Testimonio de una curación ancestral huanca, en los andes centrales del Perú

Centro INAH-Morelos

 

GENERALIDADES

El presente escrito, no se trata de una anécdota, no es un relato breve sobre algún acontecimiento extraño, curioso o divertido que haya ocurrido, sino el testimonio de una experiencia personal, a raíz de una lesión producto de un incidente de trabajo, un mal que me aquejó durante mucho tiempo y que la medicina alópata no pudo curarme, como sí lo hizo la medicina tradicional. Experiencia que me sumergió en otras formas de conocimiento, basado en la práctica de milenios, saberes que se encuentran estructurados en una diferente percepción de la realidad, donde se concibe a la naturaleza como la madre tierra, la Pachamama que tiene vida y da vida, que es el origen y la morada final del ser humano, quien convive con él en una perfecta reciprocidad; por eso, a diferencia de la concepción occidental, usa plantas, animales (domésticos y/o silvestres) y otros insumos, pero no se depreda, se cuida, en una racionalidad que tiene sus raíces en épocas prehispánicas (García Miranda, 2015).

Anota García Miranda que:

“Cada etnia tiene un sistema propio de vida producto de la convivencia cotidiana, estacional y extraordinaria entre el hombre y la naturaleza que ha sido configurada milenariamente y que ahora coexisten con la sociedad nacional. En los Andes y en la Amazonía, los pueblos han construido un conjunto de ideas, saberes y tecnologías durante ocho mil años de agricultura que posibilitó el desarrollo de los cultivos andinos, las crianzas y las actividades de caza y recolección. Ideas, saberes y tecnologías que pautan el comportamiento productivo y espiritual-ritual de sus habitantes”.

(García Miranda, 2001: 2)

 

Gracias a esta cita nos damos cuenta que estos conocimientos, pese a coexistir con el sistema imperante, mantienen su propio pensamiento, cotidianidad, sus propias normas, su cosmovisión, guardados aún por las sociedades llamadas originarias del Ande y que difieren del pensamiento occidental de corte judeocristiano.

Este caso se refiere al conocimiento médico, entre el saber autóctono y lo académico occidental, entre la medicina alópata y la “tradicional”, entre lo que cuesta dinero y lo que se acopia de la naturaleza; entre dos conocimientos: uno que impulsa a comprar medicamentos (capitalismo), el otro que se sostiene de un cúmulo de saberes basados en la experiencia de milenios (reciprocidad, transferencia generacional de conocimientos para cuidar la salud), conocimientos maravillosos si se imbricaran o al menos se complementaran en bien de la humanidad misma.

Como señala, el antropólogo García:

“los pueblos son portadores de sistemas de comprensión y entendimiento con el entorno que generan conceptos y categorías de explicación propias”

(García Miranda, 2015: 42)

Es de esta manera que los pueblos experimentan, conocen y transmiten un conocimiento adquirido de manera gradual, generado en su entorno tanto natural como social; así, el poblador andino desde siempre ha guardado una relación recíproca con la naturaleza, pues ésta le da recursos que son usados de manera racional, y a cambio el hombre la protege y conserva; el abuso en la explotación de la naturaleza ya corresponde a otras formas de pensamiento basado en intereses capitalistas.

Desde esta perspectiva, estos saberes milenarios navegan sin embargo en un mar de intereses mezquinos, basados en la acumulación de riquezas, donde todo se ve como mercancía, lucrando incluso con la necesidad de salud. En otras palabras estudiosos versados en este tema sostienen que hay:

“…quienes llevan a empeñar lo que se puede porque hace falta dinero para pagar gastos urgentes, muchos de ellos en atención médica y medicinas. Se cobra mucho dinero de intereses y eso se llama “usura”. Al final las familias se la pasan pagando lo que no debieran deber.”[1]

 (Hersch y cols., 2016: 6-7).

 

Como vemos, estamos inmersos en un sistema donde todo funciona al son del dinero.

Es importante anotar que en la actualidad, existen "curanderos", médicos tradicionalistas, layas, graniceros o como quieran llamarse, que practican esa medicina como un medio especializado que genera honorarios o dinero por su consulta, desde un perspectiva totalmente occidental y propia del sistema capitalista, como el médico que cobra a su pacientes por consulta; sin embargo, muchas personas, como es el caso de quien me trató, no lo hacen con ese fin meramente económico.

En estos pueblos originarios, existen y se practican sistemas de reciprocidad y solidaridad, donde el conocimiento se utiliza en bien del ser humano, sin esperar satisfactores económicos (dinero) a cambio, y donde el acceso a ese conocimiento es más generalizado, queda en la memoria colectiva de la sociedad y permanece por transmisión intergeneracional; esto quiere decir que no es exclusivo de una comunidad académica, y/o de especialización, para después venderlo ¡no!, por ningún motivo, este conocimiento no es de especialización, eso le daría y le da otro objetivo que va más allá de las prácticas de reciprocidad y solidaridad. Así, en estos pueblos del Abya Yala, los actores sociales que la componen tienen acceso a estos saberes racionales y los practican de acuerdo a las necesidades, mientras otras cuestiones de rango y posición social se dan de acuerdo al respeto que el individuo tenga en dicha sociedad, allí se respeta al mayor de edad por el mayor cúmulo de experiencia y conocimiento que tiene y transmite, y eso le da autoridad.

Por último, mencionaré que el presente escrito se llevó a cabo en la ciudad de Huancayo en el Valle del Mantaro, en el corazón mismo de la otrora sociedad Huanca, etnia andina (Leiva, 2012) que se mantiene vigente, pese a la apabullante influencia occidental en más de 500 años de invasión.

Cabe mencionar que la sociedad Huanca es una más, de las tantas etnias que aún interactúan en el territorio del Abya Yala, que posee características de una diversidad natural en una verticalidad de pisos ecológicos; en este caso, la sociedad Huanca se ubica en la Región Junín, Perú; a una altitud de entre 3,200 y los 4,000 msnm. 


Ilustración 1. Foto satelital del Valle del Mantaro en los Andes Centrales del Perú. (Google Earth 2017)

 

CASO DE ESTUDIO

Está basado en una experiencia personal, acerca de una dolencia en la zona lumbar; es probable que haya sido originado a causa de una lesión que tuve en un incidente de trabajo, que, aunado al excesivo peso que en aquel entonces yo presentaba, (130 kilos), se agudizó hasta hacerse insoportable. Cabe además la posibilidad de que haya existido otro malestar como se le cataloga localmente, que pudo ser “chacho”, “chapla”, “mal viento”, “el tinko” u otro.

 

DIAGNÓSTICOS

Para aliviar dicho malestar, recurrí entonces a tres personas[2] dos de ellos médicos con un alto grado de conocimientos basados en la ciencia occidental moderna, y otro, un personaje que aunque ha estudiado en la universidad la carrera de filosofía, proviene de los Andes Centrales, originario del pueblo de Hanan Huanca en la actual provincia de Chupaca y quien posee por transmisión intergeneracional, los conocimientos suficientes de otras lógicas en lo que ahora se conoce como “medicina tradicional”[3].

 

CONTEXTO OCCIDENTAL

En este contexto decidí primero acudir a los hombres de ciencia, a los que habían estudiado durante siete largos años la carrera de medicina humana además de algunos años más de prácticas profesionales, y especializados en determinadas líneas de traumatología y neurología.

 

TRAUMATÓLOGO.

En cualquiera de los dos casos me hicieron muchas preguntas:

Médico: ¿Desde cuándo te duele?

Paciente: Hace más de tres años, el dolor era recurrente, me dolía por períodos que duraban hasta un mes, sin embargo, esta última vez, ya duró más de dos meses; el dolor se ha agudizado al punto de no dejarme caminar, y en la cama no puedo estar en la misma posición por mucho tiempo, el dolor es fuerte, por esa razón estoy ante usted, incluso el dolor ha llegado a mi pierna y ésta no responde.

Médico: ¿Y qué has hecho para que te el dolor?

Paciente: Es posible que el dolor se haya generado por dos razones, tiene que ver con el esfuerzo que realicé en mi trabajo… mire, soy arqueólogo y trabajé en el sitio arqueológico de Tantoc, en la Huasteca potosina, allá en México, encontramos un interesante monolito de aproximadamente 500 kilos de peso, dicho monumento arqueológico debía ser transportado al Museo Nacional de Antropología e Historia en la Ciudad de México, y debíamos subirlo a la camioneta; sin embargo, al momento de subirlo apoyados por una veintena de trabajadores, -entre los que me encontraba- se soltaron algunas amarras, y los trabajadores en lugar de sujetar, salieron corriendo, dejándome solo, por tanto, tuve que hacer demasiado esfuerzo, a la vez que serví de amortiguador para que el monolito no sufriera daños, de este modo, se logró atenuar su caída, y es posible que el dolor sea a consecuencia de ello. Mucho tiempo estuve “cojo” a raíz de ese episodio. Por otro lado, en los últimos meses he subido mucho de peso, alrededor de 40 kilos de sobrepeso, eso pudo haber influido en este espantoso dolor.

Médico: ¿y qué tratamientos has tenido?

Paciente. Trabajaba de contrato para el INAH, por tanto, no tenía ningún tipo de prestaciones ni seguro médico, es por ello que cuando se dio el acontecimiento fui a ver a un “huesero”, allí en el poblado de Tamuín (México); era un persona mayor, quien con un poco de sebo de gallina, me empezó a sobar la mano y el brazo, él decía que el sebo era caliente y sobaba el brazo y la mano porque afirmaba que ahí se concentraban las terminaciones nerviosas de todo nuestro organismo, y -no he de mentir- con esa “sobada” logró menguar el dolor. Posteriormente, el malestar volvió a hacer mella en mi organismo, y un año más tarde visité a otra “sobadora y huesera” (hoy finada), en este caso ya fue en Perú, en el paraje llamado Chiuyalco; era una mujer menuda y delgada y yo un tipo de más de 120 kilos, imagínese, con una manta logró tronarme todos los huesos. Después me dijo que una piedra que ella misma “curó”[4], debía tirarla en dirección del sitio arqueológico donde me dio el mal, para regresar el malestar a su sitio, y lo hice, en esta ocasión también logró quitarme al menos de manera temporal el dolor, y pues, hace dos meses que regresó el dolor, ahora con mayor intensidad.

Pude notar la sonrisa, de entre incredulidad y sorna que mostró el médico cuando le conté el tratamiento que realizaron conmigo, y me dijo que esas prácticas “tradicionales” a veces surten efecto pero es pasajero, porque después los problemas se vuelven crónicos, y ese era mi caso.

Me diagnosticó de entrada una severa lumbalgia, debido a que no me había curado según los protocolos médicos, me recetó analgésicos para el dolor, desinflamantes con complejo B, mientras me pidió que me realizara una radiografía de las lumbares, así como una serie de estudios clínicos más, cabe mencionar, por cierto, que la medicina que consumí me lastimó el estómago.

Así lo hice y posteriormente regresé con él para un diagnóstico definitivo, me dijo en términos generales que la placa mostraba osteofitos[5] en las lumbares, y que si no era esto lo que provocaba el malestar, entonces era probable que tuviera una hernia discal, que si después del tratamiento persistía el dolor, entonces era inevitable recomendar una operación.

Estuve medicado durante 15 días, sin embargo y con toda la sinceridad del mundo, el dolor continuaba, no había cambiado en nada mi estado de salud, más bien se deterioraba más. Por ello, y porque sentía que la pierna ya había perdido reflejos, es que decidí acudir a un afamado neurólogo que había realizado sus estudios en Cuba, puesto que el traumatólogo no podía curarme, pero eso sí cobró sus honorarios, que a diferencia de los hueseros de la Huasteca y Chupaca eran costosos, mientras que el curandero solo cobró una simbólica propina, en tanto que la curandera de Chupaca me pidió una onza de coca, cuyo valor era de un sol[6], a diferencia de los galenos que en proporción fue mucho lo cobrado.


Ilustraciones 2 y 3, radiografía de lumbares. Derecha: gráfica para representar el intenso dolor que se siente (http://medicinadeldolor.es/ultimos-avances-como-tratar-la-hernia-discal/)

 

 NEURÓLOGO

La decisión de visitar a este profesional fue tomada porque el dolor era tanto, que creí haber perdido sensibilidad en la pierna.

Este médico realizó las mismas preguntas que el traumatólogo, por tanto, las respuestas fueron similares; le presenté la radiografía que me había hecho con el anterior médico, a la vez que le comenté, sobre el diagnóstico que me había dado, la diferencia entre los dos galenos fue que el neurólogo me realizó pruebas de reflejo en las rodillas, concluyendo que éstas se encontraban bien.

Otra pregunta que me hizo fue acerca de cómo me había sentido después del tratamiento que me había dado el traumatólogo, a lo que obviamente mi respuesta fue rápida: “me duele mucho, el dolor no se ha quitado, y pareciera que me rompo en dos”.

Ante esta respuesta, el médico me recetó pastillas para el dolor y desinflamantes, además me prescribió usar una faja de cintura, misma que señaló, mandara a hacerla a mi medida. Esta faja tenía soportes de aluminio, recomendó que la usara todo el tiempo, o al menos hasta que el tratamiento surtiese el efecto esperado.


Ilustración 4, Hernia discal (http://neuros.net/es/hernia_discal_lumbar/)


Ilustración 5, Faja similar al que usé durante mi convalecencia. (www.google.com.mx/search?q=fojas+de+cintura+para+hernia+discal&source)

Me comentó que era posible que las capas externas del disco vertebral estuviesen debilitadas a consecuencia de la lesión que tuve años antes, lo que aunado al estrés, hizo que el disco se comprimiera y sufriera algún tipo de degeneración, haciendo que las vértebras no estuviesen “amortiguando” como se debe, produciéndose entonces una estenosis espinal que a su vez estuviese “pellizcando” algún nervio, y añadió:

“es posible que sea la ciática, razón por la cual sientes dolor generalizado en toda la pierna izquierda, es seguro que padezcas una hernia discal, si el tratamiento no surte efecto, entonces, será necesario intervenirte (operar) con la finalidad de practicarte una descompresión espinal, o sea que vamos a regresar el disco a su espacio normal entre las vértebras comprometidas en el malestar, y solo así se te quitará el dolor”.

Debo confesar que me asusté muchísimo, sin embargo, empecé el tratamiento, tomaba disciplinadamente las pastillas y usaba en todo momento la faja, pero el dolor no cedía en absoluto, así que del miedo a la operación pasé a la resignación de ser operado.

 

CONTEXTO ANDINO

Es en ese contexto que a mi lugar de reposo llegó mi padre, el Lic. Pompeyo Leiva Ochoa[7], vecino de la comunidad de Vista Alegre, quien preocupado por mi deteriorada salud y a sabiendas de los esfuerzos que hacía por curarme, me dijo: “…hijo, no me gusta verte en ese estado, déjame probar con la medicina tradicional”. Me comentó que desde niño fue testigo de innumerable cantidad de curaciones, y aprendió mucho de ello. Y era cierto: recuerdo desde chiquillo que si no nos hacía efecto la medicina alópata, entonces él recurría a esta medicina ancestral y recordaba el procedimiento diciendo a su vez: “recuerdo que mi padre hacía esto o lo otro”. Así, es en este desesperado contexto que accedí a someterme a dicha curación, en ese estado era mejor probar otras alternativas a ser operado.

Me comentó que regresaría cayendo la tarde y que traería lo necesario para realizarme la curación.

 

POMPEYO LEIVA OCHOA[8] (INTEGRANTE DE LA COMUNIDAD DE VISTA ALEGRE) 


Ilustración 6. E. Pompeyo Leiva Ochoa y su esposa

 

Le comenté que me había sacado una radiografía, y de acuerdo con ello le expliqué sobre el diagnóstico que me hicieron los médicos.  Él me dijo que eso lo iba a ver en el cuye[9] y que necesitaba jubearme, le pregunté ¿qué es el jubeo? y me respondió que era pasarme con un cobayo macho negro por todo el cuerpo y que este absorbería el mal que me tenía postrado, “no hay pierde hijo, este animalito nos señalará el mal que tienes” me dijo, señaló que debía ser un animal sano y maduro[10].

A la pregunta de ¿por qué tiene que ser negro?, la respuesta fue que el cuy o cuye negro contrarresta el daño o maldad que te hicieron –cuando está relacionado a casos de maldad o maleficio-  y para ver enfermedades como es este el caso puede ser negro, blanco, pinto o bayo, este animalito te cura el chacho, mal de viento, mal aire, soplo, o tinko[11], entre otros males, se conoce como la terapia de la muda, es decir, el cuy saca los males del cuerpo humano y le brinda su salud, después de la limpia.  

Esa tarde mi padre llegó con un cuy sano, hojas de coca (cantidad suficiente), cigarros sin filtro (marca “Inca”), aguardiente de caña de azúcar (ron de buena calidad conocido como cañazo), agua florida y de siete espíritus. 


Ilustración 7, este roedor presenta múltiples funciones, entre los cuáles sirve como radiografía, para detectar enfermedades. (Foto: William Poma)


Ilustración 8, tomada de la página web. http://caminolima.blogspot.mx/2013/12/museo-de-america-en-madrid.html, del Museo de América (Madrid), representación prehispánica del cuye en cerámica

Previo al Jubeo, el cuy es bañado con el licor y las aguas referidas, mientras el curador fuma y chaccha la hoja de coca[12] por un lapso de unos cuantos minutos.


Ilustración 9, Hoja ancestral y sagrada de coca. (Foto: Lito Riera)


Ilustración 10, Clásico cigarro Inca, utilizado en rituales andinos. (Foto: Lito Rivera)


Ilustración 11, El aguardiente también es conocido como Cañazo, y se vende en expendios locales. (Foto: Lito Rivera)

En cuanto al Jubeo, me puse sobre la cama en posición decúbito dorsal con las extremidades extendidas, semi desnudo, solo me cubría los geniales, entonces, mi padre sujetó al cuy con las dos manos, con uno de ellos sujetaba al animal del pescuezo y las patas delanteras, y con la otra mano sujetaba las patas traseras, y comenzó a pasarme con el animal por todo el cuerpo, comenzó por mi cabeza, cara, cuello, pecho, brazos, piernas hasta la planta de los pies, después me di la vuelta “boca abajo” (decúbito ventral extendido), y pasó el cuy por la nuca, cuello, espalda, y en este caso cuando llegó a las lumbares, ahí donde tenía el problema, sentí que el cuye se “quejo” lanzó un chillido, me comenta mi padre que el animalito se retorció y en ese mismo instante murió; sin embargo, mi padre terminó de pasarme el cuye por todo el cuerpo.

Una vez terminado, me dijo que me vistiera y me acostara en la cama, y prohibió levantarme de la cama y no debía dormir, pues aún no terminaba el proceso de “limpia”.


Ilustración 12, pasando cuye por la nuca de la paciente (https://www.youtube.com/watch?v=sjziSfdA6Ww)


Ilustración 13, curandero realizando la “autopsia”, al cuye para ver donde se ubica el mal. (https://www.youtube.com/watch?v=sjziSfdA6Ww)

Cuando estuve acostado, siguiendo sus recomendaciones, le pregunté sobre lo acontecido por el cuye, cuando pasó por mis lumbares; me dijo que “sintió” que el cuye empezó a temblar y a chillar, y es ahí cuando se dio cuenta que tenía muy afectada esa parte de mi cuerpo. Había detectado el mal, y entonces escuché a mi padre decir: “sal mal que aquejas a mi hijo”, después de lo cual el animal expiró, es cuando me dijo que era probable que ya el mal se había ido con el cuye.

A continuación, tomó al cuye y le practicó una especie de autopsia, abrió al animal desde el cuello hasta la última parte, con mucho cuidado de dañar algún órgano interno del animal. Cuando llegó a la parte de las lumbares del cuye, vio una concentración de sangre (como si la arteria o vena estuviera hinchada) siendo yo testigo ocular de ello. Entonces lavó cuidadosamente el área afectada con agua tibia y me dijo “acá está tu mal hijo”.

Después procedió a guardar el cuyo, colocando dentro del animal el bagazo de la coca que masticó durante el proceso; cerró bien el animal, lo envolvió en papel periódico, me comentó que de acuerdo al mal detectado, se da de comer el cuy usado al perro, o se pone en el cruce de carreteras  o en ocasiones se tira al río o se entierra. Mientras dura este ritual de curación no debía yo salir hasta que se llevara el animal, y me dijo que descansara hasta el día siguiente, indicándome que se recomienda salir al día siguiente pero después de las diez de la mañana.

Cabe señalar que el dolor continuaba, y muy fuerte, y se lo comuniqué, a lo que me contestó que esperara al día siguiente.

 

DIAGNÓSTICO Y CURACIÓN

Después de haber detectado el mal por medio del jubeo, me dijo que un nervio  estaba muy inflamado y que podía “reventarse”, y ante ello aseveró que la Pachamama proveería el remedio; comentó que al día siguiente muy temprano, vendría a curarme y así fue.

Al día siguiente, a primera hora (7 am) llegó con un paquete, me dijo que traía todo tipo de flores y hojas tiernas del campo, de todo color, que se debía recolectar antes que salga el sol, porque si el sol ganaba, entonces el calor secaría el rocío de las plantas y eso no debe suceder, porque ahí se concentra parte del remedio. Me comentó que se deben escoger solo lo pétalos, la mayoría de los cuales eran de color amarillo. Haciendo memoria de las plantas que llevaba, reconocí algunas entre ellas: Ramilla (Ranunculus giganteus), Chupasangre (Oenothera rosea), Retama (Spartium junceum), Mutuy o tanquish (Semna birostris), Muña (Minthostachys mollis), Marco o mallco (Ambrosia arborescens), Culén (Psoralia glandulosa), Eucalipto (Eucalyptus globulus), Verbena (Verbena officinalis), Ishana (Lactuca virosa), Chilca (Baccharis salicifolia), Marmaquilla (Aristigieta sp), Huamanripa (Senecio tephrosioides), Chamico (Datura stramonium), ruda –hembra o macho- (Ruta graveolens), Aliso (Alnus glutinosa), Molle (Schinus molle), Santa María (Tanacetum parthenium) (Ferreira, 1986), entre otras plantas más que no recuerdo.


Ilustración 14. Paraje típico del Valle del Mantaro (Chupaca), nótense las retamas. (Foto: Vladimir López)


Ilustración 15. Panorámica de una parte del Valle vista desde la margen izquierda, véase el verdor de sus campiñas. (Foto: Edwin Leiva)

Entonces, colocó las plantas en una olla y las calentó sin agua, al tiempo que las rociaba con aguardiente, aguas de botica, orines de niño (llevaba en un botellita), los puso luego en una tela y me dijo “aguanta lo más caliente posible” y me la colocó en la parte afectada, inmediatamente me cubrió con un periódico, me tapó con cobijas, dejó el emplasto de flores y hojas tiernas de plantas, hasta que éste empezó a emitir un olor fuerte, los retiró, después volvió a hacer el mismo procedimiento hasta tres veces; todo ocurrió en un par de horas aproximadamente, y en ese momento me dijo que los restos con los que había hecho el emplasto, debían depositarse “lejos” en el cruce de dos caminos.


Ilustración 16. Manera de colocar el emplasto. (www.google.com.mx/search?q=emplasto&source=inms&tbm)


Ilustración 17. En un cruce de caminos como este, es donde se tira el deshecho. (Foto: Ralph Jurado)

Después me advirtió que no podría levantarme durante las dos o tres horas siguientes, pues este procedimiento es muy cálido y era contraproducente, así es que esperamos, pero he de decir que cuando terminó de colocarme esas cataplasmas, sentí mi parte lastimada como si me hubieran puesto algo caliente, penetrante en todos mis poros y sentía una sensación mentolada, agradable, muy fresca y de mucho alivio.

Al cabo de unas cuantas horas, me incorporé de la cama, no había dolor, caminé sin problema, era casi mágico, y desde entonces, hace ya quince años, no he vuelto a padecer de ese mal ni de ese dolor, ¡es en serio!, pensé que el dolor tan intenso se iría paulatinamente, ¡pero no!, el dolor se fue de manera inmediata, es probable que ese nervio y todo lo que dañaba esa parte de mi cuerpo se hubiera desinflamado con los emplastos, era un alivio total, al menos ya no regresé con los médicos, me liberé de la molesta faja y sus varillas de aluminio, y lo mejor de todo fue el que ya no me sometería a operación alguna.    

 

CONCLUSIONES

No deja de asombrarme esta experiencia. Por una parte, no sé en verdad qué tanto efecto haya causado el haber ingerido los analgésicos, desinflamantes, etc. recetados por los galenos arriba mencionados, sin embargo, he de confesar que en ninguno de los casos el dolor cedió , y el uso de la faja más que darme soporte, me resultó muy incómoda. En cambio, el tratamiento al que me sometió un poblador del Hanan Huanca, basado en la sabiduría heredada de generación en generación, fue eficaz. Haciendo alusión a Hersch y cols (2016:7) esta sabiduría “nos dice de donde vienen muchas enfermedades y cómo hay que tratarlas. Pero eso no es suficiente…”  y definitivamente no es suficiente, y aunque se necesita de servicios biomédicos, se deben imbricar estos conocimientos en bien de mejorar la calidad de vida de los pobladores en general. Recordemos que los pueblos originarios tienen capacidad de generar conocimientos basados en sus potencialidades en cuanto a los recursos que la naturaleza les brinda (García, 1996, 2003, 2015). Ante esto García Miranda sostiene:

 “Muy pocas entidades y personas asumen los elementos etnocampesinos para la promoción del desarrollo humano, los cuales debemos descubrir en su modo de vida para vigorizarlos, sistematizarlos e implementarlos.” (2016: 27).

Como personas dedicadas a otras ramas de investigación, en mi caso en arqueología, ya no estamos en competencia para saber cuál conocimiento es mejor, si la medicina tradicional cargada de ritualidad y naturaleza, o el rigor científico de la medicina occidental. Pero como persona afectada por un padecimiento y habiendo experimentado lo aquí expuesto, supongo que algún valor referencial puede tener.

En el caso expuesto en este artículo, retomando a Jeanette Enmanuel[13], diremos que la medicina tradicional, practicada por Pompeyo Leiva, ha sido efectiva y definitiva pues este conocimiento fue aprovechado y usado adecuadamente para curar una enfermedad que es actual y generalizado, por el estilo de vida de la actual población en general. Este tipo de medicina presenta miles de años no solo de experimentación, sino también de comprobación positiva, y por esa razón se encuentra vigente en las poblaciones originarias. Es una medicina accesible al pueblo y de prevención.

Por último, cabe señalar que existe mucha bibliografía sobre la práctica del “jubeo” (pasar), y todos estos estudios, sin excepción, se refieren al curandero (especializado). Sin embargo, el caso que expuse en este artículo refiere al ejercicio curativa de una persona que no se dedica por oficio a esa práctica, pero que gracias a desenvolverse en esa sociedad, ha aprendido y lo ha experimentado, obteniendo excelentes resultados. Con esto quiero decir que es posible que cualquier actor social que pertenece culturalmente a una u otra sociedad, es también portador de dichos saberes en un proceso que es holístico[14], integrador y de adquisición permanente de conocimientos.

 

BIBLIOGRAFÍA

Ávila Meneses, Nelson Ricardo

2009               “Salud y Educación Holística. Una Aproximación al futuro trabajo de las Ciencias de la Salud”. En TEORÍA Y PRAXIS INVESTIGATIVA, Revista del Centro de Investigación y Desarrollo • CID / Fundación Universitaria de Área Andina Volumen 4 - No. 1, Enero - Junio 2009, Colombia.

 

Ferreyra, Ramón

1986               Flora del Perú. Dicotiledóneas. Editorial Imprenta Sudamericana S.A. “EDIMSSA”. 1ra Edición, Lima - Perú.

 

García Miranda Juan José

1996               Racionalidad de la Cosmovisión Andina. Concytec (Serie socio cultural), Perú.

 

2003               “Sistemas Epistémicos en los Pueblos Andinos”,                                en Agua, Revista de Cultura Andina, año 1, septiembre, INC-SCAF y J.M. Arguedianos Huancayo, Perú.

 

2015               LA RACIONALIDAD EN LA COSMOVISIÓN ANDINA. UCH Fondo Editorial, Lima, Perú.

 

Hersch, P., Bestard, M., Solorio, M., González, L., Garduño, E., García, I. y F. Sánchez

2016               Actores Sociales de la Flora Medicinal en México. Plantas Medicinales de Santiago Tapextla, Oaxaca. Serie Patrimonio Vivo 14, INAH – CONACYT, México.

 

Leiva García Pavel C.

2012               Los Huancas del Intermedio Tardío de los Andes Centrales del Perú: Una Entidad Sociopolítica Compleja, entre dos Imperios. Tesis de Maestría, ENAH, CDMX, México.

 

 

[2] Obviaremos nombres de los especialistas, solo diremos que son los más reconocidos en su especialidad, a diferencia del que tiene los saberes ancestrales de su pueblo, del que si daremos sus datos.

[3]  http://pueblosindigenas.bvsp.org.bo/php/level.php?lang=es&component=50&item=3, esta página corresponde a la Biblioteca Virtual de Pueblos Indígenas, del Estado Plurinacional de Bolivia, donde conceptúan a esta práctica médica como: “… la suma total de conocimientos, técnicas y procedimientos basados en las teorías, las creencias y las experiencias indígenas de diferentes culturas, sean o no explicables, utilizados para el mantenimiento de la salud, así como para la prevención, el diagnóstico, la mejora o el tratamiento de enfermedades físicas y mentales.”

[4] “Curar la piedra” significa que le realizó un ritual, poniéndole timolina, aguardiente, le fumó a la vez que chacchaba (mascaba) coca.

[5] Me comentó que los osteofitos son crecimientos extra de hueso y salen alrededor de las articulaciones, sobre todo a lo largo de la columna vertebral, y que estos pueden crear presión en algún nervio y eso hace que haya dolor y debilidad, y requiere tratamiento.

[6] Nuevo sol es la moneda de circulación en el Perú (equivalente a $7.00 pesos mexicanos).

[7] Cabe anotar que el profesor Pompeyo Leiva Ochoa, no es “curandero”, ni “laya”, y no está dedicado a este oficio: su conocimiento está basado en esa transmisión intergeneracional acopiada por prácticas de siglos de experiencia del poblador andino.

[8] Cabe señalar también que Pompeyo Leiva Ochoa, desde que se jubiló, retomó sus actividades como agricultor en el barrio de Vista Alegre, del distrito capital de la Provincia de Chupaca, Valle del Mantaro, región Junín, en los Andes Centrales del Perú.

[9] Cuyo, es un mamífero roedor (Cavia porcellus), estrictamente herbívoro y comestible.

[10] Me comentó que si el paciente es mujer, el cuye debe ser hembra; si es niño o adolescente, el cuye debe ser pequeño; si es joven entonces el cuye será de edad mediana y si es adulta la persona entonces el cobayo será adulto, en todos los casos el animal debe estar totalmente sano.

[11] Es cuando alguien muere y una persona sana huele el aliento del muerto, se llama soplo o tinku.

[12] A este ritual en los Andes le denominan mishkipada.

[13] Tomado de la Página web: http://docplayer.es/11324491-Importancia-de-la-medicina-tradicional-peruana-o-medicina-tradicional-andino-amazonica-jeanette-enmanuel.html las diapositivas se llaman “Importancia De La Medicina Tradicional Peruana O Medicina Tradicional Andino-Amazónica”

[14] Para el médico cirujano colombiano Nelson Ávila M., la salud es un concepto holístico, es “Un proceso de educación permanente, personal, cultural y social que se fundamenta en una concepción integral de la persona humana” (2009: 57) y de todos los que integran la sociedad.

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