeliones populares y las concomitantes injerencias del imperialismo global; o después del surgimiento inesperado de China en el mercado del capital; o, para un espacio que nos es próximo, cuando recapacitamos sobre nuestro México actual, desmantelado de varios de sus legados revolucionarios y de los propios del “Estado Benefactor”, que aun nos preguntamos dónde estaba, podemos visualizar que uno de los obstáculos para la expansión mundializada del Capitalismo es el de las tradiciones comunitarias, que en buena parte nos remiten a la autonomía, a la convivialidad, a la moral pública y la identidad colectiva y que también representan los valores de la fraternidad, la solidaridad, la reciprocidad, y que nutren la fundada crítica a la norma y al poder, la preservación de la naturaleza y de la vida, así como el derecho al futuro deseable, individual y comunitario.

El futuro de las tradiciones comunitarias en su dimensión trascendente se encuentra amenazado ante el acelerado proceso de desarrollo, gracias al papel que cumple el capital bajo su arropamiento neoliberal, depredatorio y autoritario, potencializado mediante las tecnologías de la comunicación a su servicio.
El ideal del capital y de la derecha global y nativa, descansa en su propósito de atomización de la sociedad, en las fantasmagorías del miedo al otro y en la celebración de la competencia despiadada; se apoya en la construcción de un mercado transfigurado, donde todas las formas de vida y de bienes culturales únicamente se aprecian mercantilmente; en la afirmación mediática de la naturalización de un orden cada vez más violento, desigual y excluyente; en el despojo del principio de la esperanza y de la conciencia de un futuro.

La ética colectiva, columna vertebral de las culturas, se enfrenta a los esfuerzos guerreros, a los Estados duros que encabezan el capital: China, Estados Unidos de Norteamérica y la Comunidad Europea; africanos, latinoamericanos, asiáticos,  y aún los insurrectos de la propia Europa y Estados Unidos, sufren el asedio del capital que los tiene cooptados desde el interior, promoviendo su descomposición y su influjo depredador.

Completar la subordinación de México a Estados Unidos es urgente para el capital. No obstante, el obstáculo principal para ello son las tradiciones comunitarias y las culturas regionales de fuerte raigambre, por sus valores morales. La hora ha sonado para que los grupos de poder aliados al capitalismo echen a vuelo las campanas, para guerrear a fondo contra estos valores. El primer paso que han dado es señalar a los que defienden esos valores como enemigos, terroristas, criminales; el segundo paso es lanzar contra ellos toda la fuerza de sus tropas y organismos del terrorismo global, mientras sus corporaciones petroleras, mineras, madereras y turísticas se apropian de sus recursos, culturas y territorios. El mejor ejemplo es Irak, que dejan las tropas de ocupación destruido, con un millón de muertos, más de cuatro millones de desplazados y… 16 mil “contratistas”.

La embestida contra los procesos civilizatorios originarios no es nueva en nuestro país: más bien acompaña a México y a la América Latina desde su misma gestación hasta el día de hoy. La modernización subordinada marca el derrotero de las políticas públicas y se hace sentir particularmente, no sólo en el cerco progresivo a todas aquellas instituciones originalmente destinadas a la educación pública y a la salvaguarda del patrimonio cultural del país, sino en escenarios inmediatos y concretos, plasmada en el asesinato reciente de estudiantes normalistas de Guerrero.

Los jóvenes asesinados en Guerrero aspiraban a realizar la noble labor de la educación de las nuevas generaciones, proviniendo de pueblos originarios y formándose a su vez en el seno de las escuelas normales rurales que remiten a una tradición educativa comprometida con los sectores campesinos siempre marginados, pero a su vez, hoy sometida a un proceso progresivo de olvido, marcado por el abandono presupuestal y dirigido a su extinción llana.

Los estudiantes abatidos por las balas pagadas con los impuestos constituyen un enésimo llamado doloroso de atención que no debemos soslayar.  Y por supuesto, no es todo. Tenemos los asesinatos anunciados de luchadores sociales, integrantes del movimiento por la paz encabezado por Javier Sicilia, homicidios perpetrados por paramilitares con la anuencia ominosa del Estado mexicano o en la figura de policías que se retiran convenientemente de sus puestos para permitir la barbarie. Estas nuevas víctimas no pueden solamente nutrir pronunciamientos: dejaron su vida por un México digno. Ese es el México que debe responder por ellos. Convocamos a reconstituir el valor de la vida, en oposición a la guerra y su cultura de la muerte.

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